TRUMP, FEIJÓO Y ABASCAL: LAS RENTAS POLÍTICAS DEL ANTICOMUNISMO HISTÓRICO
De cómo el "miedo al comunismo" puede siguir dando réditos políticos setenta años después.
Donald Trump está tratando de recuperar el viejo "miedo al comunismo" como arma política. Pero su eco no termina en Estados Unidos: en España, Vox y sectores del PP también explotan las rentas simbólicas de un anticomunismo histórico alimentado durante décadas por la dictadura franquista. Esta es la historia de cómo una palabra sigue sirviendo para activar miedos, cerrar debates y presentar como amenaza cualquier proyecto que cuestione el poder económico establecido.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
En toda democracia que se precie de serlo deberían existir espacios reales para que las diferencias ideológicas puedan confrontarse con libertad. Esa discusión abierta, incluso cuando pueda resultar muy incómoda, debería ser el corazón mismo de la vida democrática.
Sin embargo, la historia muestra una contradicción alarmante: esa tolerancia suele estrecharse abruptamente cuando lo que se cuestiona no es una ley concreta, un gobierno pasajero o una medida aislada, sino el propio sistema económico sobre el que descansan esos Estados que se presentan como democráticos: el llamado sistema de “libre mercado”.
A partir de ese momento, el pluralismo proclamado empieza a mostrar sus límites. En esas circunstancias, quienes gobiernan suelen abandonar el lenguaje sereno del debate y activar todo el peso del aparato estatal: campañas de descrédito, vigilancia, persecución judicial, represión policial y, llegado el caso, ilegalización de las fuerzas discrepantes.
Aquella democracia, que presumía de permitir todas las ideas, pone de manifiesto entonces su frontera más vigilada: se puede discutir casi todo, siempre que no se ponga en peligro el poder real que organiza la riqueza.
Pero la represión no siempre aparece de forma directa. A veces opera de manera más sutil, a través del lenguaje. Hay momentos en los que el debate deja de centrarse en las propuestas y comienza a girar alrededor de etiquetas. Cuando eso ocurre, las palabras dejan de servir para explicar la realidad y empiezan a utilizarse con el exclusivo proposito de provocar miedo. Una de las que más veces ha cumplido esa función en Estados Unidos ha sido la palabra “comunista”.
Las recientes declaraciones de Donald Trump durante los actos del 250 aniversario de la independencia estadounidense han vuelto a situar esa palabra en el centro de la disputa política. No se trata de que los "comunistas" estadounidenses esten a punto de ganar las próximas elecciones. Pero sí sucede que al presentar el "comunismo" como una de las mayores amenazas para el país, Trump no solo esta criticando una ideología concreta, sino que está intentando recuperar una vieja forma de "hacer política" que durante décadas marcó profundamente la vida pública norteamericana, una política basada en convertir una palabra en alarma, una diferencia en sospecha y una propuesta de cambio en amenaza contra la nación.
CUANDO UNA ETIQUETA SUSTITUYE A LOS ARGUMENTOS
Para comprender cómo funciona este mecanismo nos bastaria con imaginar una conversación cotidiana. Supongamos por un momento que alguien propone construir más viviendas públicas porque el precio de los alquileres se ha vuelto insoportable para millones de familias. Ante esa propuesta, otra persona podría responder con argumentos: aportar datos económicos, calcular el coste de la medida, explicar sus posibles límites o señalar por qué cree que no resolvería el problema.
Pero existe un camino mucho más rápido y mucho más eficaz desde el punto de vista emocional: despachar la propuesta diciendo simplemente que es “comunista”.
En ese instante, el debate casi desaparece. Al pronunciar esa palabra, no se está nombrando solo una idea política; se está convocando de golpe todo un archivo de miedos acumulados durante décadas. Vuelven las campañas anticomunistas, las lecciones aprendidas en la infancia y la adolescencia, las miles de películas de Hollywood donde el comunista aparecía como amenaza, traidor o enemigo oculto, y toda la renta ideológica de una antigua inversión política diseñada para producir rechazo automático. Ya importa poco si construir vivienda pública es útil o inútil, si funciona en otros países democráticos o cuánto costaría aplicarla. La discusión sobre la medida queda sustituida por una palabra que pretende cerrar la reflexión antes incluso de que pueda empezar.
