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Jueves, 07 de Agosto de 2025 Tiempo de lectura:

ANATOMÍA DE LA DESINFORMACIÓN

Cómo las "democracias" aprendieron a silenciar sin cerrar periódicos

Nunca hubo tantas noticias ni tanta confusión. La era digital prometió ciudadanos más libres e informados, pero terminó construyendo sociedades exhaustas, atrapadas en una catarata de titulares donde el espectáculo pesa más que el contexto y la velocidad más que la verdad. Inspirado en las tesis de Pascual Serrano, este artículo explora cómo la sobreinformación, la precariedad periodística y el negocio de la atención han transformado la censura clásica en un mecanismo mucho más sofisticado.

   

POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Hubo tiempos en los que la censura calzaba botas. Entraba en las redacciones de madrugada, apagaba imprentas y dejaba [Img #91955]periodistas tirados en las cunetas de la historia.

 

  Era aquella una censura aparatosa, musculosa, casi sincera en su brutalidad. Las dictaduras prohibían libros porque temían que alguien los leyera. Las democracias modernas descubrieron un método infinitamente más elegante: publicar millones hasta que ninguno importe demasiado.

 

   Hoy la censura ya no quema periódicos. Los sepulta bajo montañas de periódicos.

 

      Nunca hubo tanta información circulando por el mundo y, sin embargo, nunca resultó tan difícil entender qué demonios es lo que está ocurriendo.

 

     El ciudadano contemporáneo desayuna viendo una guerra entre anuncios de coches híbridos y apuestas deportivas, consulta el móvil mientras un algoritmo le mezcla un bombardeo en Gaza con un vídeo de un perro que toca el piano y termina el día agotado, sobreexcitado y extrañamente vacío. La humanidad produce más noticias que nunca y, al mismo tiempo, parece incapaz de producir contexto.

 

    La vieja censura amputaba. La nueva distrae.

 

   Pascual Serrano lo describía hace años en "Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo": el exceso informativo se ha convertido en una forma sofisticada de invisibilidad. La realidad ya no desaparece porque alguien la prohíba, sino porque queda enterrada bajo toneladas de urgencias instantáneas. El ruido funciona como la niebla: no impide que las cosas existan, pero sí que puedan distinguirse. Y el ruido, además, es rentable.

 

 

LA FÁBRICA DE LA ATENCIÓN

    Las grandes cadenas descubrieron hace tiempo que informar y entretener producen beneficios muy distintos. Explicar una guerra exige corresponsales, contexto, tiempo y dinero. Organizar una tertulia con cuatro opinadores furiosos sólo necesita focos, café y alguien dispuesto a gritar más fuerte que el rival. La televisión comprendió que un escándalo produce más audiencia que una explicación y desde entonces el planeta se narra como una pelea de bar retransmitida en directo.

 

    Las noticias ya no compiten por ser importantes. Compiten por secuestrar segundos de atención.

 

    Cada día llegan miles de hechos a las redacciones y apenas unos pocos consiguen atravesar el embudo mediático. Ahí reside uno de los poderes más invisibles de nuestra época: decidir qué merece existir públicamente. Porque el silencio no siempre consiste en callar. A veces consiste en hablar de otra cosa con muchísimo entusiasmo.

 

  Mientras millones de personas discutían durante semanas el vestido de una celebridad o el último disparate de un tertuliano profesional, la crisis financiera de 2008 barría empleos, hipotecas y vidas enteras. Pero los desahucios rara vez tienen el atractivo televisivo de una bronca en horario de máxima audiencia. El sufrimiento humano suele perder contra el espectáculo cuando ambos compiten por publicidad.

 

   La información se ha convertido en una mercancía extraña: cuanto menos alimenta, más vende.

 

    Serrano recordaba en el libro citado una escena reveladora. Algunos grandes periódicos españoles celebraban aumentos de difusión gracias a promociones que regalaban vajillas, cuberterías o películas con cada ejemplar. Hubo un momento en que comprar un diario se parecía sospechosamente a comprar detergente. El periodismo terminó atrapado en la lógica del supermercado: da igual el contenido mientras el envase siga circulando.

 

 

PERIODISTAS CON HIPOTECA

    La imagen romántica del periodista como un detective moral armado con una libreta agoniza en alguna película antigua. En muchas redacciones actuales sobrevive otra figura menos heroica: la del trabajador exhausto que redacta cinco noticias diarias, copia teletipos a velocidad industrial y mira de reojo el reloj porque internet exige novedades permanentes, aunque no haya nada nuevo que contar.

