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Lunes, 01 de Septiembre de 2025 Tiempo de lectura:

LA RECONQUISTA SEGÚN AYUSO: CUANDO HERNÁN CORTÉS ATERRIZÓ EN BUSINESS CLASS

¿Qué es lo ocurre cuando la nostalgia imperial se convierte en estrategia política? ¿Por qué ciertos sectores de la derecha española siguen soñando con conquistar América?

La presidenta madrileña aterrizó en México dispuesta a reivindicar la hispanidad, homenajear a Hernán Cortés y presentarse como gran defensora de la libertad. Pero la expedición terminó convertida en una tragicomedia diplomática donde el imperialismo nostálgico chocó contra la realidad mexicana y acabó naufragando entre polémicas, cancelaciones y victimismo político.

 

 

POR M.RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Hay algunos políticos que viajan al extranjero para estrechar relaciones diplomáticas, otros para hacer suculentos negocietes, una buena parte para impulsar, en nombre de sectores empresariales,  acuerdos económicos o ya, en el peor de los casos, hacerse una foto junto a una bandera y fingir que el planeta entero está pendiente de sus declaraciones.

 

     Pero luego está, claro, Isabel Díaz Ayuso, que parece haber descubierto un objetivo mucho más ambicioso: resucitar el Imperio español con escala en Cancún y rueda de prensa sobre “la libertad” en ciudad de México.

 

    Porque eso fue, en esencia, su desembarco en México. No una visita institucional. No un viaje político. No siquiera una gira propagandística al uso. Lo de la Ayuso fue algo mucho más pintoresco: una especie de expedición sentimental al pasado colonial, como si alguien hubiese dejado abierta una grieta temporal entre el siglo XVI y la tertulia de un bar de la Castellana decorado con banderas rojigualdas y jamones colgando del techo.

 

   La presidenta de la comunidad madrileña aterrizó en México anunciando homenajes a Hernán Cortés y reivindicaciones de la “hispanidad”, en un momento en el que incluso sectores conservadores españoles intentan manejar con algo de prudencia el llamado  legado colonial. Pero la Ayuso no. La Ayuso decidió lanzarse de cabeza al asunto como quien se pone una armadura de carnaval convencida de que va a reconquistar Tenochtitlán antes del aperitivo.

 

    Hay algo fascinante en esa obsesión de cierta derecha española por actuar como si América Latina siguiera esperando emocionada el regreso de la metrópoli. Uno imagina a millones de mexicanos levantándose cada mañana preguntándose cuándo volverá España a guiarlos espiritualmente hacia la civilización, probablemente después de desayunar tacos, escuchar rancheras y gestionar un país infinitamente más complejo y grande que la Comunidad de Madrid. Pero en la imaginación política de Ayuso parece existir otro México. Un México detenido en los libros escolares del franquismo. Un México congelado en sepia. Un México que todavía debe agradecer que un señor con armadura llegara hace quinientos años a explicarle cómo funcionaba el mundo.

 

    Y ahí apareció ella. La nueva adelantada de Castilla. La influencer de la reconquista. La Juana de Arco del vermú premium.

 

   Todo el viaje tuvo desde el principio un aire profundamente teatral. Y es que la Ayuso realmente no viaja: lo que hace es interpretar. No habla: declama.Lejos de inaugurar actos lo que hace es protagoniza cruzadas ideológicas. Cada desplazamiento internacional suyo parece organizado por un equipo creativo especializado en mezclar nacionalismo castizo, marketing emocional y estética de campaña permanente.

 

    El problema aparece cuando el espectáculo sale de Madrid y aterriza en países reales, llenos de gente real, con memoria histórica real y con gobiernos que, sorprendentemente, no sienten una necesidad urgente de escuchar conferencias sobre la civilización occidental impartidas por la presidenta autonómica de una región española donde alquilar un estudio cuesta lo mismo que un riñón en el mercado negro.

 

HERNÁN CORTÉS, LA LIBERTAD Y LOS FANTASMAS DEL IMPERIO

    La escena habría sido maravillosa para una novela satírica. La Ayuso rindiendo homenaje a Hernán Cortés mientras insiste en vender su concepto favorito: “la libertad”. Esa palabra que utiliza para absolutamente todo. Libertad para tomar cañas. Libertad para privatizar. Libertad para especular. Libertad para convertir cualquier debate político en una mezcla de campaña publicitaria y guerra cultural. Y ahora también libertad para reivindicar conquistadores.

 

   Lo extraordinario es que todo esto se hace con una solemnidad casi religiosa. Como si realmente estuviera protagonizando un gran momento histórico. Como si México aguardara con emoción las reflexiones filosóficas de la presidenta madrileña sobre el legado hispánico.

 

   Hay una parte de la derecha española que lleva años necesitando convertir la historia en un parque temático emocional. Un lugar donde refugiarse de un presente bastante menos glorioso. Porque resulta difícil sentirse heredero de un gran imperio cuando media juventud no puede independizarse, los servicios públicos se deterioran y el único proyecto económico reconocible consiste en convertir Madrid en un enorme escaparate inmobiliario para fondos buitre.

 

   Entonces aparece América Latina. Y con ella la posibilidad de interpretar otra vez el viejo papel imperial. Aunque sea durante unos días. Aunque sea delante de unas cámaras. Aunque sea a costa de provocar un incendio diplomático. Porque la Ayuso parece pertenecer a esa extraña corriente ideológica que imagina la colonización como una especie de Erasmus cultural con guitarras, evangelización y espíritu emprendedor. Una versión tan edulcorada del pasado que casi faltaba escucharla decir que Hernán Cortés en realidad llevó a México coworkings, brunch y liberalismo fiscal.

