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Martes, 09 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

LA HISTORIA OCULTA QUE SE ESCONDE TRAS "NUESTRAS" IDEAS Y VALORES

¿Cuáles son los mecanismos con los que la sociedad moldea nuestra forma de pensar, sentir y soñar? ¿Por qué cada época produce formas drasticamente distintas de entender la vida?

Estamos convencidos de que nuestras ideas, nuestros valores y nuestros sueños nacen exclusivamente de decisiones personales propias. Sin embargo, la historia demuestra fehacientemente que la forma en la que pensamos está profundamente vinculada a la sociedad en la que vivimos. Comprender cómo se van construyendo nuestros ideales es también comprender cómo podemos transformarlos.

 

POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

     "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado." Karl Marx, "El dieciocho brumario de Luis Bonaparte" (1852).

 

    A casi todos nos gusta pensar que somos completamente libres para decidir quiénes queremos ser.

 

    Estamos convencidos de que nuestros sueños nacen exclusivamente de nuestra personalidad, que nuestras opiniones son el resultado de reflexiones individuales  y que nuestros valores responden únicamente a una elección personal,  también de nuestra exclusiva competencia.

 

   Sin embargo, hay preguntas cuyas respuestas podrían resultarnos extraordinariamente inquietantes, aunque también muy  reveladoras. Por ejemplo:

- ¿hasta qué medida nuestras ideas son realmente nuestras?

- ¿Y hasta qué punto la sociedad en la que vivimos ha contribuido a moldear nuestra manera de pensar, de sentir y de comprender el mundo?

 

   Vivimos en una época en la que se exalta constantemente la individualidad. Desde pequeños escuchamos mensajes que nos animan a "ser nosotros mismos", a "perseguir nuestros sueños" o a "construir nuestra propia identidad".

 

    Pero muy pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre algo fundamental: nadie construye su personalidad aislado de la realidad social que lo rodea. Nacemos en un mundo que ya existía antes de que nosotros llegáramos a él.  Y nos encontramos con una familia determinada, un sistema educativo concreto, unas formas específicas de organización económica y unos valores culturales que nos transmiten ideas sobre qué significa triunfar, qué comportamientos merecen reconocimiento, qué tipo de vida debemos considerar valiosa y cuál no.

 

     Comprender quiénes somos exige, por tanto, comprender también la sociedad en la que vivimos. Nuestros ideales no surgen espontáneamente desde lo más profundo de nuestra conciencia. Se forman históricamente. Aprendemos a desear determinadas cosas y a rechazar otras. Aprendemos qué debemos admirar y qué debemos despreciar. Incluso aquello que creemos más íntimo y personal está atravesado por experiencias sociales que compartimos con millones de personas de nuestra misma época.

 

     Esta idea resulta especialmente importante porque nos obliga a cuestionar una creencia muy extendida: la de que la forma en que pensamos es completamente natural e independiente de las condiciones materiales en las que desarrollamos nuestra existencia.

 

LA CONCIENCIA TAMBIÉN TIENE HISTORIA

     Los seres humanos no nacen con una forma fija e inmutable de entender el mundo. La conciencia no surge en el vacío. Antes de dedicarse al arte, la filosofía o la política, las personas necesitan satisfacer necesidades básicas: alimentarse, protegerse del clima, disponer de una vivienda y garantizar la supervivencia propia y la de quienes las rodean. Para lograrlo, establecen formas específicas de cooperación y organizan colectivamente la producción de los recursos necesarios para vivir.

 

    La manera en que una sociedad produce y distribuye esos recursos influye profundamente sobre la forma en que sus miembros interpretan la realidad. Esto no significa que las personas o sus ideas sean simples productos pasivos de las circunstancias económicas. Los seres humanos piensan, imaginan, crean y transforman activamente el mundo. Pero lo hacen siempre dentro de unas condiciones históricas concretas que condicionan el horizonte de lo que consideran posible o deseable.

