UNA CRÓNICA DESCARNADA DESDE EL LÍBANO: UN PAÍS BAJO LAS BOMBAS DEL ESTADO SIONISTA
"Enterraremos vivos a los terroristas de Hezbollah", advierte el gobierno de Israel
El periodista colombiano Carlos de Urabá, nos envía una crónica desde la capital de El Líbano sobre la terrible situación que vive este país, bajo el asedio del Estado de Israel. "El plan del sionismo - advierte - es aplicar la misma táctica que en Gaza: destrucción total".
Por CARLOS DE URABA (*) , DESDE EL LIBANO, PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Estuve una semana en el Líbano por invitación del ingeniero Ali Jatib, refugiado palestino del campo de Shatila y superviviente del bombardeo sionista —Operación Pata de Palo— contra la dirigencia de la OLP en Túnez en 1985, y de su hermano, el Dr. Mohamed Jatib, superviviente de la matanza de Sabra y Shatila. Y hemos comprobado que durante los últimos 50 años nada ha cambiado, pues son 35.000 pobladores recluidos bajo un régimen de hacinamiento y precariedad. Ellos mismos tienen que resolver el asunto de los servicios públicos, como el agua, el saneamiento, la electricidad o la salud.
Desde que se estableció aquí el campamento, en el año 1949, siguen dependiendo de la UNRWA, la Cruz Roja y distintas ONG de Europa, EE.UU., Canadá, Japón, Corea o Australia. Es una vida de resistencia y olvido absoluto, sin que el gobierno libanés se digne otorgarles derechos fundamentales a los refugiados palestinos. Todos quieren regresar a su tierra, aunque en realidad solo existe un único camino que los conduce al cementerio. Y encima, en este momento están en el punto de mira de Israel porque aquí operan guerrilleros palestinos de la OLP-Fatah, la Yihad Islámica o Hamás, que se han unido a las fuerzas de Hezbollah.
Líbano se encuentra actualmente en estado de guerra, principalmente en el sur del país y en el suburbio de Dahieh, en Beirut. El plan del sionismo es aplicar la misma táctica de Gaza: destrucción total. Una sentencia inapelable que han comunicado a la dirigencia de Hezbollah, instándolos urgentemente a evacuar el barrio: “Lo vamos a bombardear hasta que no quede piedra sobre piedra”. Porque, según Netanyahu, “la larga mano de Israel alcanzará a cada enemigo y asesino”. Es la venganza bíblica del ojo por ojo, diente por diente, aplicada a rajatabla.
Si recorremos los diferentes sectores de Beirut, una ciudad caótica y laberíntica, nos daremos cuenta de que está siendo vigilada continuamente por drones israelíes que sobrevuelan el espacio aéreo. Es una presencia intimidatoria destinada a aterrorizar a la población civil; una forma de advertirles que Israel los tiene bajo control y que en cualquier momento puede atacarlos con drones, misiles, aviones F-15 o fragatas situadas frente a las costas del Líbano.
Israel tiene la capacidad, gracias a la guerra electrónica, de intervenir teléfonos celulares, computadores o cualquier otro tipo de dispositivo. Los objetivos a batir están de antemano cartografiados y las coordenadas, matemáticamente marcadas.
El Líbano, como tantos países árabes o musulmanes, está infiltrado por el Mossad, la CIA y el MI6, empeñados en controlar una de las zonas más candentes de la geopolítica actual. Israel impone una política guerrerista de hechos consumados, protegido por las potencias occidentales, EE.UU. y Europa. Hoy el Líbano sufre una brutal agresión sionista sin precedentes. Reina la impunidad y la comunidad internacional mantiene un silencio cómplice.
