ÁFRICA BAJO PRESIÓN: CÓMO LAS GRANDES POTENCIAS DISPUTAN EL FUTURO DEL CONTINENTE
¿Qué intereses se esconden detrás de las guerras, los golpes de Estado y la creciente presencia militar extranjera en África?
Mientras el mundo aparece embelesado con las guerras de Europa y Oriente Medio, otro gran tablero geopolítico concentra cada vez más la atención de las potencias mundiales. Desde el Sahel hasta el Cuerno de África, pasando por el Congo, Libia o Mozambique, una intensa pugna por minerales estratégicos, petróleo, rutas comerciales y posiciones militares está redefiniendo el futuro del continente africano. Lo que aparece en los titulares como conflictos locales es, en muchos casos, la expresión visible de una lucha mucho más amplia por la influencia global en una de las regiones más ricas y decisivas del planeta.
DOSSIER ELABORADO POR EL "EQUIPO NIXOR",
DE CANARIAS SEMANAL.ORG
África nunca estuvo en los márgenes del mundo. Durante décadas se la describió así: como un continente condenado a la pobreza, las guerras y las crisis humanitarias. Pero esa imagen ocultaba un hecho mucho más decisivo: África ha sido, y sigue siendo, una pieza central de la economía mundial y de la disputa por el poder global.
Lo fue durante el comercio esclavista. Lo fue durante el reparto colonial del siglo XIX. Y lo es ahora, cuando la economía del siglo XXI depende de minerales estratégicos sin los cuales no existirían los teléfonos móviles, los vehículos eléctricos, la inteligencia artificial, los satélites ni buena parte de la tecnología militar contemporánea.
Basta mirar el mapa de los recursos africanos para entender por qué el continente vuelve a estar en el centro de una rivalidad internacional cada vez más intensa.
Oro, uranio, cobalto, manganeso, litio, coltán, diamantes, petróleo y gas: en África se concentra una parte decisiva de los materiales que sostienen la economía mundial. Y es precisamente en ese escenario donde irrumpe la figura de Ibrahim Traoré, convertido para muchos en el rostro de una nueva generación africana que ya no acepta la vieja normalidad de la dependencia.
Su ascenso en Burkina Faso no solo debe leerse como un episodio interno del Sahel. También expresa una pregunta política que recorre el continente: cómo pueden países ricos en recursos seguir atrapados en la pobreza mientras otros capturan la mayor parte de la riqueza que generan.
TRAORÉ: EL SÍNTOMA DE UN CAMBIO MÁS PROFUNDO
Nacido en 1988 en Bondokuy, al oeste de Burkina Faso, Ibrahim Traoré pertenece a una generación que ya no vivió las independencias africanas, pero sí heredó sus promesas incumplidas.
Cuando nació, la mayoría de los países africanos ya eran formalmente soberanos. Sin embargo, la independencia política no había traído una independencia económica real. Las antiguas metrópolis seguían influyendo de manera decisiva y nuevas potencias empezaban a disputar espacio en el continente.
![[Img #92149]](https://canarias-semanal.org/upload/images/05_2026/4942_af-01.jpg)
Su carrera militar se forjó en el Sahel, una de las regiones más castigadas por la expansión yihadista y por el colapso de la seguridad en la última década. Como oficial del ejército burkinés, participó en operaciones contra esos grupos en un contexto de deterioro creciente.
Esa experiencia alimentó una convicción que luego repetiría en público: los gobiernos existentes no estaban ofreciendo respuestas eficaces ni a la inseguridad ni al empobrecimiento de la población.
El 30 de septiembre de 2022, con apenas 34 años, encabezó el movimiento que apartó del poder a Paul-Henri Damiba y pasó a convertirse en uno de los jefes de Estado más jóvenes del mundo. Lo que parecía otro episodio de la inestabilidad saheliana terminó adquiriendo una resonancia continental.
En pocos meses, Traoré empezó a ser leído por amplios sectores de la juventud africana como algo más que un gobernante de transición: como la señal de que el lenguaje de la soberanía había vuelto al centro del debate.
EL FANTASMA DE SANKARA
Para comprender el atractivo que ejerce Traoré sobre millones de jóvenes africanos, es necesario detenerse en una figura cuya influencia aparece constantemente en sus discursos: Thomas Sankara. Gobernante de Burkina Faso entre 1983 y 1987, Sankara se convirtió en uno de los símbolos más poderosos del panafricanismo contemporáneo. Defendió la autosuficiencia económica, denunció la deuda externa como mecanismo de dominación y sostuvo que África debía dejar de organizar su economía en función de las necesidades de las potencias extranjeras.
Traoré no se presenta como una mera continuación de Sankara, y los contextos históricos son muy distintos. Aun así, la continuidad ideológica resulta evidente en varios puntos: ambos consideran insuficiente la independencia formal cuando las decisiones económicas siguen condicionadas desde el exterior; ambos sitúan el control de los recursos en el centro del desarrollo; y ambos vinculan la soberanía nacional con la cooperación africana.
No es casual que durante la II Cumbre Rusia-África, celebrada en San Petersburgo en julio de 2023, Traoré recuperara una de las frases más citadas asociadas a Thomas Sankara:
«el esclavo que no es capaz de asumir su propia rebelión no merece que nos apiademos de su suerte».
La frase condensaba el tono de su mensaje: la emancipación africana no llegará como concesión externa, sino como decisión propia.
ÁFRICA VUELVE AL TABLERO
Aunque Traoré rara vez utiliza el término interimperialismo, buena parte de sus discursos describen exactamente esa lógica: potencias que compiten por recursos, mercados, rutas comerciales y posiciones estratégicas. Esa competencia ya no es una hipótesis teórica, sino una realidad visible en el continente africano, impulsada por la importancia de los minerales críticos y por la reconfiguración del poder global.