 

    Un joven europeo del siglo XIII y otro del siglo XXI comparten capacidades humanas semejantes. Sin embargo, sus aspiraciones probablemente serían muy diferentes. Mientras el primero difícilmente imaginaría una vida distinta de la de sus padres, el segundo ha crecido escuchando que debe descubrir su verdadera vocación, destacar profesionalmente y construir una identidad propia y diferenciada. Lo que ha cambiado en ambos no es su naturaleza humana, sino las condiciones sociales en las que ambos desarrollan su existencia.

 

    Por eso, los ideales dominantes de cada época suelen estar relacionados con las necesidades y características de la organización social vigente. Cada sociedad produce no solo bienes materiales, sino también formas específicas de pensar y sentir. 

 

CUANDO LA SUPERVIVENCIA DEPENDÍA DEL GRUPO

     Durante gran parte de la historia humana, la supervivencia dependió directamente de la cooperación colectiva. Las primeras comunidades enfrentaban enormes dificultades para obtener alimentos, protegerse frente a amenazas externas y garantizar la continuidad del grupo. Una persona aislada tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir.

 

    En esas circunstancias, la pertenencia a la comunidad no era simplemente un valor moral; era también una necesidad material. Compartir recursos, distribuir tareas y proteger colectivamente a los miembros más vulnerables aumentaba las posibilidades de supervivencia de todos.

 

    Por ello, las primeras formas de pensamiento individual estuvieron fuertemente vinculadas al sentido de pertenencia colectiva. La identidad individual apenas podía separarse del grupo. Las decisiones personales estaban condicionadas por las necesidades comunes.

 

   La pregunta fundamental no era "¿qué quiero hacer con mi vida?", sino "¿cómo garantizamos juntos nuestra supervivencia?". Valores como la cooperación, la solidaridad y el respeto por las tradiciones no surgían porque aquellas personas fueran más generosas que nosotros. Eran respuestas adaptativas a unas condiciones históricas determinadas.

 

    Esto nos enseña una lección fundamental: los ideales humanos cambian cuando cambian las condiciones materiales de existencia.

 

 EL NACIMIENTO DE LAS JERARQUÍAS Y LA LEGITIMACIÓN DEL PODER

     El desarrollo de la agricultura transformó profundamente las sociedades humanas. La aparición de excedentes de producción permitió que algunas personas dejaran de dedicarse exclusivamente a la obtención directa de alimentos. Surgieron nuevas divisiones del trabajo y comenzaron a consolidarse estructuras sociales más complejas.

 

     Con ellas aparecieron también nuevas desigualdades. Algunos grupos asumieron funciones políticas, militares o religiosas que les otorgaron posiciones privilegiadas dentro de la comunidad. Mantener la estabilidad de sociedades cada vez más extensas exigía mecanismos capaces de justificar esas diferencias.

 

    Las creencias religiosas y los sistemas simbólicos desempeñaron un papel importante en este proceso. El poder comenzó a presentarse como expresión de un orden natural o divino. La obediencia dejó de ser únicamente una necesidad práctica y pasó a convertirse en una virtud moral.

 

    Los valores dominantes reflejaban estas nuevas realidades sociales. El respeto a la autoridad, el cumplimiento del deber y la aceptación del lugar asignado dentro de la comunidad ayudaban a reproducir el funcionamiento del sistema existente.

 

     Las personas nacían ocupando posiciones relativamente fijas dentro de la estructura social. Sus posibilidades de transformación individual eran limitadas. En consecuencia, también lo eran sus formas de imaginar el futuro.

 

   LA EDAD MEDIA: FE, INSEGURIDAD Y ACEPTACIÓN DEL ORDEN EXISTENTE

    La sociedad feudal europea constituye un ejemplo especialmente revelador de cómo las condiciones materiales [Img #92396]influyen sobre la formación de nuestra forma de pensar y actuar. La mayoría de la población vivía de la agricultura en un contexto marcado por la inseguridad permanente.