Para cualquiera que se acerque al río Litani, en el sur, será posible observar cómo se elevan sobre las colinas columnas de humo causadas por los bombardeos de la aviación israelí, que empujan al éxodo a la población civil. Desde hace semanas se les ha advertido, por medio de octavillas lanzadas desde drones, que tienen que abandonar sus casas y sus campos de labor. La crueldad sionista llega hasta el punto de cortar y robar miles de olivos y árboles frutales. Esta primavera se han perdido las cosechas y asesinan a los jornaleros, principalmente sirios. La sentencia es que “el hambre someterá a los terroristas de Hezbollah que están lanzando cohetes y drones suicidas contra el norte de Israel”.
Cerca de Saida (Sidón), también los drones disparan misiles dirigidos contra milicianos o comandantes de Hezbollah que se esconden en esta localidad. Sus calles han sido invadidas por miles de tiendas de campaña donde se refugian los desplazados; sus casas fueron demolidas y sus campos o tierras de labor arrasados. Hablar con ellos es muy difícil y hacerles fotos está prohibido, pues creen que Israel es capaz de identificarlos si se publican imágenes en redes sociales.
El Mossad últimamente ha realizado llamadas telefónicas a militantes de Hezbollah advirtiéndoles que se despidan de sus familias y salgan con su auto a la calle para evitar daños colaterales. Luego, con precisión, un misil convierte su vehículo en una bola de fuego.
¿Cómo es posible que el Mossad conozca a la perfección la localización de los principales líderes y comandantes de Hezbollah? Es una pregunta fácil de responder, ya que la organización está infiltrada, aparte de que sus teléfonos celulares y computadores están intervenidos. Yo mismo fui testigo de que siguen usando teléfonos celulares con total tranquilidad.
Alguien tiene que pasar los datos y coordenadas al centro de inteligencia situado en Hakirya y Mitzpe Shlagim, en el monte Hermón, mejor conocido como “los ojos de la nación”, donde cientos de especialistas trabajan las 24 horas escuchando y observando el territorio enemigo. Es parte de la guerra electrónica, cibernética y satelital, decisiva para consolidar su dominio en Oriente Medio. Su prioridad es garantizar la seguridad de Eretz Israel.
A quien no conozca el Líbano hay que explicarle que este país tiene 18 confesiones religiosas, entre las que cabe destacar maronitas católicos, greco-ortodoxos, asirios armenios, melkitas católicos, armenios ortodoxos, chiitas, sunnitas —del carismático líder Hariri, asesinado por agentes sirios—, alawitas, ismaelíes y drusos. El presidente, por ley, debe ser cristiano maronita; el primer ministro, musulmán sunní; y el presidente del Parlamento, chiita.
El grupo chiita Hezbollah, AMAL y los palestinos de la OLP-Fatah, la Yihad Islámica y Hamás son realmente los movimientos de resistencia que enfrentan a Israel, mientras las demás comunidades se mantienen al margen y, por el contrario, se declaran enemigas de Hezbollah y sus aliados. Todas estas rencillas son producto de la guerra que se desarrolló en el Líbano durante los años ochenta y noventa.
Así que el barrio de Dahieh, situado en los suburbios de Beirut, es el que sufre los bombardeos, mientras que las demás zonas llevan una vida normal y sin ataques por parte de las FDI. Hay que recordar que la masacre en los campamentos de refugiados palestinos en 1982 fue llevada a cabo por los falangistas libaneses, en represalia por el asesinato de su líder Gemayel, y que contó con la complicidad del ejército invasor sionista al mando del ministro de Defensa Ariel Sharon. Los israelíes siempre han confiado en que los cristianos falangistas y sus aliados repriman y controlen el Líbano, garantizando así la protección de sus asentamientos situados en la Alta Galilea.
Lamentablemente, el día 4 de mayo fui retenido por milicianos de Hezbollah en Dahieh —incluyendo los barrios de Bourj el-Barajneh, Hadath, Haret Hreik y Shiyyah—, quienes me llevaron a un sótano para interrogarme, ya que un extranjero en esa zona es considerado una persona muy sospechosa. Y hay que entenderlo, pues existe mucha paranoia y delirio de persecución. No es para menos: estamos rodeados de ruinas ocasionadas por los bombardeos.