Ahí reside la enorme eficacia de ciertas etiquetas políticas: no necesitan demostrar nada, porque su fuerza consiste precisamente en despertar una emoción antes de que aparezca el razonamiento.
EL MIEDO COMO INSTRUMENTO POLÍTICO
Durante buena parte del siglo XX, especialmente en los años de la Guerra Fría, el miedo al comunismo ocupó un lugar central en la política estadounidense.
No solo fueron perseguidos los miembros del Partido Comunista. También quedaron bajo sospecha sindicalistas que reclamaban mejores salarios, profesores universitarios, artistas, periodistas, científicos y activistas que defendían los derechos civiles o criticaban determinadas decisiones del Gobierno.
En muchas ocasiones ni siquiera era necesario demostrar que alguien pertenecía a una organización comunista. Bastaba con lanzar la acusación para destruir su prestigio profesional o sembrar dudas sobre su lealtad al país. La etiqueta cumplía una función muy concreta: convertir un adversario político en un enemigo nacional.
LAS PALABRAS TAMBIÉN PUEDEN CONDICIONAR LA REALIDAD
Puede parecer exagerado pensar que una simple palabra tenga tanta importancia. Sin embargo, el lenguaje influye profundamente en la forma en que interpretamos el mundo. Si durante años se repite que un determinado grupo constituye una amenaza para la nación, muchas personas terminarán asociándolo automáticamente con el peligro, aunque nunca hayan analizado realmente sus ideas. Es un mecanismo psicológico muy sencillo. El miedo actúa mucho más deprisa que la reflexión.
Por eso algunas palabras llegan a tener una enorme fuerza política. No necesitan ser explicadas. Basta con pronunciarlas para despertar emociones intensas y reducir la capacidad crítica de quienes las escuchan.
PROBLEMAS COMPLEJOS Y RESPUESTAS DEMASIADO SIMPLES
Estados Unidos atraviesa hoy numerosos problemas que preocupan a millones de ciudadanos. El precio de la vivienda continúa aumentando, muchas familias tienen dificultades para acceder a la sanidad, la desigualdad económica no deja de crecer y numerosos trabajadores sienten que viven peor que sus padres. Todas estas cuestiones son enormemente complejas y requieren respuestas igualmente complejas.
Sin embargo, siempre resulta más fácil ofrecer un enemigo que ofrecer soluciones.Cuando se atribuyen esos problemas a una supuesta amenaza comunista, desaparece la necesidad de discutir cuestiones mucho más molestas: cómo se distribuye la riqueza, por qué aumenta la desigualdad, qué papel desempeñan las grandes corporaciones o cuáles son las consecuencias de determinadas políticas económicas.
El enemigo ideológico termina ocupando el lugar que debería corresponder al análisis de los problemas reales.
EL REGRESO DE UN VIEJO DISCURSO
Las recientes declaraciones de Trump recuperan una retórica que parecía haber perdido fuerza tras el final de la Guerra Fría. Presentar al comunismo como el principal enemigo interno permite movilizar emociones muy profundas entre una parte del electorado. No se trata únicamente de criticar una determinada ideología. El mensaje transmite además la idea de que existe un peligro permanente que amenaza la propia supervivencia de la nación.
Ese tipo de discurso ha tenido una gran eficacia electoral porque simplifica la realidad. Frente a problemas económicos, sociales y culturales muy complejos, ofrece una explicación sencilla y fácilmente identificable. Pero precisamente por esa simplicidad resulta también especialmente peligroso para la calidad del debate democrático.
EL ECO ESPAÑOL: CUANDO EL ANTICOMUNISMO ACTIVA REFLEJOS DE MIEDO
La situación española no es igual, evidentemente, que la estadounidense, pero tiene un punto de contacto muy importante: también aquí el anticomunismo fue durante décadas una pieza central del discurso oficial. Durante casi cuarenta años de dictadura, la palabra “comunista” no se utilizó solo para nombrar una ideología. Se usó para señalar al enemigo, para justificar la represión, para sembrar sospecha sobre sindicatos, estudiantes, obreros organizados, intelectuales, vecinos movilizados o simples ciudadanos que pedían libertades.
