LOS MATONES DEL IMPERIO: CUANDO ESPAÑA CREYÓ QUE DE UN TAJO PODRÍA PARTIR EL MUNDO EN DOS
¿Cómo convirtió el imperio español la exageración en una forma de gobierno? ¿Qué escondían realmente las amenazas y juramentos de los conquistadores?
Entre espadas, pólvora y toneladas de orgullo desatado, los conquistadores españoles levantaron un imperio mientras pronunciaban amenazas tan exageradas que hoy parecen escritas por un dramaturgo borracho. Pierre de Brantôme recogió aquellas frases delirantes y en un libro dejó retratado un mundo donde la arrogancia caminaba vestida de acero.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hubo épocas pasadas y gloriosas en las que los conquistadores españoles no caminaban: tronaban. No hablaban: rugían. No peleaban: anunciaban que iban a partir el mundo en dos con una sola estocada y después, ya puestos, iban a cenarse el océano con pan duro, vino agrio y un pedazo de queso endurecido por el sol.
El siglo XVI estuvo lleno de hombres que juraban
haber derrotado Ejércitos enteros ellos solos mientras les sangraba una muela, les ardían las almorranas y les faltaban tres dedos. La España de entonces exportaba hierro, pólvora y fanfarrones. Muchos fanfarrones.
Pierre de Brantôme, un noble francés aficionado a coleccionar historias ajenas como quien colecciona dagas robadas, dejó escrito un catálogo entero de aquellas bravuconadas españolas que parecían inventadas por taberneros borrachos y, sin embargo, salían de bocas perfectamente sobrias. O casi.
Su libro "Bravuconadas y Juramentos de los Españoles" es una especie de museo internacional de la arrogancia imperial. Allí aparecen soldados capaces de jurar sobre la tumba de su madre que podían matar veinte franceses antes del desayuno y luego ir a misa con la camisa impoluta.
EL ARTE ESPAÑOL DE EXAGERAR HASTA EL DELIRIO
Los españoles de aquella época tenían una relación íntima y apasionada con la exageración. La cultivaban con la misma paciencia con que un monje riega rosales en un convento. El honor era una criatura delicada que necesitaba alimento diario: amenazas, desafíos, insultos teatrales y juramentos imposibles. Un caballero español no decía “voy a luchar”. Eso habría sido demasiado sencillo, demasiado humano. Lo suyo era anunciar algo parecido a esto:
“Juro por Dios y por Santiago que convertiré este campo en un matadero tan grande que las moscas necesitarán herraduras para cruzarlo”.
Y después de semejante discurso se quedaban tan tranquilos, atusándose los bigotes con una dignidad y parsimonia casi litúrgica.
Lo extraordinario no era solamente aquella violencia verbal. Era, además, la solemnidad ridícula con que la pronunciaban. Aquellos hombres podían anunciar una carnicería con la misma expresión burocrática con la que un notario redacta una herencia.
El conquistador español era una mezcla improbable entre carnicero, actor barroco y vendedor ambulante de sí mismo. Vivían dentro de una representación permanente. Cada frase debía sonar como el final del Apocalipsis.
LOS TERCIOS: HOMBRES QUE SE CREÍAN MITOLÓGICOS
En el siglo XVI, muchos soldados españoles estaban sinceramente convencidos de pertenecer a una especie superior. El simple hecho de haber nacido en Castilla parecía otorgarles poderes sobrenaturales. Algunos afirmaban que un español valía por cuatro franceses, seis italianos y una docena de alemanes juntos. Otros aseguraban que las balas desviaban su trayectoria por miedo a tocar carne española.
Había quien hablaba de las heridas como si se tratara de una suerte de medallas divinas. Según ellos, los españoles no sangraban igual que el resto de los mortales. De sus cortes brotaba honor líquido. El problema era que muchos terminaban muertos exactamente igual que cualquier campesino anónimo: con cara de sorpresa, barro en las botas y las tripas buscando aire fresco.
Europa contemplaba a los españoles con una mezcla exacta de miedo y carcajada. Porque los tercios realmente eran temibles máquinas militares, pero también parecían personajes escapados de una obra de teatro exageradamente violenta. Un soldado español no podía simplemente ganar una batalla. Necesitaba anunciar que había humillado a la humanidad entera. La modestia jamás pudo desembarcar en Sevilla.