Durante gran parte del siglo XX, Francia mantuvo una posición dominante en amplias zonas de África Occidental a través de acuerdos militares, vínculos económicos privilegiados y mecanismos monetarios como el franco CFA, criticado por sectores africanos como un instrumento de soberanía limitada. Pero ese equilibrio comenzó a resquebrajarse con rapidez en los últimos años.
China se consolidó como socio comercial clave para numerosos países africanos. Rusia amplió su presencia diplomática y militar. India, Turquía y los países del Golfo también intensificaron su proyección. Al mismo tiempo, Estados Unidos trató de impedir que sus competidores ganaran demasiado terreno. El resultado es claro: África se ha convertido en uno de los grandes tableros geopolíticos del siglo XXI, en especial por el valor estratégico de sus minerales y rutas.
Traoré interpreta esta situación desde una perspectiva crítica. Para él, el problema fundamental no reside únicamente en la presencia de una potencia concreta. El problema es que África continúa siendo considerada por muchos actores internacionales como un espacio sobre el que proyectar sus propios intereses económicos y estratégicos. De ahí que insista repetidamente en que el continente debe convertirse en sujeto de la política mundial y dejar de actuar como simple objeto de disputa entre otros.
LA BATALLA POR LOS RECURSOS
La cuestión de los recursos naturales ocupa un lugar central en el pensamiento de Ibrahim Traoré porque constituye el punto en el que convergen la economía, la política y la geopolítica. Una de las preguntas que aparece una y otra vez en sus intervenciones públicas puede parecer elemental, pero encierra una enorme carga política: ¿cómo es posible que países inmensamente ricos sigan siendo tan pobres?
La respuesta que ofrece rompe con las explicaciones habituales difundidas por las instituciones internacionales. Para Traoré, el problema fundamental no es la falta de recursos, ni siquiera la ausencia de capacidad productiva de los pueblos africanos. El problema reside en quién controla los recursos, quién organiza su explotación y quién se apropia finalmente de la riqueza generada por ellos.
Esta idea atraviesa buena parte de sus intervenciones públicas: Burkina Faso produce oro, como Níger produce uranio o la República Democrática del Congo extrae coltán y cobalto, pero una porción decisiva del valor generado termina concentrándose fuera del continente. Ahí radica, para Traoré, una de las claves de la dependencia africana.
Detrás de esta observación existe una crítica profunda al funcionamiento histórico de la economía mundial. Durante siglos, África ha ocupado una posición especializada en la exportación de materias primas. Desde los tiempos coloniales hasta la actualidad, la estructura básica apenas ha cambiado. Se exportan recursos naturales con escaso valor añadido y se importan productos industriales elaborados. Como consecuencia, una parte muy importante de los beneficios asociados a la transformación de esos recursos se genera fuera del continente.
Por eso Traoré insiste tanto en la industrialización. Cuando habla de construir fábricas, desarrollar industrias nacionales o transformar localmente las materias primas, no está formulando únicamente una propuesta económica. Está planteando una estrategia de soberanía. Industrializar significa apropiarse de una parte mucho mayor de la riqueza producida. Significa reducir la dependencia tecnológica y disminuir la vulnerabilidad frente a las presiones exteriores.
Por eso muchos de los conflictos contemporáneos que atraviesan África tienen como telón de fondo la disputa por recursos estratégicos. La pugna por el litio, el cobalto, el uranio o el coltán forma parte de una rivalidad internacional que ya condiciona alianzas, inversiones y estrategias militares.
![[Img #92148]](https://canarias-semanal.org/upload/images/05_2026/9784_af-01-2.jpg)
MÁS ALLÁ DE FRANCIA: LA NUEVA PUGNA POR ÁFRICA
Uno de los errores más comunes al leer a Traoré es reducir su discurso a una simple denuncia de Francia. La antigua potencia colonial ocupa, sin duda, un lugar central en la historia de Burkina Faso. Pero limitar todo a ese eje impide ver lo esencial: lo que está en cuestión es una estructura más amplia de dependencia.
Cuando Francia empezó a perder influencia en varios países del Sahel, muchos interpretaron el proceso como una simple sustitución de actores: París retrocedía y Moscú avanzaba. Traoré ha intentado plantearlo de otro modo. Según su narrativa, el objetivo no es cambiar un tutor por otro, sino recuperar margen de decisión.
Ese punto es clave porque atraviesa uno de los grandes debates soberanistas del continente. Para algunos, la presencia creciente de Rusia o China puede servir de contrapeso frente a Occidente. Para otros, ninguna potencia actúa por altruismo y todas buscan ampliar su influencia.
Traoré parece moverse entre esas dos lecturas: acepta la necesidad de diversificar alianzas, pero insiste en que la prioridad debe ser siempre la defensa de los intereses africanos. No se trata, en su discurso, de sustituir una dependencia por otra, sino de ampliar el margen de maniobra.
Traoré parece situarse en una posición intermedia. Reconoce la necesidad de diversificar alianzas internacionales, pero insiste en que la prioridad debe ser siempre la defensa de los intereses nacionales africanos. Dicho de otra manera, no plantea sustituir una dependencia por otra, sino ampliar el margen de maniobra de los países africanos.
Ahí reside buena parte del interés que despierta su figura: en lugar de presentar el mundo como una pelea entre buenos y malos, lo muestra como una competencia entre poderes que persiguen recursos, rutas y posiciones estratégicas. En ese tablero, la pregunta para África es si seguirá siendo terreno de disputa o si logrará convertirse en actor con estrategia propia.
LA CRÍTICA A LAS ÉLITES Y EL PROBLEMA DE LA SOBERANÍA INCOMPLETA
Quizás uno de los aspectos más originales de las intervenciones de Traoré sea que no atribuye todos los problemas africanos a factores externos. Aunque denuncia repetidamente el papel de las grandes potencias, también dirige una parte importante de sus críticas hacia las propias élites africanas.