Por eso, cuando hoy algunos dirigentes del PP o de Vox ponen en marcha el recurso de utilizar el término como insulto político, no están hablando en el vacío ni gratuitamente. Están tocando una tecla emocional muy antigua. En determinados sectores de la sociedad española, educados durante años en la idea de que “comunista” equivalía a caos, violencia, persecución religiosa, ruina económica o amenaza contra España, esa palabra todavía esta en condiciones de poder activar, en determinados sectores, reflejos automáticos de miedo, rechazo o pavor. No hace falta explicar demasiado. Basta con pronunciarla para que una parte del público complete mentalmente el resto.
Ese mecanismo se parece mucho al utilizado por Trump en Estados Unidos. La palabra deja de servir para analizar y empieza a funcionar como un interruptor psicológico. Si una propuesta habla de subir impuestos a los más ricos, reforzar la sanidad pública, limitar los abusos del mercado inmobiliario o regular sectores estratégicos, la respuesta no siempre entra en el fondo del asunto. A veces basta con decir: “eso es comunismo”. Y con esa etiqueta se intenta cerrar la conversación.
En España, la formacion ultraderechista Vox ha recurrido con frecuencia a esa fórmula para presentar al Gobierno de la coalición socialdemocrata como una amenaza ideológica, de la misma forma que en los EEUU los representantes del Partido Republicano acusan a los demócratas de ser "agentes bolcheviques" .
También dirigentes del PP han usado expresiones similares. Teodoro García Egea, por ejemplo, llegó a afirmar, cuando se negociaba el Gobierno PSOE-Unidas Podemos, que Sánchez iba a “meter al partido comunista en la Moncloa” y que habría “un partido comunista en el Consejo de Ministros”.
Isabel Díaz Ayuso, en un discurso reciente, acusó a Sánchez con la frase “comunismo eres tú” y añadió que, si pudiera, “se pondría el chándal caribeño”, una imagen pensada para asociarlo emocionalmente con gobiernos latinoamericanos que una parte de la derecha española presenta como símbolos del miedo político.
Lo importante no es solo lo que se dice, sino para qué se dice. Estas expresiones buscan que el oyente no se detenga a pensar en la medida concreta, sino que reaccione de inmediato. Funcionan como una señal de alarma. No explican; activan. No invitan al debate; empujan al rechazo.
En ese sentido, el anticomunismo español conserva una fuerza particular porque se apoya en una memoria fabricada durante mucho tiempo desde el poder. La dictadura presentó cualquier aspiración de igualdad social, derechos laborales o democracia real como una amenaza roja. Ese relato no desapareció ni de lejos durante la denominada transición. Quedó en muchas familias, en muchos medios, en muchos discursos heredados y en una parte del sentido común conservador. E, incluso, fue reiteradamente utilizado por la dirigencia socialdemócrata del PSOE para enterrar electoralmente a sus competidores por la izquierda.
Por eso, cuando hoy se llama “comunista” a un Gobierno de coalición tan radical, tan radical que es incapaz de traspasar minimamente las reglas que le marca el poder económico , se está utilizando un término cargado de historia para provocar un efecto emocional. El objetivo no es describir con precisión la realidad, sino despertar reflejos: miedo antes que razonamiento, rechazo antes que análisis, identidad antes que debate.
Ahí está la semejanza de fondo con el trumpismo. Tanto en Estados Unidos como en España y en otros países latinoamericanos, el anticomunismo funciona como una herramienta para simplificar problemas complejos y convertirlos en una lucha entre “patriotas” y “enemigos”. Y cuando la política entra en ese terreno, la democracia se convierte en una mera formalidad, porque las palabras dejan de ayudar a comprender y empiezan a utilizarse para impedir que la gente tenga la oportunidad de reflexionar
UNA LECCIÓN QUE SIGUE SIENDO ACTUAL
El 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos debería haber sido una oportunidad para recordar los principios teoricos sobre los que nació el país: la libertad, y el derecho de los ciudadanos a discutir el rumbo de su propia sociedad.
