LOS 10 MITOS DE ISRAEL: DESMONTANDO LA PROPAGANDA SIONISTA CONTRA PALESTINA
Una aproximación a la imprescindible obra del historiador israelí Ilan Pappé
Las imágenes de los crímenes cometidos por el Estado de Israel en Gaza conmueven al mundo, pero rara vez se explica cómo comenzó realmente el conflicto. Basándose en la investigación del historiador israelí Ilan Pappé, este artículo desmonta diez de los principales mitos con los que el sionismo ha justificado la colonización, la expulsión del pueblo palestino y la construcción del Estado de Israel.
Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La cuestión palestina vuelve periódicamente a ocupar las portadas de los grandes medios cada vez que Israel emprende una nueva ofensiva, bombardea Gaza o multiplica las operaciones militares y los ataques contra la población palestina en Cisjordania. Entonces reaparecen las imágenes de edificios destruidos, hospitales desbordados, niños despedazados y familias enterradas bajo los escombros.
La ofensiva iniciada por Israel después del ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023 llevó esta lógica hasta extremos devastadores. A finales de julio de 2026, el Ministerio de Salud de Gaza contabilizaba 73.335 palestinos muertos y 174.025 heridos. La cifra, recogida por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas, no incluye necesariamente todos los cuerpos sepultados ni las muertes indirectas provocadas por la destrucción del sistema sanitario, el hambre, las infecciones y la falta de medicamentos. Un estudio publicado en The Lancet estimó que las muertes traumáticas producidas solamente hasta junio de 2024 eran un 41% superiores al registro oficial disponible entonces.
La magnitud de esta destrucción provoca una lógica condena . También favorece, sin embargo, una interpretación engañosa, en la que cada episodio aparece como una explosión aislada de violencia entre dos pueblos enfrentados desde tiempos inmemoriales. Lo que queda oculto es el proceso colonial que produjo la desposesión palestina y creó las condiciones materiales del conflicto.
Esta ocultación no es casual y, desde luego, no se debe a la falta de historiadores que hayan reconstruido ese proceso, incluidos investigadores israelíes. Uno de los más relevantes es Ilan Pappé, nacido en Haifa en 1954, hijo de judíos alemanes que habían huido del nazismo. Profesor durante más de dos décadas en la Universidad de Haifa, Pappé pertenece al grupo conocido como los "nuevos historiadores" israelíes, que revisaron el relato oficial del nacimiento de Israel después de que se abrieran numerosos archivos estatales. Posteriormente se trasladó al Reino Unido, donde dirigió el Centro Europeo de Estudios Palestinos de la Universidad de Exeter. Entre sus obras destacan Historia de la Palestina moderna, Los palestinos olvidados, La mayor cárcel de la Tierra y, especialmente, La limpieza étnica de Palestina, su investigación sobre las expulsiones de 1948.
En Los diez mitos de Israel, cuya nueva edición incorpora un epílogo sobre la invasión de Gaza de 2023, Pappé desmonta las narraciones utilizadas para legitimar la colonización y la creación de un Estado definido étnicamente.
![[Img #93610]](https://canarias-semanal.org/upload/images/08_2026/6369_4649_pappe.jpg)
PALESTINA NO ERA UNA TIERRA VACÍA... Y LA BIBLIA NO ES UNA ESCRITURA DE PROPIEDAD
El primer mito al que se refiere el historiador israelí sostiene que Palestina era, antes de la llegada de los colonos judíos, una tierra vacía, desértica y prácticamente abandonada. Pappé demuestra que la realidad era muy distinta: a finales del siglo XIX existía una sociedad árabe mayoritariamente musulmana, pero también cristiana y judía, con ciudades como Jerusalén, Jaffa, Haifa, Acre, Nablus y Gaza, una agricultura activa, redes comerciales y vínculos culturales con el Mediterráneo y el resto del mundo árabe.
El segundo mito, directamente relacionado con el anterior, es el que afirma que los judíos constituían "un pueblo sin tierra" que simplemente regresaba a "su patria" después de dos mil años. La frase "una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra" jamás describió una realidad demográfica. Cumplió una función política y propagandística: borrar imaginariamente a la población nativa para presentar su territorio como disponible. Si Palestina estaba vacía, la colonización podía ser descrita como una obra de modernización; si estaba habitada, el proyecto exigía desplazar, reducir o someter a quienes vivían allí.
