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Lunes, 31 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

DEL IMPERIALISMO DESCRITO POR LENIN AL ASCENSO DE CHINA

¿Cómo condicionó la existencia soviética las rivalidades entre potencias y qué cambió cuando desapareció aquel contrapeso

La caída de la URSS cerró un paréntesis histórico, pero no las contradicciones que habían alimentado las guerras mundiales. Durante casi medio siglo, la existencia del bloque socialista condicionó las rivalidades entre las potencias capitalistas y sus decisiones políticas y sociales. "De Lenin al ascenso de China", explica cómo la desaparición de aquel contrapeso y el desarrollo desigual de las economías volvieron a situar la disputa por los mercados, los recursos y el poder mundial en el centro de todas las relaciones internacionales.

  

POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

   ¿Por qué las grandes potencias han vuelto a disputarse con [Img #95255]virulencia mercados, materias primas, tecnologías y territorios estratégicos?

 

   ¿Por qué Estados Unidos considera que el ascenso de China una amenaza para su hegemonía?

 

   ¿Estamos asistiendo a una confrontación novedosa o al [Img #95257]resurgimiento, bajo condiciones históricas diferentes, de las contradicciones que desencadenaron las grandes guerras del siglo XX?

 

    Para poder acercarse y explicarse lo que hoy está sucediendo, necesariamente hay que remontarse a más de un siglo atras. La actual disputa entre Washington y Pekín tiene claros antecedentes en las transformaciones del capitalismo que Lenin estudió a comienzos del pasado siglo.

 

   Pero entre aquel mundo y el nuestro ocurrió algo que alteró profundamente el desarrollo de las rivalidades imperialistas: la aparición de la Unión Soviética. Ese país, en un lapso de unos pocos años, se convirtió en una superpotencia y, durante varias décadas, condicionó las relaciones entre los grandes Estados capitalistas.

 

    Su abrupta desaparición en 1991, abrió progresivamente una nueva etapa. Las potencias capitalistas recuperaron un margen de actuación internacional diferente, mientras el desarrollo desigual de sus economías generaba nuevos competidores. El resultado de aquel acontecimiento es la confrontación que hoy estamos presenciando, cuyo alcance resulta difícil comprender sin reconstruir sus antecedentes históricos.

 

FINALES DEL SIGLO XIX: CUANDO EL MUNDO QUEDÓ REPARTIDO ENTRE LAS GRANDES POTENCIAS

   En el curso de las últimas décadas del siglo XIX, el capitalismo experimentó una transformación fundamental. La competencia entre numerosas empresas fue favoreciendo la concentración de la producción en grandes compañías industriales y financieras. Los bancos adquirieron un enorme poder económico y las grandes empresas comenzaron a extender sus inversiones fuera de sus países de origen.

 

   Vladimir Lenin de forma realmente magistral, analizó este proceso en su libro "El imperialismo, fase superior del capitalismo", escrito en 1916, en pleno desarrollo de la I Guerra Mundial. Su planteamiento partía de que los grandes capitales necesitaban nuevos mercados, materias primas, oportunidades de inversión y territorios donde asegurar sus intereses.

 

    El mundo estaba siendo sometido a un intenso reparto entre unas pocas potencias coloniales. Reino Unido y Francia controlaban extensos imperios, mientras Alemania, convertida en una poderosa economía industrial después de su unificación en 1871, reclamaba una posición internacional acorde con su creciente capacidad económica.

 

    Ello dio lugar a la aparición de una contradicción fundamental: las potencias capitalistas no se desarrollaban al mismo ritmo, pero el reparto de territorios y mercados reflejaba relaciones de fuerza anteriores. Para entenderlo, imaginemos  por un momento a dos grandes empresas que compiten por un mercado. Una de ellas controla desde hace décadas, las principales redes de distribución, mientras la otra desarrolla una capacidad productiva superior y reclama una participación mayor. Si trasladamos esa competencia al terreno de los Estados, con sus ejércitos, colonias y alianzas políticas, podemos comprender el origen de numerosas tensiones imperialistas.

 

   El reparto del planeta nunca quedaba definitivamente resuelto. El desarrollo desigual de las potencias generaba, a su vez,  nuevas exigencias de redistribución. Esta fue una de las contradicciones fundamentales que Lenin identificó en el imperialismo.