 

    Un fotógrafo confesó una vez, durante un debate sobre manipulación mediática, que había callado ante el uso engañoso de sus imágenes porque necesitaba conservar el empleo. Ya se sabe: hipoteca, colegio de los niños, letra del coche. El capitalismo consiguió una proeza extraordinaria: transformar la autocensura en un mecanismo de supervivencia doméstica. Ya no hace falta encarcelar periodistas; basta con precarizarlos.

     

   La verdad siempre tarda un poco más. Y el mercado odia las cosas que tardan.

 

    Las redacciones digitales funcionan hoy como cocinas de comida rápida. Lo importante no es cocinar bien, sino servir deprisa. El resultado suele ser una dieta informativa ultraprocesada: mucho impacto visual, poca nutrición intelectual y una resaca de ansiedad difícil de digerir. Los ciudadanos consumen titulares como quien devora patatas fritas frente al televisor: terminan llenos y mal alimentados al mismo tiempo.

 

    Tal vez por eso las sociedades contemporáneas saben cada vez más cosas, pero entienden cada vez menos.

 

 

EL ESPECTÁCULO DEL MUNDO

       Durante la invasión de Iraq, millones de estadounidenses llegaron a creer que Sadam Hussein había participado personalmente en los atentados del 11 de septiembre. La afirmación era falsa, pero había sido repetida tantas veces y con tanta convicción que terminó adquiriendo apariencia de verdad. Los medios descubrieron entonces algo inquietante: una mentira repetida con buenos gráficos televisivos puede resultar más convincente que una verdad aburrida.

 

      El problema no era únicamente la mentira. Era su puesta en escena.

 

    Las guerras empezaron a narrarse con música épica, mapas digitales y presentadores de sonrisa impecable. La tragedia humana quedó convertida en producto audiovisual. Las bombas aparecían iluminadas en pantalla con la misma estética que un videojuego de última generación. El horror necesitaba resultar atractivo para no perder audiencia.

 

    Incluso internet, que prometía democratizar la información, terminó construyendo una selva todavía más ruidosa. Las redes sociales multiplicaron las voces, sí, pero también se multiplicaron los charlatanes. Democratizaron la opinión del mismo modo que un karaoke democratiza la ópera: cualquiera puede cantar, aunque casi nadie afine.

 

   Ahora convivimos con expertos instantáneos que analizan pandemias por la mañana, conflictos internacionales por la tarde y geopolítica energética antes de cenar. Nunca fue tan fácil opinar. Pero también nunca resultó tan difícil escuchar.

 

 

LA CENSURA SONRÍE

     Las viejas dictaduras temían a los ciudadanos informados. Las democracias contemporáneas aprendieron algo mucho más eficaz: fabricar ciudadanos distraídos.

 

    La nueva censura no necesita prohibir noticias porque ha comprendido que un individuo agotado por el exceso de estímulos termina renunciando voluntariamente a comprender. El cerebro humano también se fatiga. Después de cientos de titulares, alertas, vídeos y discusiones digitales, la atención acaba funcionando como una persiana medio rota.

 

    Y entonces ocurre el milagro perfecto para cualquier poder: la gente mira sin ver.

 

   Quizá esa sea la imagen más exacta de nuestro tiempo. Millones de personas deslizando el dedo sobre pantallas infinitas como buscadores de oro digitales, convencidos de que cuanta más información consumen más libres son, cuando muchas veces sucede exactamente lo contrario. Antes los censores arrancaban páginas de los libros. Ahora las llenan de ruido hasta volverlas ilegibles.

 

   La censura moderna ya no tiene rostro feroz. Sonríe. Envía notificaciones. Recomienda contenidos. Conoce nuestros gustos mejor que nuestros amigos mas cercanos. Y mientras creemos elegir libremente aquello que vemos, alguien —un gobierno, una corporación, un algoritmo o una mezcla de los tres— sigue decidiendo qué merece ocupar nuestra atención y qué desaparecerá silenciosamente en el basurero del olvido digital.

 

    Porque el verdadero poder nunca consistió únicamente en controlar lo que pensamos. El verdadero poder siempre consistió en decidir sobre qué pensamos.

 

 

 
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