DONALD TRUMP, KATZ Y LAS PUERTAS DEL INFIERNO: LA ESCALADA DE UN IMPERIALISMO EN CRISIS
La guerra contra irán entra en una fase imprevisible
Las guerra imperialista contra Irán ha ingresado - escribe Gustavo Burgos - en una fase cualitativamente distinta de aquella que sus planificadores en Washington imaginaron al iniciar la ofensiva. Lo que fue presentado como una operación quirúrgica se ha transformado en un conflicto crónico de alcance regional (...).
Por GUSTAVO BURGOS (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La guerra imperialista contra Irán ha ingresado en una fase cualitativamente distinta de aquella que sus planificadores en Washington imaginaron al iniciar la ofensiva. Lo que fue presentado como una operación quirúrgica destinada a destruir la capacidad estratégica de Teherán y provocar un rápido colapso político del régimen iraní se ha transformado en un conflicto crónico de alcance regional cuyas consecuencias comienzan a desbordar ampliamente el teatro militar inmediato. El desarrollo de los acontecimientos confirma una constante histórica del imperialismo tardío: cuando su dominación encuentra límites políticos, sociales o militares, la respuesta es una escalada que termina socavando los mismos fundamentos del orden mundial que pretende preservar.
Desde el punto de vista estratégico, la conducción de la guerra revela un grado notable de improvisación y caos. La ofensiva inicial —basada en ataques de decapitación del liderazgo iraní y en la ilusión de que el aparato estatal colapsaría bajo el impacto de los bombardeos— partió de una incomprensión profunda de la estructura política de Irán y de la correlación real de fuerzas en Medio Oriente. El resultado ha sido el contrario al esperado: la guerra ha consolidado la cohesión interna del régimen iraní y ha ampliado el radio del conflicto a toda la región del Golfo Pérsico, arrastrando a una multiplicidad de actores estatales y paraestatales a una dinámica de guerra prolongada.
La consecuencia inmediata de esta escalada ha sido la desestabilización de uno de los puntos neurálgicos de la economía mundial: las rutas energéticas del Golfo. El estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, se ha transformado en el epicentro de una disputa militar permanente. Los ataques contra infraestructuras petroleras y contra el tráfico marítimo han empujado el precio del crudo por encima de los cien dólares por barril, inaugurando una fase de volatilidad que amenaza con desencadenar una nueva crisis inflacionaria global. El capitalismo mundial, que arrastra desde hace años síntomas de estancamiento estructural, se aproxima así al umbral de una espiral de encarecimiento energético que puede precipitar una fase depresiva de la economía internacional.
En este sentido, la guerra contra Irán está actuando como un catalizador de contradicciones acumuladas en la situación política mundial. Durante décadas, la economía mundial ha dependido de un sistema energético organizado bajo la hegemonía estratégica de Estados Unidos en Medio Oriente. El intento de resolver por la vía militar el declive relativo de esa hegemonía ha introducido un factor de desorden que amenaza con fracturar ese mismo sistema. La paradoja es evidente: la potencia que pretendía reafirmar su autoridad global mediante una demostración de fuerza ha abierto un escenario en el que su propia capacidad de control sobre la economía mundial aparece cada vez más limitada.
La asimetría militar entre Estados Unidos e Irán —que en apariencia debería garantizar una rápida victoria del primero— se está revelando, por el contrario, como un elemento que favorece la expansión del conflicto. Irán no necesita derrotar militarmente al imperialismo para alterar el curso de la guerra; basta con prolongarla y multiplicar sus frentes indirectos para erosionar los costos políticos y económicos de la intervención. De ahí que la confrontación esté mutando progresivamente en una guerra regional de desgaste, donde milicias, aliados locales y Estados interpuestos transforman cada punto del mapa en un foco potencial de escalada.
Este proceso tiene una dimensión histórica más profunda. La ofensiva contra Irán no es simplemente una guerra regional: es una expresión concentrada de la crisis del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Las instituciones que pretendían regular el sistema mundial —desde las Naciones Unidas hasta el conjunto de mecanismos diplomáticos heredados de la posguerra— han demostrado una impotencia completa frente a la agresión imperialista. Lejos de actuar como freno a la guerra, estas estructuras han terminado legitimando de facto la intervención militar o limitándose a administrar sus consecuencias humanitarias.
Este agotamiento institucional refleja una transformación más profunda del sistema capitalista. La globalización neoliberal, que durante décadas permitió amortiguar las rivalidades entre las grandes potencias mediante la expansión del comercio y de las cadenas productivas internacionales, ha entrado en una fase de fractura. El capitalismo mundial vuelve a organizarse cada vez más en torno a bloques geopolíticos rivales que compiten por recursos, rutas comerciales y áreas de influencia. La guerra contra Irán es uno de los primeros episodios de esta nueva etapa, en la que la competencia económica se entrelaza cada vez más estrechamente con la confrontación militar.
