LA II GUERRA MUNDIAL QUE TE ENSEÑARON ES SOLO LA MITAD DE LA HISTORIA
La cara oculta de la II Guerra Mundial: lo que los libros escolares nunca contaron
La Segunda Guerra Mundial suele presentarse como el enfrentamiento definitivo entre el bien y el mal, entre las democracias occidentales y el nazismo. Sin embargo, detrás de esa narrativa se esconde una realidad mucho más compleja. La mayor tragedia del siglo XX fue también el resultado de una devastadora crisis económica, de la competencia entre imperios rivales, del miedo de las élites a la revolución social y de una lucha global por el control del futuro.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
La Segunda Guerra Mundial es, probablemente, el acontecimiento más conocido del siglo XX y, al mismo tiempo, uno de los peor comprendidos.
Durante décadas, películas, documentales y libros han construido una imagen relativamente sencilla de aquel conflicto: las democracias occidentales enfrentándose al nazismo para salvar la libertad y derrotar la barbarie.
Esa explicación contiene una parte esencial de la verdad. Sin embargo, deja en la sombra numerosos aspectos sin los cuales resulta imposible entender por qué el mundo acabó sumergido en la mayor catástrofe de su historia.
El libro de Chris Bambery, "Historia marxista de la II Guerra Mundial", Editorial Pasado y Presente", invita precisamente a mirar más allá de los relatos convencionales y a explorar una realidad mucho más compleja, donde la guerra aparece no solo como una lucha contra Hitler, sino también como el resultado de profundas rivalidades económicas, imperiales, sociales e ideológicas que llevaban décadas acumulándose.
¿Fue realmente una lucha entre democracia y dictadura o una guerra por el control del planeta?
MÁS ALLÁ DE HITLER: UNA GUERRA QUE VENÍA DE LEJOS
Existe una tendencia muy extendida a identificar el origen de la guerra con la llegada de Adolf Hitler al poder o con la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939. Sin embargo, los problemas que desembocaron en el conflicto eran anteriores al nazismo. De hecho, la Segunda Guerra Mundial puede entenderse, en muchos aspectos, como la continuación de las tensiones que habían quedado sin resolver tras la Primera Guerra Mundial.
La paz firmada en Versalles en 1919 no consiguió estabilizar Europa. Alemania salió derrotada, humillada y obligada a aceptar unas reparaciones económicas que muchos alemanes consideraban insoportables.
Francia, por su parte, buscó garantizar su seguridad frente a cualquier resurgimiento alemán. Gran Bretaña intentó conservar un imperio gigantesco cuya solidez empezaba a mostrar grietas. Estados Unidos emergió como la principal potencia financiera del mundo. Japón ambicionaba ampliar su influencia en Asia. Mientras tanto, la Revolución Rusa había introducido un elemento completamente nuevo en la política internacional: la existencia de un Estado que proclamaba abiertamente la superación del capitalismo. Todo ello configuró un escenario extremadamente inestable.
Lejos de representar una época de auténtica paz, el período de entreguerras estuvo marcado por conflictos fronterizos, revoluciones, contrarrevoluciones, golpes de Estado y tensiones crecientes entre las grandes potencias. Bajo la aparente normalidad de los años veinte se estaba gestando una nueva tormenta.
LA CRISIS ECONÓMICA QUE CAMBIÓ EL MUNDO
Si existe un acontecimiento sin el cual resulta imposible comprender la Segunda Guerra Mundial, ese es la Gran Depresión de 1929. El hundimiento de Wall Street no fue únicamente una crisis financiera estadounidense. Fue el detonante de una crisis global que sacudió los cimientos del sistema económico internacional.
![[Img #92344]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/3032_ingoguerra.jpg)
Millones de personas perdieron sus empleos. Empresas y bancos quebraron. El comercio mundial se desplomó. Los gobiernos reaccionaron levantando barreras comerciales para proteger sus economías nacionales. Estados Unidos aumentó drásticamente los aranceles. Gran Bretaña reorganizó su comercio alrededor de su imperio. Francia hizo lo mismo. Cada país intentó salvarse por separado.