 

1914-1918: LA PRIMERA GRAN CONFRONTACIÓN INTERIMPERIALISTA

   La Primera Guerra Mundial fue la expresión más devastadora de aquellas contradicciones acumuladas. El circunstancial asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, en junio de 1914, desencadenó una crisis diplomática que terminó implicando a las grandes potencias europeas. Pero las causas profundas del conflicto se habían venido gestando a lo largo de décadas: rivalidades coloniales, competencia industrial, disputas territoriales y alianzas militares enfrentadas.

 

   Alemania aspiraba a modificar el equilibrio internacional dominado por Reino Unido y Francia. Rusia y Austria-Hungría competían por su influencia en los Balcanes. Los Estados defendían intereses estratégicos relacionados con su posición económica y territorial.

 

    Desde la perspectiva de Lenin, aquella era una guerra interimperialista: una confrontación entre grandes potencias capitalistas por modificar el reparto del poder mundial. La Primera Guerra Mundial terminó en noviembre de 1918 con millones de muertos y la desaparición de varios imperios contendientes. Sin embargo, la derrota alemana no eliminó las contradicciones económicas que habían provocado el enfrentamiento.

 

  El Tratado de Versalles impuso a Alemania durísimas condiciones, pero no resolvió su posición dentro del capitalismo europeo. Y, mientras las potencias vencedoras reorganizaban el mapa continental, había aparecido un elemento histórico completamente nuevo.

 

1917-1939: LA REVOLUCIÓN RUSA CAMBIA EL ESCENARIO, PERO NO DETIENE LAS RIVALIDADES

   La Revolución de Octubre de 1917 introdujo una transformación que no tenía precedentes comparables en la historia del capitalismo moderno: la aparición de un Estado que pretendía sustituir las relaciones capitalistas por una economía basada en la propiedad social de los principales medios de producción.

 

    La creación de la Unión Soviética en 1922 consolidó institucionalmente aquella experiencia. Por primera vez, las potencias capitalistas tenían que relacionarse con un Estado que representaba un modelo económico y político diferente. Sin embargo, por entonces, la URSS  era todavía relativamente débil. Su economía había quedado devastada por la guerra mundial y la guerra civil, y durante años tuvo que concentrarse en su reconstrucción e industrialización.

 

   No obstante, las contradicciones interimperialistas continuaron desarrollándose. La crisis económica de 1929 agravó las tensiones existentes. Alemania sufrió un desempleo masivo y una profunda desestabilización política. El ascenso del nazismo expresó, entre otros factores, la reacción de sectores de las clases dominantes frente al movimiento obrero y comunista, al tiempo que impulsaba un nacionalismo expansionista.

 

    Hitler pretendía liquidar las organizaciones y sindicatos revolucionarios que suponían un peligro para el gran capital, revisar por la fuerza el orden establecido en Versalles y convertir Alemania en la potencia dominante de Europa. Las contradicciones que habían desembocado en 1914 seguían actuando, aunque ahora se desarrollaban en presencia del nuevo Estado soviético.

 

1939-1945: UNA SEGUNDA GUERRA QUE CAMBIÓ DE NATURALEZA

    La Segunda Guerra Mundial comenzó en septiembre de 1939 con la invasión alemana de Polonia. Su origen estaba relacionado con la expansión territorial de la Alemania nazi, las rivalidades entre potencias y el fracaso del orden europeo establecido después de 1918.

 

    En sus primeros momentos, la Internacional Comunista caracterizó el conflicto europeo como una nueva guerra imperialista. Consideraba que las potencias capitalistas estaban enfrentándose otra vez por el reparto del poder internacional. Pero el 22 de junio de 1941 se produjo un acontecimiento que modificó decisivamente el escenario: Alemania invadió la Unión Soviética mediante la Operación Barbarroja.

 

    A partir de entonces, el conflicto adquirió una dimensión adicional. Ya no estaba en juego únicamente la distribución del poder entre potencias imperialistas: también se decidía la supervivencia del principal Estado surgido de una revolución socialista.

 

    Hitler pretendía destruir la URSS, ocupar sus territorios y apropiarse de sus recursos, especialmente los agrícolas de Ucrania y los petrolíferos del Cáucaso. La invasión respondía también al proyecto racial y colonial del nazismo en Europa oriental.