"Una de las justificaciones más persistentes del sionismo sostiene que Palestina pertenece al llamado "pueblo judío" porque Dios se la prometió a Abraham y a sus descendientes"
Una de las justificaciones más persistentes del sionismo sostiene, en efecto, que Palestina pertenece al llamado "pueblo judío" porque Dios se la prometió a Abraham y a sus descendientes. Pappé desmonta también esta conversión de una tradición religiosa en un derecho político contemporáneo. Una creencia puede tener un valor espiritual para quienes la profesan, pero no puede funcionar como título de propiedad sobre una tierra habitada por otras comunidades, ni justificar su expulsión. La Biblia no es una escritura notarial ni un tratado internacional, sino una recopilación de textos religiosos, políticos y literarios elaborados y reelaborados durante siglos. La propia expresión "pueblo judío" tampoco puede aceptarse como si designara una comunidad racial homogénea e inmutable desde la Antigüedad. Ser judío puede referirse a una religión, una tradición histórico-cultural, una pertenencia comunitaria o una identidad familiar; existen judíos creyentes, agnósticos y ateos, y una persona sin ascendencia judía que culmina una conversión reconocida puede ser considerada plenamente judía. No existe, por el contrario, un "pueblo judío" como sustancia biológica, transmitida mediante la sangre o el ADN, supuestamente idéntica a sí misma durante milenios. Esta concepción esencialista mantiene un punto de contacto evidente con las concepciones racistas del nazismo: ambas convierten la "condición judía" en una pertenencia hereditaria inherente al individuo con independencia de sus creencias.
Pappé recuerda, además, que el llamado "retorno" estuvo impulsado inicialmente por corrientes cristianas europeas. Algunos sectores protestantes interpretaban la concentración de los judíos en Palestina como una condición para el cumplimiento de profecías religiosas. A ese componente milenarista se unieron el antisemitismo y los intereses imperiales británicos. La Declaración Balfour de 1917 prometió favorecer un "hogar nacional para el pueblo judío" en un territorio cuya población era entonces abrumadoramente árabe y sobre la que Londres no tenía ningún derecho moral de disposición.
EL SIONISMO NO ES EL JUDAÍSMO
El tercer mito descrito por Ilan Pappé consiste en identificar interesadamente el judaísmo con el sionismo, como si la creación del Estado de Israel hubiese sido siempre una aspiración compartida por todos los judíos. Pappé muestra que el sionismo político, nacido en la Europa de finales del siglo XIX, fue durante décadas una corriente minoritaria. Fue rechazado por comunidades religiosas ortodoxas, por judíos liberales partidarios de la integración y por numerosos socialistas y comunistas que consideraban que la emancipación dependía de la lucha contra el antisemitismo y el capitalismo, no de la fundación de un Estado étnico.
![[Img #93609]](https://canarias-semanal.org/upload/images/08_2026/4108_8963_judiosortodoxos.jpg)
Esta distinción continúa siendo decisiva. Confundir a las diversas comunidades judías con el Estado de Israel es una operación política que pretende convertir cualquier crítica al sionismo en una supuesta agresión contra los judíos y, al mismo tiempo, atribuye a estos una responsabilidad colectiva sobre las políticas israelíes. Rechazar el antisemitismo es perfectamente compatible con denunciar la ocupación y la supremacía institucionalizada en el Estado de Israel. Por el contrario, identificar judaísmo y sionismo termina sirviendo tanto a los intereses del Estado israelí como a quienes desean presentar a todos los judíos como un bloque político homogéneo con el objeto de estigmatizarlos.