Durante su intervención en San Petersburgo en julio de 2023, afirmó que muchos dirigentes del continente habían terminado actuando como representantes de intereses ajenos a sus pueblos. Aquellas palabras provocaron un gran malestar en numerosos círculos políticos porque señalaban una cuestión que suele permanecer oculta en los análisis convencionales.
La dependencia exterior no puede sostenerse únicamente mediante la presión internacional. También necesita mecanismos internos de reproducción. Necesita grupos económicos beneficiados por determinadas relaciones comerciales. Necesita sectores políticos que encuentren ventajas en mantener el statu quo. Necesita estructuras administrativas y financieras capaces de garantizar la continuidad de determinados acuerdos.
Desde esta perspectiva, la soberanía aparece como un problema mucho más complejo de lo que suele suponerse. No basta con poseer una bandera, un ejército o un asiento en las Naciones Unidas. La soberanía exige capacidad efectiva para tomar decisiones sobre la economía, los recursos estratégicos, la política monetaria y las relaciones exteriores.
Por eso Traoré insiste una y otra vez en la necesidad de construir instituciones capaces de responder prioritariamente a los intereses de la población. Su crítica a las élites no es únicamente moral. Es una crítica política. Considera que una parte de las clases dirigentes africanas ha aceptado durante décadas una posición subordinada dentro del sistema internacional y que esa aceptación ha contribuido a perpetuar la dependencia.
ÁFRICA ANTE UNA ENCRUCIJADA HISTÓRICA
Lo que emerge del conjunto de los discursos de Ibrahim Traoré es una visión del mundo marcada por la convicción de que África se encuentra en un momento decisivo de su historia. La creciente competencia entre potencias abre oportunidades, pero también genera riesgos.
Por un lado, permite a los países africanos negociar con un número mayor de actores y reducir determinadas dependencias históricas. Por otro, aumenta la posibilidad de que el continente se convierta nuevamente en escenario de disputas geopolíticas ajenas.
En este sentido, la reflexión de Traoré trasciende ampliamente el caso de Burkina Faso. Habla de un problema que afecta al conjunto del continente: cómo construir un desarrollo independiente en un mundo caracterizado por la competencia entre grandes potencias capitalistas.
La respuesta que propone gira alrededor de cuatro ideas fundamentales: control de los recursos naturales, industrialización, fortalecimiento de la soberanía política y cooperación panafricana. A su juicio, solo la combinación de estos elementos permitiría romper el círculo histórico que ha convertido a África en proveedora de riqueza para otros.
La cuestión decisiva consiste en saber si esas aspiraciones podrán materializarse en una realidad económica y política duradera. Esa es, probablemente, la gran incógnita que acompañará a la figura de Ibrahim Traoré durante los próximos años.
TRAORÉ Y LA TEORÍA CLÁSICA DEL IMPERIALISMO
Aunque Ibrahim Traoré no se presenta como un teórico ni utiliza habitualmente el lenguaje de la economía política, muchas de sus reflexiones recuerdan cuestiones que han sido debatidas durante más de un siglo por quienes intentaron explicar la expansión de las grandes potencias. Cuando denuncia que los países más fuertes compiten por controlar recursos naturales, mercados, rutas comerciales y posiciones estratégicas, está describiendo fenómenos que han acompañado al capitalismo moderno desde finales del siglo XIX.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre el contexto analizado por los pensadores clásicos del imperialismo y la realidad que observa Traoré. A comienzos del siglo XX el mapa mundial estaba dominado por grandes imperios coloniales que controlaban directamente enormes extensiones territoriales. Francia, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica o Japón ejercían un dominio político formal sobre millones de personas. Hoy la situación es diferente. La mayoría de los países africanos son jurídicamente independientes. Poseen gobiernos propios, representación diplomática y reconocimiento internacional.
Precisamente por eso Traoré insiste en que las formas de dominación han cambiado. En sus discursos aparece repetidamente la idea de que el colonialismo no desapareció completamente; se transformó. Las presiones financieras, la dependencia tecnológica, los acuerdos comerciales desiguales, el control de los sistemas monetarios, la influencia sobre las élites locales y la presencia militar extranjera desempeñan ahora funciones que anteriormente realizaban las administraciones coloniales.
Esta percepción suya conecta con una de las cuestiones fundamentales del debate contemporáneo sobre el imperialismo. Muchos analistas sostienen que el control directo de los territorios ha sido sustituido en numerosos casos por mecanismos más complejos de subordinación económica y política. El poder ya no necesita necesariamente gobernar de forma directa para influir decisivamente sobre las decisiones de otros países.
EL SURGIMIENTO DE NUEVAS POTENCIAS Y EL DEBATE SOBRE LOS PAÍSES NEOIMPERIALISTAS
Una de las cuestiones más interesantes que plantea indirectamente el pensamiento de Traoré es la aparición de nuevas potencias que desafían el viejo monopolio occidental sobre amplias regiones del planeta. Durante gran parte del siglo XX, la dominación internacional estuvo concentrada en un número relativamente reducido de Estados. Sin embargo, el siglo XXI ha contemplado el ascenso de nuevos actores económicos y geopolíticos.
China constituye el ejemplo más evidente. En pocas décadas pasó de ocupar una posición periférica en la economía mundial a convertirse en una de las principales potencias industriales y financieras del planeta. India ha seguido una trayectoria de crecimiento acelerado. Turquía ha ampliado considerablemente su influencia regional. Brasil ha incrementado su peso económico. Las monarquías del Golfo han comenzado a desempeñar un papel cada vez más activo en África. Rusia intenta recuperar posiciones perdidas tras el colapso de la Unión Soviética.
