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EL FRACASO DE UN HOMENAJE A JOSÉ MARTÍ

La matriz invisible que desarma la subjetividad revolucionaria

El detonante de estas líneas ha sido -escribe Juan Andrés Pérez Rodríguez - un impacto en nuestra más profunda sensibilidad. Hace unos días, recorriendo la pantalla en un grupo de WhatsApp de activismo político, tropecé con el enlace a un artículo de la profesora cubana Elsa Vega Jiménez, concebido como un homenaje al Héroe Nacional de Cuba, José Martí Pérez (...).

Por JUAN ANDRÉS PÉREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

   El detonante de estas líneas ha sido un impacto en nuestra más profunda sensibilidad. Hace unos días, recorriendo la pantalla en un grupo de WhatsApp de activismo político, tropecé con el enlace a un artículo de la profesora cubana Elsa Vega Jiménez, concebido como un homenaje al Héroe Nacional de Cuba, José Martí Pérez. El titular en radiomiamitoday decía: «19 de Mayo, la muerte lo inmortalizó». En ese instante, quienes llevamos el pensamiento de José Martí arraigado en la subjetividad sentimos un quiebre filial, un dolor corporal concreto y profundo. No era una simple discrepancia teórica lo que aquello provocaba; era la reacción física ante un esfuerzo que, pretendiendo rendir el más alto homenaje al Maestro, terminaba por neutralizarlo. Escribir sobre Martí desde la urgencia de la actual coyuntura cubana de amenaza imperialista exige, por tanto, una declaración de principios afectivos e ideológicos de cara al lector, sostenida sobre tres salvedades ético-metodológicas necesarias.

 

   En primer lugar, es necesario marcar que se trata para nosotros de una discrepancia profundamente cariñosa y fraterna con la profesora Elsa Vega Jiménez. Reconocemos en ella a una martiana rigurosa, cuya pluma revolucionaria busca defender el proceso emancipatorio cubano. Su texto no claudica intelectualmente; el hecho de que su argumentación se muerda la cola a lo largo de su despliegue es la evidencia irrefutable de que opera bajo la máxima de quienes «no lo saben, pero lo hacen». Nuestra autora cae blanda en una trama invisible perfecta para una subjetividad de cosmovisión cristiana que actúa en el inconsciente y que "obliga" insidiosamente al endiosamiento de nuestros líderes, desde La Demajagua hasta nuestros días.

 

    Esta interpelación no brota de la soberbia teórica, sino de un ejercicio doloroso de honestidad intelectual. Al poner en juego mi propia subjetividad, reconozco que, en algún momento de mi trayectoria militante, yo mismo habría escrito o hecho algo parecido. Nadie está a salvo de la colonización sensible e ideológica del enemigo y sus categorías de sentir y pensar la política. La matriz cartesiano-cristiana es tan eficiente que se infiltra en nuestras mejores intenciones, haciéndonos sentir que el misticismo sacrificial es el grado más alto de compromiso y el mejor homenaje. Al descubrir esa misma trampa en el texto fraterno de la profesora Elsa, no busco juzgarla desde afuera, sino compartir el desgarro de un despertar colectivo. Separar el bronce de la carne viva es una tarea que nos compete a todos, empezando por quien escribe.

 

     Como segunda salvedad, cabe aclarar que este análisis no confronta al cristianismo como una fe o creencia personal. Siguiendo las huellas del filósofo argentino León Rozitchner —profundo estudioso del proceso revolucionario cubano desde sus primeros momentos—, nos proponemos interpelar al cristianismo en su dimensión estrictamente política: como una eficiente tecnología de dominación de las subjetividades y matriz de producción de sujetos dóciles. El endiosamiento que transmuta la caída de Martí en Dos Ríos en una "inmortalidad" abstracta no es un hecho aislado; es la contracara exacta de la demonización que el enemigo opera sobre los revolucionarios. Ambas operaciones —la deificación y la satanización— brotan de la misma raíz: el dualismo tajante del cristianismo originario que se prolonga y se enmascara en el racionalismo cartesiano. No asistimos aquí a una secularización que extingue lo sagrado, sino a la supervivencia de la estructura religiosa infiltrada en la razón moderna. Es la misma advertencia implacable que Rozitchner formuló en su obra La cosa y la cruz al explicar el derrumbe del bloque soviético: la URSS fracasó porque modificó las estructuras económicas pero fue incapaz de deshacer lo que la religión cristiana había inscrito en el alma rusa. Al dejar intacta la matriz de la sumisión, el terror y la necesidad de un Dios-Padre, el dogmatismo socialista terminó calcando la teología que pretendía combatir.