"El sionismo político, nacido en Europa en el siglo XIX, fue durante décadas una corriente minoritaria, rechazada por judíos ortodoxos, judíos liberales y numerosos socialistas y comunistas"
El cuarto mito niega el carácter colonial del sionismo. Pappé expone cómo este movimiento político sí se inscribe en el colonialismo de asentamiento desarrollado por las potencias europeas en América, Australia, África austral y otros territorios. A diferencia del colonialismo orientado principalmente a explotar mano de obra y materias primas, el colonialismo de pobladores pretende sustituir a la población autóctona, apropiarse de su tierra y construir sobre ella una sociedad nueva.
La singularidad de la persecución sufrida por los judíos europeos —culminada en el Holocausto— puede explicar por qué muchos buscaron refugio en el nuevo Estado, pero no justifica que el precio fuese pagado por los palestinos. Las naciones europeas trataron de resolver las consecuencias de su propio antisemitismo trasladando a otro pueblo el coste de la solución. Y lo hicieron precisamente cuando, después de la Segunda Guerra Mundial, numerosos pueblos de Asia y África comenzaban a sacudirse el dominio colonial, aunque muchos acabaran sometidos después a nuevas formas de dependencia neocolonial.
1948: LA EXPULSIÓN CONVERTIDA EN «HUIDA VOLUNTARIA»
El quinto mito de Israel afirma que los palestinos abandonaron voluntariamente sus hogares en 1948, obedeciendo órdenes de los dirigentes árabes. Pappé documenta ampliamente, por el contrario, que la expulsión formaba parte de los debates sionistas anteriores a la fundación de Israel. La aspiración a crear un Estado con mayoría judía en un territorio habitado mayoritariamente por árabes convertía la composición demográfica en un obstáculo que debía ser eliminado.
El Plan Dalet, adoptado por la Haganá -principal milicia sionista - en marzo de 1948, proporcionó el marco para ocupar localidades, expulsar a sus habitantes y destruir poblaciones. Durante la Nakba, alrededor de 750.000 palestinos fueron expulsados o huyeron ante los ataques, las masacres y el avance de las fuerzas sionistas. Centenares de aldeas fueron arrasadas o repobladas, mientras sus habitantes quedaban convertidos en refugiados a pocos kilómetros de sus propiedades. La posterior legislación israelí impidió su regreso y permitió transferir sus tierras al nuevo Estado.
El éxodo palestino de 1948 no fue, por tanto, un efecto accidental de la guerra, sino la consecuencia directa de un mecanismo que hizo posible la implantación de una mayoría judía. Pero la limpieza étnica no terminó cuando cesaron los combates: continuó mediante la expropiación, la demolición, la negación del retorno y la transformación del territorio para borrar la presencia palestina.
"La Ley Básica del Estado-nación de Israel otorga rango constitucional al apartheid contra los palestinos"
SOBRE LA GUERRA DE 1967 Y LA "ÚNICA DEMOCRACIA" DE LA REGIÓN
El sexto mito presenta la guerra de junio de 1967 como una contienda inevitable en la que Israel actuó únicamente para evitar su destrucción. Pappé cuestiona también esa versión y muestra que la conquista de Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza permitió completar una expansión territorial largamente deseada. Desde entonces, Israel ha mantenido el control efectivo sobre la Palestina histórica mediante ocupación militar, asentamientos, carreteras segregadas, confiscaciones y distintos regímenes jurídicos aplicados a poblaciones que viven en un mismo territorio.
De ahí surge el séptimo mito: Israel sería "la única democracia de Oriente Medio". La existencia de elecciones y partidos no elimina el carácter estructuralmente discriminatorio del Estado. Los palestinos con ciudadanía israelí pueden votar, pero no disfrutan de igualdad nacional ni territorial; los habitantes de Jerusalén Este poseen un estatus precario; los palestinos de Cisjordania están sometidos a legislación militar, mientras los colonos israelíes instalados junto a ellos se rigen por la legislación civil; y los refugiados continúan privados del retorno.
La Ley Básica del Estado-nación, aprobada en 2018, establece que el derecho de autodeterminación nacional en Israel corresponde exclusivamente al pueblo judío y considera el desarrollo de los asentamientos judíos un "valor nacional". Esta legislación no crea por sí sola todo el sistema discriminatorio, pero le proporciona rango constitucional. Por ello, la calificación de apartheid para referirse a Israel no es una simple consigna. Organizaciones palestinas, israelíes e internacionales han documentado un régimen de dominación y separación. La Corte Internacional de Justicia concluyó en 2024 que las políticas y prácticas israelíes en los territorios ocupados incumplen el artículo 3 de la Convención contra la Discriminación Racial, que obliga a prevenir, prohibir y erradicar la segregación racial y el apartheid.