Esta transformación ha generado un intenso debate. ¿Estamos asistiendo simplemente a una redistribución del poder dentro del sistema internacional o al surgimiento de nuevas formas de imperialismo? La pregunta resulta especialmente relevante para África porque gran parte de estas potencias buscan ampliar su presencia en el continente.
Los discursos de Traoré sugieren una respuesta prudente. Aunque critica duramente la influencia histórica de las antiguas potencias coloniales, evita presentar a las nuevas potencias como actores desinteresados. De hecho, una de las ideas más repetidas en sus intervenciones es que ningún país extranjero defenderá los intereses africanos mejor que los propios africanos.
Esta posición refleja una comprensión bastante realista de las relaciones internacionales. Los Estados actúan principalmente en función de sus intereses económicos, estratégicos y políticos. La cuestión decisiva para África consiste, por tanto, en desarrollar la fuerza suficiente para negociar desde posiciones menos desiguales.
EL PANAFRICANISMO COMO RESPUESTA A LA FRAGMENTACIÓN
Frente a la competencia entre grandes potencias, Traoré recupera una idea que ha atravesado buena parte de la historia política africana contemporánea: el panafricanismo. Aunque este concepto ha adoptado formas muy diversas a lo largo del tiempo, su núcleo fundamental consiste en afirmar que los problemas de África no pueden resolverse exclusivamente desde marcos nacionales aislados.
La fragmentación heredada del periodo colonial constituye uno de los grandes desafíos del continente. Muchas fronteras actuales fueron trazadas por las potencias europeas sin tener en cuenta realidades históricas, culturales o económicas preexistentes. Como resultado, numerosos países africanos surgieron con mercados relativamente pequeños, infraestructuras insuficientes y una fuerte dependencia de las exportaciones hacia el exterior.
Traoré considera que esta situación limita considerablemente la capacidad de negociación de los Estados africanos. De ahí su insistencia en fortalecer los mecanismos de cooperación regional. No se trata únicamente de una cuestión ideológica. Se trata también de una necesidad económica y estratégica.
Un continente dividido en decenas de mercados pequeños resulta mucho más vulnerable a las presiones externas que un espacio capaz de coordinar políticas industriales, energéticas y comerciales. Desde esta perspectiva, el panafricanismo aparece como una herramienta destinada a aumentar la autonomía colectiva de África frente a los grandes centros de poder mundial.
LOS LÍMITES Y LAS CONTRADICCIONES DEL PROYECTO DE TRAORÉ
Sin embargo, cualquier análisis riguroso exige reconocer también las dificultades que enfrenta este proyecto. Los discursos de Traoré han generado auténtico entusiasmo en amplios sectores de la población africana, especialmente entre los jóvenes. Pero transformar un discurso de soberanía en una realidad económica constituye una tarea enormemente compleja.
La industrialización requiere inversiones masivas, tecnología, infraestructuras, formación técnica y estabilidad política. La construcción de cadenas productivas nacionales exige tiempo y recursos. La diversificación económica resulta especialmente difícil en países cuya estructura productiva ha estado orientada durante décadas hacia la exportación de materias primas.
A ello se suman otros problemas como la inseguridad en diversas regiones del Sahel, las limitaciones financieras de muchos Estados africanos y las enormes presiones que suelen acompañar a cualquier intento de modificar relaciones económicas consolidadas durante largos periodos.
La experiencia histórica africana muestra también otro límite que no puede ignorarse y del que el propio Traoré parece ser plenamente consciente. Ninguna gran potencia ha aceptado jamás de forma pacífica que un país situado dentro de su esfera de influencia recupere el control efectivo de sus recursos estratégicos y cuestione los mecanismos que garantizan su acceso a ellos. Desde el asesinato de Patrice Lumumba en el Congo hasta el derrocamiento y posterior asesinato dekl propio Thomas Sankara en Burkina Faso, la historia del continente está atravesada por intervenciones, desestabilizaciones, golpes de Estado y operaciones encubiertas dirigidas contra gobiernos que intentaron recorrer caminos de soberanía económica incompatibles con los intereses de las potencias dominantes. Pensar que un proyecto como el que propone podría desarrollarse sin afrontar presiones de esa naturaleza equivaldría a ignorar una de las constantes más persistentes de la historia contemporánea africana. Precisamente por eso, la importancia histórica de Traoré no dependerá únicamente de sus discursos. Dependerá de si es capaz de llevar ese proyecto hasta sus últimas consecuencias en un escenario donde la historia demuestra que quienes han intentado arrebatar a las grandes potencias el control de recursos estratégicos y espacios de influencia no solo han encontrado oposición política o económica, sino que con frecuencia han pagado por ello el precio más alto.
LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO
Sea como fuere, y más allá de las opiniones que despierten sus políticas, Ibrahim Traoré ha conseguido reinstalar una pregunta que incomoda a los dueños del orden internacional: quién controla la riqueza africana y quién se beneficia realmente de ella.
La fuerza de ese discurso está en su capacidad para conectar la geopolítica con hechos concretos: el oro de Burkina Faso, el uranio de Níger, los minerales críticos que sostienen la transición energética y la persistencia de la pobreza en territorios rebosantes de recursos. Burkina Faso, por ejemplo, depende de forma abrumadora del oro, que representa más del 80 % de sus exportaciones, mientras el Estado intenta aumentar su participación en el sector con la reforma minera aprobada en 2024.
En el fondo, el mensaje es sencillo y radical a la vez: África dispone de recursos, población y memoria histórica para definir su propio rumbo. La cuestión es si podrá traducir esa potencia en instituciones, industria y soberanía efectiva, o si seguirá atrapada en un modelo extractivo rentable para otros y estéril para sí misma.
