Hace ya muchas décadas, millones de personas llegaron a
creer que el futuro podía parecerse a una escalera. Una escalera imperfecta, llena de peldaños rotos, desigualdades y abusos, sí, pero una escalera al fin y al cabo.
Después de la Segunda Guerra Mundial, gran parte de Occidente vivió décadas en las que los salarios crecían, el empleo parecía relativamente estable y los Estados construían hospitales, escuelas, carreteras y sistemas públicos de protección social.
Aquello no era ningún paraíso, ciertamente. Las fábricas seguían explotando trabajadores, las colonias seguían siendo saqueadas y las grandes empresas continuaban acumulando riquezas gigantescas. Pero las élites económicas habían aprendido una lección importante: si querían evitar nuevas explosiones sociales, debían ceder una parte mínima de sus beneficios.
En el curso de aquellos años, el capitalismo llevaba una máscara más amable. Los gobiernos hablaban de bienestar, de pleno empleo, de derechos sociales. Se repetía constantemente que el mercado debía estar regulado y que el Estado tenía la obligación de intervenir para evitar las crisis. La experiencia de la Gran Depresión de 1929 y el ascenso del fascismo habían dejado una huella demasiado profunda como para olvidarla rápidamente. El miedo a las revoluciones obreras todavía flotaba sobre Europa como una tormenta lejana.
Pero bajo aquella aparente estabilidad ya se estaba incubando otro mundo. Como ocurre tantas veces en la historia, el verdadero conflicto no estaba en los discursos oficiales sino en los despachos silenciosos donde los grandes grupos económicos preparaban lentamente su revancha. Porque las clases dominantes nunca aceptaron realmente las concesiones sociales del periodo de posguerra. Las toleraron mientras fueron necesarias. Nada más.
EL NACIMIENTO DE LA OFENSIVA NEOLIBERAL
A finales de los años setenta, el sistema empezó a entrar en crisis. La inflación aumentaba, las ganancias empresariales comenzaban a reducirse y el crecimiento económico se desaceleraba. Las grandes empresas y las élites financieras entendieron rápidamente que había llegado el momento de recuperar el terreno perdido. Y entonces comenzó una ofensiva gigantesca que cambiaría el mundo entero.
Nos contaron que el neoliberalismo apareció porque algunos economistas habían descubierto fórmulas más eficientes para organizar la economía. Nos dijeron que las ideas de libre mercado habían triunfado porque eran “más racionales”. Pero la realidad fue mucho más brutal y mucho menos elegante. El neoliberalismo no venció porque convenciera intelectualmente a la mayoría. Venció porque quienes tenían el poder económico utilizaron las crisis para reorganizar la sociedad a su favor.
Fue una operación inmensa. Mientras las fábricas cerraban y el desempleo crecía, los gobiernos empezaron a repetir que “no había alternativa”. Privatizaron empresas públicas, destruyeron o cooptaron sindicatos, redujeron salarios y recortaron derechos laborales. La riqueza comenzó a desplazarse masivamente desde abajo hacia arriba. El dinero dejó de circular hacia los trabajadores y empezó a concentrarse en bancos, fondos de inversión y grandes corporaciones internacionales.
![[Img #92108]](https://canarias-semanal.org/upload/images/05_2026/6238_neoliberal.jpg)
CUANDO TODO SE CONVIRTIÓ EN MERCANCÍA
Lo más impresionante fue cómo lograron convertir esa ofensiva en sentido común. La televisión, los periódicos y las universidades comenzaron a repetir una nueva religión económica: el mercado era presentado como una fuerza casi natural, como si fuera una tormenta o una ley física imposible de desafiar. Se nos enseñó que el éxito dependía exclusivamente del esfuerzo individual y que la pobreza era consecuencia de errores personales. Poco a poco, la competencia reemplazó a la solidaridad. La vida entera empezó a transformarse en mercancía.
Y entonces ocurrió algo todavía más profundo. El neoliberalismo no solo cambió la economía. Cambió la manera en que las personas se miraban unas a otras. La sociedad comenzó a fragmentarse. El vecino dejó de ser un compañero y empezó a convertirse en un rival. El trabajo dejó de ser una actividad colectiva para convertirse en una lucha desesperada por sobrevivir individualmente. La precariedad se volvió normal. La angustia también.
En las grandes ciudades del mundo fueron dibujándose dos paisajes completamente distintos. Por un lado, barrios llenos de lujo obsceno, rascacielos de cristal y urbanizaciones privadas protegidas por cámaras y guardias de seguridad. Por otro, millones de personas sobreviviendo en empleos miserables, alquileres imposibles y servicios públicos destruidos. El neoliberalismo convirtió las ciudades en enormes máquinas de expulsión.
EL MUNDO DE LOS RICOS Y EL MUNDO DE LOS DEMÁS
Mientras tanto, las élites económicas siguieron acumulando una riqueza tan gigantesca que empezó a parecer irreal. En pocas décadas, el planeta alcanzó niveles de desigualdad que habrían parecido escandalosos incluso para los viejos aristócratas europeos del siglo XIX. El mundo producía más riqueza que nunca, pero esa riqueza se concentraba en manos cada vez más pequeñas.
La paradoja era brutal. Nunca hubo tanta tecnología, tanta capacidad productiva ni tantos recursos disponibles. Y, sin embargo, millones de personas vivían atrapadas en la inseguridad permanente. El capitalismo neoliberal prometía libertad, pero produjo miedo. Prometía prosperidad, pero multiplicó la precariedad. Prometía modernidad, pero reconstruyó formas de explotación que parecían enterradas.
