Lunes, 25 de Mayo de 2026

Actualizada

Lunes, 25 de Mayo de 2026 a las 08:49:41 horas

| 43
Miércoles, 05 de Noviembre de 2025 Tiempo de lectura:

MANUEL FRAGA O EL FRANQUISMO QUE NUNCA LLEGÓ A ABANDONAR EL PODER

Fraga no fue únicamente un simple administrador del franquismo. Fue uno de sus principales intelectuales orgánicos

Manuel Fraga ayudó a modernizar la imagen internacional del franquismo, legitimó públicamente la ejecución de Julián Grimau, administró con dureza el orden público durante los años más violentos de la transición y terminó convertido en uno de los "patriarcas constitucionales" de la híbrida democracia española. El ensayo de Gustavo Luca que ahora "destripamos", plantea una pregunta devastadora: ¿y si Fraga no hubiera sido una anomalía dentro del sistema nacido en 1978, sino precisamente una de sus grandes continuidades históricas?

 

 

POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Gustavo Luca publicó el libro "Fraga, retrato de un fascista" en 2001, en una época en la que todavía muy pocos se atrevían a cuestionar algunos de los grandes consensos morales que se habían construido alrededor de la llamada "transición pacífica española".

 

    El libro apareció precisamente contra esa complacencia histórica. No era una biografía convencional ni tampoco un simple ajuste de cuentas retrospectivo. Era algo más perturbador: una impugnación frontal de una de las operaciones de legitimación política más eficaces de la España posterior a Franco. Luca no se limitó a reconstruir la trayectoria de Manuel Fraga Iribarne; utilizó su figura para analizar las profundas continuidades entre el franquismo y el sistema político surgido tras 1978.

 

   Ahí reside buena parte de la fuerza del ensayo. Porque en él Fraga no aparece como un residuo marginal de la dictadura, sino como uno de sus dirigentes políticos que mejor comprendieron cómo adaptarla para garantizar su supervivencia histórica.

 

LA MODERNIZACIÓN DEL FRANQUISMO

     Mientras una parte importante del franquismo permanecía anclada en la retórica militar, clerical y autárquica de la posguerra, Fraga entendió antes que muchos que el régimen necesitaba transformarse para seguir existiendo. La dictadura ya no podía presentarse ante Europa como una reliquia fascista aislada del continente. Era necesario modernizar su apariencia sin alterar la arquitectura real del poder. Había que convertir el franquismo en un sistema políticamente homologable para Occidente.

 

   Cuando Fraga llega al Ministerio de Información y Turismo en 1962, intenta que se abandone la imagen sombría y cuartelaria de los años cuarenta. El régimen necesita inversiones extranjeras, turismo y reconocimiento internacional. Fraga comprende inmediatamente la importancia de la propaganda moderna, de la televisión y de la construcción de imagen pública.

 

    Bajo su ministerio, el desarrollismo económico, las playas mediterráneas y la expansión turística se transforman en una gigantesca operación de legitimación exterior del franquismo. Mientras millones de europeos llenaban la Costa del Sol, la dictadura trataba de presentarse como un régimen tecnocrático, pragmático y estable, distinto de los fascismos derrotados tras la II Guerra Mundial.

 

    Pero Luca insiste constantemente en una idea central: aquella modernización era, sobre todo, estética. Bajo el decorado turístico seguían intactos los principales mecanismos represivos del régimen: la Brigada Político-Social, la censura, los tribunales especiales, las cárceles políticas y la persecución sistemática de un pujante movimiento obrero y de la oposición de izquierdas.

 

   Fraga no estaba democratizando el franquismo; estaba aprendiendo a hacerlo compatible con la modernidad occidental.

 

LA LEY DE PRENSA Y EL MAQUILLAJE DEL RÉGIMEN

    La Ley de Prensa de 1966 resume perfectamente esa lógica. Durante años fue presentada como una gran apertura liberal del régimen. Sin embargo, el aparato represivo continuó funcionando con notable eficacia. Desaparecía parcialmente la censura previa, pero seguían existiendo los secuestros de publicaciones, las multas, los cierres administrativos y la persecución política de periodistas díscolos. La libertad seguía subordinada al Estado; simplemente, la censura adoptaba formas más sofisticadas y menos escandalosas para la mirada europea.

 

  Fue ese el momento en el que emergió el verdadero Fraga histórico: un político inteligente que comprendió cómo adaptar el autoritarismo a las exigencias de la modernidad.