Por eso el fenómeno Traoré importa mucho más allá de Burkina Faso. No solo expresa una protesta contra las viejas dependencias; también condensa una exigencia más amplia: que África deje de ser administrada por intereses ajenos y empiece a actuar como sujeto político.
Ese es el verdadero alcance del debate que su figura ha reabierto: no solo el destino de un dirigente o de un país, sino la posibilidad de que África renegocie su lugar en el mundo en una época marcada por la disputa por recursos, soberanía y poder. Y esa discusión, lejos de ser periférica, ya está en el centro del siglo XXI.
DOSSIER ELABORADO POR EL "EQUIPO NIXOR",
DE CANARIAS SEMANAL.ORG
África nunca estuvo en los márgenes del mundo. Durante décadas se la describió así: como un continente condenado a la pobreza, las guerras y las crisis humanitarias. Pero esa imagen ocultaba un hecho mucho más decisivo: África ha sido, y sigue siendo, una pieza central de la economía mundial y de la disputa por el poder global.
Lo fue durante el comercio esclavista. Lo fue durante el reparto colonial del siglo XIX. Y lo es ahora, cuando la economía del siglo XXI depende de minerales estratégicos sin los cuales no existirían los teléfonos móviles, los vehículos eléctricos, la inteligencia artificial, los satélites ni buena parte de la tecnología militar contemporánea.
Basta mirar el mapa de los recursos africanos para entender por qué el continente vuelve a estar en el centro de una rivalidad internacional cada vez más intensa.
Oro, uranio, cobalto, manganeso, litio, coltán, diamantes, petróleo y gas: en África se concentra una parte decisiva de los materiales que sostienen la economía mundial. Y es precisamente en ese escenario donde irrumpe la figura de Ibrahim Traoré, convertido para muchos en el rostro de una nueva generación africana que ya no acepta la vieja normalidad de la dependencia.
Su ascenso en Burkina Faso no solo debe leerse como un episodio interno del Sahel. También expresa una pregunta política que recorre el continente: cómo pueden países ricos en recursos seguir atrapados en la pobreza mientras otros capturan la mayor parte de la riqueza que generan.
TRAORÉ: EL SÍNTOMA DE UN CAMBIO MÁS PROFUNDO
Nacido en 1988 en Bondokuy, al oeste de Burkina Faso, Ibrahim Traoré pertenece a una generación que ya no vivió las independencias africanas, pero sí heredó sus promesas incumplidas.
Cuando nació, la mayoría de los países africanos ya eran formalmente soberanos. Sin embargo, la independencia política no había traído una independencia económica real. Las antiguas metrópolis seguían influyendo de manera decisiva y nuevas potencias empezaban a disputar espacio en el continente.
![[Img #92149]](https://canarias-semanal.org/upload/images/05_2026/4942_af-01.jpg)
Su carrera militar se forjó en el Sahel, una de las regiones más castigadas por la expansión yihadista y por el colapso de la seguridad en la última década. Como oficial del ejército burkinés, participó en operaciones contra esos grupos en un contexto de deterioro creciente.
Esa experiencia alimentó una convicción que luego repetiría en público: los gobiernos existentes no estaban ofreciendo respuestas eficaces ni a la inseguridad ni al empobrecimiento de la población.
El 30 de septiembre de 2022, con apenas 34 años, encabezó el movimiento que apartó del poder a Paul-Henri Damiba y pasó a convertirse en uno de los jefes de Estado más jóvenes del mundo. Lo que parecía otro episodio de la inestabilidad saheliana terminó adquiriendo una resonancia continental.
En pocos meses, Traoré empezó a ser leído por amplios sectores de la juventud africana como algo más que un gobernante de transición: como la señal de que el lenguaje de la soberanía había vuelto al centro del debate.
EL FANTASMA DE SANKARA
Para comprender el atractivo que ejerce Traoré sobre millones de jóvenes africanos, es necesario detenerse en una figura cuya influencia aparece constantemente en sus discursos: Thomas Sankara. Gobernante de Burkina Faso entre 1983 y 1987, Sankara se convirtió en uno de los símbolos más poderosos del panafricanismo contemporáneo. Defendió la autosuficiencia económica, denunció la deuda externa como mecanismo de dominación y sostuvo que África debía dejar de organizar su economía en función de las necesidades de las potencias extranjeras.
Traoré no se presenta como una mera continuación de Sankara, y los contextos históricos son muy distintos. Aun así, la continuidad ideológica resulta evidente en varios puntos: ambos consideran insuficiente la independencia formal cuando las decisiones económicas siguen condicionadas desde el exterior; ambos sitúan el control de los recursos en el centro del desarrollo; y ambos vinculan la soberanía nacional con la cooperación africana.
No es casual que durante la II Cumbre Rusia-África, celebrada en San Petersburgo en julio de 2023, Traoré recuperara una de las frases más citadas asociadas a Thomas Sankara:
«el esclavo que no es capaz de asumir su propia rebelión no merece que nos apiademos de su suerte».
La frase condensaba el tono de su mensaje: la emancipación africana no llegará como concesión externa, sino como decisión propia.
ÁFRICA VUELVE AL TABLERO
Aunque Traoré rara vez utiliza el término interimperialismo, buena parte de sus discursos describen exactamente esa lógica: potencias que compiten por recursos, mercados, rutas comerciales y posiciones estratégicas. Esa competencia ya no es una hipótesis teórica, sino una realidad visible en el continente africano, impulsada por la importancia de los minerales críticos y por la reconfiguración del poder global.
Durante gran parte del siglo XX, Francia mantuvo una posición dominante en amplias zonas de África Occidental a través de acuerdos militares, vínculos económicos privilegiados y mecanismos monetarios como el franco CFA, criticado por sectores africanos como un instrumento de soberanía limitada. Pero ese equilibrio comenzó a resquebrajarse con rapidez en los últimos años.
