SANTA CRUZ DE TFE.: LA CIUDAD QUE OLVIDÓ LA MEMORIA DE SUS AUTÉNTICOS CONSTRUCTORES
Urbanismo, pobreza y poder en la historia contemporánea de Tenerife
Miles de familias obreras construyeron con sus propias manos la periferia de Santa Cruz de Tenerife mientras el centro urbano acumulaba inversiones y modernidad. El libro de Luz Marina García Herrera muestra cómo aquella ciudad marginal no fue un accidente urbanístico, sino el resultado de una forma desigual de repartir la vivienda, las infraestructuras y el derecho a habitar plenamente la ciudad.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La hoy desaparecida geógrafa canaria Luz Marina García Herrera invirtió algunos años de su vida en la reconstruccion de la historia olvidada de la capital tinerfeña.
El resultado de esa minuciosa investigación fue el libro de su autoría titulado "Santa Cruz de Tenerife: la formación de la ciudad marginal, una de las investigaciones urbanas más importantes realizadas sobre Canarias.
Su tesis fue demoledora: la periferia pobre de Santa Cruz no fue un accidente ni una anomalía. Fue el resultado lógico de un modelo económico y político que necesitaba trabajadores baratos, pero no estaba dispuesto a ofrecerles una ciudad digna.
Santa Cruz de Tenerife fue, durante buena parte del siglo XX, una ciudad partida en dos. De un lado se encontraba la capital visible: el puerto, las Ramblas, los edificios administrativos, los parques y las zonas donde la burguesía encontraba aire limpio y horizonte. Del otro lado aparecía otra ciudad, construida lentamente por miles de familias que llegaban desde el campo buscando trabajo y terminaban levantando sus casas sobre terrenos periféricos, baratos y olvidados.
García Herrera dedicó años a estudiar aquella fractura urbana. Y la conclusión a la que llegó sigue resonando décadas después: la periferia pobre de Santa Cruz no fue una casualidad ni un accidente urbanístico. Fue la consecuencia natural de una sociedad que permitió que una parte de su población construyera la ciudad sin llegar nunca a habitarla plenamente.
SANTA CRUZ DE TENERIFE Y LA HISTORIA DE UNA PERIFERIA LEVANTADA DESDE LA POBREZA, EL TRABAJO Y LA EXCLUSIÓN
Las ciudades no crecen solas. Detrás de cada avenida hay una decisión política. Detrás de cada barrio hay una jerarquía social. Detrás de cada periferia hay siempre una pregunta perturbadora: quién tuvo derecho a ocupar el centro y quiénes fueron empujados hacia los márgenes.
Santa Cruz de Tenerife aprendió esa lógica durante buena parte del siglo XX. Mientras la capital se consolidaba como gran núcleo administrativo, portuario y comercial de Canarias, la otra ciudad comenzaba a extenderse silenciosamente sobre laderas, barrancos y antiguos terrenos agrícolas.
No aparecía en los discursos oficiales sobre modernidad. No protagonizaba las postales urbanas. Era la ciudad de quienes llegaban desde el campo buscando trabajo y descubrían que la ciudad necesitaba sus brazos, pero no estaba dispuesta a integrarlos plenamente.
El crecimiento de Santa Cruz coincidió con la lenta descomposición del mundo rural canario. Miles de familias abandonaron las medianías agrícolas de Tenerife y de otras islas porque la tierra ya no alcanzaba para sostenerlas. El puerto crecía. El comercio crecía. Los servicios urbanos crecían igualmente. La capital necesitaba trabajadores para alimentar aquella expansión económica. Y los encontró precisamente entre quienes huían de la pobreza rural.
Pero el problema emergió rapidamente. Había empleo para muchos de aquellos inmigrantes. Lo que no había era ciudad para ellos.
El suelo urbano consolidado resultaba inaccesible para una población obrera recién llegada, sin ahorros y con salarios bajos. Las mejores zonas residenciales permanecían protegidas por una barrera silenciosa hecha de prestigio social y precio del suelo. Así fue como comenzó una expansión periférica que terminaría cambiando para siempre la geografía de Santa Cruz.
