EL LIBRO QUE EXPLICÓ LA TRISTEZA HISTÓRICA DE CANARIAS… AUNQUE NO SUS CAUSAS PROFUNDAS
Entre la melancolía atlántica y la precariedad: releer en el siglo XXI a Manuel Alemán, después del turismo masivo.
Mucho antes de que se produjera la avalancha del turismo masivo en el Archipiélago, Manuel Alemán, autor del libro "Psicología del hombre canario", trató de explicar cómo siglos de dependencia, emigración y subordinación histórica habían moldeado también la conciencia colectiva canaria. Cuatro décadas después, el libro de su autoría sigue conservando una molesta actualidad en una Canarias marcada por la precariedad y la dependencia exterior. Pero allí donde el autor quiso explicar psicológicamente la fragilidad histórica de las Islas y de sus hombres y mujeres, aparecen también los límites de una obra que apenas llegó a analizar las estructuras económicas que la provocaban.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
Hay libros que envejecen rápidamente porque fueron escritos para intervenir en una discusión concreta y desaparecen junto con ella. Otros, en cambio, sobreviven no tanto porque hayan acertado plenamente en sus conclusiones, sino porque lograron detectar una tensión histórica profunda que continúa actuando décadas después.
"Psicología del hombre canario", de Manuel Alemán, pertenece claramente a esta segunda categoría. Leído hoy, más de cuarenta años después de su publicación, el libro produce una impresión ambigua y extraordinariamente fértil al mismo tiempo: por momentos parece excesivo, discutible incluso en algunos de sus presupuestos teóricos; en otros momentos, sin embargo, posee una capacidad casi profética para describir ciertas contradicciones fundamentales de la sociedad canaria contemporánea.
Alemán escribió su obra en una época decisiva. La dictadura franquista había terminado hacía poco, la autonomía canaria comenzaba a consolidarse y el turismo aceleraba ya una transformación económica profunda que terminaría reorganizando completamente el Archipiélago. Canarias dejaba atrás lentamente una sociedad todavía marcada por la emigración masiva, la pobreza rural y la dependencia comercial tradicional, para entrar en otra fase histórica definida por el capitalismo turístico internacional. Ese tránsito resulta importante porque el libro nació exactamente en medio de esa mutación. No es un texto escrito desde la estabilidad, sino desde la sensación de que una sociedad entera está cambiando de piel.
Tal vez por eso Alemán no quiso limitarse a hacer sociología, ni economía, ni historia cultural en sentido estricto. Su ambición parecia ser mucho mayor. Intentó construir una interpretación total de Canarias. Quiso explicar cómo la geografía, la emigración, la insularidad, el paisaje, la dependencia económica y la memoria histórica podían terminar sedimentándose en la vida emocional colectiva hasta producir algo parecido a una psicología social específica. En otras palabras: no se preguntaba únicamente cómo vivían los canarios, sino también cómo la historia había terminado modelando una determinada manera de sentir el mundo.
Vista desde desde la perspectiva de hoy, la hipótesis tiene algo profundamente atractivo y algo profundamente problemático al mismo tiempo. Lo atractivo reside en su capacidad para percibir que las sociedades no son solamente estructuras económicas o instituciones políticas. También son experiencias emocionales acumuladas durante generaciones. La dependencia histórica no deja únicamente estadísticas de pobreza o subdesarrollo; deja además inseguridad, fragilidad, sensación de distancia respecto al poder y formas concretas de imaginar el futuro. En eso, Alemán entendió algo importante antes que muchos otros: la historia penetra en la subjetividad.
Pero precisamente ahí aparece también el principal límite del libro. Porque con frecuencia esa dimensión emocional termina ocupando el centro explicativo del análisis. Allí donde sería necesario estudiar las relaciones de producción, las estructuras de propiedad, la subordinación económica o el funcionamiento del capitalismo periférico, el ensayo desplaza la atención hacia categorías psicológicas relativamente abstractas: melancolía, introversión, resignación, sentimentalidad contenida. El riesgo de este movimiento es evidente. La historia comienza entonces a convertirse en carácter. Y lo que en realidad son consecuencias históricas de determinadas condiciones materiales aparece descrito como si formara parte de una personalidad colectiva relativamente estable.
Sin embargo, sería demasiado fácil descartar el libro únicamente por esa insuficiencia teórica. Hacerlo impediría comprender lo verdaderamente interesante de la obra: su intento de pensar Canarias no como simple territorio turístico, sino como experiencia histórica de periferia.
