HANSI QUEDNAU PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Las guerras nunca comienzan cuando estalla el primer
proyectil. Comienzan mucho antes, cuando el lenguaje cambia de dirección, cuando las palabras pierden el peso de la historia y cuando lo que ayer resultaba moralmente inconcebible empieza a presentarse como una opción legítima.
LA GUERRA SIEMPRE COMIENZA MUCHO ANTES DE QUE DISPARE EL PRIMER SOLDADO
Por eso resulta tan inquietante comprobar cómo, ochenta y cinco años después de la Operación Barbarroja, vuelve a instalarse en Alemania un discurso que convierte a Rusia, una vez más, en el gran enemigo estratégico. No porque alguien reivindique abiertamente el pasado nazi. Sería demasiado burdo e inaceptable.
![[Img #92911]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/8264_der-speigel.jpg)
Lo verdaderamente eficaz consiste en algo mucho más sutil: desplazar lentamente los límites de lo aceptable hasta que una nueva confrontación deje de parecer imposible.
Y precisamente ahí reside el verdadero significado de la polémica surgida alrededor de la última portada de Der Spiegel.
EL PROBLEMA NO ES UNA PORTADA. ES EL CLIMA POLÍTICO QUE LA HACE POSIBLE
Muchos han centrado la discusión en un detalle aparentemente histórico: que la revista hable de Rusia en lugar de la Unión Soviética al recordar la invasión nazi de 1941. Sin embargo, esa discusión apenas roza la superficie.
Lo verdaderamente revelador es otra expresión mucho más significativa: "Nuestra guerra contra Rusia". Dos palabras bastan para modificar completamente el marco mental del lector.
"Nuestra". No la guerra de Hitler. No la guerra del Tercer Reich. "Nuestra guerra". Puede interpretarse como una referencia histórica al pasado alemán. Pero también puede leerse de otra manera. Y es precisamente esa segunda lectura la que resulta muy inquietante.
Porque en una Alemania inmersa en un proceso acelerado de rearme, donde el aumento del gasto militar es presentado como una necesidad estratégica y donde cada vez se habla con la mayor naturalidad de una posible confrontación directa con Moscú, esa expresión deja de pertenecer exclusivamente a la historia para empezar a dialogar con el presente.
LA "OPERACIÓN BARBARROJA" NO FUE UNA GUERRA. FUE UN PROYECTO DE EXTERMINIO
Olvidar lo que significó la Operación Barbarroja sería el primer paso para banalizar cualquier comparación posterior. La invasión alemana de la Unión Soviética no perseguía únicamente una victoria militar. Formaba parte de un proyecto colonial destinado a conquistar territorios, esclavizar poblaciones enteras y eliminar físicamente a millones de personas consideradas inferiores por la ideología nazi.
Aquella maquinaria de destrucción dejó alrededor de 27 millones de muertos soviéticos entre civiles y militares. Ningún otro escenario de la Segunda Guerra Mundial alcanzó semejante nivel de devastación humana. Fue allí donde quedó destrozada buena parte del potencial militar alemán y donde comenzó el derrumbe definitivo del Tercer Reich.
Por eso sorprende comprobar cómo esa memoria parece estar perdiendo hoy parte de su función preventiva. Durante décadas sirvió para recordar hasta dónde podía conducir el militarismo alemán. Hoy empieza a utilizarse de una forma que, según esta lectura, ya no solo mira hacia el pasado, sino que prepara psicológicamente el futuro.
LA BATALLA POR LA MEMORIA TAMBIÉN ES UNA BATALLA POLÍTICA
Existe otra denuncia especialmente significativa. Cada vez resulta más frecuente presentar la memoria rusa de la Gran Guerra Patria como un simple instrumento propagandístico del Kremlin, relegando a un segundísimo plano el inmenso sacrificio humano realizado por los pueblos de la Unión Soviética durante la derrota del nazismo.
Reducir esa memoria colectiva a una herramienta política supone ignorar que millones de familias continúan recordando aquella guerra no como un relato oficial, sino como una tragedia heredada generación tras generación. Cuando la historia deja de entenderse desde quienes la padecieron para convertirse únicamente en un objeto de disputa geopolítica, la memoria deja de proteger frente a los errores del pasado. Empieza, por el contrario, a ponerse al servicio de los conflictos del presente.
EUROPA VUELVE A CAMINAR SOBRE UN TERRENO PELIGROSAMENTE CONOCIDO
Quizá la principal enseñanza que deja esta polémica no tenga que ver con una revista ni con un titular. Tiene que ver con algo mucho más profundo.
El conjunto de las sociedades no aceptan una guerra de un día para otro. Primero aceptan el lenguaje que la hace imaginable. Después normalizan el rearme. Más tarde convierten al adversario en una amenaza permanente. Finalmente, cuando todo ese recorrido ya se ha completado, la guerra aparece como una consecuencia inevitable y no como una decisión política.
Ese proceso nunca se presenta como una ruptura. Siempre llega disfrazado de sentido común, de mucho "sentido común". Y precisamente por eso resulta tan difícil reconocerlo mientras sucede.
La memoria de la Operación Barbarroja debería seguir funcionando como un muro moral imposible de franquear para cualquier generación alemana y para toda Europa. Si comienza a transformarse en una simple referencia histórica mientras vuelve a instalarse la lógica de los bloques, del enemigo absoluto y de la confrontación permanente, el verdadero peligro no será únicamente olvidar el pasado.
Será empezar a repetirlo sin siquiera advertir que el camino ya ha comenzado.
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