Es una tragedia indescriptible donde conmueve el silencio sepulcral y donde el olor a muerte aún se respira en el ambiente. ¿Cuántos cadáveres estarán enterrados debajo de los edificios demolidos? Y encima, gran parte de la población civil no quiere obedecer las órdenes de evacuación emitidas por el ejército israelí. El terremoto no ha terminado y desde las cornisas de los edificios no dejan de caer escombros, poniendo en peligro a cualquier ciudadano que transite por sus calles.
Israel ha jurado que va a sepultar vivos en Dahieh a todos los terroristas de Hezbollah y está decidido a cumplirlo, pues nadie se opone a sus designios. El ejército libanés demuestra una total pasividad y EE.UU. y Europa están de acuerdo con la ofensiva israelí para eliminar a los supuestos “terroristas enemigos de la humanidad”. Solo Irán ha sido capaz de presionar a EE.UU., en sus conversaciones en Pakistán, para que se declare una tregua en el Líbano.
Pero no siempre se cumple. Hace unos días, la fuerza aérea israelí, en un ataque de precisión con misiles en Dahieh, asesinó al comandante de las fuerzas especiales Radwan Ahmad Ghaleb Balout.
Después de estar retenido en los sótanos de Hezbollah fui transferido a las instalaciones del Muhabarat libanés para someterme a interrogatorios y a una investigación a fondo sobre mi identidad y los datos que tenía en el teléfono celular. Gracias a la intervención de la embajada de España fui liberado horas antes del bombardeo del edificio donde se resguardaba el comandante Radwan Ahmad Ghaleb Balout; de lo contrario, Hezbollah me hubiera retenido indefinidamente.
Aquí no hay inocentes cuando ya van más de 3.000 muertos, cientos de heridos y una pavorosa destrucción de pueblos y barrios chiitas, sunnitas y cristianos, demolidos en un 80 % desde que se inició la invasión sionista el 2 de marzo. Un crimen de guerra muy parecido al genocidio de Gaza.
Pero aquí lo increíble es que los milicianos de Hezbollah, a pesar del diluvio de bombas que les ha caído encima, siguen respondiendo a la agresión con enfrentamientos cuerpo a cuerpo contra las tropas invasoras de las FDI.
El respaldo de Irán es fundamental para la subsistencia del grupo paramilitar chiita, uno de los más armados del planeta y poseedor de un sofisticado y poderoso arsenal.
Cuentan con armas defensivas y ofensivas: katiusha, Grad, cohetes Falaq, Fajr y Fateh. Se dice que extraoficialmente poseen unos 60.000 cohetes y misiles de origen iraní, con capacidad de alcanzar cualquier parte de Israel. También disponen de defensa antiaérea Strela y SA portátil, misiles antitanque, drones suicidas, drones Shahed-129 y misiles tierra-aire Misagh de fabricación iraní.
Pero sus defensas se ven incapaces de neutralizar los ataques de la fuerza aérea israelí. El único consuelo es mantenerse unidos y sumisos a la lectura cotidiana del Corán, como si se tratara de un amuleto mágico capaz de otorgarles la victoria.
Lo cierto es que por todos los pueblos y ciudades se exhiben infinidad de pancartas y fotografías dedicadas a los soldados mártires y a los líderes y comandantes de Hezbollah, la Yihad Islámica y Hamás caídos en combate. Sobresalen Nasrallah, Jamenei y otros como Ali Kary, Wehbe, Nabil Kaouk, Kobeissi, Hasan Jalil, Yasin Ali Tabatabay, Yusuf Harsi, Ibrahim Akil y Shukr, víctimas de asesinatos selectivos que han golpeado duramente a la cúpula de Hezbollah, concretamente en el barrio de Dahieh, en Beirut.