El resultado fue una competencia económica cada vez más agresiva. Las grandes potencias comenzaron a disputarse mercados, materias primas y zonas de influencia con una intensidad desconocida desde antes de 1914. Alemania y Japón fueron especialmente vulnerables porque carecían de los extensos recursos coloniales de los que disponían británicos y franceses. Para muchos dirigentes alemanes y japoneses, la expansión territorial dejó de ser una simple ambición nacionalista para convertirse en una necesidad estratégica.
La guerra no surgió únicamente de las ideas de Hitler. Surgió también de un sistema económico internacional que se estaba fragmentando y radicalizando. La crisis de 1929 transformó las tensiones económicas en rivalidades geopolíticas y terminó empujando a las grandes potencias hacia una confrontación que parecía cada vez más inevitable.
IMPERIOS EN COMPETENCIA
Uno de los aspectos más interesantes que plantea Bambery en el libro citado es la necesidad de observar la guerra como un conflicto entre imperios rivales. Esta perspectiva suele quedar relegada por la enorme atención que recibe la lucha ideológica entre fascismo y democracia, pero resulta esencial para comprender los intereses reales de las potencias implicadas.
“Para muchas élites europeas, el miedo al comunismo fue durante años más intenso que el miedo a Hitler.”
Gran Bretaña era todavía la mayor potencia imperial del planeta. Francia controlaba vastos territorios coloniales en África y Asia. Estados Unidos se consolidaba como el principal centro económico mundial. Japón intentaba construir un imperio asiático bajo su liderazgo. Alemania buscaba alterar el reparto internacional del poder establecido tras 1918.
Cada una de estas potencias perseguía objetivos propios. Todas necesitaban mercados, materias primas y áreas de influencia. La diferencia era que algunas trataban de conservar un orden internacional que las beneficiaba mientras otras intentaban transformarlo mediante la fuerza.
La guerra fue, por tanto, una lucha entre proyectos imperiales incompatibles. Esta realidad explica también las tensiones existentes dentro del propio bando aliado. Aunque Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética combatieron juntos contra Hitler, sus intereses estratégicos diferían profundamente. La alianza que los unió durante la guerra no tardaría en resquebrajarse después de 1945.
EL MIEDO AL COMUNISMO Y EL ASCENSO DEL NAZISMO
Para comprender la Europa de los años treinta es necesario recordar un hecho que hoy suele olvidarse: muchas élites occidentales temían más una revolución social que el ascenso de Hitler.
La Revolución Rusa de 1917 había provocado una conmoción profunda entre las clases dirigentes europeas. Durante las décadas siguientes, huelgas generales, movimientos obreros y partidos de izquierda crecieron en numerosos países. Para muchos empresarios, militares y políticos conservadores, el comunismo representaba una amenaza inmediata al orden social existente.
Ese miedo ayuda a explicar la política de apaciguamiento desarrollada por Gran Bretaña y Francia frente a Alemania. La imagen posterior de Neville Chamberlain como símbolo de la ingenuidad diplomática resulta insuficiente. Detrás de las concesiones realizadas a Hitler existían también cálculos políticos y sociales. Algunos sectores de las élites occidentales esperaban que la expansión alemana terminara orientándose hacia el este y chocando con la Unión Soviética.
El nazismo fue visto durante años por determinados círculos conservadores como una posible barrera frente al comunismo. Solo cuando la amenaza alemana se volvió imposible de ignorar, esa percepción comenzó a cambiar.
ESPAÑA, EL ENSAYO GENERAL DE LA GUERRA
Pocas veces se recuerda hasta qué punto la Guerra Civil Española fue una anticipación de la tragedia que estaba a punto de extenderse por toda Europa. Entre 1936 y 1939, España se convirtió en el escenario donde se enfrentaron muchas de las fuerzas políticas que protagonizarían la Segunda Guerra Mundial.