La Salud, Chamberí, Somosierra, Barrio Nuevo, Taco y otros barrios similares comenzaron a crecer sobre espacios baratos, mal comunicados y apenas urbanizados. La ciudad empezó entonces a dividirse lentamente entre quienes habitaban el espacio visible de la modernidad urbana y quienes debían construir su vida en los bordes.
LAS MANOS QUE LEVANTARON LA PERIFERIA
Aquellos barrios no fueron construidos por grandes promotoras ni nacieron de sofisticados planes urbanísticos. Fueron levantados por obreros. Por familias enteras que convirtieron la construcción de la vivienda en una tarea de años, a veces de décadas.
La casa nunca aparecía terminada de golpe. Primero llegaba el solar, comprado a plazos sobre antiguas parcelas agrícolas periféricas. Después una habitación mínima. Más tarde un techo provisional. Otra planta cuando el dinero alcanzaba. La vivienda avanzaba lentamente, al mismo ritmo que avanzaban los salarios, los ahorros y la resistencia física de quienes la levantaban.
Muchos trabajadores dedicaban los domingos a construir su propia casa después de pasar la semana trabajando duramente para otros. Vecinos y familiares colaboraban en las obras. Las calles crecían igual que las viviendas: de manera incompleta, irregular y fatigosa. La periferia de Santa Cruz fue edificada mediante una gigantesca cantidad de trabajo invisible e invisibilizado, que nunca figuró en las estadísticas económicas del progreso urbano.
Sin embargo, aquellas construcciones precarias representaban mucho más que pobreza. Eran también una forma de permanencia. Cada pared levantada en una ladera periférica significaba algo muy sencillo: quedarse. Resistir. Conseguir un lugar desde el que entrar, aunque fuera parcialmente, en la ciudad.
Luz Marina García Herrera se detiene aquí uno de los grandes mecanismos sociales del siglo XX canario. La autoconstrucción permitió que miles de trabajadores sobrevivieran en la capital sin que ni el Estado ni las élites económicas asumieran realmente el coste de alojarlos dignamente. Las propias familias obreras cargaban sobre sus espaldas el esfuerzo económico y físico de producir vivienda barata. La ciudad crecía gracias a un inmenso sacrificio doméstico oculto bajo el discurso del desarrollo urbano.
![[Img #92089]](https://canarias-semanal.org/upload/images/05_2026/9879_mar02.jpg)
EL URBANISMO COMO FORMA DE PODER
La extrairdinaria fuerza del libro de Marina García Herrera reside, justamente, en desmontar una idea muy extendida: que la periferia fue únicamente consecuencia del desorden o de la falta de planificación. Su análisis muestra algo mucho más profundo. La desigualdad urbana obedecía a una lógica social perfectamente reconocible.
Mientras el centro de Santa Cruz acumulaba inversiones, avenidas, edificios administrativos y espacios de prestigio, los barrios obreros permanecían durante años sin alcantarillado, sin asfaltado y sin servicios básicos. La ciudad oficial parecía detenerse exactamente antes de llegar a la periferia popular.
Aquella diferencia material terminó convirtiéndose también en diferencia simbólica. El centro representaba la ciudad legítima, moderna y visible. La periferia aparecía como un territorio secundario, casi provisional, tolerado más que reconocido.
Las propias infraestructuras ayudaron a consolidar esa división. La Autopista del Norte actuó como una frontera social que separaba físicamente la ciudad integrada de numerosos espacios obreros e industriales. El progreso urbano no unía todos los territorios del mismo modo. Algunas carreteras acercaban ciertos barrios al centro económico de la ciudad, mientras otras consolidaban distancias invisibles.
El urbanismo dejaba así de ser una cuestión técnica para convertirse en una "cuestión de clase", de forma de distribución del poder sobre el espacio.
EL FRANQUISMO Y LA ADMINISTRACIÓN DE LA DESIGUALDAD
Gran parte de este proceso ocurrió durante el franquismo. La dictadura construyó algunas barriadas populares, pero aquellas actuaciones fueron insignificantes frente a la magnitud del crecimiento demográfico que experimentaba Santa Cruz. La verdadera solución consistió en permitir que las propias familias trabajadoras resolvieran por sí solas el problema de la vivienda.
