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LULA GANA, BOLSONARO HUYE... ¿QUÉ ES LO QUE TRUMP ESTÁ PREPARANDO?

¿Hasta dónde llegará Trump para impedir que Brasil mantenga una política exterior relativamente autónoma?

Lula ganó por más de cuatro millones de votos, pero ¿aceptarán sus adversarios perder el control de Brasil? Trump cuestiona las elecciones sin aportar pruebas y Flávio Bolsonaro huye del país rumbo a Estados Unidos tras incumplir una orden judicial. ¿Son episodios aislados o señales de una ofensiva para debilitar al vencedor? Tras la disputa electoral aparecen los intereses de las grandes burguesías y la pugna entre Washington y Pekín por los mercados y recursos brasileños.

POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

     Brasil llegó a la segunda vuelta del 25 de octubre con una elección aparentemente favorable a Flávio Bolsonaro y una pregunta que excedía el reparto de votos: ¿aceptaría el bolsonarismo otra derrota?

 

   El precedente seguía presente. Tras perder en 2022, Jair Bolsonaro había cuestionado el resultado, abandonado el país y participado en una conspiración para impedir la llegada de Lula al poder. En 2026 cumplía por ello una condena de 27 años, mientras su primogénito intentaba recuperar la Presidencia para el clan.

 

[Img #95237]    La primera vuelta, celebrada el 4 de octubre, reforzó las expectativas de la derecha. Flávio obtuvo el 47,03 % y Lula el 45,16 %. El presidente  movilizó a quienes se habían abstenido y trató de atraer apoyos ajenos a su partido para invertir una desventaja que ningún candidato presidencial había remontado en una segunda vuelta desde la recuperación de las elecciones directas. 

 

  La polarización tenía bases materiales. Lula defendía tibias políticas sociales, mientras Bolsonaro ofrecía austeridad y  recortes del gasto público que entusiasmaban a determinados  sectores empresariales. A esa disputa se añadían el galopante  coste de la vida, la inseguridad y el desgaste de un Gobierno que se ha mostrado incapaz las reformas económicas y sociales en profundidad que reclama la sociedad brasileña .

 

    El candidato ultraderechista buscaba presentar una versión menos estridente que la ejercida el el pasado por su padre, aunque arrastraba en su opaco currículo, investigaciones sobre sus mas que  dudosas relaciones financieras .

 

  La dimensión internacional también estaba a la vista. Javier Milei, ampliamente conocido en Argentina con el sobrenombre de "El loco",  intervino en la campaña a favor de Bolsonaro y volvió a insultar públicamente a Lula.

 

    El 24 de octubre, Reuters publicó que los funcionarios estadounidenses Darren Beattie y Ricardo Pita habían promovido medidas para favorecer al clan, según diez fuentes actuales o anteriores del Gobierno estadounidense. La agencia no pudo determinar hasta dónde actuaban por órdenes de la Casa Blanca. 

 

   El domingo electoral añadió tensión. Hubo denuncias de falta de autobuses, especialmente en São Paulo y Bahía, además de dificultades causadas por las lluvias. La campaña de Lula denunció obstáculos deliberados al voto. Ante los problemas de transporte, el magistrado Cristiano Zanin prolongó la votación hasta las 19.00. La aclaración posterior limitó la medida a las urnas todavía abiertas: las cerradas no podían reabrirse. 

 

EL VUELCO: MÁS DE 64 MILLONES DE VOTOS

   El escrutinio acabó desmintiendo las expectativas bolsonaristas. Según el Tribunal Superior Electoral (TSE), Lula obtuvo 64.256.232 votos, el 51,79 % de los sufragios válidos, frente a los 59.826.041 de Flávio Bolsonaro, el 48,21 %. La diferencia fue de 4.430.191 votos y 3,58 puntos porcentuales. El dirigente del Partido de los Trabajadores consiguió así su cuarta victoria presidencial, después de las de 2002, 2006 y 2022. 

 

    El hecho de la participación ayuda a entender la remontada. Acudieron a votar unos 128,2 millones de personas y la abstención descendió del 21,08 % al entorno del 19,2 %. Lula amplió su capacidad de convocatoria entre ambas vueltas. Los análisis publicados por UOL destacan la movilización juvenil, la coordinación entre las redes y la calle y el voto de quienes, aun sin identificarse con el Gobierno, querían impedir el regreso del bolsonarismo. 

 

  El mapa territorial completa la explicación. Lula reforzó su ventaja en el nordeste, recortó distancias en bastiones adversarios y ganó Minas Gerais, el segundo mayor colegio electoral, con el 50,43 %. En São Paulo perdió, pero elevó su porcentaje del 38,2 % al 46,15 %. La victoria nacional se construyó combinando apoyos consolidados con avances en territorios donde Bolsonaro siguió siendo mayoritario. 