La Alemania nazi y la Italia fascista apoyaron a Franco. La Unión Soviética respaldó a la República. Miles de voluntarios extranjeros llegaron para combatir en las Brigadas Internacionales convencidos de que defendían no solo a España, sino también el futuro de Europa.
La guerra española permitió a Hitler probar nuevas tácticas militares y nuevas armas. El bombardeo de Guernica se convirtió en un símbolo de una forma de guerra que pronto alcanzaría una escala mucho mayor. Para millones de europeos, la derrota de la República confirmó que el fascismo avanzaba mientras las democracias occidentales permanecían paralizadas.
España fue mucho más que un mero conflicto nacional. Fue el laboratorio político y militar donde se ensayaron algunas de las características fundamentales de la guerra que estallaría pocos meses después.
UNA GUERRA CIVIL EUROPEA
La Segunda Guerra Mundial no fue únicamente una confrontación entre estados. En numerosos países adoptó la forma de una auténtica guerra civil.
La ocupación alemana obligó a millones de personas a tomar partido. Algunos colaboraron con los invasores. Otros participaron en movimientos clandestinos de resistencia. Muchos intentaron simplemente sobrevivir. Las divisiones atravesaron familias, pueblos y ciudades enteras.
En Francia, Grecia, Yugoslavia o Italia, la lucha contra la ocupación se mezcló con conflictos políticos internos de enorme intensidad. La guerra se convirtió en una confrontación entre modelos de sociedad, entre ideologías y entre proyectos de futuro.
Esta dimensión interna del conflicto ayuda a explicar tanto la violencia extrema de aquellos años como la profunda huella que dejaron en la memoria europea. La liberación de muchos países no significó simplemente el final de una ocupación extranjera; también implicó resolver conflictos políticos y sociales que venían desarrollándose desde mucho antes del estallido de la guerra.
LA RESISTENCIA QUE CAMBIÓ EL CURSO DEL CONFLICTO
La historia suele centrarse en líderes como Churchill, Roosevelt, Stalin o Hitler. Sin embargo, la derrota del nazismo no puede entenderse sin la participación de millones de personas anónimas.
Desde las montañas yugoslavas hasta las calles de Varsovia, pasando por las redes clandestinas francesas o las guerrillas griegas, la resistencia desempeñó un papel fundamental. Sabotajes, acciones de inteligencia, refugio de perseguidos, levantamientos armados y campañas de propaganda contribuyeron a debilitar el control alemán sobre los territorios ocupados.
“El conflicto que destruyó los viejos imperios acabó dando forma al mundo en el que todavía vivimos.”
En muchos casos, la resistencia adquirió una dimensión revolucionaria. Para numerosos combatientes, derrotar al fascismo era inseparable de construir una sociedad diferente una vez terminada la guerra. Esa aspiración explica buena parte de las tensiones políticas que surgieron inmediatamente después de la victoria aliada.
EL FRENTE OLVIDADO QUE DERROTÓ A HITLER
La memoria popular occidental suele otorgar un protagonismo central al desembarco de Normandía. Sin embargo, la guerra se decidió fundamentalmente en el frente oriental.
La invasión de la Unión Soviética en junio de 1941 abrió una campaña militar de dimensiones gigantescas. Allí se libraron algunas de las batallas más grandes y sangrientas de toda la historia. Moscú, Stalingrado y Kursk se convirtieron en escenarios decisivos.
Fue en el este donde Alemania sufrió las mayores pérdidas humanas y materiales. Fue allí donde el mito de la invencibilidad nazi quedó destruido. Y fue allí donde millones de soldados y civiles soviéticos pagaron un precio humano extraordinario.
Comprender el papel desempeñado por la Unión Soviética significa reconocer un hecho histórico fundamental: sin la resistencia soviética, la derrota del Tercer Reich habría sido mucho más difícil, y quizá hasta imposible.