 

    La entrada soviética en la guerra como país invadido contribuye a explicar el cambio de orientación de numerosos partidos comunistas, que pasaron a defender activamente la derrota militar de Alemania. La resistencia soviética resultó decisiva para la derrota germana. La batalla de Stalingrado y el posterior avance del Ejército Rojo modificaron drasticamente el curso de la guerra. Cuando Alemania fue derrotada en 1945, la URSS ya había adquirido una capacidad militar y política extraordinaria. Aquel desenlace transformó profundamente todo el escenario mundial.

 

1945-1991: EL GRAN PARÉNTESIS EN EL DESARROLLO DEL IMPERIALISMO

    Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo quedó organizado alrededor de dos grandes bloques. Estados Unidos encabezaba el principal bloque capitalista. La Unión Soviética dirigía otro conjunto de Estados que habían establecido sistemas económicos basados en la propiedad estatal y la planificación. Sus objetivos no estaban centrados en la conquista de mercados, sino en el fortalecimiento interno de sus respectivas economías.

 

    La confrontación con el bloque adverso tenía una naturaleza diferente a la de las rivalidades existentes antes de 1914. Ahora se enfrentaban también dos modelos de organización económica y social.

 

   Esta circunstancia condicionó profundamente las relaciones entre las potencias capitalistas occidentales. Estados Unidos, Alemania occidental, Francia, Reino Unido y Japón continuaron compitiendo económicamente. Pero sus rivalidades quedaron circunscritas a un segundo plano  dada la necesidad de mantener una alianza política y militar frente al bloque socialista.

 

    La creación de la OTAN en 1949 expresó esa reorganización estratégica.  Podemos hablar, por tanto, de un gran paréntesis histórico en el desarrollo ordinario de las contradicciones interimperialistas. Naturalmente, ello no significó que esas contradicciones desaparecieran. Hubo competencia comercial, conflictos económicos y guerras en numerosas regiones del planeta. Pero la existencia de la URSS introducía una condición excepcional que influía sobre las decisiones de los gobiernos occidentales.

 

    La Guerra Fría convirtió la confrontación entre sistemas en uno de los principales factores organizadores de las relaciones internacionales durante casi medio siglo.

 

    Ese paréntesis también tuvo consecuencias sociales. La fuerza de las organizaciones obreras, el crecimiento económico de posguerra y la existencia de una alternativa socialista favorecieron el desarrollo del llamado "Estado del Bienestar". Las clases dominantes occidentales tenían motivos más que abundantes para aceptar determinadas concesiones sociales que contribuyeran a contener los avances revolucionarios. La Sanidad pública, las pensiones, la educación gratuita y otras conquistas sociales respondieron igualmente a décadas de luchas obreras y a unas condiciones económicas favorables. Pero aquel paréntesis no fue eterno.

 

1991: DESAPARECE LA URSS Y SE MODIFICAN LAS REGLAS DEL JUEGO

    La abrupta disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991 eliminó el principal contrapeso sistémico al capitalismo occidental. Estados Unidos apareció como la gran potencia dominante del mundo. Durante los años siguientes, Washington disfrutó de una superioridad militar, financiera y diplomática extraordinaria.

 

   Sin embargo, la desaparición de la Unión Soviética no hizo que las rivalidades interimperialistas reaparecieran inmediatamente con la intensidad que hoy se plantean.  Los procesos históricos no funcionan mediante interrupciones y recomienzos instantáneos. Lo que se produjo fue una transformación progresiva. La expansión internacional de los capitales, las deslocalizaciones industriales y el desarrollo desigual de las economías fueron modificando la distribución del poder mundial. Europa perdió parte de su peso económico relativo, mientras China se convertía en una potencia industrial cada vez más importante.

 

   En el transcurso de esa transición apareció una nueva contradicción: el propio capitalismo occidental  contribuyó decisivamente al desarrollo de su futuro competidor.

 

DE LA GLOBALIZACIÓN A CHINA: EL NACIMIENTO DE UNA NUEVA RIVALIDAD

    Las reformas económicas chinas ya habían comenzado en 1978, antes de la desaparición de la Unión Soviética. Posteriormente, las grandes empresas occidentales trasladaron una parte creciente de su producción hacia China, atraídas por las posibilidades de inversión y sobre todo por los menores costes laborales.