LA HISTORIA CONVERTIDA EN CARÁCTER
Esa palabra —periferia— resulta esencial para releer hoy a Manuel Alemán. Porque buena parte de las intuiciones más poderosas del libro nacen precisamente de ahí. Canarias aparece constantemente descrita como una sociedad obligada a vivir pendiente del exterior. El mar, en esta interpretación, no funciona solo como paisaje, sino como estructura histórica. Es apertura y dependencia al mismo tiempo. Conecta el Archipiélago con el mundo, pero también le recuerda permanentemente su vulnerabilidad. Todo llega desde fuera y casi todo depende de fuera: los mercados, las inversiones, los alimentos, los visitantes, las decisiones económicas fundamentales.
En este punto, la lectura contemporánea del libro adquiere una fuerza inesperada. Basta observar hoy cualquier aeropuerto canario para comprender hasta qué punto la vida económica del archipiélago gira alrededor de flujos exteriores permanentes. Canarias es una sociedad atravesada por movimientos constantes: turistas que llegan, trabajadores temporales que encadenan contratos precarios, jóvenes que emigran buscando oportunidades, mercancías que aterrizan diariamente para abastecer el consumo local. El paisaje humano del archipiélago está organizado alrededor de esa circulación ininterrumpida.
Alemán percibió muy pronto que esa dependencia exterior no era solo económica. Era también psicológica. Una sociedad acostumbrada históricamente a depender de decisiones tomadas lejos de ella termina desarrollando inevitablemente una conciencia de fragilidad. El futuro nunca parece completamente propio. Siempre depende de algo exterior: el precio internacional de un producto agrícola, la llegada de turistas europeos, las conexiones marítimas, los vuelos, las inversiones extranjeras. En ese sentido, el libro sigue conservando una enorme potencia interpretativa.
Pero la pregunta verdaderamente importante comienza justamente ahí: ¿cómo explicar esa dependencia? ¿Desde la psicología colectiva o desde la economía política?
La respuesta marxista a la interrogante resulta aquí fundamental. Porque el problema histórico de Canarias nunca ha sido simplemente cultural o emocional. Ha sido estructuralmente económico. Desde la conquista castellana, el Archipiélago fue integrado en circuitos de acumulación orientados hacia el exterior. Azúcar, vino, cochinilla, plátano, tomate y turismo forman parte de una misma lógica histórica: producir para mercados externos bajo relaciones de subordinación económica. La dependencia no constituye un estado de ánimo. Constituye una forma concreta de inserción dentro del capitalismo internacional.
Y sin embargo, el gran interés de Manuel Alemán consiste precisamente en haber comprendido que esas estructuras económicas terminan penetrando profundamente en la vida cotidiana y en la imaginación social. La precariedad no produce únicamente pobreza material. Produce también ansiedad, prudencia, inseguridad y dificultad para imaginar proyectos colectivos duraderos. La emigración no deja solamente estadísticas demográficas. Deja nostalgia, sensación de provisionalidad y vínculos emocionales fragmentados.
Probablemente ninguna experiencia resume mejor esta dimensión histórica que la emigración. Durante generaciones enteras, miles de canarios abandonaron las islas rumbo a Cuba, Venezuela o distintos países latinoamericanos. La emigración no fue un episodio marginal. Fue una estructura profunda de la experiencia social canaria. Y el libro que comentamos acierta plenamente cuando interpreta esa realidad no solo como fenómeno económico, sino también como una experiencia emocional colectiva.
La despedida constante termina organizando la memoria de una sociedad. Las familias separadas, la espera, la incertidumbre y la sensación de que el futuro siempre se encuentra en otra parte atraviesan silenciosamente la cultura popular canaria durante décadas. En este aspecto, Alemán alcanza algunos de sus momentos más lúcidos. Comprende que las sociedades recuerdan también mediante emociones heredadas.
Pero incluso aquí reaparece el problema central del libro. Porque la emigración termina presentada muchas veces como consecuencia de una especie de destino histórico insular, cuando en realidad responde a condiciones materiales muy concretas: pobreza, desigualdad y falta de oportunidades económicas para amplios sectores sociales. No emigraban “los canarios” en abstracto. Emigraban sobre todo los trabajadores y campesinos empobrecidos. La emigración tenía clase social. Y esa dimensión aparece relativamente diluida en la obra de Manuel Aleman.