UNA GUERRA GLOBAL Y EL FIN DE LOS IMPERIOS
La Segunda Guerra Mundial fue realmente mundial. En Asia, Japón desarrolló un proyecto imperial propio que afectó a cientos de millones de personas. China sufrió una devastación inmensa. El Sudeste Asiático se convirtió en escenario de combates decisivos. Estados Unidos terminó luchando simultáneamente en dos océanos.
Pero la guerra produjo además una consecuencia inesperada: aceleró el fin de los imperios coloniales europeos. Millones de soldados procedentes de India, África o el Caribe participaron en la lucha contra el fascismo. Después de la guerra, resultó cada vez más difícil justificar que esos mismos pueblos continuaran sometidos al dominio colonial.
Las demandas de independencia crecieron con enorme rapidez. El proceso de descolonización transformaría el mapa político mundial durante las décadas siguientes. El conflicto que había comenzado como una lucha entre imperios terminó contribuyendo al derrumbe de muchos de ellos.
EL MUNDO QUE NACIÓ EN 1945
Cuando terminó la guerra, Europa estaba devastada. Millones de personas habían muerto. Ciudades enteras habían sido destruidas. Sin embargo, de aquellas ruinas surgió un nuevo orden internacional.
Gran Bretaña inició un largo declive imperial. Francia perdió progresivamente su papel central en la política mundial. Alemania quedó dividida. La Unión Soviética emergió como superpotencia. Pero el gran vencedor estratégico fue Estados Unidos, que consolidó una posición de liderazgo económico, político y militar sin precedentes.
La Guerra Fría, las Naciones Unidas, la descolonización, la integración europea y buena parte de los conflictos internacionales posteriores nacieron de aquel nuevo escenario. El mundo contemporáneo es, en gran medida, el resultado directo de la Segunda Guerra Mundial.
Por eso la historia de aquel conflicto sigue siendo tan relevante. No se trata únicamente de comprender el pasado. Se trata de entender el origen de muchos de los problemas, tensiones y equilibrios que todavía definen nuestro presente.
La Segunda Guerra Mundial fue mucho más que una lucha entre Hitler y sus enemigos. Fue el momento en que se decidió la forma del mundo moderno.
(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro "El Gran Reajuste, China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", recientemente editado por Amazon
FUENTE PRINCIPAL:
Chris Bambery, Historia marxista de la Segunda Guerra Mundial, Pasado & Presente.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
La Segunda Guerra Mundial es, probablemente, el acontecimiento más conocido del siglo XX y, al mismo tiempo, uno de los peor comprendidos.
Durante décadas, películas, documentales y libros han construido una imagen relativamente sencilla de aquel conflicto: las democracias occidentales enfrentándose al nazismo para salvar la libertad y derrotar la barbarie.
Esa explicación contiene una parte esencial de la verdad. Sin embargo, deja en la sombra numerosos aspectos sin los cuales resulta imposible entender por qué el mundo acabó sumergido en la mayor catástrofe de su historia.
El libro de Chris Bambery, "Historia marxista de la II Guerra Mundial", Editorial Pasado y Presente", invita precisamente a mirar más allá de los relatos convencionales y a explorar una realidad mucho más compleja, donde la guerra aparece no solo como una lucha contra Hitler, sino también como el resultado de profundas rivalidades económicas, imperiales, sociales e ideológicas que llevaban décadas acumulándose.
¿Fue realmente una lucha entre democracia y dictadura o una guerra por el control del planeta?
MÁS ALLÁ DE HITLER: UNA GUERRA QUE VENÍA DE LEJOS
Existe una tendencia muy extendida a identificar el origen de la guerra con la llegada de Adolf Hitler al poder o con la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939. Sin embargo, los problemas que desembocaron en el conflicto eran anteriores al nazismo. De hecho, la Segunda Guerra Mundial puede entenderse, en muchos aspectos, como la continuación de las tensiones que habían quedado sin resolver tras la Primera Guerra Mundial.
La paz firmada en Versalles en 1919 no consiguió estabilizar Europa. Alemania salió derrotada, humillada y obligada a aceptar unas reparaciones económicas que muchos alemanes consideraban insoportables.