Todo esto es consecuencia de fallos en el servicio de inteligencia y contrainteligencia de la organización. Por ahora sobrevive el histórico dirigente Kassem, sucesor de Nasrallah, así como líderes históricos como Talal Hamieh y Abu Ali Reda.
Hay que reconocer que las pérdidas son altísimas, ya que han aniquilado a centenares de milicianos y a una pléyade de comandantes insustituibles, por lo que la estructura de la organización está muy debilitada. Pero eso no importa, pues han entregado su vida por la yihad.
El culto a la muerte y al martirio es su principal arma, ya que de antemano saben que, religiosamente, serán recompensados con el paraíso. Todo miliciano ha sido entrenado para convertirse en un auténtico kamikaze.
Lo más peligroso de las FDI son sus drones de asalto equipados con municiones merodeadoras, dotados de visión nocturna, tecnología láser infrarroja y sensores térmicos capaces de localizar fácilmente a los guerrilleros en el campo de batalla y eliminarlos.
En el sur del Líbano, Israel ha trazado una “Línea Amarilla” o zona de amortiguamiento, una nueva frontera de facto que al parecer no está dispuesto a abandonar. La vida allí es imposible, pues solo impera el estallido de bombas y misiles. Se ha destruido infraestructura vial, más de 50.000 viviendas y 56.000 hectáreas agrícolas. Los daños se estiman en aproximadamente 16.000 millones de dólares.
Hay que tener en cuenta que estamos ante una desgarradora crisis humanitaria con más de 1.200.000 desplazados, principalmente del sur del país. Un espeluznante crimen de guerra condenado por el derecho internacional humanitario.
La pregunta es: ¿por qué se inhiben las fuerzas de interposición de la ONU, la UNIFIL, con 10.000 efectivos desplegados en misión de paz desde 1978 en el sur del Líbano? Se supone que deben patrullar la frontera con Israel para supervisar el cese de hostilidades, apoyar a las fuerzas armadas libanesas y garantizar la seguridad de la población. Pero la verdad es que se encuentran bunkerizadas y atemorizadas, observando el genocidio que comete Israel.
El actual presidente del Líbano, el católico maronita Joseph Aoun, afirma que hace ingentes esfuerzos por salvar el país y concretar un alto el fuego. Incluso está decidido a sentarse con Netanyahu para firmar un tratado de paz promovido por Donald Trump.
Pero Hezbollah, por el momento, se niega a negociar con Israel y hace un llamado a la resistencia. EE.UU. e Israel han dictaminado que el ejército libanés debe desarmar a Hezbollah, desmantelar sus infraestructuras y su extensa red de túneles y búnkeres para allanar el camino hacia la paz.
Sin embargo, la milicia se niega a entregar las armas y, por el contrario, exige la retirada de las FDI para iniciar conversaciones con el gobierno de Tel Aviv. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, reiteró la intención de mantener indefinidamente la presencia en los territorios ocupados. El ejército libanés se ve imposibilitado para desarmar a Hezbollah y, si lo hiciera, podría desatarse una guerra civil.
Pero quien piense que en el Líbano existe una guerra general que afecta a toda la ciudadanía se equivoca, porque, a pesar de la crisis económica y la hiperinflación, hay una élite de empresarios, banqueros e inversionistas entre las más poderosas de Oriente Medio.
En barrios como Solidere, Saifi Village, Achrafieh y Raouché, el lujo y la opulencia prevalecen, y en hoteles y restaurantes no dejan de celebrarse grandes fiestas. Ellos son muy europeos, proyanquis y sionistas, y nadie los toca.
Hay un enemigo interno en el Líbano representado por comunidades maronitas —que buscaron alianzas con Israel durante la guerra civil— y por el partido falangista Kataeb, que aprueba la eliminación de Hezbollah, al que consideran culpable de la catástrofe por haber creado un Estado paralelo que domina amplias zonas del país.
El Líbano se autodestruye internamente en un enfrentamiento fratricida muy favorable a los intereses de Israel.
