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NO SON LAS MÁQUINAS LAS QUE DESTRUYEN EMPLEOS: ES EL SISTEMA ECONÓMICO EL QUE LO HACE

La IA comienza a pasar la guadaña y amenaza con la destrucción a corto plazo de millones de empleos y decenas de profesiones

La inteligencia artificial ya no es una promesa futurista. En España, por ejemplo, sectores tecnológicos ligados a la programación, las telecomunicaciones y los servicios digitales empiezan a destruir empleo mientras las grandes corporaciones tecnológicas acumulan beneficios históricos. 300 millones de empleos Igual que ocurrió durante la Revolución Industrial, la tecnología podría utilizarse para reducir el trabajo duro y mejorar la vida colectiva. Pero bajo el capitalismo, vuelve a convertirse en una herramienta para concentrar riqueza y aumentar desigualdades.

 

POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Durante años nos estuvieron repitiendo que la inteligencia artificial iba a cambiar el mundo. Y muy probablemente sea verdad. Lo que casi nunca explicaron es para quién iba a cambiarlo y quién pagaría el precio de esa transformación.

 

   Durante mucho tiempo, el debate sobre la IA parecía una discusión futurista llena de robots, coches autónomos y máquinas capaces de pensar como seres humanos. Pero el futuro ha empezado a llegar antes de lo que mucha gente imaginaba. Y lo está haciendo de una forma escrupulosamente concreta: afectando directamente al empleo.

 

   El pasado mes de abril apareció en España una noticia que hace apenas unos años habría parecido imposible de imaginar. Según datos de la Encuesta de Población Activa, sectores tecnológicos ligados a la programación, la consultoría informática y los servicios digitales comenzaron a perder empleo de forma significativa. El área de programación y consultoría perdió 23.400 ocupados en solo un año. Las telecomunicaciones retrocedieron en 18.000 empleos. Los servicios web y procesado de datos cayeron un 33,6%, pasando de 25.600 trabajadores a solo 17.000.

 

   Lo más llamativo del asunto es que estos datos aparecen precisamente en sectores que hasta hace muy poco se consideraban “el futuro”. Durante años, estudiar informática o programación parecía una garantía de estabilidad laboral. Sin embargo, las propias herramientas de inteligencia artificial empiezan a automatizar parte de esas tareas. El fenómeno todavía está siendo discutido y algunos empresarios hablan de “ajustes cíclicos”, pero incluso especialistas del sector tecnológico reconocen que algo importante está ocurriendo.

 

   Al mismo tiempo, desde el corazón de las grandes tecnológicas empiezan a lanzarse advertencias cada vez más directas. Mustafa Suleyman, jefe de inteligencia artificial de Microsoft, afirmó recientemente que gran parte del trabajo administrativo podría ser automatizado en apenas 18 meses. Según explicó, áreas como la contabilidad, el derecho, el marketing o la gestión de proyectos están entre las más vulnerables.

 

    Otros directivos tecnológicos han hecho afirmaciones similares. El propio Elon Musk asegura que la inteligencia artificial general podría llegar antes de lo previsto. Jim Farley, director ejecutivo de Ford, ha llegado a afirmar que la IA podría eliminar la mitad de los empleos administrativos en Estados Unidos.

 

   El miedo empieza a extenderse porque la gente percibe algo muy sencillo: las máquinas ya no sustituyen solamente trabajos físicos repetitivos. Ahora empiezan a sustituir tareas intelectuales, creativas y administrativas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas.

 

   Y sin embargo, quizá la pregunta más importante no sea si la inteligencia artificial destruirá empleos. La pregunta que corresponde es otra bien distinta: ¿por qué una tecnología capaz de reducir el trabajo humano termina generando más inseguridad y más ansiedad social?

 

   La cuestión es que la historia nos ha demostrado que el problema nunca fue la máquina. El problema siempre fue quién controlaba la máquina y para qué la utilizaba.

 

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CUANDO LAS MÁQUINAS NO LIBERAN A NADIE

    La situación actual recuerda muchísimo a lo sucedido  durante la I y II Revolución Industrial. A finales del siglo XVIII, cuando comenzaron a expandirse las grandes máquinas textiles y las fábricas industriales en Inglaterra, muchos pensaron que la humanidad estaba entrando en una nueva era de prosperidad colectiva. Por primera vez en toda la historia, una sola máquina podía producir en horas lo que antes requería días enteros de trabajo artesanal. Aquello tendría que haber significado, lógicamente, menos esfuerzo humano y más tiempo libre.

 

   Sin embargo, sucedió justamente todo lo contrario. Las jornadas laborales superaron con frecuencia las catorce horas diarias. Miles de niños trabajaban entre humo, ruido y maquinaria peligrosa. Familias enteras sobrevivían hacinadas en barrios miserables mientras los propietarios industriales acumulaban fortunas gigantescas. Las máquinas no se utilizaron para liberar a los trabajadores, sino para aumentar la producción, abaratar costes y multiplicar beneficios privados.