Las autoridades toleraron durante décadas parcelaciones irregulares y urbanizaciones levantadas prácticamente al margen de la legalidad urbanística. Aquella permisividad no respondía solo a una incapacidad administrativa. También funcionaba como un mecanismo barato de absorción de población obrera.
La ciudad obtenía trabajadores. Y eran los trabajadores los que asumían el coste de construir la periferia. Por eso García Herrera plantea una interpretación especialmente impactante. La ciudad marginal no fue un fracaso excepcional del modelo urbano. Fue, en muchos sentidos, una pieza funcional de ese modelo. La precariedad ayudaba a abaratar la vida obrera y, por tanto, ayudaba también a sostener el crecimiento económico de la capital. La desigualdad terminaba convirtiéndose en parte del propio funcionamiento de la ciudad.
LOS BARRIOS QUE APRENDIERON A RECLAMAR SU LUGAR
Pero la periferia no produjo únicamente pobreza. Produjo también comunidad y conciencia vecinal. La ausencia de servicios públicos obligó a muchos barrios a organizarse colectivamente. Los vecinos compartían materiales, herramientas y trabajo. Poco a poco comenzaron también a reclamar agua, alumbrado, escuelas, transporte y calles transitables. Lo que estaba en juego no era solamente una mejora urbana. Era el derecho a ser reconocidos como parte legítima de la ciudad. Pedir asfaltado significó exigir dignidad.
Con la llegada de la peculiar democracia española, comenzaron los llamados “Planes de Barrios”, destinados a corregir parcialmente décadas de abandono institucional. Muchas periferias mejoraron físicamente. Llegaron infraestructuras, equipamientos y regularizaciones urbanísticas.
Sin embargo, las ciudades conservan memoria. Las desigualdades históricas no desaparecen simplemente porque una calle sea asfaltada. Permanecen inscritas en el valor del suelo, en la distribución de oportunidades y en las diferencias acumuladas durante generaciones.
LA NUEVA CIUDAD DEL NEGOCIO INMOBILIARIO
En la reedición del libro "Santa Cruz de Tenerife: la formación de la ciudad marginal" en 2005, se añade además una reflexión especialmente contemporánea. Desde los años ochenta, Canarias experimentó una expansión inmobiliaria gigantesca. Se construían viviendas constantemente, pero acceder a ellas resultaba cada vez más difícil para amplios sectores sociales.
La vivienda comenzó a dejar de ser únicamente un lugar donde vivir para transformarse en una mercancía financiera. La antigua ciudad marginal mutaba entonces hacia otra forma de exclusión. Ya no era solamente la periferia sin alcantarillado de mediados del siglo XX. Ahora aparecía una ciudad donde el precio de la vivienda expulsaba progresivamente a jóvenes y trabajadores hacia espacios cada vez más alejados. La frontera social seguía existiendo. Sólo había cambiado de aspecto.
LAS CIUDADES REVELAN QUIÉN IMPORTA
El libro de Luz Marina García Herrera termina funcionando como una poderosa lección sobre el poder y el territorio. Las ciudades no son simples acumulaciones de edificios. Son estructuras que distribuyen cercanía y distancia, reconocimiento e invisibilidad, bienestar y precariedad.
Santa Cruz creció gracias al trabajo de miles de migrantes canarios rurales, que huyendo de la miseria del campo, levantaron físicamente gran parte de su periferia.
Pero durante décadas, esos mismos trabajadores se vieron obligados a permanecer lejos de la calidad urbana, de las inversiones públicas y del relato oficial de la modernidad.
La ciudad utilizó sus manos antes de reconocer plenamente sus vidas. Y quizá por eso mismo esta historia continúa siendo tan actual. Porque todavía hoy muchas ciudades siguen creciendo exactamente igual: concentrando bienestar en algunos espacios y desplazando incertidumbre hacia otros.
El libro de Luz Marina García nos deja una conclusión difícil de ignorar. Las desigualdades nunca son solamente económicas. Terminan también convirtiéndose en calles, barrios y fronteras invisibles.
