ALEMANIA: EL FASCISMO DEL SIGLO XXI NO NECESITA CAMISAS PARDAS
¿Cómo puede la extrema derecha conquistar a millones de trabajadores sin renunciar a las urnas ni al Parlamento?
El espectacular crecimiento de la AfD entre sectores de la clase trabajadora alemana obliga a mirar más allá de las imágenes tradicionales del fascismo. La extrema derecha del siglo XXI no necesita reproducir las formas políticas de los años treinta: puede utilizar las elecciones, apropiarse del malestar social y convertir problemas de salarios, vivienda o precariedad en conflictos contra la inmigración. ¿Estamos ante una estrategia capaz de sustituir la lucha de clases por una nueva comunidad nacional enfrentada a enemigos internos y externos?
POR HANSI QUEDNAU PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
El fascismo del siglo XXI difícilmente podria presentarse con la
misma apariencia que tuvo en la Europa de entreguerras.
No necesita uniformes, organizaciones paramilitares desfilando por las calles ni proclamar desde el primer momento la supresión del Parlamento.
Puede participar en elecciones, ocupar escaños, utilizar las instituciones existentes y presentarse incluso como defensor de determinadas libertades. Es precisamente ahí donde reside una de las claves para comprender las nuevas formas que puede adoptar la extrema derecha en sociedades donde la experiencia histórica del fascismo continúa provocando un profundo rechazo.
Desde una interpretación marxista del fenómeno, este no debería ser analizado únicamente a partir de símbolos, declaraciones provocadoras o semejanzas formales con el pasado. La cuestión fundamental consiste en observar qué intereses sociales expresa una determinada fuerza política, cómo interpreta las contradicciones del capitalismo y hacia dónde dirige el descontento generado por ellas.
En ese terreno se encuentra una de las claves para entender el crecimiento de Alternativa para Alemania (AfD) y de movimientos semejantes surgidos en otros países europeos.
UN FASCISMO ADAPTADO A SU TIEMPO
Esperar que un movimiento fascista contemporáneo reproduzca exactamente las formas políticas de 1933 sería desconocer las enseñanzas de la propia historia. Las fuerzas políticas capaces de adquirir influencia de masas siempre se adaptan a las condiciones existentes. En una sociedad como la alemana, profundamente marcada por la experiencia del nazismo, una organización que reivindicara directamente aquella tradición encontraría enormes dificultades para conquistar una base electoral amplia.
Las nuevas derechas radicales necesitan, por tanto, otra presentación. Hablan de elecciones, soberanía popular, libertad de expresión, seguridad, prosperidad y defensa de los ciudadanos frente a unas élites supuestamente alejadas de sus preocupaciones. El objetivo no es necesariamente destruir desde el primer momento las instituciones parlamentarias, sino utilizarlas para construir influencia política y modificar progresivamente el sentido común de amplios sectores sociales.
La discusión sobre si la AfD debe ser caracterizada exactamente como fascista es objeto de controversia política y académica. Jurídicamente, el Tribunal Administrativo Federal alemán dejó firme en 2025 la decisión que permite al servicio federal de protección constitucional mantener al partido como «caso sospechoso» de perseguir objetivos contrarios al orden constitucional; esa categoría implica precisamente investigación y vigilancia, no una declaración judicial de que todo el partido sea fascista o inconstitucional.
Lo importante desde el punto de vista del análisis marxista es, sin embargo, estudiar el contenido social del fenómeno y no solamente encontrar una etiqueta adecuada para definirlo.
EL MALESTAR SOCIAL COMO MATERIA PRIMA
La extrema derecha contemporánea no ha inventado el malestar sobre el que ha credido. Parte de él tiene bases materiales perfectamente reales. Pérdida de poder adquisitivo, inseguridad laboral, deterioro de los servicios públicos, dificultades para acceder a una vivienda, incertidumbre respecto al futuro y desconfianza hacia los partidos tradicionales forman parte de la experiencia cotidiana de millones de trabajadores europeos.