Francia, por su parte, buscó garantizar su seguridad frente a cualquier resurgimiento alemán. Gran Bretaña intentó conservar un imperio gigantesco cuya solidez empezaba a mostrar grietas. Estados Unidos emergió como la principal potencia financiera del mundo. Japón ambicionaba ampliar su influencia en Asia. Mientras tanto, la Revolución Rusa había introducido un elemento completamente nuevo en la política internacional: la existencia de un Estado que proclamaba abiertamente la superación del capitalismo. Todo ello configuró un escenario extremadamente inestable.
Lejos de representar una época de auténtica paz, el período de entreguerras estuvo marcado por conflictos fronterizos, revoluciones, contrarrevoluciones, golpes de Estado y tensiones crecientes entre las grandes potencias. Bajo la aparente normalidad de los años veinte se estaba gestando una nueva tormenta.
LA CRISIS ECONÓMICA QUE CAMBIÓ EL MUNDO
Si existe un acontecimiento sin el cual resulta imposible comprender la Segunda Guerra Mundial, ese es la Gran Depresión de 1929. El hundimiento de Wall Street no fue únicamente una crisis financiera estadounidense. Fue el detonante de una crisis global que sacudió los cimientos del sistema económico internacional.
![[Img #92344]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/3032_ingoguerra.jpg)
Millones de personas perdieron sus empleos. Empresas y bancos quebraron. El comercio mundial se desplomó. Los gobiernos reaccionaron levantando barreras comerciales para proteger sus economías nacionales. Estados Unidos aumentó drásticamente los aranceles. Gran Bretaña reorganizó su comercio alrededor de su imperio. Francia hizo lo mismo. Cada país intentó salvarse por separado.
El resultado fue una competencia económica cada vez más agresiva. Las grandes potencias comenzaron a disputarse mercados, materias primas y zonas de influencia con una intensidad desconocida desde antes de 1914. Alemania y Japón fueron especialmente vulnerables porque carecían de los extensos recursos coloniales de los que disponían británicos y franceses. Para muchos dirigentes alemanes y japoneses, la expansión territorial dejó de ser una simple ambición nacionalista para convertirse en una necesidad estratégica.
La guerra no surgió únicamente de las ideas de Hitler. Surgió también de un sistema económico internacional que se estaba fragmentando y radicalizando. La crisis de 1929 transformó las tensiones económicas en rivalidades geopolíticas y terminó empujando a las grandes potencias hacia una confrontación que parecía cada vez más inevitable.
IMPERIOS EN COMPETENCIA
Uno de los aspectos más interesantes que plantea Bambery en el libro citado es la necesidad de observar la guerra como un conflicto entre imperios rivales. Esta perspectiva suele quedar relegada por la enorme atención que recibe la lucha ideológica entre fascismo y democracia, pero resulta esencial para comprender los intereses reales de las potencias implicadas.
“Para muchas élites europeas, el miedo al comunismo fue durante años más intenso que el miedo a Hitler.”
Gran Bretaña era todavía la mayor potencia imperial del planeta. Francia controlaba vastos territorios coloniales en África y Asia. Estados Unidos se consolidaba como el principal centro económico mundial. Japón intentaba construir un imperio asiático bajo su liderazgo. Alemania buscaba alterar el reparto internacional del poder establecido tras 1918.
Cada una de estas potencias perseguía objetivos propios. Todas necesitaban mercados, materias primas y áreas de influencia. La diferencia era que algunas trataban de conservar un orden internacional que las beneficiaba mientras otras intentaban transformarlo mediante la fuerza.
La guerra fue, por tanto, una lucha entre proyectos imperiales incompatibles. Esta realidad explica también las tensiones existentes dentro del propio bando aliado. Aunque Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética combatieron juntos contra Hitler, sus intereses estratégicos diferían profundamente. La alianza que los unió durante la guerra no tardaría en resquebrajarse después de 1945.