TURISMO Y SUBORDINACIÓN
Este desplazamiento desde la economía hacia la psicología se vuelve todavía más evidente cuando el libro intenta explicar determinados comportamientos colectivos asociados a la resignación, la introversión o la melancolía histórica. Son probablemente las páginas más conocidas y también las más polémicas del ensayo. Alemán describe una sociedad marcada por el silencio emocional, por cierta tendencia al repliegue interior y por una sentimentalidad contenida asociada a la insularidad y a la dependencia histórica.
Muchas de estas observaciones poseen una evidente fuerza literaria. La idea de una melancolía atlántica vinculada a la distancia, a la emigración y a la fragilidad económica resulta enormemente sugestiva. El problema aparece cuando esas conductas comienzan a presentarse como rasgos culturales relativamente permanentes. Porque entonces la historia corre el riesgo de naturalizarse.
Desde una perspectiva marxista, ninguna subjetividad colectiva puede separarse de las condiciones materiales que la producen. Las sociedades no poseen caracteres eternos. Cambian históricamente porque cambian sus relaciones económicas, sus estructuras de poder y sus formas de vida. La resignación no brota espontáneamente del paisaje. También puede ser resultado de relaciones laborales precarias, de dependencia económica estructural o de largas experiencias históricas de subordinación.
En realidad, quizá el aspecto más discutible del libro sea precisamente su tendencia a convertir determinadas consecuencias sociales en rasgos psicológicos permanentes. Allí donde sería necesario hablar de explotación, desigualdad o precariedad, aparece con frecuencia un vocabulario existencial y cultural. Y sin embargo, incluso esa insuficiencia resulta reveladora. Porque expresa una dificultad intelectual muy característica de muchas sociedades periféricas: la dificultad para interpretar sus propios problemas exclusivamente desde categorías económicas.
Alemán escribía en un momento en que buena parte del pensamiento crítico latinoamericano y europeo intentaba combinar marxismo, psicoanálisis, antropología cultural y reflexión existencial. Su obra pertenece claramente a ese clima intelectual. El problema es que esa mezcla termina desplazando parcialmente el conflicto material hacia la psicología colectiva.
Aun así, el libro conserva una intuición extraordinariamente actual: debajo de la imagen turística de Canarias existe una experiencia social mucho más contradictoria.
Hoy esa contradicción resulta incluso más visible que en los años ochenta. Canarias ha terminado convirtiéndose en una de las grandes periferias turísticas de Europa. Millones de visitantes consumen cada año la imagen de un paraíso atlántico asociado al descanso, al ocio y a la felicidad climática. Pero al mismo tiempo, buena parte de la población vive bajo condiciones de precariedad, salarios bajos, dificultades de acceso a la vivienda y enorme dependencia económica del exterior.
La postal y la realidad social avanzan en direcciones opuestas. Y ahí es donde la lectura de Manuel Alemán vuelve a adquirir fuerza. Porque comprendió antes que muchos otros que la dependencia económica termina organizando también la subjetividad colectiva. Lo que quizá no llegó a analizar con suficiente profundidad fue el mecanismo económico concreto que producía esa dependencia.
El turismo no es simplemente una actividad cultural o una forma de relación con el exterior. Es un modelo de acumulación capitalista basado en la mercantilización intensiva del territorio, la subordinación al mercado internacional y la explotación de trabajo relativamente barato. El paisaje se convierte en mercancía. La cultura se convierte en espectáculo. La ciudad se reorganiza alrededor del visitante. La vivienda deja de funcionar prioritariamente como derecho social y pasa a integrarse en circuitos de rentabilidad turística.
Todo eso transforma profundamente no solo la economía, sino también la experiencia cotidiana de vivir en Canarias. Y precisamente ahí la reflexión marxista resulta hoy indispensable para completar las intuiciones de Alemán. El problema central del archipiélago ya no puede formularse únicamente en términos identitarios o psicológicos. Debe formularse también en términos de propiedad, acumulación y dependencia .
¿Quién posee el suelo? ¿Quién obtiene los beneficios principales del turismo? ¿Quién soporta el coste social y ecológico del modelo económico? ¿Puede existir verdadera autonomía política y cultural bajo condiciones permanentes de subordinación turística?
Estas interrogantes apenas aparecían desarrolladas sistemáticamente en Psicología del hombre canario, pero constituyen hoy el núcleo de cualquier análisis materialista serio sobre Canarias.