La batalla política comienza justamente cuando hay que explicar las causas de esos problemas. Una interpretación de clase relacionará buena parte de esas contradicciones con la distribución de la riqueza, las condiciones laborales, los salarios, la propiedad empresarial, el precio de la vivienda, el debilitamiento de los servicios públicos o las decisiones adoptadas para preservar la rentabilidad del capital.
La extrema derecha propone otra lectura. El problema fundamental dejaría de ser la contradicción entre propietarios de medios de produccion y asalariados para convertirse crecientemente en una confrontación entre nacionales y extranjeros, ciudadanos y migrantes, Alemania y Bruselas, productores nacionales y supuestas imposiciones exteriores.
Este desplazamiento constituye uno de los mecanismos fundamentales del nacionalismo político. El conflicto vertical entre clases sociales es sustituido por una confrontación horizontal dentro de las propias clases populares.
CUANDO EL TRABAJADOR EXTRANJERO SUSTITUYE AL EMPRESARIO COMO ADVERSARIO
La inmigración adquiere entonces una función política mucho más profunda que la simple discusión sobre las fronteras. Vivienda, salarios, empleo, delincuencia, servicios públicos o gasto estatal pueden reinterpretarse alrededor de una misma explicación: existen demasiados extranjeros y los recursos disponibles deben reservarse prioritariamente para los nacionales.
El programa electoral de la AfD ha situado efectivamente la reducción drástica de la inmigración entre sus ejes principales y vincula reiteradamente cuestiones económicas y sociales con los costes que atribuye a la política migratoria. Paralelamente, propone importantes reducciones fiscales, simplificación de la tributación empresarial y una orientación económica marcadamente favorable al mercado.
La contradicción resulta particularmente significativa desde una perspectiva de clase. Dos trabajadores empleados en la misma fábrica pueden tener objetivamente intereses similares frente al salario, la jornada laboral o las condiciones impuestas por la empresa. Pero si uno comienza a considerar al otro fundamentalmente como alemán y extranjero, respectivamente, aquella comunidad de intereses puede quedar debilitada.
El nacionalismo proporciona entonces una identidad que atraviesa las clases. Un empresario alemán y un trabajador alemán aparecen perteneciendo a una misma comunidad nacional mientras el trabajador inmigrante queda situado fuera de ella. La separación entre capital y trabajo queda parcialmente oscurecida por otra división aparentemente más importante: la existente entre quienes pertenecen y quienes no pertenecen a la nación.
LA DEMAGOGIA SOCIAL NO ES UNA CONTRADICCIÓN
Esta característica explica por qué la extrema derecha puede defender simultáneamente políticas económicas favorables a sectores empresariales y reivindicaciones sociales dirigidas hacia trabajadores, pensionistas o pequeños propietarios.
No existe necesariamente una contradicción entre ambos elementos. La denominada demagogia social cumple precisamente la función de construir una base popular alrededor de un proyecto cuyos fundamentos económicos no cuestionan la propiedad capitalista. Puede reclamarse una mejora de determinadas pensiones, una reducción del precio de la energía o ayudas específicas para las familias nacionales mientras se rechazan impuestos sobre el patrimonio, se defienden reducciones fiscales y se mantiene intacta la estructura fundamental de propiedad.
La cuestión decisiva consiste en determinar quién queda incluido dentro de esa protección social y quién es presentado como responsable de que los recursos resulten insuficientes.
De esta manera puede aparecer una suerte de Estado social nacionalista: protección para quienes pertenecen a la comunidad nacional y exclusión o restricción creciente para quienes permanecen fuera de ella. La solidaridad de clase es reemplazada progresivamente por una solidaridad definida a partir de la nacionalidad.
LA CRISIS ECOLÓGICA TAMBIÉN SE CONVIERTE EN GUERRA CULTURAL
Un mecanismo semejante aparece en el debate climático. Las políticas ecológicas afectan materialmente a millones de personas y pueden imponer costes especialmente importantes a trabajadores y sectores populares cuando no son acompañadas por medidas redistributivas. La extrema derecha aprovecha esa contradicción real para transformar la cuestión ecológica en una guerra cultural.