(*) Carlos de Urabá es un periodista y escritor colombiano, colaborador habitual de diversos medios alternativos latinoamericanos y españoles, conocido por sus trabajos sobre memoria histórica, colonialismo, movimientos sociales y política internacional.
Por CARLOS DE URABA (*) , DESDE EL LIBANO, PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Estuve una semana en el Líbano por invitación del ingeniero Ali Jatib, refugiado palestino del campo de Shatila y superviviente del bombardeo sionista —Operación Pata de Palo— contra la dirigencia de la OLP en Túnez en 1985, y de su hermano, el Dr. Mohamed Jatib, superviviente de la matanza de Sabra y Shatila. Y hemos comprobado que durante los últimos 50 años nada ha cambiado, pues son 35.000 pobladores recluidos bajo un régimen de hacinamiento y precariedad. Ellos mismos tienen que resolver el asunto de los servicios públicos, como el agua, el saneamiento, la electricidad o la salud.
Desde que se estableció aquí el campamento, en el año 1949, siguen dependiendo de la UNRWA, la Cruz Roja y distintas ONG de Europa, EE.UU., Canadá, Japón, Corea o Australia. Es una vida de resistencia y olvido absoluto, sin que el gobierno libanés se digne otorgarles derechos fundamentales a los refugiados palestinos. Todos quieren regresar a su tierra, aunque en realidad solo existe un único camino que los conduce al cementerio. Y encima, en este momento están en el punto de mira de Israel porque aquí operan guerrilleros palestinos de la OLP-Fatah, la Yihad Islámica o Hamás, que se han unido a las fuerzas de Hezbollah.
Líbano se encuentra actualmente en estado de guerra, principalmente en el sur del país y en el suburbio de Dahieh, en Beirut. El plan del sionismo es aplicar la misma táctica de Gaza: destrucción total. Una sentencia inapelable que han comunicado a la dirigencia de Hezbollah, instándolos urgentemente a evacuar el barrio: “Lo vamos a bombardear hasta que no quede piedra sobre piedra”. Porque, según Netanyahu, “la larga mano de Israel alcanzará a cada enemigo y asesino”. Es la venganza bíblica del ojo por ojo, diente por diente, aplicada a rajatabla.
Si recorremos los diferentes sectores de Beirut, una ciudad caótica y laberíntica, nos daremos cuenta de que está siendo vigilada continuamente por drones israelíes que sobrevuelan el espacio aéreo. Es una presencia intimidatoria destinada a aterrorizar a la población civil; una forma de advertirles que Israel los tiene bajo control y que en cualquier momento puede atacarlos con drones, misiles, aviones F-15 o fragatas situadas frente a las costas del Líbano.
Israel tiene la capacidad, gracias a la guerra electrónica, de intervenir teléfonos celulares, computadores o cualquier otro tipo de dispositivo. Los objetivos a batir están de antemano cartografiados y las coordenadas, matemáticamente marcadas.
El Líbano, como tantos países árabes o musulmanes, está infiltrado por el Mossad, la CIA y el MI6, empeñados en controlar una de las zonas más candentes de la geopolítica actual. Israel impone una política guerrerista de hechos consumados, protegido por las potencias occidentales, EE.UU. y Europa. Hoy el Líbano sufre una brutal agresión sionista sin precedentes. Reina la impunidad y la comunidad internacional mantiene un silencio cómplice.
Para cualquiera que se acerque al río Litani, en el sur, será posible observar cómo se elevan sobre las colinas columnas de humo causadas por los bombardeos de la aviación israelí, que empujan al éxodo a la población civil. Desde hace semanas se les ha advertido, por medio de octavillas lanzadas desde drones, que tienen que abandonar sus casas y sus campos de labor. La crueldad sionista llega hasta el punto de cortar y robar miles de olivos y árboles frutales. Esta primavera se han perdido las cosechas y asesinan a los jornaleros, principalmente sirios. La sentencia es que “el hambre someterá a los terroristas de Hezbollah que están lanzando cohetes y drones suicidas contra el norte de Israel”.