AMÉRICA: EL GRAN ESCENARIO DE LOS FANFARRONES
La conquista de América multiplicó aquellas actitudes hasta el delirio absoluto. El Atlántico se llenó de hombres convencidos de que Dios había creado el planeta exclusivamente para que ellos pudieran saquearlo. Cada expedición parecía una competición internacional de arrogancia masculina.
Hernán Cortés, por ejemplo, escribía cartas al rey de España como quien redacta poemas épicos sobre sí mismo. Francisco Pizarro y sus hombres se presentaban como elegidos celestiales, mientras simultáneamente degollaban imperios enteros por oro y prestigio. El conquistador necesitaba narrarse constantemente como héroe porque, si dejaba de hacerlo un instante, corría el riesgo de descubrir una verdad perturbadora: que, en realidad, no era más que un desesperado con espada.
Aquellos aventureros cruzaban océanos vestidos de gloria verbal y miseria real. Muchos debían dinero hasta al último tabernero del puerto. Dormían sobre barro, pasaban hambre y sobrevivían gracias a promesas incumplidas. Pero cuando se les ocurría abrir la boca, parecían emperadores romanos recién bajados del cielo.
ESPADAS QUE HABLABAN MÁS QUE SUS DUEÑOS
Las espadas españolas aparecen en aquellas historias casi como objetos sagrados. No cortaban: “despachaban almas”. No herían: “escribían justicia”. El lenguaje era siempre gigantesco, inflado, barroco hasta llegar a la caricatura.
Un soldado normal habría dicho que atravesó a dos enemigos. Un español del siglo XVI aseguraba haber ensartado tantos cuerpos que su poderosa espada parecía un pincho moruno humano.
Brantôme recogía aquellas frases con evidente diversión. Sabía perfectamente que estaba describiendo a una nación enamorada de su propia leyenda. España acababa de descubrir América y ya se comportaba como si hubiese inventado el universo. El oro llegaba en barcos inmensos mientras media Europa temblaba ante los tercios españoles. Y el poder produce una enfermedad concreta: convierte la fanfarronería en patriotismo oficial.
LOS JURAMENTOS MÁS ABSURDOS DE EUROPA
Los juramentos españoles merecen capítulo aparte. Eran auténticas catedrales del disparate. Los soldados juraban “por el cuerpo de Dios”, “por la sangre de Cristo”, “por Santiago”, “por las once mil vírgenes” y por cualquier cosa susceptible de sonar solemne y aterradora.
Cuanto más exagerado y blasfemo era el juramento, más viril parecía el individuo. Aquellos hombres podían encadenar diez amenazas consecutivas antes siquiera de haber desenvainado la espada. Las tabernas europeas se llenaron de españoles dispuestos a batirse por cuestiones tan trascendentales como el tamaño de un sombrero o la dirección de un escupitajo.
Un simple malentendido bastaba para desencadenar un desafío “a muerte o eternidad”. El honor español era tan delicado que parecía fabricado con cristal veneciano.
EL IMPERIO QUE ACABÓ CREYÉNDOSE SU PROPIA LEYENDA
Pierre de Brantôme entendió perfectamente esa contradicción. Por eso sus relatos tienen algo de carnaval cruel. Los españoles aparecen como gigantes verbales permanentemente ocupados en anunciar hazañas imposibles. Uno de ellos aseguraba que podía derrotar él solo a cualquier ejército europeo siempre que le dejaran escoger primero el vino. Otro juraba que prefería morir despedazado antes que retroceder un paso. Lo más probable es que ambos terminaran vomitando en una cuneta después de una mala cena.
Y quizá ahí esté la verdadera moraleja de todo aquello. Los imperios siempre hablan demasiado alto. Necesitan hacerlo. La arrogancia funciona como maquillaje del miedo. Cuanto más inseguro se siente el poderoso, más grandiosas son sus palabras. Y no hay que irse tan lejos en el tiempo. Las bravuconadas que cada mañana nos ofrece Donald Trump en los titulares periodísticos, no son más que expresiones del miedo que le suscita el arrollador avance de otros competidores imperiales.
Los conquistadores españoles llenaron océanos de juramentos porque sospechaban, en el fondo, que la muerte podía alcanzarlos en cualquier recodo del camino.
El problema fue que terminaron creyéndose su propio teatro. Y cuando un imperio empieza a confundirse con sus fanfarronadas, el ridículo ya no tarda en llegar. España acabó arruinada varias veces mientras seguía proclamándose dueña del planeta. Sus soldados continuaban jurando hazañas imposibles aunque no hubiera dinero ni para pagarse el remiendo de sus imperiales botas.