La AfD propone eliminar las tasas sobre el CO₂, frenar determinadas políticas de transición energética, prolongar el uso del carbón y recuperar la energía nuclear. Su discurso presenta buena parte de la política climática como una amenaza para la industria, los consumidores y la soberanía económica alemana.
Desde una perspectiva marxista, el problema no debería plantearse como una elección entre defender el medio ambiente o proteger a los trabajadores. La pregunta sería quién paga la transformación energética y quién obtiene beneficios de ella. Cuando esta cuestión desaparece, resulta mucho más sencillo presentar cualquier regulación ecológica como una agresión contra el ciudadano corriente.
![[Img #94600]](https://canarias-semanal.org/upload/images/09_2026/9464_9610_info-afd.jpg)
LA BATALLA MÁS IMPORTANTE SE LIBRA EN LA CABEZA
Una fuerza política no necesita alcanzar el Gobierno para transformar profundamente un país. Puede hacerlo modificando los términos en los que se desarrolla el debate público. Cuando determinados conceptos, preocupaciones y explicaciones terminan siendo asumidos incluso por sus adversarios políticos, ya se ha producido una victoria ideológica parcial.
El crecimiento de la extrema derecha puede empujar a partidos conservadores, socialdemócratas e incluso a otras fuerzas a endurecer sus posiciones migratorias, priorizar determinados discursos sobre seguridad o abandonar compromisos anteriores por temor a perder votos. El éxito político, por tanto, no debe medirse exclusivamente contando diputados. También debe observarse quién consigue decidir cuáles son los problemas principales de una sociedad y, sobre todo, cómo deben ser interpretados.
Aquí aparece probablemente la cuestión central. Las crisis económicas y sociales nunca hablan por sí mismas. Una persona que pierde su empleo, no puede pagar el alquiler o contempla cómo disminuye su salario real, necesita construir una explicación de aquello que está sucediendo. Esa explicación puede conducirla a cuestionar las relaciones económicas existentes o puede dirigir su frustración contra otros trabajadores.
EL PROBLEMA NO SE RESUELVE CON "DENUNCIAS MORALES"
Por eso el combate contra la extrema derecha difícilmente puede reducirse a considerarla moralmente despreciable o a recordar permanentemente los crímenes históricos del fascismo. La memoria histórica resulta imprescindible, pero no explica por sí misma por qué una parte de los trabajadores puede sentirse atraída por determinadas propuestas nacionalistas.
Tampoco resulta suficiente considerar ignorante, racista o irrecuperable a cualquiera que vote a una formación de extrema derecha. Ese enfoque puede reforzar precisamente la separación entre determinados sectores populares y las organizaciones que pretenden disputarles políticamente.
La cuestión fundamental consiste en responder a las experiencias concretas que producen el descontento. Si existen salarios insuficientes, alquileres inalcanzables, precariedad laboral o servicios públicos deteriorados, la izquierda necesita explicar las causas materiales de esas situaciones y ofrecer una interpretación comprensible de quién obtiene beneficios y quién soporta los costes.
LA DISPUTA DECISIVA: CLASE CONTRA NACIÓN
El fenómeno puede resumirse finalmente como una lucha entre dos maneras radicalmente diferentes de interpretar la sociedad. La primera divide el mundo fundamentalmente entre nacionales y extranjeros, comunidad nacional y amenazas exteriores. La segunda lo interpreta a partir de clases con posiciones e intereses distintos dentro del proceso económico.
Desde esta perspectiva, el peligro de las nuevas formas de extrema derecha no reside fundamentalmente en que reproduzcan la estética de los fascismos históricos. Su fortaleza puede encontrarse precisamente en haber abandonado aquella apariencia.
El fascismo moderno, según esta interpretación, puede vestir traje, presentarse a unas elecciones, hablar de libertad y reivindicar políticas sociales. Puede incluso negar cualquier relación con el fascismo histórico. Lo determinante no serían sus símbolos externos, sino su capacidad para transformar conflictos sociales en conflictos nacionales, dividir a los trabajadores según su origen y construir una comunidad política en la que las diferencias entre empresarios y asalariados queden subordinadas a una supuesta identidad común.