Cerca de Saida (Sidón), también los drones disparan misiles dirigidos contra milicianos o comandantes de Hezbollah que se esconden en esta localidad. Sus calles han sido invadidas por miles de tiendas de campaña donde se refugian los desplazados; sus casas fueron demolidas y sus campos o tierras de labor arrasados. Hablar con ellos es muy difícil y hacerles fotos está prohibido, pues creen que Israel es capaz de identificarlos si se publican imágenes en redes sociales.
El Mossad últimamente ha realizado llamadas telefónicas a militantes de Hezbollah advirtiéndoles que se despidan de sus familias y salgan con su auto a la calle para evitar daños colaterales. Luego, con precisión, un misil convierte su vehículo en una bola de fuego.
¿Cómo es posible que el Mossad conozca a la perfección la localización de los principales líderes y comandantes de Hezbollah? Es una pregunta fácil de responder, ya que la organización está infiltrada, aparte de que sus teléfonos celulares y computadores están intervenidos. Yo mismo fui testigo de que siguen usando teléfonos celulares con total tranquilidad.
Alguien tiene que pasar los datos y coordenadas al centro de inteligencia situado en Hakirya y Mitzpe Shlagim, en el monte Hermón, mejor conocido como “los ojos de la nación”, donde cientos de especialistas trabajan las 24 horas escuchando y observando el territorio enemigo. Es parte de la guerra electrónica, cibernética y satelital, decisiva para consolidar su dominio en Oriente Medio. Su prioridad es garantizar la seguridad de Eretz Israel.
A quien no conozca el Líbano hay que explicarle que este país tiene 18 confesiones religiosas, entre las que cabe destacar maronitas católicos, greco-ortodoxos, asirios armenios, melkitas católicos, armenios ortodoxos, chiitas, sunnitas —del carismático líder Hariri, asesinado por agentes sirios—, alawitas, ismaelíes y drusos. El presidente, por ley, debe ser cristiano maronita; el primer ministro, musulmán sunní; y el presidente del Parlamento, chiita.
El grupo chiita Hezbollah, AMAL y los palestinos de la OLP-Fatah, la Yihad Islámica y Hamás son realmente los movimientos de resistencia que enfrentan a Israel, mientras las demás comunidades se mantienen al margen y, por el contrario, se declaran enemigas de Hezbollah y sus aliados. Todas estas rencillas son producto de la guerra que se desarrolló en el Líbano durante los años ochenta y noventa.
Así que el barrio de Dahieh, situado en los suburbios de Beirut, es el que sufre los bombardeos, mientras que las demás zonas llevan una vida normal y sin ataques por parte de las FDI. Hay que recordar que la masacre en los campamentos de refugiados palestinos en 1982 fue llevada a cabo por los falangistas libaneses, en represalia por el asesinato de su líder Gemayel, y que contó con la complicidad del ejército invasor sionista al mando del ministro de Defensa Ariel Sharon. Los israelíes siempre han confiado en que los cristianos falangistas y sus aliados repriman y controlen el Líbano, garantizando así la protección de sus asentamientos situados en la Alta Galilea.
Lamentablemente, el día 4 de mayo fui retenido por milicianos de Hezbollah en Dahieh —incluyendo los barrios de Bourj el-Barajneh, Hadath, Haret Hreik y Shiyyah—, quienes me llevaron a un sótano para interrogarme, ya que un extranjero en esa zona es considerado una persona muy sospechosa. Y hay que entenderlo, pues existe mucha paranoia y delirio de persecución. No es para menos: estamos rodeados de ruinas ocasionadas por los bombardeos.
