ÚLTIMA HORA: PERSIA NO FUE FUNDADA POR DONALD TRUMP
La noticia ha causado desconcierto entre quienes creen que la historia comenzó el día en que ellos llegaron al escenario.
Cada cierto tiempo reaparece una vieja costumbre imperial: confundir poder con antigüedad, fuerza con razón y protagonismo con propiedad. Esta semana le ha tocado a Irán recordar una evidencia incómoda. Algunas civilizaciones ya eran viejas cuando los actuales dueños del mundo aún no habían nacido.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Esta misma semana, mientras los misiles volvían a cruzar el cielo de Oriente Medio y las negociaciones con Irán se rompían y se recomponían a la velocidad de un titular,
Donald Trump declaró que la situación estaba bajo control. Siempre está bajo control. Todo está bajo control. El mundo puede incendiarse, pero la frase sigue siendo la misma: todo está bajo control.
Desde Washington, Irán aparece otra vez como una pieza molesta que hay que mover, presionar o castigar. Un país de noventa millones de personas reducido a una palabra pronunciada en ruedas de prensa, en despachos militares y en mensajes escritos con mayúsculas desde una red social.
Pero Irán no es una palabra.
Es una de esas tierras viejas que ya tenían memoria cuando Estados Unidos todavía no existía ni siquiera como proyecto. Allí hubo imperios cuando gran parte del planeta era apenas una colección dispersa de tribus. Allí se construyeron ciudades, caminos, observatorios y bibliotecas mientras Europa todavía estaba aprendiendo a salir de sus propias cuevas.
¿Pensará por ventura Donald Trump que la historia universal empezó el día que se inauguró un casino en Atlantic City?
¿Creerá que el mundo nació cuando apareció su apellido iluminado en letras doradas sobre un rascacielo?
¿Nunca oyó hablar alguna vez de Persépolis?
¿Nunca escuchó los nombres de Ciro o Darío?
¿Nunca llegó a sospechar que la civilización llevaba miles de años funcionando antes de que existieran los platós de televisión donde hoy se decide quién grita más fuerte?
Pero, sobre todo, ¿quién lo nombró administrador del planeta?
Porque una cosa es ganar unas elecciones nacionales y otra muy distinta recibir las llaves de la historia humana.
A mí tampoco me convocaron para esa votación. ¿Y a ustedes?
Mientras tanto, millones de personas observan cómo se repite la misma escena. Cambian los presidentes, cambian los enemigos, cambian las banderas sobre los mapas. Lo único que permanece es la costumbre de presentar cada nueva amenaza como una misión moral y cada nuevo bombardeo como una obra de ingeniería democrática.
Esta semana se habló de acuerdos, de ultimátums, de estrechos bloqueados, de ataques preventivos y de respuestas inevitables. El vocabulario de siempre. Las palabras que aparecen justo antes de que los cementerios empiecen a llenarse.
Quizá el problema no sea Irán.
Quizá el problema sea esa antigua enfermedad de los imperios que les hace creer que el resto del mundo constituye una extensión de sus nervios, de sus miedos y de sus obsesiones.
Trump mira a Irán y ve un desafío.
Los mercados miran a Irán y ven petróleo.
Los generales miran a Irán y ven mapas.
Las empresas armamentísticas miran a Irán y ven contratos.
Pero la gente, los iraníes que viven allí, ven otra cosa.
Ve sus casas.
Ve a sus hijos.
Ve su historia.
Ve las tumbas de sus muertos.
Y ve, una vez más, a hombres situados al otro lado del planeta discutiendo sobre su futuro con la misma tranquilidad con la que otros discuten el menú de una cena.
Hay una forma muy sencilla de reconocer a quienes se acostumbran demasiado al poder.
Empiezan creyéndose dueños de un país.
Luego se creen dueños de una región.
Y, finalmente, terminan hablando como si el mundo entero fuera una finca heredada de sus padres. Es ese, justamente, el caso de Donald John Trump, nacido un mal día de junio de 1946.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Esta misma semana, mientras los misiles volvían a cruzar el cielo de Oriente Medio y las negociaciones con Irán se rompían y se recomponían a la velocidad de un titular,
Donald Trump declaró que la situación estaba bajo control. Siempre está bajo control. Todo está bajo control. El mundo puede incendiarse, pero la frase sigue siendo la misma: todo está bajo control.
Desde Washington, Irán aparece otra vez como una pieza molesta que hay que mover, presionar o castigar. Un país de noventa millones de personas reducido a una palabra pronunciada en ruedas de prensa, en despachos militares y en mensajes escritos con mayúsculas desde una red social.
Pero Irán no es una palabra.
Es una de esas tierras viejas que ya tenían memoria cuando Estados Unidos todavía no existía ni siquiera como proyecto. Allí hubo imperios cuando gran parte del planeta era apenas una colección dispersa de tribus. Allí se construyeron ciudades, caminos, observatorios y bibliotecas mientras Europa todavía estaba aprendiendo a salir de sus propias cuevas.
¿Pensará por ventura Donald Trump que la historia universal empezó el día que se inauguró un casino en Atlantic City?
¿Creerá que el mundo nació cuando apareció su apellido iluminado en letras doradas sobre un rascacielo?
¿Nunca oyó hablar alguna vez de Persépolis?
¿Nunca escuchó los nombres de Ciro o Darío?
¿Nunca llegó a sospechar que la civilización llevaba miles de años funcionando antes de que existieran los platós de televisión donde hoy se decide quién grita más fuerte?
Pero, sobre todo, ¿quién lo nombró administrador del planeta?
Porque una cosa es ganar unas elecciones nacionales y otra muy distinta recibir las llaves de la historia humana.
A mí tampoco me convocaron para esa votación. ¿Y a ustedes?
Mientras tanto, millones de personas observan cómo se repite la misma escena. Cambian los presidentes, cambian los enemigos, cambian las banderas sobre los mapas. Lo único que permanece es la costumbre de presentar cada nueva amenaza como una misión moral y cada nuevo bombardeo como una obra de ingeniería democrática.
Esta semana se habló de acuerdos, de ultimátums, de estrechos bloqueados, de ataques preventivos y de respuestas inevitables. El vocabulario de siempre. Las palabras que aparecen justo antes de que los cementerios empiecen a llenarse.
Quizá el problema no sea Irán.
Quizá el problema sea esa antigua enfermedad de los imperios que les hace creer que el resto del mundo constituye una extensión de sus nervios, de sus miedos y de sus obsesiones.
Trump mira a Irán y ve un desafío.
Los mercados miran a Irán y ven petróleo.
Los generales miran a Irán y ven mapas.
Las empresas armamentísticas miran a Irán y ven contratos.
Pero la gente, los iraníes que viven allí, ven otra cosa.
Ve sus casas.
Ve a sus hijos.
Ve su historia.
Ve las tumbas de sus muertos.
Y ve, una vez más, a hombres situados al otro lado del planeta discutiendo sobre su futuro con la misma tranquilidad con la que otros discuten el menú de una cena.
Hay una forma muy sencilla de reconocer a quienes se acostumbran demasiado al poder.
Empiezan creyéndose dueños de un país.
Luego se creen dueños de una región.
Y, finalmente, terminan hablando como si el mundo entero fuera una finca heredada de sus padres. Es ese, justamente, el caso de Donald John Trump, nacido un mal día de junio de 1946.































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