Precisamente por eso resulta especialmente significativo que, durante esa conmemoración, reaparezca un lenguaje basado en la búsqueda de enemigos internos. La historia demuestra que la democracia no comienza a deteriorarse solo cuando las elecciones son borradas del mapa o se procede a limitar drasticamente las libertades. También empiezan a debilitarse cuando determinadas palabras adquieren un poder tan intimidatorio que sustituyen a las razones y hacen que muchos ciudadanos prefieran guardar silencio antes que expresar sus ideas.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
En toda democracia que se precie de serlo deberían existir espacios reales para que las diferencias ideológicas puedan confrontarse con libertad. Esa discusión abierta, incluso cuando pueda resultar muy incómoda, debería ser el corazón mismo de la vida democrática.
Sin embargo, la historia muestra una contradicción alarmante: esa tolerancia suele estrecharse abruptamente cuando lo que se cuestiona no es una ley concreta, un gobierno pasajero o una medida aislada, sino el propio sistema económico sobre el que descansan esos Estados que se presentan como democráticos: el llamado sistema de “libre mercado”.
A partir de ese momento, el pluralismo proclamado empieza a mostrar sus límites. En esas circunstancias, quienes gobiernan suelen abandonar el lenguaje sereno del debate y activar todo el peso del aparato estatal: campañas de descrédito, vigilancia, persecución judicial, represión policial y, llegado el caso, ilegalización de las fuerzas discrepantes.
Aquella democracia, que presumía de permitir todas las ideas, pone de manifiesto entonces su frontera más vigilada: se puede discutir casi todo, siempre que no se ponga en peligro el poder real que organiza la riqueza.
Pero la represión no siempre aparece de forma directa. A veces opera de manera más sutil, a través del lenguaje. Hay momentos en los que el debate deja de centrarse en las propuestas y comienza a girar alrededor de etiquetas. Cuando eso ocurre, las palabras dejan de servir para explicar la realidad y empiezan a utilizarse con el exclusivo proposito de provocar miedo. Una de las que más veces ha cumplido esa función en Estados Unidos ha sido la palabra “comunista”.
Las recientes declaraciones de Donald Trump durante los actos del 250 aniversario de la independencia estadounidense han vuelto a situar esa palabra en el centro de la disputa política. No se trata de que los "comunistas" estadounidenses esten a punto de ganar las próximas elecciones. Pero sí sucede que al presentar el "comunismo" como una de las mayores amenazas para el país, Trump no solo esta criticando una ideología concreta, sino que está intentando recuperar una vieja forma de "hacer política" que durante décadas marcó profundamente la vida pública norteamericana, una política basada en convertir una palabra en alarma, una diferencia en sospecha y una propuesta de cambio en amenaza contra la nación.
CUANDO UNA ETIQUETA SUSTITUYE A LOS ARGUMENTOS
Para comprender cómo funciona este mecanismo nos bastaria con imaginar una conversación cotidiana. Supongamos por un momento que alguien propone construir más viviendas públicas porque el precio de los alquileres se ha vuelto insoportable para millones de familias. Ante esa propuesta, otra persona podría responder con argumentos: aportar datos económicos, calcular el coste de la medida, explicar sus posibles límites o señalar por qué cree que no resolvería el problema.
Pero existe un camino mucho más rápido y mucho más eficaz desde el punto de vista emocional: despachar la propuesta diciendo simplemente que es “comunista”.
En ese instante, el debate casi desaparece. Al pronunciar esa palabra, no se está nombrando solo una idea política; se está convocando de golpe todo un archivo de miedos acumulados durante décadas. Vuelven las campañas anticomunistas, las lecciones aprendidas en la infancia y la adolescencia, las miles de películas de Hollywood donde el comunista aparecía como amenaza, traidor o enemigo oculto, y toda la renta ideológica de una antigua inversión política diseñada para producir rechazo automático. Ya importa poco si construir vivienda pública es útil o inútil, si funciona en otros países democráticos o cuánto costaría aplicarla. La discusión sobre la medida queda sustituida por una palabra que pretende cerrar la reflexión antes incluso de que pueda empezar.
Ahí reside la enorme eficacia de ciertas etiquetas políticas: no necesitan demostrar nada, porque su fuerza consiste precisamente en despertar una emoción antes de que aparezca el razonamiento.