EL MIEDO AL COMUNISMO Y EL ASCENSO DEL NAZISMO
Para comprender la Europa de los años treinta es necesario recordar un hecho que hoy suele olvidarse: muchas élites occidentales temían más una revolución social que el ascenso de Hitler.
La Revolución Rusa de 1917 había provocado una conmoción profunda entre las clases dirigentes europeas. Durante las décadas siguientes, huelgas generales, movimientos obreros y partidos de izquierda crecieron en numerosos países. Para muchos empresarios, militares y políticos conservadores, el comunismo representaba una amenaza inmediata al orden social existente.
Ese miedo ayuda a explicar la política de apaciguamiento desarrollada por Gran Bretaña y Francia frente a Alemania. La imagen posterior de Neville Chamberlain como símbolo de la ingenuidad diplomática resulta insuficiente. Detrás de las concesiones realizadas a Hitler existían también cálculos políticos y sociales. Algunos sectores de las élites occidentales esperaban que la expansión alemana terminara orientándose hacia el este y chocando con la Unión Soviética.
El nazismo fue visto durante años por determinados círculos conservadores como una posible barrera frente al comunismo. Solo cuando la amenaza alemana se volvió imposible de ignorar, esa percepción comenzó a cambiar.
ESPAÑA, EL ENSAYO GENERAL DE LA GUERRA
Pocas veces se recuerda hasta qué punto la Guerra Civil Española fue una anticipación de la tragedia que estaba a punto de extenderse por toda Europa. Entre 1936 y 1939, España se convirtió en el escenario donde se enfrentaron muchas de las fuerzas políticas que protagonizarían la Segunda Guerra Mundial.
La Alemania nazi y la Italia fascista apoyaron a Franco. La Unión Soviética respaldó a la República. Miles de voluntarios extranjeros llegaron para combatir en las Brigadas Internacionales convencidos de que defendían no solo a España, sino también el futuro de Europa.
La guerra española permitió a Hitler probar nuevas tácticas militares y nuevas armas. El bombardeo de Guernica se convirtió en un símbolo de una forma de guerra que pronto alcanzaría una escala mucho mayor. Para millones de europeos, la derrota de la República confirmó que el fascismo avanzaba mientras las democracias occidentales permanecían paralizadas.
España fue mucho más que un mero conflicto nacional. Fue el laboratorio político y militar donde se ensayaron algunas de las características fundamentales de la guerra que estallaría pocos meses después.
UNA GUERRA CIVIL EUROPEA
La Segunda Guerra Mundial no fue únicamente una confrontación entre estados. En numerosos países adoptó la forma de una auténtica guerra civil.
La ocupación alemana obligó a millones de personas a tomar partido. Algunos colaboraron con los invasores. Otros participaron en movimientos clandestinos de resistencia. Muchos intentaron simplemente sobrevivir. Las divisiones atravesaron familias, pueblos y ciudades enteras.
En Francia, Grecia, Yugoslavia o Italia, la lucha contra la ocupación se mezcló con conflictos políticos internos de enorme intensidad. La guerra se convirtió en una confrontación entre modelos de sociedad, entre ideologías y entre proyectos de futuro.
Esta dimensión interna del conflicto ayuda a explicar tanto la violencia extrema de aquellos años como la profunda huella que dejaron en la memoria europea. La liberación de muchos países no significó simplemente el final de una ocupación extranjera; también implicó resolver conflictos políticos y sociales que venían desarrollándose desde mucho antes del estallido de la guerra.
LA RESISTENCIA QUE CAMBIÓ EL CURSO DEL CONFLICTO
La historia suele centrarse en líderes como Churchill, Roosevelt, Stalin o Hitler. Sin embargo, la derrota del nazismo no puede entenderse sin la participación de millones de personas anónimas.
Desde las montañas yugoslavas hasta las calles de Varsovia, pasando por las redes clandestinas francesas o las guerrillas griegas, la resistencia desempeñó un papel fundamental. Sabotajes, acciones de inteligencia, refugio de perseguidos, levantamientos armados y campañas de propaganda contribuyeron a debilitar el control alemán sobre los territorios ocupados.