EL FRAUDE DE LOS ACUERDOS DE OSLO (1993)
El octavo mito de Israel presenta los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993 y ampliados en 1995, como una oportunidad de paz destruida por "la intransigencia palestina". Para Pappé, Oslo solo sirvió para reorganizar la ocupación sin terminar con ella. La Autoridad Palestina recibió competencias administrativas limitadas sobre zonas fragmentadas, pero Israel conservó el control de las fronteras, los recursos, el espacio aéreo, la seguridad y buena parte del territorio. Durante el denominado proceso de paz continuaron creciendo los asentamientos, haciendo cada vez más inviable un Estado palestino soberano.
El noveno mito reúne las narraciones sobre Gaza: que la retirada de los colonos en 2005 habría terminado con la ocupación, que el bloqueo fue una respuesta inevitable a Hamás y que las sucesivas ofensivas israelíes fueron "operaciones defensivas". La realidad es que la retirada eliminó la presencia permanente de colonos y soldados dentro de la Franja, pero Israel mantuvo el control exterior, el registro de población, el espacio aéreo, las aguas territoriales y la circulación de mercancías y personas. De esta forma, Gaza dejó de ser una prisión administrada desde dentro para convertirse en un territorio cercado y controlado desde fuera.
UN ESTADO PARA TODOS SUS HABITANTES
El décimo mito sostiene que la partición en dos Estados sería la única solución realista para el conflicto. Pappé considera que esa fórmula ha quedado vaciada por la expansión de las colonias y por la fragmentación territorial. El supuesto Estado palestino sería -según explica el historiador - un conjunto de enclaves separados, sin continuidad territorial, sometidos militar y económicamente a Israel: un bantustán con bandera propia.
La alternativa propuesta por Pappé no consiste en expulsar a los judíos israelíes ni en negar que, después de varias generaciones, forman parte del país. Aunque muchos de sus antepasados llegaran desde Europa mediante un proceso colonial, millones de israelíes han nacido allí y no poseen otra patria. Reproducir contra ellos una nueva expulsión no repararía la injusticia padecida por los palestinos.
La solución exigiría descolonizar el Estado, no eliminar a su población. Esto significaría reconocer la Nakba, garantizar el retorno o la reparación de los refugiados, desmontar los privilegios étnicos y construir un único Estado laico y democrático en toda la Palestina histórica. En él podrían convivir, con los mismos derechos individuales y colectivos, judíos, musulmanes, cristianos, personas de otras creencias y quienes no profesen ninguna.
La propuesta parece hoy políticamente lejana, pero la alternativa de los dos Estados lleva décadas encubriendo una realidad de Estado único: un solo poder controla el territorio comprendido entre el Mediterráneo y el Jordán, aunque distribuye derechos diferentes según el origen de sus habitantes. La verdadera elección ya no está entre uno o dos Estados, sino entre perpetuar un solo Estado basado en la supremacía y la opresión o construir uno fundado en la igualdad.
La paz, en cualquier caso, no puede asentarse sobre el olvido de 1948, la renuncia de los refugiados y el racismo constitucionalizado. Ese es el núcleo de la propuesta de Pappé y, probablemente, la única salida para que, algún día, se pueda construir una convivencia verdadera.