China se consolidó como socio comercial clave para numerosos países africanos. Rusia amplió su presencia diplomática y militar. India, Turquía y los países del Golfo también intensificaron su proyección. Al mismo tiempo, Estados Unidos trató de impedir que sus competidores ganaran demasiado terreno. El resultado es claro: África se ha convertido en uno de los grandes tableros geopolíticos del siglo XXI, en especial por el valor estratégico de sus minerales y rutas.
Traoré interpreta esta situación desde una perspectiva crítica. Para él, el problema fundamental no reside únicamente en la presencia de una potencia concreta. El problema es que África continúa siendo considerada por muchos actores internacionales como un espacio sobre el que proyectar sus propios intereses económicos y estratégicos. De ahí que insista repetidamente en que el continente debe convertirse en sujeto de la política mundial y dejar de actuar como simple objeto de disputa entre otros.
LA BATALLA POR LOS RECURSOS
La cuestión de los recursos naturales ocupa un lugar central en el pensamiento de Ibrahim Traoré porque constituye el punto en el que convergen la economía, la política y la geopolítica. Una de las preguntas que aparece una y otra vez en sus intervenciones públicas puede parecer elemental, pero encierra una enorme carga política: ¿cómo es posible que países inmensamente ricos sigan siendo tan pobres?
La respuesta que ofrece rompe con las explicaciones habituales difundidas por las instituciones internacionales. Para Traoré, el problema fundamental no es la falta de recursos, ni siquiera la ausencia de capacidad productiva de los pueblos africanos. El problema reside en quién controla los recursos, quién organiza su explotación y quién se apropia finalmente de la riqueza generada por ellos.
Esta idea atraviesa buena parte de sus intervenciones públicas: Burkina Faso produce oro, como Níger produce uranio o la República Democrática del Congo extrae coltán y cobalto, pero una porción decisiva del valor generado termina concentrándose fuera del continente. Ahí radica, para Traoré, una de las claves de la dependencia africana.
Detrás de esta observación existe una crítica profunda al funcionamiento histórico de la economía mundial. Durante siglos, África ha ocupado una posición especializada en la exportación de materias primas. Desde los tiempos coloniales hasta la actualidad, la estructura básica apenas ha cambiado. Se exportan recursos naturales con escaso valor añadido y se importan productos industriales elaborados. Como consecuencia, una parte muy importante de los beneficios asociados a la transformación de esos recursos se genera fuera del continente.
Por eso Traoré insiste tanto en la industrialización. Cuando habla de construir fábricas, desarrollar industrias nacionales o transformar localmente las materias primas, no está formulando únicamente una propuesta económica. Está planteando una estrategia de soberanía. Industrializar significa apropiarse de una parte mucho mayor de la riqueza producida. Significa reducir la dependencia tecnológica y disminuir la vulnerabilidad frente a las presiones exteriores.
Por eso muchos de los conflictos contemporáneos que atraviesan África tienen como telón de fondo la disputa por recursos estratégicos. La pugna por el litio, el cobalto, el uranio o el coltán forma parte de una rivalidad internacional que ya condiciona alianzas, inversiones y estrategias militares.
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MÁS ALLÁ DE FRANCIA: LA NUEVA PUGNA POR ÁFRICA
Uno de los errores más comunes al leer a Traoré es reducir su discurso a una simple denuncia de Francia. La antigua potencia colonial ocupa, sin duda, un lugar central en la historia de Burkina Faso. Pero limitar todo a ese eje impide ver lo esencial: lo que está en cuestión es una estructura más amplia de dependencia.
Cuando Francia empezó a perder influencia en varios países del Sahel, muchos interpretaron el proceso como una simple sustitución de actores: París retrocedía y Moscú avanzaba. Traoré ha intentado plantearlo de otro modo. Según su narrativa, el objetivo no es cambiar un tutor por otro, sino recuperar margen de decisión.
Ese punto es clave porque atraviesa uno de los grandes debates soberanistas del continente. Para algunos, la presencia creciente de Rusia o China puede servir de contrapeso frente a Occidente. Para otros, ninguna potencia actúa por altruismo y todas buscan ampliar su influencia.
Traoré parece moverse entre esas dos lecturas: acepta la necesidad de diversificar alianzas, pero insiste en que la prioridad debe ser siempre la defensa de los intereses africanos. No se trata, en su discurso, de sustituir una dependencia por otra, sino de ampliar el margen de maniobra.
Traoré parece situarse en una posición intermedia. Reconoce la necesidad de diversificar alianzas internacionales, pero insiste en que la prioridad debe ser siempre la defensa de los intereses nacionales africanos. Dicho de otra manera, no plantea sustituir una dependencia por otra, sino ampliar el margen de maniobra de los países africanos.
Ahí reside buena parte del interés que despierta su figura: en lugar de presentar el mundo como una pelea entre buenos y malos, lo muestra como una competencia entre poderes que persiguen recursos, rutas y posiciones estratégicas. En ese tablero, la pregunta para África es si seguirá siendo terreno de disputa o si logrará convertirse en actor con estrategia propia.
LA CRÍTICA A LAS ÉLITES Y EL PROBLEMA DE LA SOBERANÍA INCOMPLETA
Quizás uno de los aspectos más originales de las intervenciones de Traoré sea que no atribuye todos los problemas africanos a factores externos. Aunque denuncia repetidamente el papel de las grandes potencias, también dirige una parte importante de sus críticas hacia las propias élites africanas.
Durante su intervención en San Petersburgo en julio de 2023, afirmó que muchos dirigentes del continente habían terminado actuando como representantes de intereses ajenos a sus pueblos. Aquellas palabras provocaron un gran malestar en numerosos círculos políticos porque señalaban una cuestión que suele permanecer oculta en los análisis convencionales.