Y es precisamente ahí donde se juega una de las principales batallas políticas de nuestro tiempo: decidir si las contradicciones generadas por el capitalismo terminan convirtiéndose en conciencia de clase o son reconducidas hacia el nacionalismo, la exclusión y el enfrentamiento entre quienes sufren problemas sociales semejantes.
POR HANSI QUEDNAU PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
El fascismo del siglo XXI difícilmente podria presentarse con la
misma apariencia que tuvo en la Europa de entreguerras.
No necesita uniformes, organizaciones paramilitares desfilando por las calles ni proclamar desde el primer momento la supresión del Parlamento.
Puede participar en elecciones, ocupar escaños, utilizar las instituciones existentes y presentarse incluso como defensor de determinadas libertades. Es precisamente ahí donde reside una de las claves para comprender las nuevas formas que puede adoptar la extrema derecha en sociedades donde la experiencia histórica del fascismo continúa provocando un profundo rechazo.
Desde una interpretación marxista del fenómeno, este no debería ser analizado únicamente a partir de símbolos, declaraciones provocadoras o semejanzas formales con el pasado. La cuestión fundamental consiste en observar qué intereses sociales expresa una determinada fuerza política, cómo interpreta las contradicciones del capitalismo y hacia dónde dirige el descontento generado por ellas.
En ese terreno se encuentra una de las claves para entender el crecimiento de Alternativa para Alemania (AfD) y de movimientos semejantes surgidos en otros países europeos.
UN FASCISMO ADAPTADO A SU TIEMPO
Esperar que un movimiento fascista contemporáneo reproduzca exactamente las formas políticas de 1933 sería desconocer las enseñanzas de la propia historia. Las fuerzas políticas capaces de adquirir influencia de masas siempre se adaptan a las condiciones existentes. En una sociedad como la alemana, profundamente marcada por la experiencia del nazismo, una organización que reivindicara directamente aquella tradición encontraría enormes dificultades para conquistar una base electoral amplia.
Las nuevas derechas radicales necesitan, por tanto, otra presentación. Hablan de elecciones, soberanía popular, libertad de expresión, seguridad, prosperidad y defensa de los ciudadanos frente a unas élites supuestamente alejadas de sus preocupaciones. El objetivo no es necesariamente destruir desde el primer momento las instituciones parlamentarias, sino utilizarlas para construir influencia política y modificar progresivamente el sentido común de amplios sectores sociales.
La discusión sobre si la AfD debe ser caracterizada exactamente como fascista es objeto de controversia política y académica. Jurídicamente, el Tribunal Administrativo Federal alemán dejó firme en 2025 la decisión que permite al servicio federal de protección constitucional mantener al partido como «caso sospechoso» de perseguir objetivos contrarios al orden constitucional; esa categoría implica precisamente investigación y vigilancia, no una declaración judicial de que todo el partido sea fascista o inconstitucional.
Lo importante desde el punto de vista del análisis marxista es, sin embargo, estudiar el contenido social del fenómeno y no solamente encontrar una etiqueta adecuada para definirlo.
EL MALESTAR SOCIAL COMO MATERIA PRIMA
La extrema derecha contemporánea no ha inventado el malestar sobre el que ha credido. Parte de él tiene bases materiales perfectamente reales. Pérdida de poder adquisitivo, inseguridad laboral, deterioro de los servicios públicos, dificultades para acceder a una vivienda, incertidumbre respecto al futuro y desconfianza hacia los partidos tradicionales forman parte de la experiencia cotidiana de millones de trabajadores europeos.
La batalla política comienza justamente cuando hay que explicar las causas de esos problemas. Una interpretación de clase relacionará buena parte de esas contradicciones con la distribución de la riqueza, las condiciones laborales, los salarios, la propiedad empresarial, el precio de la vivienda, el debilitamiento de los servicios públicos o las decisiones adoptadas para preservar la rentabilidad del capital.
La extrema derecha propone otra lectura. El problema fundamental dejaría de ser la contradicción entre propietarios de medios de produccion y asalariados para convertirse crecientemente en una confrontación entre nacionales y extranjeros, ciudadanos y migrantes, Alemania y Bruselas, productores nacionales y supuestas imposiciones exteriores.