LA PERIFERIA COMO EXPERIENCIA HISTÓRICA
Y sin embargo, pese a todas sus insuficiencias, el libro sigue teniendo la capacidad de incordiar. Tal vez porque obliga a mirar allí donde la retórica oficial del paraíso turístico intenta no mirar nunca. Debajo de las playas, de los hoteles y de la publicidad internacional sigue existiendo una sociedad atravesada por viejas tensiones históricas: dependencia, fragilidad económica, dificultad para construir proyectos colectivos estables y sensación persistente de periferia.
Por eso releer hoy a Manuel Alemán exige una operación crítica compleja. Ni aceptación acrítica ni desprecio simplista. El libro debe ser leído como una obra culturalmente poderosa y teóricamente insuficiente; una obra que detectó síntomas reales de la experiencia periférica canaria, pero que muchas veces interpretó esos síntomas desde categorías psicológicas allí donde era necesario analizar relaciones históricas y económicas concretas.
Quizá, después de todo, el mayor mérito de Psicología del hombre canario consista precisamente en haber comprendido algo que todavía sigue siendo profundamente actual: que ninguna estructura de dependencia económica permanece únicamente en el terreno de la economía. Las sociedades terminan interiorizando históricamente sus propias condiciones materiales de existencia. La precariedad modifica la manera de imaginar el futuro. La subordinación económica altera la percepción colectiva de las posibilidades históricas. La emigración transforma la memoria emocional de generaciones enteras.
Pero precisamente por eso la crítica marxista resulta necesaria. Porque obliga a devolver todas esas experiencias subjetivas a sus condiciones materiales concretas. No existe una psicología eterna de los pueblos. Existen historias sociales determinadas. Existen relaciones de producción. Existen formas específicas de inserción en el capitalismo global. Y existen también mecanismos ideológicos capaces de convertir consecuencias históricas en aparentes rasgos naturales.
Más de cuarenta años después, Canarias sigue viviendo muchas de las tensiones que Manuel Alemán intentó describir. La dependencia exterior continúa estructurando buena parte de la economía. La precariedad laboral sigue siendo masiva. El turismo domina el horizonte productivo. La vivienda se convierte progresivamente en un privilegio inaccesible para amplios sectores jóvenes. Y la imagen internacional del Archipiélago sigue construyéndose alrededor de la falsa idea de un paraíso.
Tal vez por eso el libro no termina de desaparecer. Porque sigue formulando, aunque desde nuestro punto de vista lo haga de manera imperfecta, una pregunta decisiva: qué le ocurre a una sociedad cuando vive demasiado tiempo en la periferia.
Y esa pregunta, hoy, continúa estando completamente abierta.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
Hay libros que envejecen rápidamente porque fueron escritos para intervenir en una discusión concreta y desaparecen junto con ella. Otros, en cambio, sobreviven no tanto porque hayan acertado plenamente en sus conclusiones, sino porque lograron detectar una tensión histórica profunda que continúa actuando décadas después.
"Psicología del hombre canario", de Manuel Alemán, pertenece claramente a esta segunda categoría. Leído hoy, más de cuarenta años después de su publicación, el libro produce una impresión ambigua y extraordinariamente fértil al mismo tiempo: por momentos parece excesivo, discutible incluso en algunos de sus presupuestos teóricos; en otros momentos, sin embargo, posee una capacidad casi profética para describir ciertas contradicciones fundamentales de la sociedad canaria contemporánea.
Alemán escribió su obra en una época decisiva. La dictadura franquista había terminado hacía poco, la autonomía canaria comenzaba a consolidarse y el turismo aceleraba ya una transformación económica profunda que terminaría reorganizando completamente el Archipiélago. Canarias dejaba atrás lentamente una sociedad todavía marcada por la emigración masiva, la pobreza rural y la dependencia comercial tradicional, para entrar en otra fase histórica definida por el capitalismo turístico internacional. Ese tránsito resulta importante porque el libro nació exactamente en medio de esa mutación. No es un texto escrito desde la estabilidad, sino desde la sensación de que una sociedad entera está cambiando de piel.
Tal vez por eso Alemán no quiso limitarse a hacer sociología, ni economía, ni historia cultural en sentido estricto. Su ambición parecia ser mucho mayor. Intentó construir una interpretación total de Canarias. Quiso explicar cómo la geografía, la emigración, la insularidad, el paisaje, la dependencia económica y la memoria histórica podían terminar sedimentándose en la vida emocional colectiva hasta producir algo parecido a una psicología social específica. En otras palabras: no se preguntaba únicamente cómo vivían los canarios, sino también cómo la historia había terminado modelando una determinada manera de sentir el mundo.