“El conflicto que destruyó los viejos imperios acabó dando forma al mundo en el que todavía vivimos.”
En muchos casos, la resistencia adquirió una dimensión revolucionaria. Para numerosos combatientes, derrotar al fascismo era inseparable de construir una sociedad diferente una vez terminada la guerra. Esa aspiración explica buena parte de las tensiones políticas que surgieron inmediatamente después de la victoria aliada.
EL FRENTE OLVIDADO QUE DERROTÓ A HITLER
La memoria popular occidental suele otorgar un protagonismo central al desembarco de Normandía. Sin embargo, la guerra se decidió fundamentalmente en el frente oriental.
La invasión de la Unión Soviética en junio de 1941 abrió una campaña militar de dimensiones gigantescas. Allí se libraron algunas de las batallas más grandes y sangrientas de toda la historia. Moscú, Stalingrado y Kursk se convirtieron en escenarios decisivos.
Fue en el este donde Alemania sufrió las mayores pérdidas humanas y materiales. Fue allí donde el mito de la invencibilidad nazi quedó destruido. Y fue allí donde millones de soldados y civiles soviéticos pagaron un precio humano extraordinario.
Comprender el papel desempeñado por la Unión Soviética significa reconocer un hecho histórico fundamental: sin la resistencia soviética, la derrota del Tercer Reich habría sido mucho más difícil, y quizá hasta imposible.
UNA GUERRA GLOBAL Y EL FIN DE LOS IMPERIOS
La Segunda Guerra Mundial fue realmente mundial. En Asia, Japón desarrolló un proyecto imperial propio que afectó a cientos de millones de personas. China sufrió una devastación inmensa. El Sudeste Asiático se convirtió en escenario de combates decisivos. Estados Unidos terminó luchando simultáneamente en dos océanos.
Pero la guerra produjo además una consecuencia inesperada: aceleró el fin de los imperios coloniales europeos. Millones de soldados procedentes de India, África o el Caribe participaron en la lucha contra el fascismo. Después de la guerra, resultó cada vez más difícil justificar que esos mismos pueblos continuaran sometidos al dominio colonial.
Las demandas de independencia crecieron con enorme rapidez. El proceso de descolonización transformaría el mapa político mundial durante las décadas siguientes. El conflicto que había comenzado como una lucha entre imperios terminó contribuyendo al derrumbe de muchos de ellos.
EL MUNDO QUE NACIÓ EN 1945
Cuando terminó la guerra, Europa estaba devastada. Millones de personas habían muerto. Ciudades enteras habían sido destruidas. Sin embargo, de aquellas ruinas surgió un nuevo orden internacional.
Gran Bretaña inició un largo declive imperial. Francia perdió progresivamente su papel central en la política mundial. Alemania quedó dividida. La Unión Soviética emergió como superpotencia. Pero el gran vencedor estratégico fue Estados Unidos, que consolidó una posición de liderazgo económico, político y militar sin precedentes.
La Guerra Fría, las Naciones Unidas, la descolonización, la integración europea y buena parte de los conflictos internacionales posteriores nacieron de aquel nuevo escenario. El mundo contemporáneo es, en gran medida, el resultado directo de la Segunda Guerra Mundial.
Por eso la historia de aquel conflicto sigue siendo tan relevante. No se trata únicamente de comprender el pasado. Se trata de entender el origen de muchos de los problemas, tensiones y equilibrios que todavía definen nuestro presente.
La Segunda Guerra Mundial fue mucho más que una lucha entre Hitler y sus enemigos. Fue el momento en que se decidió la forma del mundo moderno.
(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro "El Gran Reajuste, China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", recientemente editado por Amazon
FUENTE PRINCIPAL:
Chris Bambery, Historia marxista de la Segunda Guerra Mundial, Pasado & Presente.






























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