Este desplazamiento constituye uno de los mecanismos fundamentales del nacionalismo político. El conflicto vertical entre clases sociales es sustituido por una confrontación horizontal dentro de las propias clases populares.
CUANDO EL TRABAJADOR EXTRANJERO SUSTITUYE AL EMPRESARIO COMO ADVERSARIO
La inmigración adquiere entonces una función política mucho más profunda que la simple discusión sobre las fronteras. Vivienda, salarios, empleo, delincuencia, servicios públicos o gasto estatal pueden reinterpretarse alrededor de una misma explicación: existen demasiados extranjeros y los recursos disponibles deben reservarse prioritariamente para los nacionales.
El programa electoral de la AfD ha situado efectivamente la reducción drástica de la inmigración entre sus ejes principales y vincula reiteradamente cuestiones económicas y sociales con los costes que atribuye a la política migratoria. Paralelamente, propone importantes reducciones fiscales, simplificación de la tributación empresarial y una orientación económica marcadamente favorable al mercado.
La contradicción resulta particularmente significativa desde una perspectiva de clase. Dos trabajadores empleados en la misma fábrica pueden tener objetivamente intereses similares frente al salario, la jornada laboral o las condiciones impuestas por la empresa. Pero si uno comienza a considerar al otro fundamentalmente como alemán y extranjero, respectivamente, aquella comunidad de intereses puede quedar debilitada.
El nacionalismo proporciona entonces una identidad que atraviesa las clases. Un empresario alemán y un trabajador alemán aparecen perteneciendo a una misma comunidad nacional mientras el trabajador inmigrante queda situado fuera de ella. La separación entre capital y trabajo queda parcialmente oscurecida por otra división aparentemente más importante: la existente entre quienes pertenecen y quienes no pertenecen a la nación.
LA DEMAGOGIA SOCIAL NO ES UNA CONTRADICCIÓN
Esta característica explica por qué la extrema derecha puede defender simultáneamente políticas económicas favorables a sectores empresariales y reivindicaciones sociales dirigidas hacia trabajadores, pensionistas o pequeños propietarios.
No existe necesariamente una contradicción entre ambos elementos. La denominada demagogia social cumple precisamente la función de construir una base popular alrededor de un proyecto cuyos fundamentos económicos no cuestionan la propiedad capitalista. Puede reclamarse una mejora de determinadas pensiones, una reducción del precio de la energía o ayudas específicas para las familias nacionales mientras se rechazan impuestos sobre el patrimonio, se defienden reducciones fiscales y se mantiene intacta la estructura fundamental de propiedad.
La cuestión decisiva consiste en determinar quién queda incluido dentro de esa protección social y quién es presentado como responsable de que los recursos resulten insuficientes.
De esta manera puede aparecer una suerte de Estado social nacionalista: protección para quienes pertenecen a la comunidad nacional y exclusión o restricción creciente para quienes permanecen fuera de ella. La solidaridad de clase es reemplazada progresivamente por una solidaridad definida a partir de la nacionalidad.
LA CRISIS ECOLÓGICA TAMBIÉN SE CONVIERTE EN GUERRA CULTURAL
Un mecanismo semejante aparece en el debate climático. Las políticas ecológicas afectan materialmente a millones de personas y pueden imponer costes especialmente importantes a trabajadores y sectores populares cuando no son acompañadas por medidas redistributivas. La extrema derecha aprovecha esa contradicción real para transformar la cuestión ecológica en una guerra cultural.
La AfD propone eliminar las tasas sobre el CO₂, frenar determinadas políticas de transición energética, prolongar el uso del carbón y recuperar la energía nuclear. Su discurso presenta buena parte de la política climática como una amenaza para la industria, los consumidores y la soberanía económica alemana.
Desde una perspectiva marxista, el problema no debería plantearse como una elección entre defender el medio ambiente o proteger a los trabajadores. La pregunta sería quién paga la transformación energética y quién obtiene beneficios de ella. Cuando esta cuestión desaparece, resulta mucho más sencillo presentar cualquier regulación ecológica como una agresión contra el ciudadano corriente.
