CUANDO EL CALOR MATA: EL PRECIO HUMANO DE UNA ECONOMÍA BASADA EN LOS COMBUSTIBLES FÓSILES
Una ola de calor que no puede considerarse un accidente
Europa vive uno de los veranos más duros que se recuerdan. En numerosos países los termómetros han superado los 40 grados durante varios días seguidos. Hospitales saturados, incendios forestales, cultivos dañados, cortes de electricidad y miles de personas afectadas.
Por CARLOS SERNA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Europa vive uno de los veranos más duros que se recuerdan. En numerosos países los termómetros han superado los 40 grados durante varios días seguidos. Hospitales saturados, incendios forestales, cultivos dañados, cortes de electricidad y miles de personas afectadas forman parte de una realidad que ya no puede calificarse como excepcional. Las olas de calor extremas se están convirtiendo en algo cada vez más frecuente.
Hoy no existen dudas fundadatas que cuestione que estos episodios son hoy mucho más intensos debido al cambio climático provocado principalmente por la emisión de gases de efecto invernadero. Esta última ola de calor ha provocado ya miles de muertes adicionales en Europa, especialmente entre personas mayores, enfermos crónicos y trabajadores expuestos durante horas a temperaturas extremas.
Para muchas familias, por tanto, el cambio climático ha dejado de ser una amenaza lejana. Ya no se trata únicamente del deshielo de los polos o del aumento del nivel del mar. Hoy significa dormir sin poder respirar por el calor, ver cómo los bosques arden cada verano o comprobar que las ciudades se convierten en auténticos hornos durante semanas enteras.
¿QUIÉN SE BENEFICIA DE ESTE MODELO?
Los científicos coinciden en que la principal causa del calentamiento global es la quema masiva de carbón, petróleo y gas durante décadas. Sin embargo, detrás de esos combustibles existe un enorme negocio que mueve miles de millones de euros cada año y que rara vez se destaca.
Organizaciones ecologistas y analistas denuncian que las grandes compañías petroleras conocían desde hace décadas los riesgos que suponía seguir aumentando las emisiones de dióxido de carbono pero, en lugar de reducir progresivamente su dependencia de los combustibles fósiles, apostaron por mantener e incluso ampliar sus explotaciones mientras desarrollaban campañas para mejorar su imagen pública mediante inversiones relativamente pequeñas en energías renovables.
El problema no es únicamente medioambiental, sino de un sistema económico en el que una minoría de privilegiados obtiene enormes beneficios mientras los costes recaen sobre toda la sociedad. Las empresas ingresan miles de millones, las consecuencias las pagan los ciudadanos mediante olas de calor más intensas, sequías, inundaciones, incendios y un creciente gasto sanitario.
Esta economía basada en el petróleo y el gas también está estrechamente relacionada con numerosos conflictos internacionales. El control de los recursos energéticos continúa siendo uno de los principales motivos de guerras, intervenciones militares y promoción de golpes de estado por parte de las principales potencias del planeta. Cada bombardeo destruye ciudades que después deberán reconstruirse, consume enormes cantidades de combustible y libera millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono a la atmósfera.
El negocio de los combustibles fósiles no está acelerando solamente el calentamiento global, sino también alimentando conflictos con un enorme coste humano.
UN PROBLEMA QUE VA MUCHO MÁS ALLÁ DEL CLIMA
A todo ello se suma otro fenómeno que crece a gran velocidad: el espectacular aumento del consumo eléctrico provocado por los grandes centros de datos que alimentan la inteligencia artificial. Aunque esta tecnología ofrece enormes posibilidades, también necesita cantidades gigantescas de energía para funcionar.
Algunos expertos advierten de que, si esa electricidad continúa produciéndose en buena parte mediante combustibles fósiles, el desarrollo tecnológico podría aumentar todavía más las emisiones contaminantes. Una sola instalación dedicada al entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial puede llegar a consumir tanta electricidad como decenas de miles de hogares.
Mientras tanto, los científicos alertan de que el cuerpo humano tiene límites físicos que no pueden superarse. Cuando el calor y la humedad alcanzan determinados niveles, el organismo deja de poder refrigerarse mediante el sudor. En esas condiciones, incluso una persona sana puede sufrir un golpe de calor potencialmente mortal.
Pese a la gravedad de la situación, todavía existen voces que minimizan el problema o sostienen que todo responde únicamente a ciclos naturales del clima. Sin embargo, la inmensa mayoría de las investigaciones publicadas durante los últimos años apuntan en la misma dirección: el calentamiento global está haciendo que estos fenómenos sean más frecuentes y mucho más peligrosos.
Cada verano que pasa confirma una realidad incómoda: el cambio climático ya no pertenece al futuro. Está alterando la vida cotidiana de millones de personas y aumentando el número de víctimas año tras año.
La discusión ya no consiste únicamente en proteger el medio ambiente. Se trata, sobre todo, de proteger la salud, la seguridad y las condiciones de vida de las generaciones presentes y futuras. Algo que se muestra absolutamente incompatible con el sostenimiento de un sistema económico cuya esencia le conduce, inevitablemente, a la depredación creciente de los seres humanos y los ecosistemas que estos requieren para sostener su vida.