 

    Desde esta perspectiva, el cortocircuito ideológico del artículo de Elsa Vega Jiménez no es un accidente de última hora; está sembrado con precisión desde su primer párrafo. Allí, la autora escribe que existen personas que «nacen para dejar huellas imborrables», abrazando el dogma de la predestinación divina. Martí ya no es el hombre que se hace en la lucha, en el peligro de la praxis, sino el elegido por un destino metafísico. Si Martí nació para ser lo que fue por obra de un diseño providencial, entonces se le despoja de todo mérito humano. El Maestro queda reducido a un personaje de ficción que recibe su grandeza como un "regalo" de nacimiento, un atributo místico que no le supuso el desgarro, el esfuerzo ni las brutales contradicciones terrenales que la propia profesora intenta rescatar más adelante en su desarrollo argumentativo.

 

   Pero el peligro político de esta premisa es aún mayor: si el heroísmo es un asunto de predestinación, el pueblo queda ontológicamente excluido de la historia. Si no se nace con esa marca mística, ninguno de los cubanos de hoy alcanzará jamás a materializar lo que él sí pudo. La gran contradicción es que el dualismo cartesiano de la autora fabrica un Martí inalcanzable para justificar, en el fondo, cualquier parálisis de los vivos. Esta matriz religiosa se consolida cuando reclama para los próceres americanos la «veneración y el respeto de las subsiguientes generaciones». Siguiendo a Rozitchner, debemos deponer la veneración como categoría litúrgica con la que el poder sustituye a la revolución: a los santos se los venera en silencio; a los revolucionarios se los continúa en el combate.

 

   El nudo gordiano de la trampa sacrificial se ajusta cuando sostiene más adelante en el texto que «su muerte es una fortaleza ideológica». Al cristianizar a Martí, el racionalismo cartesiano opera una mutación aberrante: transforma al estratega político, al fundador del Partido Revolucionario Cubano y al enemigo jurado del imperialismo, en un redentor místico y desarmado. Esta deificación de su muerte no es una metafísica sin consecuencias; es la transposición directa de la figura de Cristo al altar de la patria. El titular del artículo reproduce el arquetipo del Gólgota (la crucifixión): la idea de que el valor supremo de un hombre no radica en la potencia de su vida y su militancia terrestre, sino en la entrega sacrificial de su carne en el calvario de Dos Ríos. Al igual que el Cristo celestial, el Martí divinizado resucita en un espacio abstracto —el bronce inerte de la efeméride— despojado de su cuerpo y de su urgencia histórica presente.

 

   Esta operación necrofílica inconsciente produce el peor de los efectos subjetivos: "educa" al militante en la mística masoquista. La resistencia ante el «norte revuelto y brutal» y sus medidas que «nos asfixian» deja de ser una estrategia política de resistencia para convertirse en un vía crucis sacrificial, donde la asfixia material se sobrelleva como una prueba de fe puritana. Al exigir el calvario como boleto a la "inmortalidad", el mito cartesiano devalúa el cuerpo vivo, asusta al militante común y fragmenta su subjetividad: si no eres un santo, no eres digno de la historia. El mensaje implícito que este endiosamiento lanza a los sujetos de hoy es que la condición revolucionaria es un atributo exclusivo de superhombres dispuestos al martirio absoluto. Al vincular el ejemplo de Martí exclusivamente con la entrega de la vida, el titular y su desarrollo asustan y paralizan al sujeto común. El titular, de este modo, sí mata revolucionariamente a Martí. Lo congela en el pasado para terminar desarmándolo en el presente.

 

    Ya en el desenlace del artículo, la profesora Elsa consuma la capitulación de su método y confirma el fracaso rotundo de su homenaje. Al romper la distancia del análisis y apelar directamente al muerto —«Martí, tu ejemplo de lucha... nos sirve de guía», el texto abandona la trinchera de la praxis revolucionaria para convertirse en un rezo litúrgico. Es el grito de auxilio que se lanza al santo cuando la carne se siente impotente ante el peligro real de una agresión militar directa. La contradicción lógica estalla en pedazos: si Martí era el guía imperecedero y predestinado del inicio, resulta inadmisible que el texto concluya confesando con pánico que «la soberanía de Cuba está en peligro».