Fuentes bibliográficas:
- Ilan Pappé, Los diez mitos de Israel, edición actualizada, Akal, 2024. Ficha editorial
- Universidad de Exeter, perfil académico de Ilan Pappé
- Ediciones Akal, biografía y bibliografía de Ilan Pappé
- Naciones Unidas, Historia de la cuestión de Palestina
- OCHA, Informe humanitario del 31 de julio de 2026
- Ahram Online, balance acumulado de víctimas en Gaza
- The Lancet, estimación mediante captura-recaptura de las muertes traumáticas en Gaza
- Knéset de Israel, Ley Básica: Israel, Estado-nación del pueblo judío
- Corte Internacional de Justicia, resumen de la opinión consultiva del 19 de julio de 2024
- Ilan Pappé, entrevista sobre Palestina y la solución de un solo Estado
Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La cuestión palestina vuelve periódicamente a ocupar las portadas de los grandes medios cada vez que Israel emprende una nueva ofensiva, bombardea Gaza o multiplica las operaciones militares y los ataques contra la población palestina en Cisjordania. Entonces reaparecen las imágenes de edificios destruidos, hospitales desbordados, niños despedazados y familias enterradas bajo los escombros.
La ofensiva iniciada por Israel después del ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023 llevó esta lógica hasta extremos devastadores. A finales de julio de 2026, el Ministerio de Salud de Gaza contabilizaba 73.335 palestinos muertos y 174.025 heridos. La cifra, recogida por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas, no incluye necesariamente todos los cuerpos sepultados ni las muertes indirectas provocadas por la destrucción del sistema sanitario, el hambre, las infecciones y la falta de medicamentos. Un estudio publicado en The Lancet estimó que las muertes traumáticas producidas solamente hasta junio de 2024 eran un 41% superiores al registro oficial disponible entonces.
La magnitud de esta destrucción provoca una lógica condena . También favorece, sin embargo, una interpretación engañosa, en la que cada episodio aparece como una explosión aislada de violencia entre dos pueblos enfrentados desde tiempos inmemoriales. Lo que queda oculto es el proceso colonial que produjo la desposesión palestina y creó las condiciones materiales del conflicto.
Esta ocultación no es casual y, desde luego, no se debe a la falta de historiadores que hayan reconstruido ese proceso, incluidos investigadores israelíes. Uno de los más relevantes es Ilan Pappé, nacido en Haifa en 1954, hijo de judíos alemanes que habían huido del nazismo. Profesor durante más de dos décadas en la Universidad de Haifa, Pappé pertenece al grupo conocido como los "nuevos historiadores" israelíes, que revisaron el relato oficial del nacimiento de Israel después de que se abrieran numerosos archivos estatales. Posteriormente se trasladó al Reino Unido, donde dirigió el Centro Europeo de Estudios Palestinos de la Universidad de Exeter. Entre sus obras destacan Historia de la Palestina moderna, Los palestinos olvidados, La mayor cárcel de la Tierra y, especialmente, La limpieza étnica de Palestina, su investigación sobre las expulsiones de 1948.
En Los diez mitos de Israel, cuya nueva edición incorpora un epílogo sobre la invasión de Gaza de 2023, Pappé desmonta las narraciones utilizadas para legitimar la colonización y la creación de un Estado definido étnicamente.
![[Img #93610]](https://canarias-semanal.org/upload/images/08_2026/6369_4649_pappe.jpg)
PALESTINA NO ERA UNA TIERRA VACÍA... Y LA BIBLIA NO ES UNA ESCRITURA DE PROPIEDAD
El primer mito al que se refiere el historiador israelí sostiene que Palestina era, antes de la llegada de los colonos judíos, una tierra vacía, desértica y prácticamente abandonada. Pappé demuestra que la realidad era muy distinta: a finales del siglo XIX existía una sociedad árabe mayoritariamente musulmana, pero también cristiana y judía, con ciudades como Jerusalén, Jaffa, Haifa, Acre, Nablus y Gaza, una agricultura activa, redes comerciales y vínculos culturales con el Mediterráneo y el resto del mundo árabe.
El segundo mito, directamente relacionado con el anterior, es el que afirma que los judíos constituían "un pueblo sin tierra" que simplemente regresaba a "su patria" después de dos mil años. La frase "una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra" jamás describió una realidad demográfica. Cumplió una función política y propagandística: borrar imaginariamente a la población nativa para presentar su territorio como disponible. Si Palestina estaba vacía, la colonización podía ser descrita como una obra de modernización; si estaba habitada, el proyecto exigía desplazar, reducir o someter a quienes vivían allí.