Es una tragedia indescriptible donde conmueve el silencio sepulcral y donde el olor a muerte aún se respira en el ambiente. ¿Cuántos cadáveres estarán enterrados debajo de los edificios demolidos? Y encima, gran parte de la población civil no quiere obedecer las órdenes de evacuación emitidas por el ejército israelí. El terremoto no ha terminado y desde las cornisas de los edificios no dejan de caer escombros, poniendo en peligro a cualquier ciudadano que transite por sus calles.
Israel ha jurado que va a sepultar vivos en Dahieh a todos los terroristas de Hezbollah y está decidido a cumplirlo, pues nadie se opone a sus designios. El ejército libanés demuestra una total pasividad y EE.UU. y Europa están de acuerdo con la ofensiva israelí para eliminar a los supuestos “terroristas enemigos de la humanidad”. Solo Irán ha sido capaz de presionar a EE.UU., en sus conversaciones en Pakistán, para que se declare una tregua en el Líbano.
Pero no siempre se cumple. Hace unos días, la fuerza aérea israelí, en un ataque de precisión con misiles en Dahieh, asesinó al comandante de las fuerzas especiales Radwan Ahmad Ghaleb Balout.
Después de estar retenido en los sótanos de Hezbollah fui transferido a las instalaciones del Muhabarat libanés para someterme a interrogatorios y a una investigación a fondo sobre mi identidad y los datos que tenía en el teléfono celular. Gracias a la intervención de la embajada de España fui liberado horas antes del bombardeo del edificio donde se resguardaba el comandante Radwan Ahmad Ghaleb Balout; de lo contrario, Hezbollah me hubiera retenido indefinidamente.
Aquí no hay inocentes cuando ya van más de 3.000 muertos, cientos de heridos y una pavorosa destrucción de pueblos y barrios chiitas, sunnitas y cristianos, demolidos en un 80 % desde que se inició la invasión sionista el 2 de marzo. Un crimen de guerra muy parecido al genocidio de Gaza.
Pero aquí lo increíble es que los milicianos de Hezbollah, a pesar del diluvio de bombas que les ha caído encima, siguen respondiendo a la agresión con enfrentamientos cuerpo a cuerpo contra las tropas invasoras de las FDI.
El respaldo de Irán es fundamental para la subsistencia del grupo paramilitar chiita, uno de los más armados del planeta y poseedor de un sofisticado y poderoso arsenal.
Cuentan con armas defensivas y ofensivas: katiusha, Grad, cohetes Falaq, Fajr y Fateh. Se dice que extraoficialmente poseen unos 60.000 cohetes y misiles de origen iraní, con capacidad de alcanzar cualquier parte de Israel. También disponen de defensa antiaérea Strela y SA portátil, misiles antitanque, drones suicidas, drones Shahed-129 y misiles tierra-aire Misagh de fabricación iraní.
Pero sus defensas se ven incapaces de neutralizar los ataques de la fuerza aérea israelí. El único consuelo es mantenerse unidos y sumisos a la lectura cotidiana del Corán, como si se tratara de un amuleto mágico capaz de otorgarles la victoria.
Lo cierto es que por todos los pueblos y ciudades se exhiben infinidad de pancartas y fotografías dedicadas a los soldados mártires y a los líderes y comandantes de Hezbollah, la Yihad Islámica y Hamás caídos en combate. Sobresalen Nasrallah, Jamenei y otros como Ali Kary, Wehbe, Nabil Kaouk, Kobeissi, Hasan Jalil, Yasin Ali Tabatabay, Yusuf Harsi, Ibrahim Akil y Shukr, víctimas de asesinatos selectivos que han golpeado duramente a la cúpula de Hezbollah, concretamente en el barrio de Dahieh, en Beirut.
Todo esto es consecuencia de fallos en el servicio de inteligencia y contrainteligencia de la organización. Por ahora sobrevive el histórico dirigente Kassem, sucesor de Nasrallah, así como líderes históricos como Talal Hamieh y Abu Ali Reda.
Hay que reconocer que las pérdidas son altísimas, ya que han aniquilado a centenares de milicianos y a una pléyade de comandantes insustituibles, por lo que la estructura de la organización está muy debilitada. Pero eso no importa, pues han entregado su vida por la yihad.