 

   Esta fisura devela el "secreto" que hermana la mistificación inconsciente con el cinismo de los platistas y anexionistas que hoy intentan —como siempre— usurpar de manera selectiva el nombre de Martí. Al domesticar al Héroe Nacional a través de la matriz sacrificial y pacífica de los Versos Sencillos —donde el odio desaparece para dar paso a la compasión y a la fraternidad universal, teniendo como ejemplo más claro la célebre entrega XLIV («Y para el cruel que me arranca / el corazón con que vivo, / cardo ni oruga cultivo; / cultivo la rosa blanca»)—, la reacción busca desarmar la resistencia corporal del pueblo. Lo hace abstrayendo capciosamente el poema para convertirlo en el mandato claudicante de poner la otra mejilla. A la reacción no le asusta el Apóstol de los altares litúrgicos; lo que teme es al Martí humano, aquel cuya memoria exige la reactivación combativa de su odio eterno al opresor en la carne viva de los que hoy resisten, tal como sentenció en Abdala«El amor, madre, a la patria / no es el amor ridículo a la tierra, / ni a la yerba que pisan nuestras plantas; / es el odio invencible a quien la oprime, / es el rencor eterno a quien la ataca».

 

   Llegados a este punto, debemos confrontar el miedo matriz que paraliza al activismo y a la crítica en los tiempos que corren: el temor a la desmovilización en tiempos de asedio. Voces bienintencionadas, o la propia inercia del dogma que teme a la desunión y a la supuesta "contaminación" ideológica, nos advertirán que desarmar el mito heroico en plena guerra económica, bajo la asfixia del bloqueo y la amenaza de agresión militar, es hacerle el juego al enemigo y debilitar la moral combativa. Semejante objeción es la victoria definitiva de la colonización pedagógica burguesa. Lo que verdaderamente desmoviliza y vacía las trincheras no es la crudeza de la autocrítica fraterna, sino el idealismo cartesiano que le propone al militante de a pie un santoral inalcanzable. Exigir un silencio monacal —el de la cancelación de la voz propia y del pensamiento crítico como resultado del terror y la sumisión interiorizada— para "proteger" la Revolución es confundir la vanguardia política con una secta clerical.

 

   El miedo a la verdad es el síntoma de una subjetividad capturada por la culpa cristiana. Rozitchner nos enseñó que la salud de un proceso revolucionario se mide por su capacidad de habitar el conflicto vivo de la carne sin necesidad de fetiches celestiales. No debilitamos la moral del pueblo al bajar a Martí de los altares; al contrario, lo armamos materialmente. Le recordamos que lo que defiende ante el imperio no es un dogma abstracto ni un eslogan litúrgico, sino la base material que sostiene la dignidad de su propia existencia. Romper el maleficio de la obediencia sagrada y el miedo a pensar es el primer acto de soberanía colectiva.

 

   Es imperativo detenerse aquí para evitar una lectura miserable o malintencionada de estas líneas que siguen: no se trata, bajo ningún concepto, de comparar la estatura histórica de la profesora Elsa con la de Fidel Castro. Semejante simplificación desvirtuaría el sentido de este análisis urgente. Lo que aquí se confronta no son las personas, sino las matrices lógicas y políticas a través de las cuales nos vinculamos con el pasado. El contraste es estrictamente epistemológico y metodológico. Mientras el texto de la autora cae, de manera inconsciente, en una estructura discursiva que traduce la agresión imperial en un lamento litúrgico y pasivo, la tradición revolucionaria opera en la dirección exactamente opuesta.

 

   Esta operación de congelar al Maestro en el bronce de la estatua del sacrificio no es nueva; es el mismo mecanismo que estructuró la opresión subjetiva durante la pseudorrepública. Como bien lo entendía Julio Antonio Mella en sus glosas de 1926, la reacción siempre necesitó un Martí místico y desarmado para ganar la complacencia de los monopolios yanquis y justificar la entrega de la patria. Por eso, no es casual que Fidel Castro, en su alegato histórico La historia me absolverá, comenzara denunciando con urgencia: «cuando parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario». Fidel no hablaba de la bala española de 1895, sino de la muerte revolucionaria que la pseudorrepública le infligía a José Martí a través del endiosamiento hipócrita.