Por CARLOS SERNA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Europa vive uno de los veranos más duros que se recuerdan. En numerosos países los termómetros han superado los 40 grados durante varios días seguidos. Hospitales saturados, incendios forestales, cultivos dañados, cortes de electricidad y miles de personas afectadas forman parte de una realidad que ya no puede calificarse como excepcional. Las olas de calor extremas se están convirtiendo en algo cada vez más frecuente.
Hoy no existen dudas fundadatas que cuestione que estos episodios son hoy mucho más intensos debido al cambio climático provocado principalmente por la emisión de gases de efecto invernadero. Esta última ola de calor ha provocado ya miles de muertes adicionales en Europa, especialmente entre personas mayores, enfermos crónicos y trabajadores expuestos durante horas a temperaturas extremas.
Para muchas familias, por tanto, el cambio climático ha dejado de ser una amenaza lejana. Ya no se trata únicamente del deshielo de los polos o del aumento del nivel del mar. Hoy significa dormir sin poder respirar por el calor, ver cómo los bosques arden cada verano o comprobar que las ciudades se convierten en auténticos hornos durante semanas enteras.
¿QUIÉN SE BENEFICIA DE ESTE MODELO?
Los científicos coinciden en que la principal causa del calentamiento global es la quema masiva de carbón, petróleo y gas durante décadas. Sin embargo, detrás de esos combustibles existe un enorme negocio que mueve miles de millones de euros cada año y que rara vez se destaca.
Organizaciones ecologistas y analistas denuncian que las grandes compañías petroleras conocían desde hace décadas los riesgos que suponía seguir aumentando las emisiones de dióxido de carbono pero, en lugar de reducir progresivamente su dependencia de los combustibles fósiles, apostaron por mantener e incluso ampliar sus explotaciones mientras desarrollaban campañas para mejorar su imagen pública mediante inversiones relativamente pequeñas en energías renovables.
El problema no es únicamente medioambiental, sino de un sistema económico en el que una minoría de privilegiados obtiene enormes beneficios mientras los costes recaen sobre toda la sociedad. Las empresas ingresan miles de millones, las consecuencias las pagan los ciudadanos mediante olas de calor más intensas, sequías, inundaciones, incendios y un creciente gasto sanitario.
Esta economía basada en el petróleo y el gas también está estrechamente relacionada con numerosos conflictos internacionales. El control de los recursos energéticos continúa siendo uno de los principales motivos de guerras, intervenciones militares y promoción de golpes de estado por parte de las principales potencias del planeta. Cada bombardeo destruye ciudades que después deberán reconstruirse, consume enormes cantidades de combustible y libera millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono a la atmósfera.
El negocio de los combustibles fósiles no está acelerando solamente el calentamiento global, sino también alimentando conflictos con un enorme coste humano.
UN PROBLEMA QUE VA MUCHO MÁS ALLÁ DEL CLIMA
A todo ello se suma otro fenómeno que crece a gran velocidad: el espectacular aumento del consumo eléctrico provocado por los grandes centros de datos que alimentan la inteligencia artificial. Aunque esta tecnología ofrece enormes posibilidades, también necesita cantidades gigantescas de energía para funcionar.
Algunos expertos advierten de que, si esa electricidad continúa produciéndose en buena parte mediante combustibles fósiles, el desarrollo tecnológico podría aumentar todavía más las emisiones contaminantes. Una sola instalación dedicada al entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial puede llegar a consumir tanta electricidad como decenas de miles de hogares.
Mientras tanto, los científicos alertan de que el cuerpo humano tiene límites físicos que no pueden superarse. Cuando el calor y la humedad alcanzan determinados niveles, el organismo deja de poder refrigerarse mediante el sudor. En esas condiciones, incluso una persona sana puede sufrir un golpe de calor potencialmente mortal.
Pese a la gravedad de la situación, todavía existen voces que minimizan el problema o sostienen que todo responde únicamente a ciclos naturales del clima. Sin embargo, la inmensa mayoría de las investigaciones publicadas durante los últimos años apuntan en la misma dirección: el calentamiento global está haciendo que estos fenómenos sean más frecuentes y mucho más peligrosos.
Cada verano que pasa confirma una realidad incómoda: el cambio climático ya no pertenece al futuro. Está alterando la vida cotidiana de millones de personas y aumentando el número de víctimas año tras año.
La discusión ya no consiste únicamente en proteger el medio ambiente. Se trata, sobre todo, de proteger la salud, la seguridad y las condiciones de vida de las generaciones presentes y futuras. Algo que se muestra absolutamente incompatible con el sostenimiento de un sistema económico cuya esencia le conduce, inevitablemente, a la depredación creciente de los seres humanos y los ecosistemas que estos requieren para sostener su vida.




























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