La propia política de la administración Trump expresa esta crisis del imperialismo norteamericano. Su ofensiva militar pretende clausurar por la fuerza un proceso histórico que ya no puede revertirse mediante los instrumentos tradicionales de dominación. La aventura bélica se presenta así como un intento desesperado de restaurar una autoridad global que se encuentra profundamente erosionada. Sin embargo, el efecto real es el contrario: cada nueva escalada confirma la incapacidad de Washington para imponer una solución estable a los conflictos que desata.
En este sentido, la guerra está abriendo una dinámica que desborda ampliamente los cálculos iniciales de la Casa Blanca. Lo que comenzó como una operación destinada a reforzar el control estratégico sobre Medio Oriente se está transformando en una confrontación prolongada que amenaza con reconfigurar toda la arquitectura política de la región. Y en la medida en que el conflicto se prolonga, su impacto económico y político se proyecta sobre todos los continentes.
El vínculo entre esta crisis internacional y la situación política chilena es más directo de lo que suele reconocerse. La instalación del gobierno de José Antonio Kast en La Moneda no puede entenderse únicamente como un fenómeno interno. Forma parte de un proceso más amplio de reorganización política del capitalismo latinoamericano frente a un escenario internacional cada vez más convulsivo. La alternancia que ha llevado a Kast al poder no expresa una ruptura con el ciclo político anterior, sino la continuidad de un mismo régimen basado en grandes acuerdos de gobernabilidad entre las fracciones dominantes de la clase dirigente.
Ese régimen se sostiene sobre una transversalidad programática que atraviesa a todas las fuerzas políticas del orden. La agenda securitaria, la defensa irrestricta de los intereses empresariales y la subordinación estratégica a los alineamientos geopolíticos de Washington constituyen los pilares de ese consenso. En un mundo atravesado por guerras, crisis energéticas y tensiones comerciales, las clases dominantes chilenas buscan asegurar la estabilidad interna mediante un reforzamiento del aparato estatal y una mayor disciplina social.
Pero esa estabilidad es profundamente frágil. La economía chilena depende en gran medida de las fluctuaciones del comercio mundial y de los precios de las materias primas. Un escenario prolongado de guerra en Medio Oriente, acompañado por inflación energética y desaceleración global, impactará inevitablemente sobre la estructura económica del país. Las tensiones sociales que ya recorren la sociedad chilena —desde la crisis de vivienda hasta la precarización laboral— tenderán a intensificarse bajo esas condiciones.
La guerra imperialista, la crisis económica y la recomposición autoritaria de los regímenes políticos forman parte de un mismo proceso histórico. Frente a esta dinámica, las alternativas ofrecidas por las fuerzas del régimen se reducen a distintas variantes de adaptación al orden existente. La única perspectiva capaz de enfrentar simultáneamente la guerra, el hambre y la crisis social reside en la movilización independiente de la clase trabajadora. En un mundo donde las grandes potencias arrastran a la humanidad hacia nuevas catástrofes, la lucha contra el imperialismo y contra el capitalismo vuelve a plantearse como una necesidad histórica inmediata.
Por GUSTAVO BURGOS (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La guerra imperialista contra Irán ha ingresado en una fase cualitativamente distinta de aquella que sus planificadores en Washington imaginaron al iniciar la ofensiva. Lo que fue presentado como una operación quirúrgica destinada a destruir la capacidad estratégica de Teherán y provocar un rápido colapso político del régimen iraní se ha transformado en un conflicto crónico de alcance regional cuyas consecuencias comienzan a desbordar ampliamente el teatro militar inmediato. El desarrollo de los acontecimientos confirma una constante histórica del imperialismo tardío: cuando su dominación encuentra límites políticos, sociales o militares, la respuesta es una escalada que termina socavando los mismos fundamentos del orden mundial que pretende preservar.
Desde el punto de vista estratégico, la conducción de la guerra revela un grado notable de improvisación y caos. La ofensiva inicial —basada en ataques de decapitación del liderazgo iraní y en la ilusión de que el aparato estatal colapsaría bajo el impacto de los bombardeos— partió de una incomprensión profunda de la estructura política de Irán y de la correlación real de fuerzas en Medio Oriente. El resultado ha sido el contrario al esperado: la guerra ha consolidado la cohesión interna del régimen iraní y ha ampliado el radio del conflicto a toda la región del Golfo Pérsico, arrastrando a una multiplicidad de actores estatales y paraestatales a una dinámica de guerra prolongada.
La consecuencia inmediata de esta escalada ha sido la desestabilización de uno de los puntos neurálgicos de la economía mundial: las rutas energéticas del Golfo. El estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, se ha transformado en el epicentro de una disputa militar permanente. Los ataques contra infraestructuras petroleras y contra el tráfico marítimo han empujado el precio del crudo por encima de los cien dólares por barril, inaugurando una fase de volatilidad que amenaza con desencadenar una nueva crisis inflacionaria global. El capitalismo mundial, que arrastra desde hace años síntomas de estancamiento estructural, se aproxima así al umbral de una espiral de encarecimiento energético que puede precipitar una fase depresiva de la economía internacional.