 

   Pero claro, luego llega la realidad. Y la realidad suele tener muy mal sentido del humor.

 

LA CONQUISTADORA EXPULSADA DEL PARAÍSO

   La verdad es que el  viaje de la Ayuso  comenzó a torcerse rápidamente. Las tensiones crecieron. Las declaraciones provocaron rechazo. La incomodidad política aumentó. Y lo que inicialmente se había presentado como una gran operación internacional acabó transformándose en un sainete diplomático de dimensiones colosales.

 

 Finalmente, la Ayuso terminó cancelando parte de su agenda y acusando al entorno político mexicano de haberla “expulsado” del país. La escena es casi perfecta desde el punto de vista narrativo. Primero llega como conquistadora. Después acaba marchándose como víctima perseguida. Del “vamos a reivindicar a Cortés” al “me expulsan por defender la libertad” en tiempo récord. Ni el mejor guionista de comedia política habría encontrado una evolución tan delirante.

 

   Y mientras tanto, el hotel Xcaret admitía que había pedido retirar la invitación a la Ayuso por sus “desafortunadas declaraciones”. Lo cual tiene algo profundamente simbólico. La supuesta embajadora de la hispanidad terminando convertida en un problema desagradable hasta para quienes se encargaron de organizar aquellos   actos protocolarios.

 

   Lo verdaderamente impresionante es la capacidad de la Ayuso para transformar cualquier conflicto en una representación melodramática sobre sí misma. Siempre aparece una persecución. Siempre existe una conspiración, un contubernio. Siempre hay enemigos intentando silenciarla. Uno empieza a sospechar que, si mañana pierde un vuelo en Barajas, acusará a Moctezuma de sabotaje ideológico.

 

   Porque el ayusismo necesita vivir permanentemente en estado de asedio. Necesita fabricar enemigos para justificar su propio relato épico. Da igual que el escenario sea Madrid, Bruselas o Ciudad de México. Todo debe parecer una batalla histórica entre la libertad y las fuerzas oscuras del intervencionismo universal. Y mientras ella interpreta a la heroína sitiada, alrededor se acumula el ridículo.

 

EL IMPERIO DE LOS NEGOCIOS Y LAS BANDERAS

     Pero detrás de toda esta teatralidad patriótica aparece siempre un detalle que incomoda: el dinero. Porque mientras la Ayuso se presenta como defensora espiritual de Occidente, diferentes informaciones han señalado conexiones entre algunos de sus viajes internacionales y redes empresariales vinculadas al entorno de su pareja. Y entonces todo empieza a encajar mejor.

 

   De pronto, la reconquista ya no parece una misión histórica. Parece una gira de relaciones públicas adornada con discursos sobre la hispanidad. Eso es lo verdaderamente interesante del fenómeno Ayuso: la mezcla constante entre espectáculo ideológico y marketing económico. El nacionalismo convertido en escenografía. Las banderas utilizadas como cortina de humo. El pasado imperial transformado en producto mediático. Es como si alguien hubiese metido en una batidora a Margaret Thatcher, un community manager ultrapatriótico y un guía turístico obsesionado con el Siglo de Oro.

 

   Y el resultado habla de Hernán Cortés mientras posa ante cámaras internacionales intentando proyectar una imagen de liderazgo mundial que a veces parece construida por una agencia de publicidad especializada en nostalgia colonial. Porque en el fondo todo esto no va sobre México. Ni sobre la historia. Ni siquiera sobre América Latina. Realmente va sobre España. Va sobre una derecha que necesita sentirse heredera de algo gigantesco porque el presente resulta demasiado mediocre. Va sobre la utilización del pasado imperial como una compensación psicológica. Va sobre fabricar orgullo histórico para tapar precariedad contemporánea. Y entonces aparece la Ayuso, vestida de presidenta autonómica pero soñando claramente con ser toda una virreina.

 

EL ÚLTIMO DESFILE DEL IMPERIO IMAGINARIO

    Lo más triste de todo este espectáculo no es el ridículo diplomático. Ni siquiera el tono paternalista. Lo más triste es la enorme desconexión con la realidad.

Porque mientras algunos siguen fantaseando con imperios desaparecidos, América Latina hace décadas que mira hacia otros lugares, enfrenta otros problemas y trata de  construir sus propias contradicciones políticas. El tiempo del conquistador terminó hace siglos, aunque ciertos sectores de la política española sigan empeñados en desfilar por el mundo como actores secundarios de una película histórica de sobremesa.

 

    Quizá por eso mismo  México terminó siendo el escenario perfecto para este esperpento protagonizado por la Ayuso. Porque allí la fantasía imperial chocó de frente contra la realidad. Porque la supuesta reconquista acabó convertida en retirada precipitada. Porque el viaje que pretendía engrandecerla terminó pareciendo una sátira escrita por un enemigo particularmente cruel.

 

   Y probablemente, en algún rincón del más allá, Hernán Cortés contempló toda la escena con absoluta perplejidad. No todos los días descubre uno que quinientos años después de conquistar un imperio alguien intenta repetir la hazaña… desde un atril institucional y rodeado de fotógrafos.

 

 
 
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