FUENTE PRINCIPAL:
Luz Marina García Herrera, Santa Cruz de Tenerife: la formación de la ciudad marginal, Ediciones Idea, 2005.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro "El Gran Reajuste: China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", de reciente aparición en Amazon.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La hoy desaparecida geógrafa canaria Luz Marina García Herrera invirtió algunos años de su vida en la reconstruccion de la historia olvidada de la capital tinerfeña.
El resultado de esa minuciosa investigación fue el libro de su autoría titulado "Santa Cruz de Tenerife: la formación de la ciudad marginal, una de las investigaciones urbanas más importantes realizadas sobre Canarias.
Su tesis fue demoledora: la periferia pobre de Santa Cruz no fue un accidente ni una anomalía. Fue el resultado lógico de un modelo económico y político que necesitaba trabajadores baratos, pero no estaba dispuesto a ofrecerles una ciudad digna.
Santa Cruz de Tenerife fue, durante buena parte del siglo XX, una ciudad partida en dos. De un lado se encontraba la capital visible: el puerto, las Ramblas, los edificios administrativos, los parques y las zonas donde la burguesía encontraba aire limpio y horizonte. Del otro lado aparecía otra ciudad, construida lentamente por miles de familias que llegaban desde el campo buscando trabajo y terminaban levantando sus casas sobre terrenos periféricos, baratos y olvidados.
García Herrera dedicó años a estudiar aquella fractura urbana. Y la conclusión a la que llegó sigue resonando décadas después: la periferia pobre de Santa Cruz no fue una casualidad ni un accidente urbanístico. Fue la consecuencia natural de una sociedad que permitió que una parte de su población construyera la ciudad sin llegar nunca a habitarla plenamente.
SANTA CRUZ DE TENERIFE Y LA HISTORIA DE UNA PERIFERIA LEVANTADA DESDE LA POBREZA, EL TRABAJO Y LA EXCLUSIÓN
Las ciudades no crecen solas. Detrás de cada avenida hay una decisión política. Detrás de cada barrio hay una jerarquía social. Detrás de cada periferia hay siempre una pregunta perturbadora: quién tuvo derecho a ocupar el centro y quiénes fueron empujados hacia los márgenes.
Santa Cruz de Tenerife aprendió esa lógica durante buena parte del siglo XX. Mientras la capital se consolidaba como gran núcleo administrativo, portuario y comercial de Canarias, la otra ciudad comenzaba a extenderse silenciosamente sobre laderas, barrancos y antiguos terrenos agrícolas.
No aparecía en los discursos oficiales sobre modernidad. No protagonizaba las postales urbanas. Era la ciudad de quienes llegaban desde el campo buscando trabajo y descubrían que la ciudad necesitaba sus brazos, pero no estaba dispuesta a integrarlos plenamente.
El crecimiento de Santa Cruz coincidió con la lenta descomposición del mundo rural canario. Miles de familias abandonaron las medianías agrícolas de Tenerife y de otras islas porque la tierra ya no alcanzaba para sostenerlas. El puerto crecía. El comercio crecía. Los servicios urbanos crecían igualmente. La capital necesitaba trabajadores para alimentar aquella expansión económica. Y los encontró precisamente entre quienes huían de la pobreza rural.
Pero el problema emergió rapidamente. Había empleo para muchos de aquellos inmigrantes. Lo que no había era ciudad para ellos.
El suelo urbano consolidado resultaba inaccesible para una población obrera recién llegada, sin ahorros y con salarios bajos. Las mejores zonas residenciales permanecían protegidas por una barrera silenciosa hecha de prestigio social y precio del suelo. Así fue como comenzó una expansión periférica que terminaría cambiando para siempre la geografía de Santa Cruz.
La Salud, Chamberí, Somosierra, Barrio Nuevo, Taco y otros barrios similares comenzaron a crecer sobre espacios baratos, mal comunicados y apenas urbanizados. La ciudad empezó entonces a dividirse lentamente entre quienes habitaban el espacio visible de la modernidad urbana y quienes debían construir su vida en los bordes.