 

  El resultado, ni de lejos, permite dar por derrotada socialmente a la ultraderecha. Casi 60 millones de electores respaldaron a Flávio, y la derecha conservó una posición dominante en el Congreso. Lula ganó margen para continuar gobernando, pero seguirá dependiendo de negociaciones con fuerzas conservadoras. Su triunfo reúne más que adhesión a sus políticas, rechazo drástico a su adversario. Confundir ambas motivaciones conduciría a exagerar la solidez del mandato. 

 

DE LA DENUNCIA DE FRAUDE A LA SALIDA DEL PAÍS

   La noche del domingo, Flávio Bolsonaro rechazó el resultado y anunció que pediría la anulación de las elecciones. Su argumento central fue la ampliación del horario electoral. La sospecha se dirigía también contra Zanin, antiguo abogado de Lula, aunque la prolongación había sido solicitada por las dos candidaturas y el resultado fue proclamado por Kassio Nunes Marques, presidente del TSE y magistrado nombrado por Jair Bolsonaro.

 

  Los datos desmontan la explicación del vuelco mediante la prórroga. El balance oficial publicado el 27 de octubre registra 34.393 votos después de las 17.00 en territorio nacional. Incluso atribuyéndolos todos a Lula, una suposición sin fundamento, serían insuficientes para explicar una ventaja de más de 4,4 millones. La controversia sobre la organización de la jornada puede examinarse; convertirla en prueba de un resultado invertido contradice esas magnitudes. 

 

   El lunes 26, Donald Trump intervino sin aportar pruebas. Dijo que le había parecido otra elección amañada y cuestionó su apariencia y la ampliación del horario. La acusación procedía del presidente de Estados Unidos, que también había intentado desacreditar su propia derrota de 2020. Más que una impresion presidencial infundada, aquella declaración se asemejaba realmente a una señal.

 

  Dentro de Brasil, sin embargo, Flávio encontraba resistencias. Su Partido Liberal reconoció el resultado, aunque reclamó aclaraciones. También aceptaron la victoria figuras religiosas y dirigentes conservadores. Después de visitar a su padre, el candidato distribuyó un comunicado anunciando que ejercería la oposición. Asumía de hecho su derrota, sin felicitar expresamente al vencedor, y sustituía la petición de anular los comicios por una acción para intentar inhabilitar a Lula y al vicepresidente Geraldo Alckmin por supuesto abuso de poder económico.

 

  Ese mismo lunes se conoció otra decisión: Alexandre de Moraes, magistrado del Supremo Tribunal Federal, le ordenó entregar sus pasaportes en 24 horas y le prohibió abandonar Brasil. La medida se vinculaba a una investigación por presunto blanqueo de dinero relacionada con el abogado Willer Tomaz. Las declaraciones de Eduardo Bolsonaro, instalado en Estados Unidos, recomendando que su hermano saliera del país si perdía, alimentaban el temor de fuga. Flávio negó irregularidades y aseguró que cumpliría. 

 

  El martes 27 venció el plazo sin que entregara el pasaporte. La Policía Federal canceló su pasaporte brasileño, mientras las primeras versiones sobre una salida por Argentina generaban confusión. Las autoridades argentinas negaron disponer de un registro de entrada suyo y descartaron que el plan de vuelo examinado en Puerto Iguazú incluyera a la familia Bolsonaro. 

 

  Después, Reuters informó, citando dos fuentes, de que Flávio había abandonado Brasil hacia Estados Unidos. Seguían sin aclararse públicamente el itinerario y las condiciones de llegada. El País recogía versiones sobre una futura concesión de asilo; Reuters no la daba por confirmada. La huida estaba mucho mejor sustentada que los detalles sobre su eventual protección estadounidense.  

 

  Esta secuencia permite sospechar una estrategia de desestabilización en Brasil:

-cuestionamiento de las urnas,

-respaldo discursivo desde Washington

- y salida del derrotado hacia el país gobernado por Trump.

 

   Pero atribuirle un desenlace militar exigiría identificar contactos, órdenes y apoyos dentro de las Fuerzas Armadas. Las fuentes consultadas acreditan antecedentes golpistas e indicios de intervención estadounidense; no acreditan una nueva operación militar coordinada.

 

  También existen elementos que dificultan ese desenlace. El partido del candidato y otros aliados reconocieron la victoria, y las instituciones electorales la sostuvieron. La rectificación de Flávio puede responder al aislamiento y a sus problemas judiciales. Examinar la hipótesis golpista exigiría incorporar esos hechos, además de los que apuntan hacia una posible escalada. Y eso, aunque existan elementos y gestos para poder presupornerlo, resulta dificil afirmarlo.