Vista desde desde la perspectiva de hoy, la hipótesis tiene algo profundamente atractivo y algo profundamente problemático al mismo tiempo. Lo atractivo reside en su capacidad para percibir que las sociedades no son solamente estructuras económicas o instituciones políticas. También son experiencias emocionales acumuladas durante generaciones. La dependencia histórica no deja únicamente estadísticas de pobreza o subdesarrollo; deja además inseguridad, fragilidad, sensación de distancia respecto al poder y formas concretas de imaginar el futuro. En eso, Alemán entendió algo importante antes que muchos otros: la historia penetra en la subjetividad.
Pero precisamente ahí aparece también el principal límite del libro. Porque con frecuencia esa dimensión emocional termina ocupando el centro explicativo del análisis. Allí donde sería necesario estudiar las relaciones de producción, las estructuras de propiedad, la subordinación económica o el funcionamiento del capitalismo periférico, el ensayo desplaza la atención hacia categorías psicológicas relativamente abstractas: melancolía, introversión, resignación, sentimentalidad contenida. El riesgo de este movimiento es evidente. La historia comienza entonces a convertirse en carácter. Y lo que en realidad son consecuencias históricas de determinadas condiciones materiales aparece descrito como si formara parte de una personalidad colectiva relativamente estable.
Sin embargo, sería demasiado fácil descartar el libro únicamente por esa insuficiencia teórica. Hacerlo impediría comprender lo verdaderamente interesante de la obra: su intento de pensar Canarias no como simple territorio turístico, sino como experiencia histórica de periferia.
LA HISTORIA CONVERTIDA EN CARÁCTER
Esa palabra —periferia— resulta esencial para releer hoy a Manuel Alemán. Porque buena parte de las intuiciones más poderosas del libro nacen precisamente de ahí. Canarias aparece constantemente descrita como una sociedad obligada a vivir pendiente del exterior. El mar, en esta interpretación, no funciona solo como paisaje, sino como estructura histórica. Es apertura y dependencia al mismo tiempo. Conecta el Archipiélago con el mundo, pero también le recuerda permanentemente su vulnerabilidad. Todo llega desde fuera y casi todo depende de fuera: los mercados, las inversiones, los alimentos, los visitantes, las decisiones económicas fundamentales.
En este punto, la lectura contemporánea del libro adquiere una fuerza inesperada. Basta observar hoy cualquier aeropuerto canario para comprender hasta qué punto la vida económica del archipiélago gira alrededor de flujos exteriores permanentes. Canarias es una sociedad atravesada por movimientos constantes: turistas que llegan, trabajadores temporales que encadenan contratos precarios, jóvenes que emigran buscando oportunidades, mercancías que aterrizan diariamente para abastecer el consumo local. El paisaje humano del archipiélago está organizado alrededor de esa circulación ininterrumpida.
Alemán percibió muy pronto que esa dependencia exterior no era solo económica. Era también psicológica. Una sociedad acostumbrada históricamente a depender de decisiones tomadas lejos de ella termina desarrollando inevitablemente una conciencia de fragilidad. El futuro nunca parece completamente propio. Siempre depende de algo exterior: el precio internacional de un producto agrícola, la llegada de turistas europeos, las conexiones marítimas, los vuelos, las inversiones extranjeras. En ese sentido, el libro sigue conservando una enorme potencia interpretativa.
Pero la pregunta verdaderamente importante comienza justamente ahí: ¿cómo explicar esa dependencia? ¿Desde la psicología colectiva o desde la economía política?
La respuesta marxista a la interrogante resulta aquí fundamental. Porque el problema histórico de Canarias nunca ha sido simplemente cultural o emocional. Ha sido estructuralmente económico. Desde la conquista castellana, el Archipiélago fue integrado en circuitos de acumulación orientados hacia el exterior. Azúcar, vino, cochinilla, plátano, tomate y turismo forman parte de una misma lógica histórica: producir para mercados externos bajo relaciones de subordinación económica. La dependencia no constituye un estado de ánimo. Constituye una forma concreta de inserción dentro del capitalismo internacional.
