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Jueves, 09 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

LAS "LUMBALGIAS PATRIÓTICAS" DEL FUTURO PRESIDENTE NUÑEZ FEIJÓO

¿Por qué algunos sospechan siempre del trabajador enfermo pero nunca del trabajo que lo enferma?

Mientras millones de trabajadores afrontan enfermedades reales, lesiones y desgaste físico provocado por condiciones laborales cada vez más duras, algunos dirigentes políticos han decidido convertir las bajas médicas en el enemigo público. El problema aparece cuando quienes lanzan esas acusaciones también acumulan ausencias justificadas por las mismas dolencias que cuestionan en los demás.

 

POR EVARISTO CARAJILLO PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Hay una curiosa especie política que jamás tose cuando hay campaña electoral, nunca se resfría durante un mitin y parece inmune a cualquier virus conocido.

 

    Según su particular visión del mundo, el verdadero problema no son las enfermedades, sino los enfermos. Porque, claro, si un asalariado se rompe la espalda levantando sacos, si una auxiliar de residencia acaba con una lesión cervical después de mover a decenas de ancianos cada día, o si un camarero termina con ansiedad tras encadenar jornadas de doce horas, el problema no es el trabajo. El problema, al parecer, es el cabronazo   tiene la desfachatez de ponerse enfermo.

 

    Alberto Núñez Feijóo decidió convertir las bajas laborales en una suerte de epidemia moral. Habló del absentismo como si España estuviera invadida por una legión de ciudadanos que cada mañana se despertaran pensando: "Hoy voy a fingir una lumbalgia para joder a mi patrón". Incluso llegó a plantear recortes salariales para quienes se ausentan del trabajo por determinados motivos, incluidas las bajas médicas, antes de que su propio partido tuviera que salir corriendo leches a rectificar el monumental incendio político que él mismo había provocado.

 

    Lo extraordinario del caso no es solo la propuesta. Lo verdaderamente prodigioso es quién la formula.

 

    Porque resulta que quien sermonea sobre el absentismo tiene un gigantesco historial de ausencias parlamentarias que haría sonrojar al más veterano de los alumnos repetidores de un Instituto de bachillerato.

 

   Ahí están claritos los datos publicados sobre las faltas de Feijoo  en el Congreso y, cómo no, aquella célebre ausencia justificada por una lumbalgia. Esa misma dolencia que, cuando la sufre un trabajador cualquiera, siempre  despierta sospechas, pero cuando afecta al líder del Partido Popular adquiere inmediatamente categoría de tragedia nacional. La espalda de Feijóo merece comprensión. Pero la de un mindundi albañil,  una inspección médica con lupa.

 

   Y aunque todavía no nos hemos enterado, debe existir una medicina exclusiva para políticos. Una especie de reumatología parlamentaria donde las contracturas de los padres de la patria son siempre nobles, las migrañas patrióticas y las bajas completamente respetables. En cambio, en la fábrica, en la hostelería o en un almacén logístico, el mismo diagnóstico parece convertirse automáticamente en un acto de sospechosa vagancia.

 

   Quizá Feijóo crea que una hernia discal distingue entre votantes del PP y trabajadores precarios antes de producir dolor. Pero la realidad, sin embargo, es bastante menos elegante.

 

    Mientras algunos dirigentes hablan del absentismo desde cómodos atriles climatizados, miles de personas continúan trabajando con fiebre, ansiedad, lesiones musculares o dolores insoportables porque saben perfectamente que pedir una baja supone enfrentarse a miradas de desconfianza, presiones empresariales e incluso al miedo de perder el empleo.

 

    Y mientras unos descubren de repente una cruzada, también patriótica, contra los supuestos abusos de las bajas médicas, las noticias cuentan historias bastante menos imaginarias.

 

   Como la del camarero que falleció hace tan solo unas horas durante su jornada laboral,  mientras, según denunciaron sus compañeros, el establecimiento continuó funcionando a lo largo de las jornadas y el resto de la plantilla tuvo que seguir atendiendo mesas como si tal cosa. Una escena que parece escrita por el mismísimo Joseph Kafka después de una mala y turbulenta noche.

 

    Curiosamente, sobre ese tipo de absentismo definitivo no se escuchan grandes discursos. Nadie habla del exceso de explotaciónNadie habla de jornadas interminables. Nadie habla del deterioro físico acumulado. Nadie habla de empresarios que convierten el descanso en un privilegio.

 

   Ahí el problema desaparece milagrosamente. Porque el relato necesita culpables sencillos. Siempre resulta más cómodo dirigir el dedo indice contra el trabajador que analizar por qué aumentan las enfermedades laborales, la salud mental deteriorada o las lesiones derivadas de ritmos de producción cada vez más insoportables.

 

    Es una vieja estrategia. Si el salario no llega a fin de mes, la culpa será del trabajador. Si enferma, también. Si protesta, aún peor. Y si muere trabajando... siempre habrá alguien dispuesto a cambiar rápidamente de tema.

 

   Lo más llamativo es la facilidad con la que algunos convierten excepciones en regla. Claro que existen fraudes. Como existen empresarios que defraudan impuestos o no pagan las horas extras, políticos que colocan a familiares o grandes fortunas que esconden dinero en paraísos fiscales. Pero nadie, por el momento,  propone eliminar las empresas porque una buena parte de ellas  cometan fraude. Sin embargo, basta con que exista un reducido número de bajas médicas fraudulentas para sospechar automáticamente de millones de trabajadores.

 

      Esa lógica tiene la misma solidez que un castillo de arena en mitad de un huracán. Además, hay un detalle que suele olvidarse deliberadamente.

 

   En España nadie obtiene una baja simplemente porque le apetezca descansar unos días. Existe un procedimiento médico, controles, revisiones e inspecciones. Las incapacidades temporales no dependen del capricho del trabajador, sino de un criterio sanitario. Presentar las bajas como una especie de vacaciones subvencionadas no solo es falso, sino profundamente ofensivo para quien atraviesa un cáncer, una depresión, una lesión grave o una enfermedad incapacitante.

 

   Quizá el verdadero problema sea otro. Quizá algunos llevan tantos años viendo al trabajador únicamente como una cifra de productividad que han terminado olvidando un pequeño detalle: detrás de cada nómina hay una persona. Personas que enferman, envejecen, se lesionan y necesitan recuperarse.

 

   Lo verdaderamente escandaloso no es que existan bajas médicas. Lo escandaloso sería un país donde la gente tuviera que elegir entre curarse o pagar el alquiler. Un país donde acudir enfermo al trabajo se considere patriotismo económico. Un país donde romperse la espalda sea una obligación y descansar para recuperarse, una sospecha.

 

   Ese país no sería un ejemplo de eficiencia. Sería simplemente un enorme hospital sin médicos... dirigido desde un despacho por quienes jamás han tenido que cargar cajas durante diez horas seguidas. 

 

   Y, por supuesto, con una excelente silla ergonómica para evitar futuras lumbalgias parlamentarias.

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