EL MIEDO COMO INSTRUMENTO POLÍTICO
Durante buena parte del siglo XX, especialmente en los años de la Guerra Fría, el miedo al comunismo ocupó un lugar central en la política estadounidense.
No solo fueron perseguidos los miembros del Partido Comunista. También quedaron bajo sospecha sindicalistas que reclamaban mejores salarios, profesores universitarios, artistas, periodistas, científicos y activistas que defendían los derechos civiles o criticaban determinadas decisiones del Gobierno.
En muchas ocasiones ni siquiera era necesario demostrar que alguien pertenecía a una organización comunista. Bastaba con lanzar la acusación para destruir su prestigio profesional o sembrar dudas sobre su lealtad al país. La etiqueta cumplía una función muy concreta: convertir un adversario político en un enemigo nacional.
LAS PALABRAS TAMBIÉN PUEDEN CONDICIONAR LA REALIDAD
Puede parecer exagerado pensar que una simple palabra tenga tanta importancia. Sin embargo, el lenguaje influye profundamente en la forma en que interpretamos el mundo. Si durante años se repite que un determinado grupo constituye una amenaza para la nación, muchas personas terminarán asociándolo automáticamente con el peligro, aunque nunca hayan analizado realmente sus ideas. Es un mecanismo psicológico muy sencillo. El miedo actúa mucho más deprisa que la reflexión.
Por eso algunas palabras llegan a tener una enorme fuerza política. No necesitan ser explicadas. Basta con pronunciarlas para despertar emociones intensas y reducir la capacidad crítica de quienes las escuchan.
PROBLEMAS COMPLEJOS Y RESPUESTAS DEMASIADO SIMPLES
Estados Unidos atraviesa hoy numerosos problemas que preocupan a millones de ciudadanos. El precio de la vivienda continúa aumentando, muchas familias tienen dificultades para acceder a la sanidad, la desigualdad económica no deja de crecer y numerosos trabajadores sienten que viven peor que sus padres. Todas estas cuestiones son enormemente complejas y requieren respuestas igualmente complejas.
Sin embargo, siempre resulta más fácil ofrecer un enemigo que ofrecer soluciones.Cuando se atribuyen esos problemas a una supuesta amenaza comunista, desaparece la necesidad de discutir cuestiones mucho más molestas: cómo se distribuye la riqueza, por qué aumenta la desigualdad, qué papel desempeñan las grandes corporaciones o cuáles son las consecuencias de determinadas políticas económicas.
El enemigo ideológico termina ocupando el lugar que debería corresponder al análisis de los problemas reales.
EL REGRESO DE UN VIEJO DISCURSO
Las recientes declaraciones de Trump recuperan una retórica que parecía haber perdido fuerza tras el final de la Guerra Fría. Presentar al comunismo como el principal enemigo interno permite movilizar emociones muy profundas entre una parte del electorado. No se trata únicamente de criticar una determinada ideología. El mensaje transmite además la idea de que existe un peligro permanente que amenaza la propia supervivencia de la nación.
Ese tipo de discurso ha tenido una gran eficacia electoral porque simplifica la realidad. Frente a problemas económicos, sociales y culturales muy complejos, ofrece una explicación sencilla y fácilmente identificable. Pero precisamente por esa simplicidad resulta también especialmente peligroso para la calidad del debate democrático.
EL ECO ESPAÑOL: CUANDO EL ANTICOMUNISMO ACTIVA REFLEJOS DE MIEDO
La situación española no es igual, evidentemente, que la estadounidense, pero tiene un punto de contacto muy importante: también aquí el anticomunismo fue durante décadas una pieza central del discurso oficial. Durante casi cuarenta años de dictadura, la palabra “comunista” no se utilizó solo para nombrar una ideología. Se usó para señalar al enemigo, para justificar la represión, para sembrar sospecha sobre sindicatos, estudiantes, obreros organizados, intelectuales, vecinos movilizados o simples ciudadanos que pedían libertades.
Por eso, cuando hoy algunos dirigentes del PP o de Vox ponen en marcha el recurso de utilizar el término como insulto político, no están hablando en el vacío ni gratuitamente. Están tocando una tecla emocional muy antigua. En determinados sectores de la sociedad española, educados durante años en la idea de que “comunista” equivalía a caos, violencia, persecución religiosa, ruina económica o amenaza contra España, esa palabra todavía esta en condiciones de poder activar, en determinados sectores, reflejos automáticos de miedo, rechazo o pavor. No hace falta explicar demasiado. Basta con pronunciarla para que una parte del público complete mentalmente el resto.
