WINSTON CHURCHILL: LA "OTRA BIOGRAFÍA" QUE NOS OCULTARON
¿Por qué buena parte de la derecha occidental sigue presentándolo como un modelo político?
Winston Churchill ha sido elevado por la historia oficial al pedestal del héroe impecable: el estadista que salvó a Europa del nazismo y defendió la democracia frente a la tiranía. Sin embargo, detrás de ese rostro épico se esconde otra historia, mucho menos conocida y mucho más incómoda: la del político que defendió con uñas y dientes el Imperio británico, aplastó rebeliones, despreció a los pueblos colonizados y tomó decisiones que costaron millones de vidas, como la hambruna de Bengala en 1943. Esta es la biografía que no enseñan en los manuales.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Pocas figuras históricas del siglo XX han sido objeto de una operación de mitificación tan intensa como Winston Churchill. Para millones de personas continúa siendo el gran estadista que salvó a Europa del nazismo gracias a su determinación frente a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial.
Esa imagen, difundida durante décadas por la historiografía dominante, el cine, la literatura y la propaganda política británica, ha terminado convirtiéndose en una verdad casi incuestionable.
Sin embargo, esa representación resulta profundamente incompleta. Al margen del dirigente que encabezó la resistencia británica entre 1940 y 1945 existió otro Churchill mucho menos conocido: el político imperialista convencido de la superioridad del Imperio Británico, el defensor del colonialismo más despiadado, el enemigo irreconciliable de cualquier movimiento de emancipación nacional y social, el hombre que justificó la represión contra los pueblos sometidos y que contempló el mundo desde una concepción jerárquica de las razas y de las naciones.
La biografía de Churchill no puede comprenderse separándola del Imperio Británico. Él no fue simplemente uno de sus dirigentes más destacados; fue, probablemente, su expresión política más acabada. Su pensamiento, sus decisiones y sus prioridades estuvieron determinadas por un único objetivo permanente: preservar el dominio británico sobre centenares de millones de seres humanos. Desde esa perspectiva adquieren sentido tanto sus actuaciones militares como sus decisiones políticas y económicas.
FORMADO POR Y PARA EL IMPERIO
Nacido en 1874 en el seno de una familia aristocrática, Churchill creció cuando Gran Bretaña gobernaba la cuarta parte del planeta. Desde muy joven interiorizó la convicción de que el dominio británico constituía una misión civilizadora destinada a pueblos considerados inferiores.
Sus primeras campañas militares fueron también auténticas escuelas del colonialismo. Participó en Cuba como observador del Ejército español durante la guerra contra los independentistas cubanos; combatió posteriormente en Sudán y alcanzó gran notoriedad durante la Guerra de los Bóers en Sudáfrica. Aquellas experiencias consolidaron una visión profundamente militarista de la política y reforzaron su convencimiento de que las colonias solo podían mantenerse mediante la fuerza.
Lejos de considerar los movimientos nacionalistas como expresiones legítimas de pueblos sometidos, Churchill los interpretaba como amenazas al orden imperial. La violencia colonial no era para él un recurso excepcional, sino un instrumento normal de gobierno.
EL ENEMIGO DE LOS TRABAJADORES Y DE LAS LUCHAS POPULARES
La imagen del gran demócrata tampoco resiste un examen detenido de su trayectoria política. Antes incluso de convertirse en primer ministro, Churchill desempeñó importantes responsabilidades en el Gobierno británico durante una etapa marcada por fuertes conflictos sociales.
Como ministro del Interior mostró siempre una absoluta disposición a utilizar el aparato del Estado contra el movimiento obrero. Durante la huelga minera de Rhondda, en Gales, movilizó fuerzas policiales y tropas para garantizar los intereses de los propietarios frente a los trabajadores en huelga. Aunque la historiografía más favorable insiste en matizar su responsabilidad directa, resulta indiscutible que su actuación estuvo orientada a asegurar el orden social existente y proteger la propiedad privada frente a la protesta obrera.