En realidad, el neoliberalismo funcionó como una gigantesca restauración del poder empresarial. Las grandes corporaciones internacionales no solo dominaron la economía: empezaron también a condicionar gobiernos enteros.
No es que antes no lo hubieran hecho. Pero fue durante aquellos años que coincidieron con la implosión de la Unión Soviética, cuando se empezó a ver claramente que los Estados capitalistas habían decidido abandonar el consenso social tácitamente acordado después del final de la guerra, y dejado de actuar como "mediadores sociales", comportarse como descarados y fieles administradores de los intereses del gran capital financiero.
LA CRISIS COMO FORMA DE GOBIERNO
Por eso las crisis económicas ya no fueron accidentes pasajeros. Se volvieron permanentes. El sistema necesitaba endeudar familias, precarizar trabajadores y destruir servicios públicos para seguir funcionando. Cada nueva crisis servía además como excusa para imponer más recortes y más privatizaciones. Era como si el incendio se utilizara constantemente para justificar el saqueo de las ruinas.
El resultado fue una sociedad profundamente alienada. Mucha gente empezó a sentir que trabajaba más que nunca sin lograr estabilidad. Que vivía rodeada de objetos pero vacía de futuro. Que todo se compraba y todo se vendía, incluso el tiempo, las emociones y las relaciones humanas. Aquello que antes eran derechos empezó a convertirse en negocios. La educación, la salud y la vivienda dejaron de verse como necesidades colectivas y comenzaron a tratarse como mercancías.
En este marco, otro factor fundamental acabaría marcando de forma decisiva la evolución del sistema. La arrebatadora inclusión en el tablero de juego mundial de China, como un actor en auge dispuesto para cuestionar a los Estados Unidos su papel como principal potencia capitalista del planeta. Tal y como se apunta en el libro "El Gran Reajuste", de Manuel Medina y Cristóbal G. Vera, la irrupción del gigante asiático obliga a las potencias occidentales a efectuar una reconfiguración sin precedentes.
Como señalan los autores,
"lo que se está configurando es un nuevo equilibrio, más inestable, más peligroso y más fragmentado".
El llamado "Gran Reajuste" es la adaptación del capitalismo occidental a un mundo donde Estados Unidos ya no puede ejercer su hegemonía sin afrontar la creciente competencia mercantil con China y con otros polos emergentes.
EL MIEDO, LA RABIA Y EL ASCENSO DE LA EXTREMA DERECHA
Y entonces apareció otra consecuencia todavía más peligrosa: el crecimiento de la extrema derecha. Cuando millones de personas sienten que pierden el control de sus vidas, el miedo busca culpables. Y los discursos autoritarios saben perfectamente cómo aprovechar ese vacío. En lugar de señalar a quienes concentran la riqueza, desvían la rabia hacia inmigrantes, minorías o sectores vulnerables. Así, mientras las élites económicas continúan acumulando beneficios, las clases populares terminan enfrentándose entre sí.
No se trata únicamente de una reacción espontánea al malestar social. Como se explica en El Gran Reajuste, la nueva extrema derecha actúa también como un "mecanismo preventivo" destinado a canalizar el descontento antes de que pueda transformarse en una crítica profunda al propio sistema. O, dicho de forma más directa, "se disfraza de antisistema, pero es solo el plan B del gran capital" en esta fase de reconfiguración que, necesariamente, tendrá que generar reacciones.
LAS RESISTENCIAS QUE EMPIEZAN A DESPERTAR
Y es que la historia nunca permanece quieta. En todas partes comenzaron también las resistencias. Protestas, huelgas, movimientos sociales y nuevas generaciones que crecieron viendo cómo el sistema prometía estabilidad mientras entregaba incertidumbre. Desde las plazas ocupadas hasta las grandes movilizaciones laborales, millones de personas empezaron a cuestionar nuevamente un modelo que parecía invencible.
Quizá el mayor problema del neoliberalismo es que destruyó incluso la ilusión de futuro. Durante décadas repitió que el mercado resolvería todos los problemas. Pero las crisis financieras, las guerras, la destrucción ambiental y la desigualdad creciente fueron dejando al descubierto una verdad molesta: el sistema no estaba organizando la sociedad para satisfacer necesidades humanas, sino para garantizar la acumulación infinita de riqueza en pocas manos.
EL CONFLICTO QUE SIGUE MARCANDO EL MUNDO
Y cuando un sistema necesita convertir la vida entera en mercancía para sobrevivir, termina chocando contra sus propios límites. Porque ninguna sociedad puede sostener indefinidamente niveles extremos de desigualdad sin generar tensiones profundas. Ningún modelo puede destruir permanentemente derechos sociales sin provocar resistencia. Ningún orden puede vivir eternamente basado en el miedo.
Hoy, mientras el neoliberalismo atraviesa nuevas crisis, vuelve a surgir la misma pregunta que recorrió tantos momentos de la historia: quién debe decidir cómo debe organizarse el mundo. Y detrás de esa pregunta aparece otra todavía más importante. Si la economía debe servir para enriquecer a una minoría o para garantizar una vida digna para la mayoría.
Porque al final, detrás de todas las teorías económicas, detrás de todos los discursos técnicos y todas las palabras sofisticadas, siempre termina apareciendo el mismo viejo conflicto: el conflicto entre quienes poseen el poder y quienes producen la riqueza.
FUENTES CONSULTADAS
- “Power, Not Economic Theory, Created Neoliberalism” (Jacobin)
- El Gran Reajuste. China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista. Manuel Medina y Cristóbal G. García.
- Una historia marxista del mundo de Neil Faulkner
- El derecho a la ciudad de David Harvey
- Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo de David Harvey
- Crepúsculo de los dioses sobre el nuevo orden mundial
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