LOS ÚLTIMOS ECOS DE LA ARROGANCIA IMPERIAL
Pero qué extraordinarios personajes dejaron. Qué colección inolvidable de matones barrocos, de poetas de la amenaza, de actores armados hasta los dientes. Brantôme los observó con la sonrisa torcida de quien contempla una función grotesca y magnífica al mismo tiempo. Porque aquellos hombres daban miedo, sí. Pero también daban muchísima risa.
Y, como también hoy puede verse en otros imperios en decadencia, pocas cosas envejecen peor que la arrogancia imperial.
Al final, las bravuconadas de los conquistadores españoles se parecen mucho a los edificios abandonados de los viejos imperios: todavía impresionan un poco, pero sobre todo producen eco. Un eco lleno de espadas oxidadas, juramentos absurdos y hombres convencidos de que Dios hablaba castellano.
EPÍLOGO: LOS ECOS DEL VIEJO IMPERIO
Pudiera parecer que aquellas fanfarronadas imperiales pertenecen ya a un pasado remoto enterrado bajo el polvo de los siglos. Pero sucede de vez en cuando que la historia regresa disfrazada de modernidad y vuelve a enseñar las mismas costuras. Las actuaciones de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante su reciente visita a México dejaron flotando en el aire un viejo perfume colonial que muchos creían archivado junto a las armaduras oxidadas de los conquistadores.
Otra vez apareció esa mezcla de superioridad moral, arrogancia verbal y paternalismo altivo con la que durante siglos determinados sectores de la sociedad española contemplaron América Latina, como si aún siguieran desembarcando galeones en Veracruz.
Porque aquellas viejas mañas nunca desaparecen del todo. Cambian de ropa, aprenden nuevas palabras y se presentan ante las cámaras con sonrisa institucional, pero conservan intacto el mismo impulso de fondo: hablar desde arriba, pontificar y comportarse como si la historia hubiese concedido un privilegio hereditario de superioridad.
Y es ahí donde las bravuconadas de aquellos conquistadores retratados por Pierre de Brantôme dejan de parecer simples anécdotas pintorescas, para convertirse en un espejo ridículo del presente.
Y es que al final, como suele decir el celebérrimo refrán castellano, "de casta le viene al galgo".
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro "El Gran Reajuste: China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", de reciente aparición en Amazon.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hubo épocas pasadas y gloriosas en las que los conquistadores españoles no caminaban: tronaban. No hablaban: rugían. No peleaban: anunciaban que iban a partir el mundo en dos con una sola estocada y después, ya puestos, iban a cenarse el océano con pan duro, vino agrio y un pedazo de queso endurecido por el sol.
El siglo XVI estuvo lleno de hombres que juraban
haber derrotado Ejércitos enteros ellos solos mientras les sangraba una muela, les ardían las almorranas y les faltaban tres dedos. La España de entonces exportaba hierro, pólvora y fanfarrones. Muchos fanfarrones.
Pierre de Brantôme, un noble francés aficionado a coleccionar historias ajenas como quien colecciona dagas robadas, dejó escrito un catálogo entero de aquellas bravuconadas españolas que parecían inventadas por taberneros borrachos y, sin embargo, salían de bocas perfectamente sobrias. O casi.
Su libro "Bravuconadas y Juramentos de los Españoles" es una especie de museo internacional de la arrogancia imperial. Allí aparecen soldados capaces de jurar sobre la tumba de su madre que podían matar veinte franceses antes del desayuno y luego ir a misa con la camisa impoluta.
EL ARTE ESPAÑOL DE EXAGERAR HASTA EL DELIRIO
Los españoles de aquella época tenían una relación íntima y apasionada con la exageración. La cultivaban con la misma paciencia con que un monje riega rosales en un convento. El honor era una criatura delicada que necesitaba alimento diario: amenazas, desafíos, insultos teatrales y juramentos imposibles. Un caballero español no decía “voy a luchar”. Eso habría sido demasiado sencillo, demasiado humano. Lo suyo era anunciar algo parecido a esto:
“Juro por Dios y por Santiago que convertiré este campo en un matadero tan grande que las moscas necesitarán herraduras para cruzarlo”.