Ese mecanismo se parece mucho al utilizado por Trump en Estados Unidos. La palabra deja de servir para analizar y empieza a funcionar como un interruptor psicológico. Si una propuesta habla de subir impuestos a los más ricos, reforzar la sanidad pública, limitar los abusos del mercado inmobiliario o regular sectores estratégicos, la respuesta no siempre entra en el fondo del asunto. A veces basta con decir: “eso es comunismo”. Y con esa etiqueta se intenta cerrar la conversación.
En España, la formacion ultraderechista Vox ha recurrido con frecuencia a esa fórmula para presentar al Gobierno de la coalición socialdemocrata como una amenaza ideológica, de la misma forma que en los EEUU los representantes del Partido Republicano acusan a los demócratas de ser "agentes bolcheviques" .
También dirigentes del PP han usado expresiones similares. Teodoro García Egea, por ejemplo, llegó a afirmar, cuando se negociaba el Gobierno PSOE-Unidas Podemos, que Sánchez iba a “meter al partido comunista en la Moncloa” y que habría “un partido comunista en el Consejo de Ministros”.
Isabel Díaz Ayuso, en un discurso reciente, acusó a Sánchez con la frase “comunismo eres tú” y añadió que, si pudiera, “se pondría el chándal caribeño”, una imagen pensada para asociarlo emocionalmente con gobiernos latinoamericanos que una parte de la derecha española presenta como símbolos del miedo político.
Lo importante no es solo lo que se dice, sino para qué se dice. Estas expresiones buscan que el oyente no se detenga a pensar en la medida concreta, sino que reaccione de inmediato. Funcionan como una señal de alarma. No explican; activan. No invitan al debate; empujan al rechazo.
En ese sentido, el anticomunismo español conserva una fuerza particular porque se apoya en una memoria fabricada durante mucho tiempo desde el poder. La dictadura presentó cualquier aspiración de igualdad social, derechos laborales o democracia real como una amenaza roja. Ese relato no desapareció ni de lejos durante la denominada transición. Quedó en muchas familias, en muchos medios, en muchos discursos heredados y en una parte del sentido común conservador. E, incluso, fue reiteradamente utilizado por la dirigencia socialdemócrata del PSOE para enterrar electoralmente a sus competidores por la izquierda.
Por eso, cuando hoy se llama “comunista” a un Gobierno de coalición tan radical, tan radical que es incapaz de traspasar minimamente las reglas que le marca el poder económico , se está utilizando un término cargado de historia para provocar un efecto emocional. El objetivo no es describir con precisión la realidad, sino despertar reflejos: miedo antes que razonamiento, rechazo antes que análisis, identidad antes que debate.
Ahí está la semejanza de fondo con el trumpismo. Tanto en Estados Unidos como en España y en otros países latinoamericanos, el anticomunismo funciona como una herramienta para simplificar problemas complejos y convertirlos en una lucha entre “patriotas” y “enemigos”. Y cuando la política entra en ese terreno, la democracia se convierte en una mera formalidad, porque las palabras dejan de ayudar a comprender y empiezan a utilizarse para impedir que la gente tenga la oportunidad de reflexionar
UNA LECCIÓN QUE SIGUE SIENDO ACTUAL
El 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos debería haber sido una oportunidad para recordar los principios teoricos sobre los que nació el país: la libertad, y el derecho de los ciudadanos a discutir el rumbo de su propia sociedad.
Precisamente por eso resulta especialmente significativo que, durante esa conmemoración, reaparezca un lenguaje basado en la búsqueda de enemigos internos. La historia demuestra que la democracia no comienza a deteriorarse solo cuando las elecciones son borradas del mapa o se procede a limitar drasticamente las libertades. También empiezan a debilitarse cuando determinadas palabras adquieren un poder tan intimidatorio que sustituyen a las razones y hacen que muchos ciudadanos prefieran guardar silencio antes que expresar sus ideas.




























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