Su anticomunismo tampoco admitía matices. Tras la Revolución de Octubre se convirtió en uno de los principales promotores de la intervención militar extranjera contra la naciente Unión Soviética. Para Churchill, el socialismo representaba un peligro mucho mayor que cualquier forma de autoritarismo siempre que éste garantizara la defensa de la propiedad capitalista y del orden imperial.
IMPERIALISMO, RACISMO Y COLONIALISMO
La defensa del Imperio no era únicamente una cuestión económica o estratégica. Respondía también a una concepción profundamente jerarquizada de la humanidad.
Churchill expresó en numerosísimas ocasiones opiniones racistas hoy ampliamente documentadas. Consideraba que determinadas poblaciones estaban destinadas a ser gobernadas por otras y rechazaba que los pueblos colonizados pudieran disfrutar de los mismos derechos políticos que los europeos.
Especialmente conocidas fueron sus opiniones sobre la India. Durante toda su carrera política, combatió cualquier intento de conceder mayores cuotas de autogobierno a la colonia más importante del Imperio Británico. Se opuso con enorme virulencia al movimiento independentista encabezado por Gandhi, hacia quien no ocultaba su enorme desprecio.
Su oposición a la independencia india no obedecía únicamente a razones estratégicas. La India constituía una de las principales fuentes de riqueza del Imperio. Mantener su control significaba conservar recursos, mercados, materias primas y una posición geopolítica esencial para la economía británica.
LA TRAGEDIA DE BENGALA
Ningún episodio resume mejor las consecuencias humanas de esa concepción imperial que la hambruna de Bengala de 1943. Entre dos y tres millones de personas murieron durante aquella catástrofe, una de las mayores tragedias humanas del siglo XX.
Durante mucho tiempo la explicación oficial atribuyó la hambruna exclusivamente a factores naturales y a las dificultades derivadas de la guerra. Sin embargo, numerosos investigadores comenzaron posteriormente a cuestionar esa interpretación. El economista Amartya Sen mostró que el problema no había sido únicamente la escasez física de alimentos, sino el colapso del acceso a ellos provocado por la inflación, la especulación y las decisiones económicas adoptadas por las autoridades británicas. Otros trabajos, como los de Madhusree Mukerjee, sostienen que el gabinete de Churchill rechazó reiteradamente enviar ayuda alimentaria suficiente a Bengala pese a recibir advertencias sobre la magnitud del desastre.
La documentación histórica demuestra que Churchill priorizó sistemáticamente las necesidades estratégicas del esfuerzo bélico imperial frente al abastecimiento de la población india. También han quedado registradas varias declaraciones suyas profundamente despectivas hacia los indios, en las que atribuía la tragedia a la propia población por "reproducirse como conejos", expresiones que han contribuido a consolidar una imagen extremadamente negativa de su papel en la hambruna.
Existe debate entre los historiadores sobre el grado exacto de responsabilidad personal de Churchill en aquella catástrofe. Lo que apenas se discute es que las decisiones del Gobierno británico agravaron una situación ya crítica y que millones de personas quedaron abandonadas mientras el Imperio mantenía otras prioridades estratégicas.
SU RELACIÓN CON LOS FASCISMOS EUROPEOS
Otra de las zonas menos conocidas de su biografía es su actitud hacia los fascismos antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Durante los años veinte y buena parte de los treinta, Churchill manifestó públicamente su admiración hacia Benito Mussolini por haber aplastado al movimiento obrero italiano y contener el avance del comunismo. Diversos historiadores han documentado elogios explícitos al dirigente fascista y su valoración positiva del fascismo como barrera frente a la revolución socialista.
También expresó inicialmente comentarios favorables sobre determinadas cualidades políticas de Hitler antes de que la expansión alemana amenazara directamente los intereses británicos. Su oposición definitiva al nazismo no nació de un rechazo general al fascismo como fenómeno político, sino cuando el expansionismo alemán comenzó a poner en peligro el equilibrio imperial europeo y el propio Imperio Británico.