"Una de las justificaciones más persistentes del sionismo sostiene que Palestina pertenece al llamado "pueblo judío" porque Dios se la prometió a Abraham y a sus descendientes"
Una de las justificaciones más persistentes del sionismo sostiene, en efecto, que Palestina pertenece al llamado "pueblo judío" porque Dios se la prometió a Abraham y a sus descendientes. Pappé desmonta también esta conversión de una tradición religiosa en un derecho político contemporáneo. Una creencia puede tener un valor espiritual para quienes la profesan, pero no puede funcionar como título de propiedad sobre una tierra habitada por otras comunidades, ni justificar su expulsión. La Biblia no es una escritura notarial ni un tratado internacional, sino una recopilación de textos religiosos, políticos y literarios elaborados y reelaborados durante siglos. La propia expresión "pueblo judío" tampoco puede aceptarse como si designara una comunidad racial homogénea e inmutable desde la Antigüedad. Ser judío puede referirse a una religión, una tradición histórico-cultural, una pertenencia comunitaria o una identidad familiar; existen judíos creyentes, agnósticos y ateos, y una persona sin ascendencia judía que culmina una conversión reconocida puede ser considerada plenamente judía. No existe, por el contrario, un "pueblo judío" como sustancia biológica, transmitida mediante la sangre o el ADN, supuestamente idéntica a sí misma durante milenios. Esta concepción esencialista mantiene un punto de contacto evidente con las concepciones racistas del nazismo: ambas convierten la "condición judía" en una pertenencia hereditaria inherente al individuo con independencia de sus creencias.
Pappé recuerda, además, que el llamado "retorno" estuvo impulsado inicialmente por corrientes cristianas europeas. Algunos sectores protestantes interpretaban la concentración de los judíos en Palestina como una condición para el cumplimiento de profecías religiosas. A ese componente milenarista se unieron el antisemitismo y los intereses imperiales británicos. La Declaración Balfour de 1917 prometió favorecer un "hogar nacional para el pueblo judío" en un territorio cuya población era entonces abrumadoramente árabe y sobre la que Londres no tenía ningún derecho moral de disposición.
EL SIONISMO NO ES EL JUDAÍSMO
El tercer mito descrito por Ilan Pappé consiste en identificar interesadamente el judaísmo con el sionismo, como si la creación del Estado de Israel hubiese sido siempre una aspiración compartida por todos los judíos. Pappé muestra que el sionismo político, nacido en la Europa de finales del siglo XIX, fue durante décadas una corriente minoritaria. Fue rechazado por comunidades religiosas ortodoxas, por judíos liberales partidarios de la integración y por numerosos socialistas y comunistas que consideraban que la emancipación dependía de la lucha contra el antisemitismo y el capitalismo, no de la fundación de un Estado étnico.
![[Img #93609]](https://canarias-semanal.org/upload/images/08_2026/4108_8963_judiosortodoxos.jpg)
Esta distinción continúa siendo decisiva. Confundir a las diversas comunidades judías con el Estado de Israel es una operación política que pretende convertir cualquier crítica al sionismo en una supuesta agresión contra los judíos y, al mismo tiempo, atribuye a estos una responsabilidad colectiva sobre las políticas israelíes. Rechazar el antisemitismo es perfectamente compatible con denunciar la ocupación y la supremacía institucionalizada en el Estado de Israel. Por el contrario, identificar judaísmo y sionismo termina sirviendo tanto a los intereses del Estado israelí como a quienes desean presentar a todos los judíos como un bloque político homogéneo con el objeto de estigmatizarlos.
"El sionismo político, nacido en Europa en el siglo XIX, fue durante décadas una corriente minoritaria, rechazada por judíos ortodoxos, judíos liberales y numerosos socialistas y comunistas"
El cuarto mito niega el carácter colonial del sionismo. Pappé expone cómo este movimiento político sí se inscribe en el colonialismo de asentamiento desarrollado por las potencias europeas en América, Australia, África austral y otros territorios. A diferencia del colonialismo orientado principalmente a explotar mano de obra y materias primas, el colonialismo de pobladores pretende sustituir a la población autóctona, apropiarse de su tierra y construir sobre ella una sociedad nueva.