La dependencia exterior no puede sostenerse únicamente mediante la presión internacional. También necesita mecanismos internos de reproducción. Necesita grupos económicos beneficiados por determinadas relaciones comerciales. Necesita sectores políticos que encuentren ventajas en mantener el statu quo. Necesita estructuras administrativas y financieras capaces de garantizar la continuidad de determinados acuerdos.
Desde esta perspectiva, la soberanía aparece como un problema mucho más complejo de lo que suele suponerse. No basta con poseer una bandera, un ejército o un asiento en las Naciones Unidas. La soberanía exige capacidad efectiva para tomar decisiones sobre la economía, los recursos estratégicos, la política monetaria y las relaciones exteriores.
Por eso Traoré insiste una y otra vez en la necesidad de construir instituciones capaces de responder prioritariamente a los intereses de la población. Su crítica a las élites no es únicamente moral. Es una crítica política. Considera que una parte de las clases dirigentes africanas ha aceptado durante décadas una posición subordinada dentro del sistema internacional y que esa aceptación ha contribuido a perpetuar la dependencia.
ÁFRICA ANTE UNA ENCRUCIJADA HISTÓRICA
Lo que emerge del conjunto de los discursos de Ibrahim Traoré es una visión del mundo marcada por la convicción de que África se encuentra en un momento decisivo de su historia. La creciente competencia entre potencias abre oportunidades, pero también genera riesgos.
Por un lado, permite a los países africanos negociar con un número mayor de actores y reducir determinadas dependencias históricas. Por otro, aumenta la posibilidad de que el continente se convierta nuevamente en escenario de disputas geopolíticas ajenas.
En este sentido, la reflexión de Traoré trasciende ampliamente el caso de Burkina Faso. Habla de un problema que afecta al conjunto del continente: cómo construir un desarrollo independiente en un mundo caracterizado por la competencia entre grandes potencias capitalistas.
La respuesta que propone gira alrededor de cuatro ideas fundamentales: control de los recursos naturales, industrialización, fortalecimiento de la soberanía política y cooperación panafricana. A su juicio, solo la combinación de estos elementos permitiría romper el círculo histórico que ha convertido a África en proveedora de riqueza para otros.
La cuestión decisiva consiste en saber si esas aspiraciones podrán materializarse en una realidad económica y política duradera. Esa es, probablemente, la gran incógnita que acompañará a la figura de Ibrahim Traoré durante los próximos años.
TRAORÉ Y LA TEORÍA CLÁSICA DEL IMPERIALISMO
Aunque Ibrahim Traoré no se presenta como un teórico ni utiliza habitualmente el lenguaje de la economía política, muchas de sus reflexiones recuerdan cuestiones que han sido debatidas durante más de un siglo por quienes intentaron explicar la expansión de las grandes potencias. Cuando denuncia que los países más fuertes compiten por controlar recursos naturales, mercados, rutas comerciales y posiciones estratégicas, está describiendo fenómenos que han acompañado al capitalismo moderno desde finales del siglo XIX.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre el contexto analizado por los pensadores clásicos del imperialismo y la realidad que observa Traoré. A comienzos del siglo XX el mapa mundial estaba dominado por grandes imperios coloniales que controlaban directamente enormes extensiones territoriales. Francia, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica o Japón ejercían un dominio político formal sobre millones de personas. Hoy la situación es diferente. La mayoría de los países africanos son jurídicamente independientes. Poseen gobiernos propios, representación diplomática y reconocimiento internacional.
Precisamente por eso Traoré insiste en que las formas de dominación han cambiado. En sus discursos aparece repetidamente la idea de que el colonialismo no desapareció completamente; se transformó. Las presiones financieras, la dependencia tecnológica, los acuerdos comerciales desiguales, el control de los sistemas monetarios, la influencia sobre las élites locales y la presencia militar extranjera desempeñan ahora funciones que anteriormente realizaban las administraciones coloniales.
Esta percepción suya conecta con una de las cuestiones fundamentales del debate contemporáneo sobre el imperialismo. Muchos analistas sostienen que el control directo de los territorios ha sido sustituido en numerosos casos por mecanismos más complejos de subordinación económica y política. El poder ya no necesita necesariamente gobernar de forma directa para influir decisivamente sobre las decisiones de otros países.
EL SURGIMIENTO DE NUEVAS POTENCIAS Y EL DEBATE SOBRE LOS PAÍSES NEOIMPERIALISTAS
Una de las cuestiones más interesantes que plantea indirectamente el pensamiento de Traoré es la aparición de nuevas potencias que desafían el viejo monopolio occidental sobre amplias regiones del planeta. Durante gran parte del siglo XX, la dominación internacional estuvo concentrada en un número relativamente reducido de Estados. Sin embargo, el siglo XXI ha contemplado el ascenso de nuevos actores económicos y geopolíticos.
China constituye el ejemplo más evidente. En pocas décadas pasó de ocupar una posición periférica en la economía mundial a convertirse en una de las principales potencias industriales y financieras del planeta. India ha seguido una trayectoria de crecimiento acelerado. Turquía ha ampliado considerablemente su influencia regional. Brasil ha incrementado su peso económico. Las monarquías del Golfo han comenzado a desempeñar un papel cada vez más activo en África. Rusia intenta recuperar posiciones perdidas tras el colapso de la Unión Soviética.
Esta transformación ha generado un intenso debate. ¿Estamos asistiendo simplemente a una redistribución del poder dentro del sistema internacional o al surgimiento de nuevas formas de imperialismo? La pregunta resulta especialmente relevante para África porque gran parte de estas potencias buscan ampliar su presencia en el continente.
Los discursos de Traoré sugieren una respuesta prudente. Aunque critica duramente la influencia histórica de las antiguas potencias coloniales, evita presentar a las nuevas potencias como actores desinteresados. De hecho, una de las ideas más repetidas en sus intervenciones es que ningún país extranjero defenderá los intereses africanos mejor que los propios africanos.