 

  POR QUÉ WASHINGTON SE JUEGA TANTO EN BRASIL

      La importancia de Brasil explica el interés estadounidense. Un Gobierno exclusivamente alineado con Trump desplazaría el equilibrio sudamericano, debilitaría la autonomía diplomática que Lula intenta preservar y modificaría la actuación brasileña en el Mercosur y en los BRICS. Mantener en Brasilia un interlocutor que negocia con Washington y conserva vínculos con China dificulta organizar la región alrededor de una sola potencia como ahora pretende Trump. El escenario que podría afianzarse es el de un área de confrontación económica interimperialista, donde las potencias disputan mercados, recursos y espacios de inversión. En esa pugna, sectores de la gran burguesía agroindustrial y ganadera brasileña tienen intereses en mantener los intercambios tanto con China como con Estados Unidos: sus decisiones responden a la rentabilidad de sus negocios y al acceso a los mercados, lo que puede llevarlos a resistir un alineamiento exclusivo con Washington.

 

[Img #95236]   Esa aspiración tiene formulación oficial. La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de 2025 propone un «corolario Trump» de la doctrina Monroe: recuperar la preeminencia hemisférica e impedir que competidores externos controlen activos estratégicos. También plantea favorecer gobiernos y movimientos afines, ampliar la cooperación militar y asegurar recursos e infraestructuras. Aplicada a Brasil, esa orientación convierte su política exterior en un asunto central para Washington. 

 

  El interés económico es también considerable. La Oficina Comercial estadounidense calcula que los intercambios bilaterales de bienes y servicios alcanzaron 135.700 millones de dólares en 2025. Estados Unidos obtuvo superávits tanto en mercancías como en servicios. Brasil representa un importante mercado para sus empresas y un espacio de inversión cuya regulación, contratación pública y orientación industrial tienen consecuencias materiales para el capital estadounidense. 

 

  Pero China, por otra parte, ocupa también una posición comercial decisiva. Las estadísticas recogidas por el Instituto público IPECE sitúan el intercambio de mercancías entre Brasil y China en 171.000 millones de dólares en 2025. Para Washington, reducir la influencia china supone disputar relaciones económicas ya asentadas. Para los exportadores brasileños, romperlas tendría costes que ninguna afinidad ideológica puede borrar. 

 

  Los recursos añaden otro motivo de competencia. El Servicio Geológico estadounidense atribuye a Brasil 21 millones de toneladas de reservas de tierras raras, las segundas mayores del mundo después de China. Estos minerales intervienen en tecnologías energéticas y militares. La disputa abarca quién los extrae y procesa, qué empresas capturan el beneficio y cuánto valor permanece en el país. 

 

  La geografía completa el cuadro. Brasil posee unos 8,5 millones de kilómetros cuadrados, comparte fronteras con nueve Estados sudamericanos y la Guayana Francesa, alberga gran parte de la Amazonia y tiene una extensa fachada atlántica. Su posición afecta a rutas comerciales, cooperación fronteriza, seguridad regional y acceso a recursos terrestres y marítimos. Un Brasil subordinado tendría repercusiones mucho más allá de sus fronteras. 

 

   Lula ha impedido por las urnas ese cambio de alineamiento, pero deberá defender su mandato en condiciones particularmente difíciles. La situación creada tiene que ver menos con diferencias ideológicas que con todo un abanico de intereses económicos y geoestratégicos, que están entrando violentamente en confrontación en esa parte del planeta.

 

   Parece claro que la combinación de una oposición parlamentaria bolsonarista fuerte, las acusaciones de fraude  que se orquestarán desde los EEUU  y la presión exterior ejercida por ese mismo país, podrían erosionar gravemente la capacidad de gobierno de Lula, sin por ello llegar a desembocar necesariamente en una intervención militar golpista. Aunque esa posibilidad no habría que excluirla si desde el Norte se lograra crear el clima propicio para ello. Ya existen precedentes históricos.

 

  El riesgo inmediato reside en que la derrota electoral del bolsonarismo pueda transformarse en una campaña prolongada para privar de legitimidad a quien acaba de ganar.

(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor de varios libros, entre los que se encuentran "El Gran Reajuste" y "Los BRICS: Esperanza o ilusión", ambos de la Editorial Semilla, y el último de próxima aparición.

 

    FUENTES CON ENLACES CONSULTADAS PARA LA ELABORACIÓN DE ESTE ARTICULO:

 

 

 

 
 
 
 
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