La singularidad de la persecución sufrida por los judíos europeos —culminada en el Holocausto— puede explicar por qué muchos buscaron refugio en el nuevo Estado, pero no justifica que el precio fuese pagado por los palestinos. Las naciones europeas trataron de resolver las consecuencias de su propio antisemitismo trasladando a otro pueblo el coste de la solución. Y lo hicieron precisamente cuando, después de la Segunda Guerra Mundial, numerosos pueblos de Asia y África comenzaban a sacudirse el dominio colonial, aunque muchos acabaran sometidos después a nuevas formas de dependencia neocolonial.
1948: LA EXPULSIÓN CONVERTIDA EN «HUIDA VOLUNTARIA»
El quinto mito de Israel afirma que los palestinos abandonaron voluntariamente sus hogares en 1948, obedeciendo órdenes de los dirigentes árabes. Pappé documenta ampliamente, por el contrario, que la expulsión formaba parte de los debates sionistas anteriores a la fundación de Israel. La aspiración a crear un Estado con mayoría judía en un territorio habitado mayoritariamente por árabes convertía la composición demográfica en un obstáculo que debía ser eliminado.
El Plan Dalet, adoptado por la Haganá -principal milicia sionista - en marzo de 1948, proporcionó el marco para ocupar localidades, expulsar a sus habitantes y destruir poblaciones. Durante la Nakba, alrededor de 750.000 palestinos fueron expulsados o huyeron ante los ataques, las masacres y el avance de las fuerzas sionistas. Centenares de aldeas fueron arrasadas o repobladas, mientras sus habitantes quedaban convertidos en refugiados a pocos kilómetros de sus propiedades. La posterior legislación israelí impidió su regreso y permitió transferir sus tierras al nuevo Estado.
El éxodo palestino de 1948 no fue, por tanto, un efecto accidental de la guerra, sino la consecuencia directa de un mecanismo que hizo posible la implantación de una mayoría judía. Pero la limpieza étnica no terminó cuando cesaron los combates: continuó mediante la expropiación, la demolición, la negación del retorno y la transformación del territorio para borrar la presencia palestina.
"La Ley Básica del Estado-nación de Israel otorga rango constitucional al apartheid contra los palestinos"
SOBRE LA GUERRA DE 1967 Y LA "ÚNICA DEMOCRACIA" DE LA REGIÓN
El sexto mito presenta la guerra de junio de 1967 como una contienda inevitable en la que Israel actuó únicamente para evitar su destrucción. Pappé cuestiona también esa versión y muestra que la conquista de Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza permitió completar una expansión territorial largamente deseada. Desde entonces, Israel ha mantenido el control efectivo sobre la Palestina histórica mediante ocupación militar, asentamientos, carreteras segregadas, confiscaciones y distintos regímenes jurídicos aplicados a poblaciones que viven en un mismo territorio.
De ahí surge el séptimo mito: Israel sería "la única democracia de Oriente Medio". La existencia de elecciones y partidos no elimina el carácter estructuralmente discriminatorio del Estado. Los palestinos con ciudadanía israelí pueden votar, pero no disfrutan de igualdad nacional ni territorial; los habitantes de Jerusalén Este poseen un estatus precario; los palestinos de Cisjordania están sometidos a legislación militar, mientras los colonos israelíes instalados junto a ellos se rigen por la legislación civil; y los refugiados continúan privados del retorno.
La Ley Básica del Estado-nación, aprobada en 2018, establece que el derecho de autodeterminación nacional en Israel corresponde exclusivamente al pueblo judío y considera el desarrollo de los asentamientos judíos un "valor nacional". Esta legislación no crea por sí sola todo el sistema discriminatorio, pero le proporciona rango constitucional. Por ello, la calificación de apartheid para referirse a Israel no es una simple consigna. Organizaciones palestinas, israelíes e internacionales han documentado un régimen de dominación y separación. La Corte Internacional de Justicia concluyó en 2024 que las políticas y prácticas israelíes en los territorios ocupados incumplen el artículo 3 de la Convención contra la Discriminación Racial, que obliga a prevenir, prohibir y erradicar la segregación racial y el apartheid.