Durante la Guerra Civil española tampoco apoyó a la República. Consideraba que el conflicto enfrentaba al comunismo con un movimiento contrarrevolucionario y contempló con evidente simpatía al bando franquista, cuya victoria interpretó como un freno al avance revolucionario.
EL ANTICOMUNISMO COMO BRÚJULA POLÍTICA
Pocas constantes recorren toda la vida política de Churchill con tanta claridad como su hostilidad hacia el socialismo. Combatió la Revolución Rusa desde su mismo nacimiento; defendió la intervención militar extranjera contra el nuevo Estado soviético; justificó durante años a regímenes autoritarios europeos siempre que actuaran contra el movimiento obrero; y, terminada la Segunda Guerra Mundial, inauguró políticamente la Guerra Fría con su célebre discurso sobre el "Telón de Acero".
Su visión del mundo dividía a las fuerzas políticas no entre democracias y dictaduras, sino entre quienes defendían el orden capitalista y quienes aspiraban a transformarlo.
LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO
¿Por qué, pese a todo ello, Churchill continúa siendo presentado casi exclusivamente como un héroe? La respuesta reside en la función política de la memoria histórica.
La victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial permitió construir un relato donde Churchill aparecía personificando la defensa de la libertad frente al nazismo. Ese relato, indispensable para legitimar el papel internacional de Gran Bretaña durante la posguerra, fue relegando progresivamente los aspectos menos ejemplares de su trayectoria.
El colonialismo, las guerras imperiales, la represión en Irlanda, las campañas militares en África, la hambruna de Bengala o su permanente hostilidad hacia los movimientos de emancipación quedaron desplazados hacia un segundo plano.
No se trataba únicamente de exaltar a un dirigente concreto. Se trataba también de preservar una imagen positiva del propio Imperio Británico, presentándolo como defensor de la democracia mientras permanecían ocultos los enormes costes humanos que implicó su dominación colonial.
UN PERSONAJE INSEPARABLE DE SU TIEMPO
Reducir a Churchill al hombre que resistió a Hitler supone ignorar la mayor parte de su trayectoria política. Del mismo modo, convertirlo únicamente en un criminal colonial, -que ciertamente lo fue-, impediría comprender por qué desempeñó un papel decisivo en la derrota del nazismo.
La historia exige una mirada más completa y menos hagiográfica. Churchill fue, sin duda, un dirigente de enorme capacidad política y extraordinario talento retórico. Pero también fue uno de los máximos representantes de un sistema imperial construido sobre la explotación económica, la dominación colonial y la desigualdad entre pueblos.
Su legado continúa generando intensos debates precisamente porque encarna las contradicciones de un siglo marcado por la confrontación entre imperios, fascismos, movimientos de liberación nacional y revoluciones sociales.
La imagen del héroe solitario que salvó la civilización resulta insuficiente para comprender al personaje histórico real. Detrás del mito permanece el dirigente imperial convencido de la legitimidad del dominio británico, dispuesto a sacrificar poblaciones enteras cuando los intereses estratégicos del Imperio así lo exigían y decidido a combatir cualquier proyecto político que cuestionara el orden social existente.
Solo incorporando esa dimensión sistemáticamente silenciada es posible aproximarse a una biografía que haga justicia a la complejidad del personaje y permita entender que Winston Churchill fue, al mismo tiempo, uno de los grandes protagonistas de la derrota del nazismo y uno de los más firmes defensores del imperialismo colonial que marcó buena parte del siglo XX.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y autor de varios libros, entre los que se encuentra "El Gran Reajuste: China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", de reciente aparición.
Fuentes consultadas
- Amartya Sen, Poverty and Famines (1981), sobre la hambruna de Bengala.
- Madhusree Mukerjee, Churchill's Secret War (2010).