Y después de semejante discurso se quedaban tan tranquilos, atusándose los bigotes con una dignidad y parsimonia casi litúrgica.
Lo extraordinario no era solamente aquella violencia verbal. Era, además, la solemnidad ridícula con que la pronunciaban. Aquellos hombres podían anunciar una carnicería con la misma expresión burocrática con la que un notario redacta una herencia.
El conquistador español era una mezcla improbable entre carnicero, actor barroco y vendedor ambulante de sí mismo. Vivían dentro de una representación permanente. Cada frase debía sonar como el final del Apocalipsis.
LOS TERCIOS: HOMBRES QUE SE CREÍAN MITOLÓGICOS
En el siglo XVI, muchos soldados españoles estaban sinceramente convencidos de pertenecer a una especie superior. El simple hecho de haber nacido en Castilla parecía otorgarles poderes sobrenaturales. Algunos afirmaban que un español valía por cuatro franceses, seis italianos y una docena de alemanes juntos. Otros aseguraban que las balas desviaban su trayectoria por miedo a tocar carne española.
Había quien hablaba de las heridas como si se tratara de una suerte de medallas divinas. Según ellos, los españoles no sangraban igual que el resto de los mortales. De sus cortes brotaba honor líquido. El problema era que muchos terminaban muertos exactamente igual que cualquier campesino anónimo: con cara de sorpresa, barro en las botas y las tripas buscando aire fresco.
Europa contemplaba a los españoles con una mezcla exacta de miedo y carcajada. Porque los tercios realmente eran temibles máquinas militares, pero también parecían personajes escapados de una obra de teatro exageradamente violenta. Un soldado español no podía simplemente ganar una batalla. Necesitaba anunciar que había humillado a la humanidad entera. La modestia jamás pudo desembarcar en Sevilla.
AMÉRICA: EL GRAN ESCENARIO DE LOS FANFARRONES
La conquista de América multiplicó aquellas actitudes hasta el delirio absoluto. El Atlántico se llenó de hombres convencidos de que Dios había creado el planeta exclusivamente para que ellos pudieran saquearlo. Cada expedición parecía una competición internacional de arrogancia masculina.
Hernán Cortés, por ejemplo, escribía cartas al rey de España como quien redacta poemas épicos sobre sí mismo. Francisco Pizarro y sus hombres se presentaban como elegidos celestiales, mientras simultáneamente degollaban imperios enteros por oro y prestigio. El conquistador necesitaba narrarse constantemente como héroe porque, si dejaba de hacerlo un instante, corría el riesgo de descubrir una verdad perturbadora: que, en realidad, no era más que un desesperado con espada.
Aquellos aventureros cruzaban océanos vestidos de gloria verbal y miseria real. Muchos debían dinero hasta al último tabernero del puerto. Dormían sobre barro, pasaban hambre y sobrevivían gracias a promesas incumplidas. Pero cuando se les ocurría abrir la boca, parecían emperadores romanos recién bajados del cielo.
ESPADAS QUE HABLABAN MÁS QUE SUS DUEÑOS
Las espadas españolas aparecen en aquellas historias casi como objetos sagrados. No cortaban: “despachaban almas”. No herían: “escribían justicia”. El lenguaje era siempre gigantesco, inflado, barroco hasta llegar a la caricatura.
Un soldado normal habría dicho que atravesó a dos enemigos. Un español del siglo XVI aseguraba haber ensartado tantos cuerpos que su poderosa espada parecía un pincho moruno humano.
Brantôme recogía aquellas frases con evidente diversión. Sabía perfectamente que estaba describiendo a una nación enamorada de su propia leyenda. España acababa de descubrir América y ya se comportaba como si hubiese inventado el universo. El oro llegaba en barcos inmensos mientras media Europa temblaba ante los tercios españoles. Y el poder produce una enfermedad concreta: convierte la fanfarronería en patriotismo oficial.
LOS JURAMENTOS MÁS ABSURDOS DE EUROPA
Los juramentos españoles merecen capítulo aparte. Eran auténticas catedrales del disparate. Los soldados juraban “por el cuerpo de Dios”, “por la sangre de Cristo”, “por Santiago”, “por las once mil vírgenes” y por cualquier cosa susceptible de sonar solemne y aterradora.