 

   Las autoridades chinas aprovecharon ese proceso para construir infraestructuras, adquirir tecnología y desarrollar una enorme capacidad industrial. El ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio, el 11 de diciembre de 2001, aceleró su integración en la economía capitalista internacional.

 

   Durante años, esa integración benefició sustancialmente a las grandes compañías occidentales. Pero también favoreció la aparición de empresas chinas capaces de competir internacionalmente en sectores cada vez más avanzados.

 

    La disputa dejó de limitarse a la producción de mercancías baratas. China comenzó a desafiar posiciones estadounidenses y europeas en tecnología, maquinaria, infraestructuras y sectores estratégicos. El crecimiento desigual en el marco del sistema capitalista había producido una nueva redistribución internacional del poder económico. Era precisamente ese el tipo de proceso que Lenin había identificado como una fuente permanente de contradicciones entre las potencias.

 

EL "GRAN REAJUSTE": LA CONFRONTACIÓN INTERIMPERIALISTA BAJO NUEVAS CONDICIONES

  La rivalidad actual entre Estados Unidos y China expresa una nueva etapa de esa competencia. Washington intenta preservar su predominio mediante aranceles, restricciones tecnológicas, alianzas militares y políticas industriales. Pekín busca consolidar su desarrollo, ampliar sus mercados y reducir sus dependencias estratégicas.

 

   La disputa alcanza a los semiconductores, a las materias primas, a las cadenas de suministro, a las rutas comerciales y a las instituciones financieras. También han aparecido agrupaciones como los BRICS, cuyos integrantes pretenden ampliar su influencia y modificar determinados aspectos del orden internacional dominado por Occidente.

 

  Pero la competencia actual presenta diferencias fundamentales respecto de la antigua Guerra Fría. China conserva una estructura política dirigida por un partido comunista y un importante sector económico estatal. Sin embargo, su integración en los mercados mundiales, la expansión de empresas privadas, el trabajo asalariado y la acumulación de capital permiten caracterizar gran parte de su funcionamiento económico mediante categorías netamente capitalistas, aunque su naturaleza siga siendo objeto de controversia entre los propios marxistas.

 

   Desde esa interpretación, la actual disputa por la hegemonía constituye una confrontación principalmente intercapitalista, desarrollada bajo condiciones muy diferentes de las existentes hace un siglo. No es que estemos regresando literalmente a 1914. La economía mundial está mucho más integrada, las tecnologías son distintas y las armas nucleares modifican hasta cierto punto las posibilidades de enfrentamiento militar.

 

   Pero la contradicción fundamental continúa presente: unas potencias intentan conservar las posiciones que dominan mientras otras, fortalecidas por su desarrollo económico, reclaman una redistribución del poder mundial.

 

   La singularidad histórica actual consiste en que esta nueva rivalidad se desarrolla después de la desaparición de la alternativa sistémica que condicionó al capitalismo durante buena parte del siglo XX.  Durante aquel paréntesis, las potencias occidentales tuvieron que convivir con un bloque socialista que limitaba determinadas posibilidades de actuación y ejercía una considerable presión política y social.

 

   Hoy la disputa se produce fundamentalmente entre Estados y grandes grupos económicos que participan de una economía mundial articulada alrededor de la acumulación de capital. Ese es parte del trasfondo del Gran Reajuste: la reorganización de las potencias, sus economías y sus alianzas ante una nueva distribución internacional de fuerzas.

 

   La historia del imperialismo permite entender así una continuidad que atraviesa más de cien años, pero también sus grandes rupturas. Las rivalidades capitalistas desembocaron en las guerras mundiales; la existencia soviética alteró profundamente su desarrollo; su desaparición permitió que la competencia entre potencias adquiriera progresivamente una nueva centralidad.

 

     La cuestión que define nuestro tiempo es hasta qué límites puede llegar esa confrontación y qué consecuencias tendrá para los pueblos y los trabajadores, cuyos intereses no tienen por qué coincidir con los de las potencias que compiten por la hegemonía mundial.

 

 

 
 
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