 

JULIÁN GRIMAU Y LA VIOLENCIA DEL FRANQUISMO

    Todo el relato posterior del “Fraga aperturista” se derrumba, sin embargo, cuando aparece el nombre de Julián Grimau. Porque Grimau no fue un episodio marginal del franquismo tardío, sino una demostración brutal de lo que el régimen seguía siendo en pleno desarrollismo de los años sesenta.

 

   En 1962, el dirigente comunista fue detenido por la policía franquista. Durante los interrogatorios fue arrojado desde una ventana de la Dirección General de Seguridad y sobrevivió gravemente herido. Las denuncias internacionales por torturas comenzaron de inmediato. Intelectuales europeos, gobiernos extranjeros y numerosos periódicos internacionales interpretaron el caso como la confirmación de que España seguía siendo una dictadura fascista en pleno corazón de Europa occidental.

 

    El régimen decidió entonces enviar un mensaje de fuerza política. Y optó por fusilarlo.

 

    Luca sitúa aquí uno de los momentos moralmente más reveladores de toda la trayectoria de Fraga. El ministro de Información no actuó como un funcionario secundario atrapado dentro de una maquinaria ajena. Actuó como uno de los principales legitimadores internacionales de aquel crimen.

 

     Desde su ministerio se desplegó una intensa campaña propagandística destinada a justificar la ejecución y desacreditar las denuncias internacionales. El aparato franquista trató de presentar a Grimau como un criminal sanguinario y no como un opositor político. Se manipularon informaciones, se minimizaron las denuncias de tortura y se construyó un relato oficial destinado a proteger la imagen exterior de la dictadura.

 

   Fraga ocupó un lugar central en aquella operación. Y ese episodio destruye retrospectivamente una de las grandes ficciones políticas de la democracia española: la idea de que el futuro “padre constitucional” representaba ya en los años sesenta una derecha homologable a las democracias europeas.

 

FRAGA COMO INTELECTUAL ORGÁNICO DEL RÉGIMEN

     En el núcleo del libro aparece entonces una tesis especialmente perturbadora: Fraga no fue únicamente un administrador del franquismo. Fue uno de sus intelectuales orgánicos, uno de los hombres que contribuyeron a hacer políticamente defendible la continuidad de la dictadura.

 

    El caso Grimau resulta devastador porque revela toda la inmensa obscenidad del franquismo tardío. Mientras España inauguraba autopistas, hoteles y campañas turísticas internacionales, seguía ejecutando opositores políticos. El régimen podía bañarse propagandísticamente en Palomares tras el accidente nuclear de 1966 para tranquilizar a la opinión pública internacional, pero continuaba sosteniéndose sobre la tortura, la censura y la violencia de Estado.

 

    Y Fraga estuvo exactamente en el centro de ambas operaciones: la modernización estética del régimen y la legitimación pública de su brutalidad.

 

LA SANGRE BAJO LA TRANSICIÓN

    La muerte de Franco no destruyó el aparato franquista. Esa es, probablemente, una de las tesis más sólidas del libro. En 1975 seguían intactos sus jueces, sus policías, buena parte de sus élites económicas, su Administración y una cultura institucional construida durante cuarenta años de dictadura. España no vivió una ruptura revolucionaria ni una depuración profunda del régimen anterior. Vivió, más bien, una transformación controlada en la que amplios sectores del viejo aparato estatal lograron reciclarse dentro del nuevo sistema parlamentario.

 

   Fraga comprendió inmediatamente cómo operar en ese nuevo escenario. Durante la transición reaparece el político obsesionado con el orden público, incapaz de aceptar el conflicto social como elemento legítimo de una democracia real.

 

    Luca reconstruye aquí uno de los episodios más oscuros de la historia contemporánea española: la matanza de Vitoria del 3 de marzo de 1976. Miles de trabajadores reunidos en huelga dentro de una iglesia. La policía rodeando el edificio. Gases lacrimógenos en el interior. Disparos contra quienes intentaban escapar. Muertos y centenares de heridos.

 

    Aquello no fue un accidente ni un exceso aislado. Fue el franquismo actuando   dentro del propio proceso de la transición. Y Manuel Fraga, como ministro de la Gobernación, se encontraba en el centro político de aquel aparato represivo.

 

   Su celebérrima frase —“La calle es mía”— resume toda una concepción del poder heredada directamente del franquismo. El espacio público no pertenece realmente a la ciudadanía organizada, sino al Estado. El orden vale más que el conflicto democrático. La estabilidad institucional se sitúa por encima de la protesta social.