 

  Las malas cosechas podían provocar hambrunas devastadoras. Las epidemias reducían drásticamente la esperanza de vida. Las guerras eran frecuentes y la movilidad social prácticamente inexistente.

 

     En estas circunstancias, la religión ofrecía explicaciones capaces de otorgar sentido a una existencia que estaba permanentemente marcada por la incertidumbre. La vida terrenal era concebida como una etapa transitoria dentro de un horizonte más amplio. El sufrimiento presente podía interpretarse como parte de un orden superior cuya verdadera recompensa llegaría después de la muerte.

 

    Valores como la humildad, la obediencia y la resignación adquirieron gran importancia porque resultaban coherentes con las condiciones sociales de la época. Esto no significa que las personas fueran incapaces de cuestionar el orden existente. De hecho, existieron numerosas revueltas campesinas a lo largo de la Edad Media. Sin embargo, resultaba mucho más difícil imaginar una reorganización completa de la sociedad cuando las condiciones materiales limitaban enormemente las posibilidades de cambio.

 

    Las formas de la conciencia humana estaban profundamente vinculadas a las formas de vida.

 

LA MODERNIDAD Y EL NACIMIENTO DEL INDIVIDUO AUTÓNOMO

     El desarrollo del comercio, la expansión de las ciudades y el surgimiento de nuevas actividades económicas transformaron progresivamente las sociedades europeas. Nuevos grupos sociales vinculados al intercambio mercantil comenzaron a adquirir peso e importancia económica y política.

 

   Estas transformaciones materiales impulsaron también cambios profundos en la forma de entender al individuo. La iniciativa personal, la responsabilidad individual y la capacidad para dirigir el propio destino comenzaron a ser valoradas positivamente.

 

    La razón humana fue presentada como instrumento privilegiado para comprender y transformar la realidad. El ideal del individuo autónomo se convirtió en uno de los pilares fundamentales de la modernidad.

 

    Pero esta nueva concepción tampoco surgió espontáneamente. Respondía a las necesidades de una sociedad que requería individuos capaces de asumir iniciativas, tomar decisiones y adaptarse a entornos económicos cada vez más dinámicos y cambiantes.

 

    La expansión del capitalismo fue acompañada por la difusión de valores asociados al mérito individual, la disciplina laboral y la responsabilidad personal. El éxito comenzó a interpretarse como resultado del esfuerzo propio, aunque las desigualdades sociales continuaran condicionando fuertemente las oportunidades reales de las personas.

 

  EL CAPITALISMO Y LA PRODUCCIÓN DE NUEVAS FORMAS DE PENSAR Y ACTUAR

     El capitalismo no constituye únicamente un sistema económico basado en mercados y empresas. También produce determinadas formas de pensar y sentir. Un tipo determinado de seres humanos. Las sociedades capitalistas necesitan individuos capaces de trabajar, consumir, competir y adaptarse continuamente a las exigencias cambiantes de la producción.

 

    Como consecuencia, ciertos valores adquieren una enorme importancia cultural. La productividad se convierte en virtud. El éxito económico pasa a funcionar como una medida del valor personal. La competencia se presenta como rasgo natural de la existencia humana.

 

   Muchas personas interiorizan la idea de que son exclusivamente responsables de sus éxitos y fracasos. Si prosperan económicamente se atribuye al mérito individual. Si encuentran dificultades, la responsabilidad recae únicamente sobre ellas mismas.

 

   Sin embargo, esta visión tiende a invisibilizar el peso de factores sociales fundamentales como son el origen familiar, las desigualdades educativas o las oportunidades económicas disponibles.

 

   Dos jóvenes igualmente inteligentes y trabajadores pueden desarrollar trayectorias completamente distintas dependiendo del contexto social en el que hayan nacido. Ignorar esta realidad conduce a transformar problemas colectivos en supuestos fracasos individuales.