![[Img #94600]](https://canarias-semanal.org/upload/images/09_2026/9464_9610_info-afd.jpg)
LA BATALLA MÁS IMPORTANTE SE LIBRA EN LA CABEZA
Una fuerza política no necesita alcanzar el Gobierno para transformar profundamente un país. Puede hacerlo modificando los términos en los que se desarrolla el debate público. Cuando determinados conceptos, preocupaciones y explicaciones terminan siendo asumidos incluso por sus adversarios políticos, ya se ha producido una victoria ideológica parcial.
El crecimiento de la extrema derecha puede empujar a partidos conservadores, socialdemócratas e incluso a otras fuerzas a endurecer sus posiciones migratorias, priorizar determinados discursos sobre seguridad o abandonar compromisos anteriores por temor a perder votos. El éxito político, por tanto, no debe medirse exclusivamente contando diputados. También debe observarse quién consigue decidir cuáles son los problemas principales de una sociedad y, sobre todo, cómo deben ser interpretados.
Aquí aparece probablemente la cuestión central. Las crisis económicas y sociales nunca hablan por sí mismas. Una persona que pierde su empleo, no puede pagar el alquiler o contempla cómo disminuye su salario real, necesita construir una explicación de aquello que está sucediendo. Esa explicación puede conducirla a cuestionar las relaciones económicas existentes o puede dirigir su frustración contra otros trabajadores.
EL PROBLEMA NO SE RESUELVE CON "DENUNCIAS MORALES"
Por eso el combate contra la extrema derecha difícilmente puede reducirse a considerarla moralmente despreciable o a recordar permanentemente los crímenes históricos del fascismo. La memoria histórica resulta imprescindible, pero no explica por sí misma por qué una parte de los trabajadores puede sentirse atraída por determinadas propuestas nacionalistas.
Tampoco resulta suficiente considerar ignorante, racista o irrecuperable a cualquiera que vote a una formación de extrema derecha. Ese enfoque puede reforzar precisamente la separación entre determinados sectores populares y las organizaciones que pretenden disputarles políticamente.
La cuestión fundamental consiste en responder a las experiencias concretas que producen el descontento. Si existen salarios insuficientes, alquileres inalcanzables, precariedad laboral o servicios públicos deteriorados, la izquierda necesita explicar las causas materiales de esas situaciones y ofrecer una interpretación comprensible de quién obtiene beneficios y quién soporta los costes.
LA DISPUTA DECISIVA: CLASE CONTRA NACIÓN
El fenómeno puede resumirse finalmente como una lucha entre dos maneras radicalmente diferentes de interpretar la sociedad. La primera divide el mundo fundamentalmente entre nacionales y extranjeros, comunidad nacional y amenazas exteriores. La segunda lo interpreta a partir de clases con posiciones e intereses distintos dentro del proceso económico.
Desde esta perspectiva, el peligro de las nuevas formas de extrema derecha no reside fundamentalmente en que reproduzcan la estética de los fascismos históricos. Su fortaleza puede encontrarse precisamente en haber abandonado aquella apariencia.
El fascismo moderno, según esta interpretación, puede vestir traje, presentarse a unas elecciones, hablar de libertad y reivindicar políticas sociales. Puede incluso negar cualquier relación con el fascismo histórico. Lo determinante no serían sus símbolos externos, sino su capacidad para transformar conflictos sociales en conflictos nacionales, dividir a los trabajadores según su origen y construir una comunidad política en la que las diferencias entre empresarios y asalariados queden subordinadas a una supuesta identidad común.
Y es precisamente ahí donde se juega una de las principales batallas políticas de nuestro tiempo: decidir si las contradicciones generadas por el capitalismo terminan convirtiéndose en conciencia de clase o son reconducidas hacia el nacionalismo, la exclusión y el enfrentamiento entre quienes sufren problemas sociales semejantes.












































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