 

EL MITO DE LA TRANSICIÓN PACÍFICA

    Luca desmonta aquí otro de los grandes mitos de la narrativa oficial española: el de una transición completamente modélica y pacífica.

 

  El nuevo régimen parlamentario español no nació únicamente entre consensos parlamentarios y fotografías históricas. Nació también bajo violencia policial, terrorismo, miedo militar y amenaza constante de involución. Y Fraga fue uno de los hombres encargados de garantizar que el cambio político nunca pusiera  en peligro las estructuras profundas heredadas del franquismo.

 

    Ahí volvió a manifestarse su inteligencia política. Mientras los sectores ultras permanecían atrapados en la nostalgia franquista clásica, Fraga comprendió que el franquismo sociológico seguía plenamente vivo. Millones de españoles habían sido educados durante décadas en una cultura política basada en la autoridad, el centralismo, el miedo al conflicto y la obediencia al Estado.

    La dictadura podía desaparecer jurídicamente; la mentalidad que había producido estaba lejos de extinguirse.

 

ALIANZA POPULAR Y LA REORGANIZACIÓN DEL FRANQUISMO

    Fraga decidió reorganizar ese espacio ideológico. Alianza Popular nació, en gran medida, para convertir el franquismo sociológico en una derecha parlamentaria moderna.

 

   No se trataba de destruir el legado franquista, sino de adaptarlo al nuevo lenguaje constitucional europeo. Cambiaban las formas; pero no necesariamente las estructuras profundas. La prioridad del orden, la centralidad del Estado y la obsesión por la unidad nacional continuaban ocupando el núcleo de aquella cultura política.

 

  Y poco a poco ocurrió algo todavía más significativo: el régimen monárquico parlamentario surgido tras Franco terminó normalizando completamente al personaje.

 

   El antiguo ministro franquista se transformó en un senador respetable, presidente autonómico, patriarca constitucional y “hombre de Estado”. La operación de blanqueamiento político fue enorme, y quizá también necesaria para estabilizar el nuevo sistema. Porque la transición española no se construyó destruyendo  el franquismo, sino integrando buena parte de sus élites dentro de la nueva legitimidad democrática.

 

EL FRANQUISMO QUE SOBREVIVIÓ A FRANCO

   Gustavo Luca no sostiene simplemente que Fraga fuera franquista. Eso era demasiado evidente. Lo que planteó hace ya más de veinte años —y que hoy acepta una parte importante de la opinión pública— es algo más profundo: que el nuevo régimen parlamentario español convivió, integró y terminó legitimando parcialmente muchas de las estructuras políticas, administrativas y culturales heredadas del régimen anterior.

 

   Fraga simboliza exactamente esa continuidad histórica. Por eso su figura continúa siendo tan perturbadora. Porque obliga a formular una pregunta que España nunca ha terminado de responder del todo: cuánto franquismo sobrevivió dentro de la propia democracia nacida tras 1978.

 

   La respuesta atraviesa todo el libro. Las dictaduras rara vez desaparecen completamente. Aprenden a reciclarse, suavizan su lenguaje, se adaptan al nuevo contexto histórico y logran sobrevivir bajo formas distintas. Fraga comprendió ese mecanismo mucho antes que buena parte de la oposición reformista del PSOE y del PCE.

 

   Probablemente ahí resida su auténtico triunfo político.

     Consiguió transformar una parte del aparato franquista en una derecha homologable. Consiguió convertir continuidad en moderación. Y logró, además, que la memoria pública terminara suavizando episodios como el fusilamiento de Grimau, la aplicación represiva de la censura, la matanza de Vitoria o las profundas continuidades del Estado posfranquista.

 

LA CONCLUSIÓN DE GUSTAVO LUCA

En términos históricos, Fraga triunfó.

    Y quizá ahí se encuentre también la conclusión más reveladora del libro de Luca: el régimen parlamentario español no liquidó el franquismo; absorbió parte de él en sus estructuras, integró a una buena parte de sus élites y convirtió esa continuidad en uno de los pilares silenciosos de su propia estabilidad institucional.

 

     Pero ese proceso no puede explicarse únicamente por la clarividencia clasista de Fraga ni por la capacidad de supervivencia de las élites franquistas. Solo se entiende plenamente porque una parte decisiva de la izquierda reformista española (PSOE y PCE) terminó aceptando, como un precio histórico que supuestamente había que pagar, la integración parcial del antiguo régimen dictatorial dentro del nuevo sistema nacido del artificio de la transición.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.251

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.