- Richard Toye, Churchill's Empire (2010).
- John Charmley, Churchill: The End of Glory (1993).
- Richard Seymour, «Winston Churchill y sus obscenas relaciones con los fascismos europeos»,
- Maciek Wisniewski, «Winston Churchill, un contradictorio propulsor del Estado de Israel»,
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Pocas figuras históricas del siglo XX han sido objeto de una operación de mitificación tan intensa como Winston Churchill. Para millones de personas continúa siendo el gran estadista que salvó a Europa del nazismo gracias a su determinación frente a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial.
Esa imagen, difundida durante décadas por la historiografía dominante, el cine, la literatura y la propaganda política británica, ha terminado convirtiéndose en una verdad casi incuestionable.
Sin embargo, esa representación resulta profundamente incompleta. Al margen del dirigente que encabezó la resistencia británica entre 1940 y 1945 existió otro Churchill mucho menos conocido: el político imperialista convencido de la superioridad del Imperio Británico, el defensor del colonialismo más despiadado, el enemigo irreconciliable de cualquier movimiento de emancipación nacional y social, el hombre que justificó la represión contra los pueblos sometidos y que contempló el mundo desde una concepción jerárquica de las razas y de las naciones.
La biografía de Churchill no puede comprenderse separándola del Imperio Británico. Él no fue simplemente uno de sus dirigentes más destacados; fue, probablemente, su expresión política más acabada. Su pensamiento, sus decisiones y sus prioridades estuvieron determinadas por un único objetivo permanente: preservar el dominio británico sobre centenares de millones de seres humanos. Desde esa perspectiva adquieren sentido tanto sus actuaciones militares como sus decisiones políticas y económicas.
FORMADO POR Y PARA EL IMPERIO
Nacido en 1874 en el seno de una familia aristocrática, Churchill creció cuando Gran Bretaña gobernaba la cuarta parte del planeta. Desde muy joven interiorizó la convicción de que el dominio británico constituía una misión civilizadora destinada a pueblos considerados inferiores.
Sus primeras campañas militares fueron también auténticas escuelas del colonialismo. Participó en Cuba como observador del Ejército español durante la guerra contra los independentistas cubanos; combatió posteriormente en Sudán y alcanzó gran notoriedad durante la Guerra de los Bóers en Sudáfrica. Aquellas experiencias consolidaron una visión profundamente militarista de la política y reforzaron su convencimiento de que las colonias solo podían mantenerse mediante la fuerza.
Lejos de considerar los movimientos nacionalistas como expresiones legítimas de pueblos sometidos, Churchill los interpretaba como amenazas al orden imperial. La violencia colonial no era para él un recurso excepcional, sino un instrumento normal de gobierno.
EL ENEMIGO DE LOS TRABAJADORES Y DE LAS LUCHAS POPULARES
La imagen del gran demócrata tampoco resiste un examen detenido de su trayectoria política. Antes incluso de convertirse en primer ministro, Churchill desempeñó importantes responsabilidades en el Gobierno británico durante una etapa marcada por fuertes conflictos sociales.
Como ministro del Interior mostró siempre una absoluta disposición a utilizar el aparato del Estado contra el movimiento obrero. Durante la huelga minera de Rhondda, en Gales, movilizó fuerzas policiales y tropas para garantizar los intereses de los propietarios frente a los trabajadores en huelga. Aunque la historiografía más favorable insiste en matizar su responsabilidad directa, resulta indiscutible que su actuación estuvo orientada a asegurar el orden social existente y proteger la propiedad privada frente a la protesta obrera.
Su anticomunismo tampoco admitía matices. Tras la Revolución de Octubre se convirtió en uno de los principales promotores de la intervención militar extranjera contra la naciente Unión Soviética. Para Churchill, el socialismo representaba un peligro mucho mayor que cualquier forma de autoritarismo siempre que éste garantizara la defensa de la propiedad capitalista y del orden imperial.