Y sin embargo, el gran interés de Manuel Alemán consiste precisamente en haber comprendido que esas estructuras económicas terminan penetrando profundamente en la vida cotidiana y en la imaginación social. La precariedad no produce únicamente pobreza material. Produce también ansiedad, prudencia, inseguridad y dificultad para imaginar proyectos colectivos duraderos. La emigración no deja solamente estadísticas demográficas. Deja nostalgia, sensación de provisionalidad y vínculos emocionales fragmentados.
Probablemente ninguna experiencia resume mejor esta dimensión histórica que la emigración. Durante generaciones enteras, miles de canarios abandonaron las islas rumbo a Cuba, Venezuela o distintos países latinoamericanos. La emigración no fue un episodio marginal. Fue una estructura profunda de la experiencia social canaria. Y el libro que comentamos acierta plenamente cuando interpreta esa realidad no solo como fenómeno económico, sino también como una experiencia emocional colectiva.
La despedida constante termina organizando la memoria de una sociedad. Las familias separadas, la espera, la incertidumbre y la sensación de que el futuro siempre se encuentra en otra parte atraviesan silenciosamente la cultura popular canaria durante décadas. En este aspecto, Alemán alcanza algunos de sus momentos más lúcidos. Comprende que las sociedades recuerdan también mediante emociones heredadas.
Pero incluso aquí reaparece el problema central del libro. Porque la emigración termina presentada muchas veces como consecuencia de una especie de destino histórico insular, cuando en realidad responde a condiciones materiales muy concretas: pobreza, desigualdad y falta de oportunidades económicas para amplios sectores sociales. No emigraban “los canarios” en abstracto. Emigraban sobre todo los trabajadores y campesinos empobrecidos. La emigración tenía clase social. Y esa dimensión aparece relativamente diluida en la obra de Manuel Aleman.
TURISMO Y SUBORDINACIÓN
Este desplazamiento desde la economía hacia la psicología se vuelve todavía más evidente cuando el libro intenta explicar determinados comportamientos colectivos asociados a la resignación, la introversión o la melancolía histórica. Son probablemente las páginas más conocidas y también las más polémicas del ensayo. Alemán describe una sociedad marcada por el silencio emocional, por cierta tendencia al repliegue interior y por una sentimentalidad contenida asociada a la insularidad y a la dependencia histórica.
Muchas de estas observaciones poseen una evidente fuerza literaria. La idea de una melancolía atlántica vinculada a la distancia, a la emigración y a la fragilidad económica resulta enormemente sugestiva. El problema aparece cuando esas conductas comienzan a presentarse como rasgos culturales relativamente permanentes. Porque entonces la historia corre el riesgo de naturalizarse.
Desde una perspectiva marxista, ninguna subjetividad colectiva puede separarse de las condiciones materiales que la producen. Las sociedades no poseen caracteres eternos. Cambian históricamente porque cambian sus relaciones económicas, sus estructuras de poder y sus formas de vida. La resignación no brota espontáneamente del paisaje. También puede ser resultado de relaciones laborales precarias, de dependencia económica estructural o de largas experiencias históricas de subordinación.
En realidad, quizá el aspecto más discutible del libro sea precisamente su tendencia a convertir determinadas consecuencias sociales en rasgos psicológicos permanentes. Allí donde sería necesario hablar de explotación, desigualdad o precariedad, aparece con frecuencia un vocabulario existencial y cultural. Y sin embargo, incluso esa insuficiencia resulta reveladora. Porque expresa una dificultad intelectual muy característica de muchas sociedades periféricas: la dificultad para interpretar sus propios problemas exclusivamente desde categorías económicas.
Alemán escribía en un momento en que buena parte del pensamiento crítico latinoamericano y europeo intentaba combinar marxismo, psicoanálisis, antropología cultural y reflexión existencial. Su obra pertenece claramente a ese clima intelectual. El problema es que esa mezcla termina desplazando parcialmente el conflicto material hacia la psicología colectiva.
Aun así, el libro conserva una intuición extraordinariamente actual: debajo de la imagen turística de Canarias existe una experiencia social mucho más contradictoria.
Hoy esa contradicción resulta incluso más visible que en los años ochenta. Canarias ha terminado convirtiéndose en una de las grandes periferias turísticas de Europa. Millones de visitantes consumen cada año la imagen de un paraíso atlántico asociado al descanso, al ocio y a la felicidad climática. Pero al mismo tiempo, buena parte de la población vive bajo condiciones de precariedad, salarios bajos, dificultades de acceso a la vivienda y enorme dependencia económica del exterior.