El culto a la muerte y al martirio es su principal arma, ya que de antemano saben que, religiosamente, serán recompensados con el paraíso. Todo miliciano ha sido entrenado para convertirse en un auténtico kamikaze.
Lo más peligroso de las FDI son sus drones de asalto equipados con municiones merodeadoras, dotados de visión nocturna, tecnología láser infrarroja y sensores térmicos capaces de localizar fácilmente a los guerrilleros en el campo de batalla y eliminarlos.
En el sur del Líbano, Israel ha trazado una “Línea Amarilla” o zona de amortiguamiento, una nueva frontera de facto que al parecer no está dispuesto a abandonar. La vida allí es imposible, pues solo impera el estallido de bombas y misiles. Se ha destruido infraestructura vial, más de 50.000 viviendas y 56.000 hectáreas agrícolas. Los daños se estiman en aproximadamente 16.000 millones de dólares.
Hay que tener en cuenta que estamos ante una desgarradora crisis humanitaria con más de 1.200.000 desplazados, principalmente del sur del país. Un espeluznante crimen de guerra condenado por el derecho internacional humanitario.
La pregunta es: ¿por qué se inhiben las fuerzas de interposición de la ONU, la UNIFIL, con 10.000 efectivos desplegados en misión de paz desde 1978 en el sur del Líbano? Se supone que deben patrullar la frontera con Israel para supervisar el cese de hostilidades, apoyar a las fuerzas armadas libanesas y garantizar la seguridad de la población. Pero la verdad es que se encuentran bunkerizadas y atemorizadas, observando el genocidio que comete Israel.
El actual presidente del Líbano, el católico maronita Joseph Aoun, afirma que hace ingentes esfuerzos por salvar el país y concretar un alto el fuego. Incluso está decidido a sentarse con Netanyahu para firmar un tratado de paz promovido por Donald Trump.
Pero Hezbollah, por el momento, se niega a negociar con Israel y hace un llamado a la resistencia. EE.UU. e Israel han dictaminado que el ejército libanés debe desarmar a Hezbollah, desmantelar sus infraestructuras y su extensa red de túneles y búnkeres para allanar el camino hacia la paz.
Sin embargo, la milicia se niega a entregar las armas y, por el contrario, exige la retirada de las FDI para iniciar conversaciones con el gobierno de Tel Aviv. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, reiteró la intención de mantener indefinidamente la presencia en los territorios ocupados. El ejército libanés se ve imposibilitado para desarmar a Hezbollah y, si lo hiciera, podría desatarse una guerra civil.
Pero quien piense que en el Líbano existe una guerra general que afecta a toda la ciudadanía se equivoca, porque, a pesar de la crisis económica y la hiperinflación, hay una élite de empresarios, banqueros e inversionistas entre las más poderosas de Oriente Medio.
En barrios como Solidere, Saifi Village, Achrafieh y Raouché, el lujo y la opulencia prevalecen, y en hoteles y restaurantes no dejan de celebrarse grandes fiestas. Ellos son muy europeos, proyanquis y sionistas, y nadie los toca.
Hay un enemigo interno en el Líbano representado por comunidades maronitas —que buscaron alianzas con Israel durante la guerra civil— y por el partido falangista Kataeb, que aprueba la eliminación de Hezbollah, al que consideran culpable de la catástrofe por haber creado un Estado paralelo que domina amplias zonas del país.
El Líbano se autodestruye internamente en un enfrentamiento fratricida muy favorable a los intereses de Israel.
(*) Carlos de Urabá es un periodista y escritor colombiano, colaborador habitual de diversos medios alternativos latinoamericanos y españoles, conocido por sus trabajos sobre memoria histórica, colonialismo, movimientos sociales y política internacional.
































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