IMPERIALISMO, RACISMO Y COLONIALISMO
La defensa del Imperio no era únicamente una cuestión económica o estratégica. Respondía también a una concepción profundamente jerarquizada de la humanidad.
Churchill expresó en numerosísimas ocasiones opiniones racistas hoy ampliamente documentadas. Consideraba que determinadas poblaciones estaban destinadas a ser gobernadas por otras y rechazaba que los pueblos colonizados pudieran disfrutar de los mismos derechos políticos que los europeos.
Especialmente conocidas fueron sus opiniones sobre la India. Durante toda su carrera política, combatió cualquier intento de conceder mayores cuotas de autogobierno a la colonia más importante del Imperio Británico. Se opuso con enorme virulencia al movimiento independentista encabezado por Gandhi, hacia quien no ocultaba su enorme desprecio.
Su oposición a la independencia india no obedecía únicamente a razones estratégicas. La India constituía una de las principales fuentes de riqueza del Imperio. Mantener su control significaba conservar recursos, mercados, materias primas y una posición geopolítica esencial para la economía británica.
LA TRAGEDIA DE BENGALA
Ningún episodio resume mejor las consecuencias humanas de esa concepción imperial que la hambruna de Bengala de 1943. Entre dos y tres millones de personas murieron durante aquella catástrofe, una de las mayores tragedias humanas del siglo XX.
Durante mucho tiempo la explicación oficial atribuyó la hambruna exclusivamente a factores naturales y a las dificultades derivadas de la guerra. Sin embargo, numerosos investigadores comenzaron posteriormente a cuestionar esa interpretación. El economista Amartya Sen mostró que el problema no había sido únicamente la escasez física de alimentos, sino el colapso del acceso a ellos provocado por la inflación, la especulación y las decisiones económicas adoptadas por las autoridades británicas. Otros trabajos, como los de Madhusree Mukerjee, sostienen que el gabinete de Churchill rechazó reiteradamente enviar ayuda alimentaria suficiente a Bengala pese a recibir advertencias sobre la magnitud del desastre.
La documentación histórica demuestra que Churchill priorizó sistemáticamente las necesidades estratégicas del esfuerzo bélico imperial frente al abastecimiento de la población india. También han quedado registradas varias declaraciones suyas profundamente despectivas hacia los indios, en las que atribuía la tragedia a la propia población por "reproducirse como conejos", expresiones que han contribuido a consolidar una imagen extremadamente negativa de su papel en la hambruna.
Existe debate entre los historiadores sobre el grado exacto de responsabilidad personal de Churchill en aquella catástrofe. Lo que apenas se discute es que las decisiones del Gobierno británico agravaron una situación ya crítica y que millones de personas quedaron abandonadas mientras el Imperio mantenía otras prioridades estratégicas.
SU RELACIÓN CON LOS FASCISMOS EUROPEOS
Otra de las zonas menos conocidas de su biografía es su actitud hacia los fascismos antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Durante los años veinte y buena parte de los treinta, Churchill manifestó públicamente su admiración hacia Benito Mussolini por haber aplastado al movimiento obrero italiano y contener el avance del comunismo. Diversos historiadores han documentado elogios explícitos al dirigente fascista y su valoración positiva del fascismo como barrera frente a la revolución socialista.
También expresó inicialmente comentarios favorables sobre determinadas cualidades políticas de Hitler antes de que la expansión alemana amenazara directamente los intereses británicos. Su oposición definitiva al nazismo no nació de un rechazo general al fascismo como fenómeno político, sino cuando el expansionismo alemán comenzó a poner en peligro el equilibrio imperial europeo y el propio Imperio Británico.
Durante la Guerra Civil española tampoco apoyó a la República. Consideraba que el conflicto enfrentaba al comunismo con un movimiento contrarrevolucionario y contempló con evidente simpatía al bando franquista, cuya victoria interpretó como un freno al avance revolucionario.