LAS MANOS QUE LEVANTARON LA PERIFERIA
Aquellos barrios no fueron construidos por grandes promotoras ni nacieron de sofisticados planes urbanísticos. Fueron levantados por obreros. Por familias enteras que convirtieron la construcción de la vivienda en una tarea de años, a veces de décadas.
La casa nunca aparecía terminada de golpe. Primero llegaba el solar, comprado a plazos sobre antiguas parcelas agrícolas periféricas. Después una habitación mínima. Más tarde un techo provisional. Otra planta cuando el dinero alcanzaba. La vivienda avanzaba lentamente, al mismo ritmo que avanzaban los salarios, los ahorros y la resistencia física de quienes la levantaban.
Muchos trabajadores dedicaban los domingos a construir su propia casa después de pasar la semana trabajando duramente para otros. Vecinos y familiares colaboraban en las obras. Las calles crecían igual que las viviendas: de manera incompleta, irregular y fatigosa. La periferia de Santa Cruz fue edificada mediante una gigantesca cantidad de trabajo invisible e invisibilizado, que nunca figuró en las estadísticas económicas del progreso urbano.
Sin embargo, aquellas construcciones precarias representaban mucho más que pobreza. Eran también una forma de permanencia. Cada pared levantada en una ladera periférica significaba algo muy sencillo: quedarse. Resistir. Conseguir un lugar desde el que entrar, aunque fuera parcialmente, en la ciudad.
Luz Marina García Herrera se detiene aquí uno de los grandes mecanismos sociales del siglo XX canario. La autoconstrucción permitió que miles de trabajadores sobrevivieran en la capital sin que ni el Estado ni las élites económicas asumieran realmente el coste de alojarlos dignamente. Las propias familias obreras cargaban sobre sus espaldas el esfuerzo económico y físico de producir vivienda barata. La ciudad crecía gracias a un inmenso sacrificio doméstico oculto bajo el discurso del desarrollo urbano.
![[Img #92089]](https://canarias-semanal.org/upload/images/05_2026/9879_mar02.jpg)
EL URBANISMO COMO FORMA DE PODER
La extrairdinaria fuerza del libro de Marina García Herrera reside, justamente, en desmontar una idea muy extendida: que la periferia fue únicamente consecuencia del desorden o de la falta de planificación. Su análisis muestra algo mucho más profundo. La desigualdad urbana obedecía a una lógica social perfectamente reconocible.
Mientras el centro de Santa Cruz acumulaba inversiones, avenidas, edificios administrativos y espacios de prestigio, los barrios obreros permanecían durante años sin alcantarillado, sin asfaltado y sin servicios básicos. La ciudad oficial parecía detenerse exactamente antes de llegar a la periferia popular.
Aquella diferencia material terminó convirtiéndose también en diferencia simbólica. El centro representaba la ciudad legítima, moderna y visible. La periferia aparecía como un territorio secundario, casi provisional, tolerado más que reconocido.
Las propias infraestructuras ayudaron a consolidar esa división. La Autopista del Norte actuó como una frontera social que separaba físicamente la ciudad integrada de numerosos espacios obreros e industriales. El progreso urbano no unía todos los territorios del mismo modo. Algunas carreteras acercaban ciertos barrios al centro económico de la ciudad, mientras otras consolidaban distancias invisibles.
El urbanismo dejaba así de ser una cuestión técnica para convertirse en una "cuestión de clase", de forma de distribución del poder sobre el espacio.
EL FRANQUISMO Y LA ADMINISTRACIÓN DE LA DESIGUALDAD
Gran parte de este proceso ocurrió durante el franquismo. La dictadura construyó algunas barriadas populares, pero aquellas actuaciones fueron insignificantes frente a la magnitud del crecimiento demográfico que experimentaba Santa Cruz. La verdadera solución consistió en permitir que las propias familias trabajadoras resolvieran por sí solas el problema de la vivienda.
Las autoridades toleraron durante décadas parcelaciones irregulares y urbanizaciones levantadas prácticamente al margen de la legalidad urbanística. Aquella permisividad no respondía solo a una incapacidad administrativa. También funcionaba como un mecanismo barato de absorción de población obrera.