 

     La tecnología avanzó enormemente. Pero la vida de la mayoría, noDos siglos después de aquello, la historia parece repetirse. La inteligencia artificial podría automatizar millones de tareas repetitivas y agotadoras. Podría facilitar el acceso universal al conocimiento, acelerar investigaciones científicas y reducir enormemente el tiempo de trabajo necesario en muchos sectores. Sin embargo, el miedo social sigue creciendo porque la mayoría de las personas está percibiendo que los beneficios de esta gigantesca revolución tecnológica no se están repartiendo colectivamente.

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    Los datos siguientes podrían ayudar al lector a entender por qué. Goldman Sachs, una de las mayores entidades financieras internacionales del mundo, ha calculado que la inteligencia artificial podría afectar hasta 300 millones de empleos a tiempo completo en todo el planeta.

 

   McKinsey, una de las consultoras empresariales internacionales más grandes e influyentes, calcula que cientos de millones de trabajadores tendrán que cambiar de profesión antes de 2030 debido a la automatización. Mientras tanto, las grandes empresas tecnológicas viven una auténtica fiebre del oro digital.

 

   Nvidia, una de las compañías fundamentales en la fabricación de chips para inteligencia artificial, pasó en apenas dos años de valer unos 300.000 millones de dólares a superar los 2 billones.

 

    La contradicción no solo resulta evidente, sino también impactante. Mientras millones de personas sienten incertidumbre sobre su futuro laboral, las grandes plataformas digitales alcanzan beneficios históricos.

 

   Parece obvio que la inteligencia artificial podría servir para reducir jornadas laborales, eliminar tareas agotadoras y permitir que las personas tuvieran más tiempo para descansar, estudiar, crear o simplemente vivir mejor. Pero bajo el sistema económico capitalista, la automatización no suele organizarse para liberar tiempo humano, sino para aumentar rentabilidad y concentrar riqueza. Es esa razón por la que la tecnología, en lugar de percibirse como una liberación, termina generando angustia.

 

 

LA NUEVA FÁBRICA DIGITAL

    Hoy los algoritmos (1) controlan almacenes donde cada movimiento de los trabajadores queda registrado. Plataformas digitales convierten empleos relativamente estables en trabajos precarios gestionados mediante aplicaciones. Conductores, repartidores o trabajadores de plataformas viven sometidos a puntuaciones automáticas y decisiones tomadas por sistemas informáticos invisibles.

 

   Y ahora esa misma lógica ha empezado a extenderse  también a trabajos de oficina. Programas capaces de redactar informes, diseñar imágenes, responder correos, programar software o traducir textos empiezan a sustituir tareas humanas mientras las jornadas laborales continúan siendo agotadoras para millones de personas. Muchas empresas ya utilizan inteligencia artificial para aumentar ritmos de trabajo, vigilar productividad o reducir plantillas.

 

    La paradoja es enorme: la humanidad posee más capacidad tecnológica que nunca y, sin embargo, gran parte de la población vive atrapada entre precariedad, ansiedad y miedo al futuro. Y sin embargo, culpar a la inteligencia artificial sería tan absurdo como culpar a la máquina de vapor en el siglo XIX. Las máquinas no toman decisiones por sí solas. Las decisiones las toman quienes poseen las máquinas.

 

    Eso es precisamente lo que muchas veces desaparece como por arte de ensalmo en el discurso tecnológico actual. Se habla de la inteligencia artificial como si fuera una fuerza natural inevitable, casi como un fenómeno meteorológico imposible de controlar. Pero la tecnología nunca es neutral. Su impacto dependerá de cuál  será el modelo social y económico en el que se desarrollará.

 

   Internet es un buen ejemplo de lo que decimos. Durante años se presentó como una herramienta destinada a democratizar el conocimiento y conectar a la humanidad. Y, en parte, lo hizo. Pero también terminó convirtiéndose en uno de los mayores mecanismos de concentración económica de toda la historia. Hoy unas pocas plataformas controlan buena parte de la comunicación mundial, de la publicidad digital y de los datos personales de miles de millones de personas.

 

  Con la inteligencia artificial va a ocurrir exactamente lo mismo, pero a una escala todavía mayor... si no lo remediamos.

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LA GRAN MENTIRA DE SILICON VALLEY

     Existe además otra cuestión de la que se habla muy poco. La inteligencia artificial no apareció por casualidad en Silicon Valley. No es el milagro tecnológico creado de la nada por un puñado de simpáticos empresarios geniales. En realidad, la inteligencia artificial es el resultado del trabajo acumulado de generaciones enteras de seres humanos.

 

  Sin siglos de matemáticas no existiría. Sin universidades públicas financiadas durante décadas tampoco. Sin redes eléctricas, internet y sistemas globales de comunicación hubiera sido imposible su existencia. Incluso los propios sistemas actuales de inteligencia artificial funcionan gracias a millones de textos, imágenes y contenidos creados colectivamente por personas comunes en internet.

 

   Cada fotografía subida a una red social, cada texto publicado, cada búsqueda realizada y cada interacción digital alimenta gigantescas bases de datos utilizadas para entrenar algoritmos. Es decir, la inteligencia artificial no es solamente tecnología. Es pura humanidad acumulada.