EL ANTICOMUNISMO COMO BRÚJULA POLÍTICA
Pocas constantes recorren toda la vida política de Churchill con tanta claridad como su hostilidad hacia el socialismo. Combatió la Revolución Rusa desde su mismo nacimiento; defendió la intervención militar extranjera contra el nuevo Estado soviético; justificó durante años a regímenes autoritarios europeos siempre que actuaran contra el movimiento obrero; y, terminada la Segunda Guerra Mundial, inauguró políticamente la Guerra Fría con su célebre discurso sobre el "Telón de Acero".
Su visión del mundo dividía a las fuerzas políticas no entre democracias y dictaduras, sino entre quienes defendían el orden capitalista y quienes aspiraban a transformarlo.
LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO
¿Por qué, pese a todo ello, Churchill continúa siendo presentado casi exclusivamente como un héroe? La respuesta reside en la función política de la memoria histórica.
La victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial permitió construir un relato donde Churchill aparecía personificando la defensa de la libertad frente al nazismo. Ese relato, indispensable para legitimar el papel internacional de Gran Bretaña durante la posguerra, fue relegando progresivamente los aspectos menos ejemplares de su trayectoria.
El colonialismo, las guerras imperiales, la represión en Irlanda, las campañas militares en África, la hambruna de Bengala o su permanente hostilidad hacia los movimientos de emancipación quedaron desplazados hacia un segundo plano.
No se trataba únicamente de exaltar a un dirigente concreto. Se trataba también de preservar una imagen positiva del propio Imperio Británico, presentándolo como defensor de la democracia mientras permanecían ocultos los enormes costes humanos que implicó su dominación colonial.
UN PERSONAJE INSEPARABLE DE SU TIEMPO
Reducir a Churchill al hombre que resistió a Hitler supone ignorar la mayor parte de su trayectoria política. Del mismo modo, convertirlo únicamente en un criminal colonial, -que ciertamente lo fue-, impediría comprender por qué desempeñó un papel decisivo en la derrota del nazismo.
La historia exige una mirada más completa y menos hagiográfica. Churchill fue, sin duda, un dirigente de enorme capacidad política y extraordinario talento retórico. Pero también fue uno de los máximos representantes de un sistema imperial construido sobre la explotación económica, la dominación colonial y la desigualdad entre pueblos.
Su legado continúa generando intensos debates precisamente porque encarna las contradicciones de un siglo marcado por la confrontación entre imperios, fascismos, movimientos de liberación nacional y revoluciones sociales.
La imagen del héroe solitario que salvó la civilización resulta insuficiente para comprender al personaje histórico real. Detrás del mito permanece el dirigente imperial convencido de la legitimidad del dominio británico, dispuesto a sacrificar poblaciones enteras cuando los intereses estratégicos del Imperio así lo exigían y decidido a combatir cualquier proyecto político que cuestionara el orden social existente.
Solo incorporando esa dimensión sistemáticamente silenciada es posible aproximarse a una biografía que haga justicia a la complejidad del personaje y permita entender que Winston Churchill fue, al mismo tiempo, uno de los grandes protagonistas de la derrota del nazismo y uno de los más firmes defensores del imperialismo colonial que marcó buena parte del siglo XX.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y autor de varios libros, entre los que se encuentra "El Gran Reajuste: China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", de reciente aparición.
Fuentes consultadas
- Amartya Sen, Poverty and Famines (1981), sobre la hambruna de Bengala.
- Madhusree Mukerjee, Churchill's Secret War (2010).
- Richard Toye, Churchill's Empire (2010).
- John Charmley, Churchill: The End of Glory (1993).
- Richard Seymour, «Winston Churchill y sus obscenas relaciones con los fascismos europeos»,
- Maciek Wisniewski, «Winston Churchill, un contradictorio propulsor del Estado de Israel»,





























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