 

   El ruego desarmado de la profesora Elsa es el reverso exacto de la pedagogía de Fidel. Cuando el líder se paraba ante los santiagueros y les decía: «Aquí, ante la imagen de Maceo, juremos...», no estaba invocando a un santo protector para lamentarse por el asedio imperial. Fidel no le rezaba al Titán de Bronce; convocaba a los vivos a un pacto material de autodefensa. Al reactivar la lapidaria sentencia de Maceo «quien intente apoderse de Cuba solo recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la contienda»—, Fidel arrancaba la memoria histórica de la matriz sacrificial cristiana.

 

   Estamos, en definitiva, ante el drama y la trampa del mito heroico. Un mito que, bajo el manto del tributo, termina confirmando lo que la propia Revolución Cubana nació combatiendo, lo que ese mismo titular sugiere, y lo que, de manera inconsciente, la profesora decide ofrecer como homenaje. Mientras el titular y su texto educan en el lamento de la víctima que espera la bota del verdugo, el juramento de Fidel activa la potencia física y la agresividad política de los cuerpos que se preparan para un enfrentamiento de resistencia. A la asfixia material del imperio no se le responde con la liturgia del martirio crístico, sino con la advertencia sangrienta de la carne dispuesta a combatir.

 

   Frente a esa inmovilidad de la estatua y la teología del sacrificio dócil, la lección del cuartel Moncada sigue siendo un imperativo para los cuerpos que resisten y resistirán mañana. En última instancia, desde el rigor del análisis rozitchneriano en el que nos inscribimos, la muerte no es una fábrica de deidades abstractas; la muerte es el verificador supremo de la verdad de la política y de la guerra. La caída de Martí en Dos Ríos no fue un pasaporte místico a la eternidad del altar, sino la verificación cruda, material y sangrienta de que su doctrina antiimperialista no era un ejercicio de retórica literaria, sino una apuesta que se sostía con la propia carne frente al enemigo que no deja otra alternativa.

 

   La muerte verifica la verdad política porque obliga a responder una pregunta descarnada: ¿Con qué valores y bajo qué formas de organización colectiva está un sujeto dispuesto a arriesgar su existencia física? Y no se asume este riesgo porque se busque la muerte —lo cual sería caer nuevamente en la patología del martirio cristiano—, sino precisamente porque se ama tanto la vida que se está dispuesto a entregarla en acto heroico antes que someterla a la asfixia y el dominio del opresor.

 

   Es aquí donde la célebre sentencia del Himno Nacional cubano«morir por la patria es vivir», cobra su verdadero y más profundo sentido de verdad histórica. Con el triunfo de la Revolución —asediada desde su primer día por el imperialismo—, la patria deja de ser la abstracción mística y dócil del nacionalismo burgués de derechas para encarnarse en una realidad concreta de cuerpos soberanos dueños de su tierra y de todo lo que en ella se produce. La patria socialista es la de la justicia social, la salud universal, la educación y la cultura para todos, de la igualdad plena y del internacionalismo. Defenderla con la existencia física no es una inmolación idealista; es la defensa de la base material que garantiza lo que no puede reducirse a un mero decreto jurídico o constitucional: la verdadera soberanía de la carne.

 

  Como bien nos recordó León Rozitchner"el cuerpo es forma de producción" y "la soberanía de los cuerpos es viable colectiva y no individualmente". Morir por la patria socialista es, verdaderamente, vivir, porque se está defendiendo la base material que permite que los cuerpos de las mayorías existan en dignidad y libertad, arrancándole al nacionalismo burgués el monopolio abstracto de la soberanía para devolverlo a la vida colectiva.

 

  A Martí, por lo tanto, no se le rinde homenaje en el calvario de la inmortalidad abstracta; se le defiende rescatando su carne, su conflicto y su odio eterno al opresor en la batalla material del presente vivo. A la asfixia del imperio no se le responde con la claudicación de un rezo pasivo, sino con la herencia maceísta que Fidel activó en Santiago de Cuba: convirtiendo la disposición defensiva de nuestros propios cuerpos en el verificador político definitivo que hará perecer en la contienda a todo aquel que intente colonizarnos.  

 
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