Esta posición refleja una comprensión bastante realista de las relaciones internacionales. Los Estados actúan principalmente en función de sus intereses económicos, estratégicos y políticos. La cuestión decisiva para África consiste, por tanto, en desarrollar la fuerza suficiente para negociar desde posiciones menos desiguales.
EL PANAFRICANISMO COMO RESPUESTA A LA FRAGMENTACIÓN
Frente a la competencia entre grandes potencias, Traoré recupera una idea que ha atravesado buena parte de la historia política africana contemporánea: el panafricanismo. Aunque este concepto ha adoptado formas muy diversas a lo largo del tiempo, su núcleo fundamental consiste en afirmar que los problemas de África no pueden resolverse exclusivamente desde marcos nacionales aislados.
La fragmentación heredada del periodo colonial constituye uno de los grandes desafíos del continente. Muchas fronteras actuales fueron trazadas por las potencias europeas sin tener en cuenta realidades históricas, culturales o económicas preexistentes. Como resultado, numerosos países africanos surgieron con mercados relativamente pequeños, infraestructuras insuficientes y una fuerte dependencia de las exportaciones hacia el exterior.
Traoré considera que esta situación limita considerablemente la capacidad de negociación de los Estados africanos. De ahí su insistencia en fortalecer los mecanismos de cooperación regional. No se trata únicamente de una cuestión ideológica. Se trata también de una necesidad económica y estratégica.
Un continente dividido en decenas de mercados pequeños resulta mucho más vulnerable a las presiones externas que un espacio capaz de coordinar políticas industriales, energéticas y comerciales. Desde esta perspectiva, el panafricanismo aparece como una herramienta destinada a aumentar la autonomía colectiva de África frente a los grandes centros de poder mundial.
LOS LÍMITES Y LAS CONTRADICCIONES DEL PROYECTO DE TRAORÉ
Sin embargo, cualquier análisis riguroso exige reconocer también las dificultades que enfrenta este proyecto. Los discursos de Traoré han generado auténtico entusiasmo en amplios sectores de la población africana, especialmente entre los jóvenes. Pero transformar un discurso de soberanía en una realidad económica constituye una tarea enormemente compleja.
La industrialización requiere inversiones masivas, tecnología, infraestructuras, formación técnica y estabilidad política. La construcción de cadenas productivas nacionales exige tiempo y recursos. La diversificación económica resulta especialmente difícil en países cuya estructura productiva ha estado orientada durante décadas hacia la exportación de materias primas.
A ello se suman otros problemas como la inseguridad en diversas regiones del Sahel, las limitaciones financieras de muchos Estados africanos y las enormes presiones que suelen acompañar a cualquier intento de modificar relaciones económicas consolidadas durante largos periodos.
La experiencia histórica africana muestra también otro límite que no puede ignorarse y del que el propio Traoré parece ser plenamente consciente. Ninguna gran potencia ha aceptado jamás de forma pacífica que un país situado dentro de su esfera de influencia recupere el control efectivo de sus recursos estratégicos y cuestione los mecanismos que garantizan su acceso a ellos. Desde el asesinato de Patrice Lumumba en el Congo hasta el derrocamiento y posterior asesinato dekl propio Thomas Sankara en Burkina Faso, la historia del continente está atravesada por intervenciones, desestabilizaciones, golpes de Estado y operaciones encubiertas dirigidas contra gobiernos que intentaron recorrer caminos de soberanía económica incompatibles con los intereses de las potencias dominantes. Pensar que un proyecto como el que propone podría desarrollarse sin afrontar presiones de esa naturaleza equivaldría a ignorar una de las constantes más persistentes de la historia contemporánea africana. Precisamente por eso, la importancia histórica de Traoré no dependerá únicamente de sus discursos. Dependerá de si es capaz de llevar ese proyecto hasta sus últimas consecuencias en un escenario donde la historia demuestra que quienes han intentado arrebatar a las grandes potencias el control de recursos estratégicos y espacios de influencia no solo han encontrado oposición política o económica, sino que con frecuencia han pagado por ello el precio más alto.
LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO
Sea como fuere, y más allá de las opiniones que despierten sus políticas, Ibrahim Traoré ha conseguido reinstalar una pregunta que incomoda a los dueños del orden internacional: quién controla la riqueza africana y quién se beneficia realmente de ella.
La fuerza de ese discurso está en su capacidad para conectar la geopolítica con hechos concretos: el oro de Burkina Faso, el uranio de Níger, los minerales críticos que sostienen la transición energética y la persistencia de la pobreza en territorios rebosantes de recursos. Burkina Faso, por ejemplo, depende de forma abrumadora del oro, que representa más del 80 % de sus exportaciones, mientras el Estado intenta aumentar su participación en el sector con la reforma minera aprobada en 2024.
En el fondo, el mensaje es sencillo y radical a la vez: África dispone de recursos, población y memoria histórica para definir su propio rumbo. La cuestión es si podrá traducir esa potencia en instituciones, industria y soberanía efectiva, o si seguirá atrapada en un modelo extractivo rentable para otros y estéril para sí misma.
Por eso el fenómeno Traoré importa mucho más allá de Burkina Faso. No solo expresa una protesta contra las viejas dependencias; también condensa una exigencia más amplia: que África deje de ser administrada por intereses ajenos y empiece a actuar como sujeto político.
Ese es el verdadero alcance del debate que su figura ha reabierto: no solo el destino de un dirigente o de un país, sino la posibilidad de que África renegocie su lugar en el mundo en una época marcada por la disputa por recursos, soberanía y poder. Y esa discusión, lejos de ser periférica, ya está en el centro del siglo XXI.































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