 

    Detrás de cada avance tecnológico aparecen científicos, profesores, programadores, trabajadores industriales, ingenieros, redes de transporte y generaciones enteras construyendo lo que ya tenemos que empezar a denominar como conocimiento colectivo. También aparecen trabajadores invisibles que casi nunca aparecen en los anuncios futuristas de Silicon Valley: mineros que extraen litio y coltán en condiciones extremadamente duras, obreros que ensamblan componentes electrónicos en gigantescas fábricas asiáticas o empleados precarios que revisan contenidos digitales para entrenar algoritmos. Es decir, es un PATRIMONIO DE TODA LA HUMANIDAD, acumulado por miles de generaciones que la han hecho posible.

 

    Y, sin embargo, toda esa capacidad creada socialmente termina concentrada en manos de unas pocas corporaciones privadas.

 

    La situación resulta profundamente contradictoria. Nunca antes el conocimiento humano había sido tan colectivo. Y nunca antes había estado tan monopolizado. Las grandes plataformas digitales no solo controlan tecnologías. También controlan datos, información, comunicaciones y enormes cantidades de riqueza generadas socialmente. Millones de personas producen constantemente contenido, actividad digital y datos que alimentan sistemas de inteligencia artificial, pero los beneficios terminan concentrándose en un pequeño grupo de gigantes tecnológicos.

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   Por eso resulta tan engañoso el discurso que presenta a estas empresas como simples innovadoras neutrales. Lo que realmente están haciendo es apropiarse privadamente de una capacidad construida colectivamente por toda la humanidad.

 

¿QUIÉN DEBERÍA BENEFICIARSE DE LA IA?

   La discusión actual sobre inteligencia artificial suele estar mal planteada desde el principio. El verdadero problema no es si las máquinas serán más inteligentes que los seres humanos. Tampoco si determinados empleos desaparecerán. La historia demuestra que toda revolución tecnológica transforma profundamente el trabajo.

 

  La cuestión decisiva es otra: quién se beneficia de esa transformación.

 

  Porque la tecnología podría utilizarse de una forma radicalmente distinta. Si las máquinas permiten producir más riqueza con menos esfuerzo humano, lo lógico sería trabajar menos horas. Lo lógico sería utilizar esa productividad para mejorar la vida colectiva. Jornadas laborales más cortas. Más tiempo libre. Más educación. Más descanso. Más vida cultural. Más tiempo para cuidar relaciones humanas y desarrollar capacidades personales.

 

    Y no se trata de una fantasía imposible. Técnicamente, la humanidad posee hoy capacidad suficiente para hacerlo realidad. La productividad mundial es la más alta de toda la historia. Un trabajador actual produce muchísimo más que uno de hace cincuenta años gracias a la automatización, la informática y el desarrollo tecnológico.

 

    Sin embargo, ocurre algo extraño. Aunque las máquinas producen más riqueza que nunca, gran parte de la población sigue viviendo con inseguridad económica y jornadas agotadoras. ¿Por qué? Porque el objetivo central del sistema económico no es reducir el sufrimiento humano ni liberar tiempo, sino maximizar beneficios privados.

 

   Y eso crea una contradicción permanente entre lo que la tecnología podría hacer y el uso real que se hace de ella.

 

   La inteligencia artificial podría democratizar enormemente el acceso al conocimiento. Ya hoy millones de personas pueden acceder gratuitamente a herramientas educativas, traducciones automáticas y sistemas avanzados que hace apenas unos años estaban reservados a especialistas. Pero al mismo tiempo, esas mismas tecnologías se utilizan para vigilar hábitos de consumo, manipular atención, sustituir trabajadores y aumentar todavía más la concentración de poder económico.

 

   Por eso la gran discusión del siglo XXI no será solamente tecnológica. Será profundamente social. La pregunta no es si las máquinas pensarán como seres humanos. La verdadera pregunta es quién controlará esas máquinas y para beneficio de quién trabajarán.

 

   Porque la inteligencia artificial no es el enemigo. El problema aparece cuando una herramienta construida gracias al esfuerzo acumulado de generaciones enteras termina funcionando exclusivamente al servicio de la acumulación privada de riqueza.

 

  (*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro de reciente aparición en Amazon "El Gran Reajuste. China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista" 

NOTAS:

(1)  Un algoritmo es un conjunto de instrucciones que una máquina sigue para tomar decisiones o realizar tareas automáticamente. Funciona como una receta: recibe información, la analiza y responde según unas reglas programadas. Por ejemplo, los algoritmos de TikTok, YouTube o Spotify deciden qué vídeos o canciones mostrarte basándose en lo que miras, buscas o escuchas.

 

FUENTES CONSULTADAS:
— Documento sobre declaraciones del jefe de IA de Microsoft
— Christian Fuchs, Digital Capitalism
— Christian Fuchs, Digital Labour and Karl Marx
— Jamie Woodcock, The Fight Against Platform Capitalism
— David Harvey, Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo 

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