La postal y la realidad social avanzan en direcciones opuestas. Y ahí es donde la lectura de Manuel Alemán vuelve a adquirir fuerza. Porque comprendió antes que muchos otros que la dependencia económica termina organizando también la subjetividad colectiva. Lo que quizá no llegó a analizar con suficiente profundidad fue el mecanismo económico concreto que producía esa dependencia.
El turismo no es simplemente una actividad cultural o una forma de relación con el exterior. Es un modelo de acumulación capitalista basado en la mercantilización intensiva del territorio, la subordinación al mercado internacional y la explotación de trabajo relativamente barato. El paisaje se convierte en mercancía. La cultura se convierte en espectáculo. La ciudad se reorganiza alrededor del visitante. La vivienda deja de funcionar prioritariamente como derecho social y pasa a integrarse en circuitos de rentabilidad turística.
Todo eso transforma profundamente no solo la economía, sino también la experiencia cotidiana de vivir en Canarias. Y precisamente ahí la reflexión marxista resulta hoy indispensable para completar las intuiciones de Alemán. El problema central del archipiélago ya no puede formularse únicamente en términos identitarios o psicológicos. Debe formularse también en términos de propiedad, acumulación y dependencia .
¿Quién posee el suelo? ¿Quién obtiene los beneficios principales del turismo? ¿Quién soporta el coste social y ecológico del modelo económico? ¿Puede existir verdadera autonomía política y cultural bajo condiciones permanentes de subordinación turística?
Estas interrogantes apenas aparecían desarrolladas sistemáticamente en Psicología del hombre canario, pero constituyen hoy el núcleo de cualquier análisis materialista serio sobre Canarias.
LA PERIFERIA COMO EXPERIENCIA HISTÓRICA
Y sin embargo, pese a todas sus insuficiencias, el libro sigue teniendo la capacidad de incordiar. Tal vez porque obliga a mirar allí donde la retórica oficial del paraíso turístico intenta no mirar nunca. Debajo de las playas, de los hoteles y de la publicidad internacional sigue existiendo una sociedad atravesada por viejas tensiones históricas: dependencia, fragilidad económica, dificultad para construir proyectos colectivos estables y sensación persistente de periferia.
Por eso releer hoy a Manuel Alemán exige una operación crítica compleja. Ni aceptación acrítica ni desprecio simplista. El libro debe ser leído como una obra culturalmente poderosa y teóricamente insuficiente; una obra que detectó síntomas reales de la experiencia periférica canaria, pero que muchas veces interpretó esos síntomas desde categorías psicológicas allí donde era necesario analizar relaciones históricas y económicas concretas.
Quizá, después de todo, el mayor mérito de Psicología del hombre canario consista precisamente en haber comprendido algo que todavía sigue siendo profundamente actual: que ninguna estructura de dependencia económica permanece únicamente en el terreno de la economía. Las sociedades terminan interiorizando históricamente sus propias condiciones materiales de existencia. La precariedad modifica la manera de imaginar el futuro. La subordinación económica altera la percepción colectiva de las posibilidades históricas. La emigración transforma la memoria emocional de generaciones enteras.
Pero precisamente por eso la crítica marxista resulta necesaria. Porque obliga a devolver todas esas experiencias subjetivas a sus condiciones materiales concretas. No existe una psicología eterna de los pueblos. Existen historias sociales determinadas. Existen relaciones de producción. Existen formas específicas de inserción en el capitalismo global. Y existen también mecanismos ideológicos capaces de convertir consecuencias históricas en aparentes rasgos naturales.
Más de cuarenta años después, Canarias sigue viviendo muchas de las tensiones que Manuel Alemán intentó describir. La dependencia exterior continúa estructurando buena parte de la economía. La precariedad laboral sigue siendo masiva. El turismo domina el horizonte productivo. La vivienda se convierte progresivamente en un privilegio inaccesible para amplios sectores jóvenes. Y la imagen internacional del Archipiélago sigue construyéndose alrededor de la falsa idea de un paraíso.
Tal vez por eso el libro no termina de desaparecer. Porque sigue formulando, aunque desde nuestro punto de vista lo haga de manera imperfecta, una pregunta decisiva: qué le ocurre a una sociedad cuando vive demasiado tiempo en la periferia.
Y esa pregunta, hoy, continúa estando completamente abierta.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia
































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