 

 

LAS REDES SOCIALES Y LA CULTURA DEL RENDIMIENTO

    Las nuevas tecnologías han introducido nuevas formas de reconocimiento social. Hoy millones de jóvenes construyen parte de su identidad en espacios digitales donde la aceptación puede medirse mediante seguidores, visualizaciones o "me gusta".

 

   La exposición constante a modelos idealizados de éxito, belleza o felicidad intensifica la presión por destacar y diferenciarse. Muchos jóvenes sienten que deben convertirse en proyectos permanentes de mejora personal.

 

   Hay que ser más productivo, más atractivo, más eficiente y más visible. El descanso puede interpretarse como improductividad. El error como fracaso personal. La comparación permanente con los demás genera ansiedad y sentimientos de insuficiencia.

 

   Pero estas experiencias individuales reflejan también características propias del momento histórico actual. Cuando la competencia económica se convierte en un principio organizador de la sociedad, las relaciones competitivas tienden a extenderse a otros ámbitos de la vida.

 

  Comprender esta dimensión social del malestar contemporáneo permite analizarlo desde una perspectiva más amplia y menos culpabilizadora.

 

  LOS IDEALES COMO ESPACIO DE CONFLICTO Y TRANSFORMACIÓN

    Si los ideales son construcciones históricas, también pueden cambiar. Ninguna forma de organización social es eterna. La historia está llena de ejemplos que muestran cómo personas y movimientos colectivos cuestionaron valores que parecían incuestionables.

 

   La abolición de la esclavitud, la conquista de derechos laborales o la ampliación de la igualdad política fueron posibles porque surgieron nuevas formas de conciencia capaces de desafiar las ideas dominantes de su tiempo.

 

   Las personas no solo reproducen la realidad existente. También pueden transformarla. Las diferentes formas de pensar constituyen un terreno de disputa donde conviven adaptación, resistencia y cambio.

 

   Comprender cómo se forman nuestros ideales amplía nuestra capacidad de actuar conscientemente sobre el mundo. Nos ayuda a distinguir entre deseos verdaderamente propios y expectativas que hemos incorporado porque la sociedad las presenta como inevitables.

 

 La libertad no consiste en imaginar que vivimos completamente al margen de toda influencia social. Consiste en reconocer esas influencias para decidir críticamente cuáles queremos mantener y cuáles deseamos transformar.

 

  COMPRENDER EL MUNDO PARA COMPRENDERNOS A NOSOTROS MISMOS

     La gran enseñanza que podemos extraer es que nuestras ideas, nuestros valores y nuestros sueños tienen historia. No nacemos con ellos. Los construimos dentro de sociedades concretas que influyen profundamente sobre nuestra manera de pensar y sentir.

 

   -Las primeras comunidades humanas privilegiaron la cooperación porque la supervivencia dependía del grupo.

   -Las sociedades feudales promovieron valores asociados a la obediencia en un contexto marcado por la inseguridad y la escasa movilidad social.

  -La modernidad capitalista impulsó el ideal del individuo autónomo junto al desarrollo de nuevas formas económicas. El mundo contemporáneo exalta la productividad y la competencia en sociedades organizadas alrededor del mercado.

 

  Comprender esta relación entre formas de pensar e historia no disminuye nuestra libertad. Al contrario, nos proporciona herramientas para ejercerla de manera más consciente.

 

   Tal vez la pregunta más importante no sea simplemente quiénes somos, sino quiénes queremos llegar a ser y qué tipo de sociedad necesitamos construir para hacerlo posible.Porque transformar el mundo implica también transformar las formas de pensar, sentir y relacionarnos que ese mismo mundo ha contribuido a crear.

 

  La historia nos demuestra que los seres humanos hacen su propia historia, aunque no en circunstancias elegidas libremente. Precisamente por eso, comprender las condiciones que moldean nuestra conciencia constituye uno de los primeros paso para imaginar y construir futuros diferentes.

     

(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro "El Gran Reajuste, China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", recientemente editado por Amazon,

 
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