EL FRAUDE DE LOS ACUERDOS DE OSLO (1993)
El octavo mito de Israel presenta los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993 y ampliados en 1995, como una oportunidad de paz destruida por "la intransigencia palestina". Para Pappé, Oslo solo sirvió para reorganizar la ocupación sin terminar con ella. La Autoridad Palestina recibió competencias administrativas limitadas sobre zonas fragmentadas, pero Israel conservó el control de las fronteras, los recursos, el espacio aéreo, la seguridad y buena parte del territorio. Durante el denominado proceso de paz continuaron creciendo los asentamientos, haciendo cada vez más inviable un Estado palestino soberano.
El noveno mito reúne las narraciones sobre Gaza: que la retirada de los colonos en 2005 habría terminado con la ocupación, que el bloqueo fue una respuesta inevitable a Hamás y que las sucesivas ofensivas israelíes fueron "operaciones defensivas". La realidad es que la retirada eliminó la presencia permanente de colonos y soldados dentro de la Franja, pero Israel mantuvo el control exterior, el registro de población, el espacio aéreo, las aguas territoriales y la circulación de mercancías y personas. De esta forma, Gaza dejó de ser una prisión administrada desde dentro para convertirse en un territorio cercado y controlado desde fuera.
UN ESTADO PARA TODOS SUS HABITANTES
El décimo mito sostiene que la partición en dos Estados sería la única solución realista para el conflicto. Pappé considera que esa fórmula ha quedado vaciada por la expansión de las colonias y por la fragmentación territorial. El supuesto Estado palestino sería -según explica el historiador - un conjunto de enclaves separados, sin continuidad territorial, sometidos militar y económicamente a Israel: un bantustán con bandera propia.
La alternativa propuesta por Pappé no consiste en expulsar a los judíos israelíes ni en negar que, después de varias generaciones, forman parte del país. Aunque muchos de sus antepasados llegaran desde Europa mediante un proceso colonial, millones de israelíes han nacido allí y no poseen otra patria. Reproducir contra ellos una nueva expulsión no repararía la injusticia padecida por los palestinos.
La solución exigiría descolonizar el Estado, no eliminar a su población. Esto significaría reconocer la Nakba, garantizar el retorno o la reparación de los refugiados, desmontar los privilegios étnicos y construir un único Estado laico y democrático en toda la Palestina histórica. En él podrían convivir, con los mismos derechos individuales y colectivos, judíos, musulmanes, cristianos, personas de otras creencias y quienes no profesen ninguna.
La propuesta parece hoy políticamente lejana, pero la alternativa de los dos Estados lleva décadas encubriendo una realidad de Estado único: un solo poder controla el territorio comprendido entre el Mediterráneo y el Jordán, aunque distribuye derechos diferentes según el origen de sus habitantes. La verdadera elección ya no está entre uno o dos Estados, sino entre perpetuar un solo Estado basado en la supremacía y la opresión o construir uno fundado en la igualdad.
La paz, en cualquier caso, no puede asentarse sobre el olvido de 1948, la renuncia de los refugiados y el racismo constitucionalizado. Ese es el núcleo de la propuesta de Pappé y, probablemente, la única salida para que, algún día, se pueda construir una convivencia verdadera.
Fuentes bibliográficas:
- Ilan Pappé, Los diez mitos de Israel, edición actualizada, Akal, 2024. Ficha editorial
- Universidad de Exeter, perfil académico de Ilan Pappé
- Ediciones Akal, biografía y bibliografía de Ilan Pappé
- Naciones Unidas, Historia de la cuestión de Palestina
- OCHA, Informe humanitario del 31 de julio de 2026
- Ahram Online, balance acumulado de víctimas en Gaza
- The Lancet, estimación mediante captura-recaptura de las muertes traumáticas en Gaza
- Knéset de Israel, Ley Básica: Israel, Estado-nación del pueblo judío
- Corte Internacional de Justicia, resumen de la opinión consultiva del 19 de julio de 2024
- Ilan Pappé, entrevista sobre Palestina y la solución de un solo Estado




















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