Cuanto más exagerado y blasfemo era el juramento, más viril parecía el individuo. Aquellos hombres podían encadenar diez amenazas consecutivas antes siquiera de haber desenvainado la espada. Las tabernas europeas se llenaron de españoles dispuestos a batirse por cuestiones tan trascendentales como el tamaño de un sombrero o la dirección de un escupitajo.
Un simple malentendido bastaba para desencadenar un desafío “a muerte o eternidad”. El honor español era tan delicado que parecía fabricado con cristal veneciano.
EL IMPERIO QUE ACABÓ CREYÉNDOSE SU PROPIA LEYENDA
Pierre de Brantôme entendió perfectamente esa contradicción. Por eso sus relatos tienen algo de carnaval cruel. Los españoles aparecen como gigantes verbales permanentemente ocupados en anunciar hazañas imposibles. Uno de ellos aseguraba que podía derrotar él solo a cualquier ejército europeo siempre que le dejaran escoger primero el vino. Otro juraba que prefería morir despedazado antes que retroceder un paso. Lo más probable es que ambos terminaran vomitando en una cuneta después de una mala cena.
Y quizá ahí esté la verdadera moraleja de todo aquello. Los imperios siempre hablan demasiado alto. Necesitan hacerlo. La arrogancia funciona como maquillaje del miedo. Cuanto más inseguro se siente el poderoso, más grandiosas son sus palabras. Y no hay que irse tan lejos en el tiempo. Las bravuconadas que cada mañana nos ofrece Donald Trump en los titulares periodísticos, no son más que expresiones del miedo que le suscita el arrollador avance de otros competidores imperiales.
Los conquistadores españoles llenaron océanos de juramentos porque sospechaban, en el fondo, que la muerte podía alcanzarlos en cualquier recodo del camino.
El problema fue que terminaron creyéndose su propio teatro. Y cuando un imperio empieza a confundirse con sus fanfarronadas, el ridículo ya no tarda en llegar. España acabó arruinada varias veces mientras seguía proclamándose dueña del planeta. Sus soldados continuaban jurando hazañas imposibles aunque no hubiera dinero ni para pagarse el remiendo de sus imperiales botas.
LOS ÚLTIMOS ECOS DE LA ARROGANCIA IMPERIAL
Pero qué extraordinarios personajes dejaron. Qué colección inolvidable de matones barrocos, de poetas de la amenaza, de actores armados hasta los dientes. Brantôme los observó con la sonrisa torcida de quien contempla una función grotesca y magnífica al mismo tiempo. Porque aquellos hombres daban miedo, sí. Pero también daban muchísima risa.
Y, como también hoy puede verse en otros imperios en decadencia, pocas cosas envejecen peor que la arrogancia imperial.
Al final, las bravuconadas de los conquistadores españoles se parecen mucho a los edificios abandonados de los viejos imperios: todavía impresionan un poco, pero sobre todo producen eco. Un eco lleno de espadas oxidadas, juramentos absurdos y hombres convencidos de que Dios hablaba castellano.
EPÍLOGO: LOS ECOS DEL VIEJO IMPERIO
Pudiera parecer que aquellas fanfarronadas imperiales pertenecen ya a un pasado remoto enterrado bajo el polvo de los siglos. Pero sucede de vez en cuando que la historia regresa disfrazada de modernidad y vuelve a enseñar las mismas costuras. Las actuaciones de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante su reciente visita a México dejaron flotando en el aire un viejo perfume colonial que muchos creían archivado junto a las armaduras oxidadas de los conquistadores.
Otra vez apareció esa mezcla de superioridad moral, arrogancia verbal y paternalismo altivo con la que durante siglos determinados sectores de la sociedad española contemplaron América Latina, como si aún siguieran desembarcando galeones en Veracruz.
Porque aquellas viejas mañas nunca desaparecen del todo. Cambian de ropa, aprenden nuevas palabras y se presentan ante las cámaras con sonrisa institucional, pero conservan intacto el mismo impulso de fondo: hablar desde arriba, pontificar y comportarse como si la historia hubiese concedido un privilegio hereditario de superioridad.
Y es ahí donde las bravuconadas de aquellos conquistadores retratados por Pierre de Brantôme dejan de parecer simples anécdotas pintorescas, para convertirse en un espejo ridículo del presente.
Y es que al final, como suele decir el celebérrimo refrán castellano, "de casta le viene al galgo".
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro "El Gran Reajuste: China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", de reciente aparición en Amazon.































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