La ciudad obtenía trabajadores. Y eran los trabajadores los que asumían el coste de construir la periferia. Por eso García Herrera plantea una interpretación especialmente impactante. La ciudad marginal no fue un fracaso excepcional del modelo urbano. Fue, en muchos sentidos, una pieza funcional de ese modelo. La precariedad ayudaba a abaratar la vida obrera y, por tanto, ayudaba también a sostener el crecimiento económico de la capital. La desigualdad terminaba convirtiéndose en parte del propio funcionamiento de la ciudad.
LOS BARRIOS QUE APRENDIERON A RECLAMAR SU LUGAR
Pero la periferia no produjo únicamente pobreza. Produjo también comunidad y conciencia vecinal. La ausencia de servicios públicos obligó a muchos barrios a organizarse colectivamente. Los vecinos compartían materiales, herramientas y trabajo. Poco a poco comenzaron también a reclamar agua, alumbrado, escuelas, transporte y calles transitables. Lo que estaba en juego no era solamente una mejora urbana. Era el derecho a ser reconocidos como parte legítima de la ciudad. Pedir asfaltado significó exigir dignidad.
Con la llegada de la peculiar democracia española, comenzaron los llamados “Planes de Barrios”, destinados a corregir parcialmente décadas de abandono institucional. Muchas periferias mejoraron físicamente. Llegaron infraestructuras, equipamientos y regularizaciones urbanísticas.
Sin embargo, las ciudades conservan memoria. Las desigualdades históricas no desaparecen simplemente porque una calle sea asfaltada. Permanecen inscritas en el valor del suelo, en la distribución de oportunidades y en las diferencias acumuladas durante generaciones.
LA NUEVA CIUDAD DEL NEGOCIO INMOBILIARIO
En la reedición del libro "Santa Cruz de Tenerife: la formación de la ciudad marginal" en 2005, se añade además una reflexión especialmente contemporánea. Desde los años ochenta, Canarias experimentó una expansión inmobiliaria gigantesca. Se construían viviendas constantemente, pero acceder a ellas resultaba cada vez más difícil para amplios sectores sociales.
La vivienda comenzó a dejar de ser únicamente un lugar donde vivir para transformarse en una mercancía financiera. La antigua ciudad marginal mutaba entonces hacia otra forma de exclusión. Ya no era solamente la periferia sin alcantarillado de mediados del siglo XX. Ahora aparecía una ciudad donde el precio de la vivienda expulsaba progresivamente a jóvenes y trabajadores hacia espacios cada vez más alejados. La frontera social seguía existiendo. Sólo había cambiado de aspecto.
LAS CIUDADES REVELAN QUIÉN IMPORTA
El libro de Luz Marina García Herrera termina funcionando como una poderosa lección sobre el poder y el territorio. Las ciudades no son simples acumulaciones de edificios. Son estructuras que distribuyen cercanía y distancia, reconocimiento e invisibilidad, bienestar y precariedad.
Santa Cruz creció gracias al trabajo de miles de migrantes canarios rurales, que huyendo de la miseria del campo, levantaron físicamente gran parte de su periferia.
Pero durante décadas, esos mismos trabajadores se vieron obligados a permanecer lejos de la calidad urbana, de las inversiones públicas y del relato oficial de la modernidad.
La ciudad utilizó sus manos antes de reconocer plenamente sus vidas. Y quizá por eso mismo esta historia continúa siendo tan actual. Porque todavía hoy muchas ciudades siguen creciendo exactamente igual: concentrando bienestar en algunos espacios y desplazando incertidumbre hacia otros.
El libro de Luz Marina García nos deja una conclusión difícil de ignorar. Las desigualdades nunca son solamente económicas. Terminan también convirtiéndose en calles, barrios y fronteras invisibles.
FUENTE PRINCIPAL:
Luz Marina García Herrera, Santa Cruz de Tenerife: la formación de la ciudad marginal, Ediciones Idea, 2005.































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