En este sentido, la guerra contra Irán está actuando como un catalizador de contradicciones acumuladas en la situación política mundial. Durante décadas, la economía mundial ha dependido de un sistema energético organizado bajo la hegemonía estratégica de Estados Unidos en Medio Oriente. El intento de resolver por la vía militar el declive relativo de esa hegemonía ha introducido un factor de desorden que amenaza con fracturar ese mismo sistema. La paradoja es evidente: la potencia que pretendía reafirmar su autoridad global mediante una demostración de fuerza ha abierto un escenario en el que su propia capacidad de control sobre la economía mundial aparece cada vez más limitada.
La asimetría militar entre Estados Unidos e Irán —que en apariencia debería garantizar una rápida victoria del primero— se está revelando, por el contrario, como un elemento que favorece la expansión del conflicto. Irán no necesita derrotar militarmente al imperialismo para alterar el curso de la guerra; basta con prolongarla y multiplicar sus frentes indirectos para erosionar los costos políticos y económicos de la intervención. De ahí que la confrontación esté mutando progresivamente en una guerra regional de desgaste, donde milicias, aliados locales y Estados interpuestos transforman cada punto del mapa en un foco potencial de escalada.
Este proceso tiene una dimensión histórica más profunda. La ofensiva contra Irán no es simplemente una guerra regional: es una expresión concentrada de la crisis del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Las instituciones que pretendían regular el sistema mundial —desde las Naciones Unidas hasta el conjunto de mecanismos diplomáticos heredados de la posguerra— han demostrado una impotencia completa frente a la agresión imperialista. Lejos de actuar como freno a la guerra, estas estructuras han terminado legitimando de facto la intervención militar o limitándose a administrar sus consecuencias humanitarias.
Este agotamiento institucional refleja una transformación más profunda del sistema capitalista. La globalización neoliberal, que durante décadas permitió amortiguar las rivalidades entre las grandes potencias mediante la expansión del comercio y de las cadenas productivas internacionales, ha entrado en una fase de fractura. El capitalismo mundial vuelve a organizarse cada vez más en torno a bloques geopolíticos rivales que compiten por recursos, rutas comerciales y áreas de influencia. La guerra contra Irán es uno de los primeros episodios de esta nueva etapa, en la que la competencia económica se entrelaza cada vez más estrechamente con la confrontación militar.
La propia política de la administración Trump expresa esta crisis del imperialismo norteamericano. Su ofensiva militar pretende clausurar por la fuerza un proceso histórico que ya no puede revertirse mediante los instrumentos tradicionales de dominación. La aventura bélica se presenta así como un intento desesperado de restaurar una autoridad global que se encuentra profundamente erosionada. Sin embargo, el efecto real es el contrario: cada nueva escalada confirma la incapacidad de Washington para imponer una solución estable a los conflictos que desata.
En este sentido, la guerra está abriendo una dinámica que desborda ampliamente los cálculos iniciales de la Casa Blanca. Lo que comenzó como una operación destinada a reforzar el control estratégico sobre Medio Oriente se está transformando en una confrontación prolongada que amenaza con reconfigurar toda la arquitectura política de la región. Y en la medida en que el conflicto se prolonga, su impacto económico y político se proyecta sobre todos los continentes.
El vínculo entre esta crisis internacional y la situación política chilena es más directo de lo que suele reconocerse. La instalación del gobierno de José Antonio Kast en La Moneda no puede entenderse únicamente como un fenómeno interno. Forma parte de un proceso más amplio de reorganización política del capitalismo latinoamericano frente a un escenario internacional cada vez más convulsivo. La alternancia que ha llevado a Kast al poder no expresa una ruptura con el ciclo político anterior, sino la continuidad de un mismo régimen basado en grandes acuerdos de gobernabilidad entre las fracciones dominantes de la clase dirigente.
Ese régimen se sostiene sobre una transversalidad programática que atraviesa a todas las fuerzas políticas del orden. La agenda securitaria, la defensa irrestricta de los intereses empresariales y la subordinación estratégica a los alineamientos geopolíticos de Washington constituyen los pilares de ese consenso. En un mundo atravesado por guerras, crisis energéticas y tensiones comerciales, las clases dominantes chilenas buscan asegurar la estabilidad interna mediante un reforzamiento del aparato estatal y una mayor disciplina social.
Pero esa estabilidad es profundamente frágil. La economía chilena depende en gran medida de las fluctuaciones del comercio mundial y de los precios de las materias primas. Un escenario prolongado de guerra en Medio Oriente, acompañado por inflación energética y desaceleración global, impactará inevitablemente sobre la estructura económica del país. Las tensiones sociales que ya recorren la sociedad chilena —desde la crisis de vivienda hasta la precarización laboral— tenderán a intensificarse bajo esas condiciones.
La guerra imperialista, la crisis económica y la recomposición autoritaria de los regímenes políticos forman parte de un mismo proceso histórico. Frente a esta dinámica, las alternativas ofrecidas por las fuerzas del régimen se reducen a distintas variantes de adaptación al orden existente. La única perspectiva capaz de enfrentar simultáneamente la guerra, el hambre y la crisis social reside en la movilización independiente de la clase trabajadora. En un mundo donde las grandes potencias arrastran a la humanidad hacia nuevas catástrofes, la lucha contra el imperialismo y contra el capitalismo vuelve a plantearse como una necesidad histórica inmediata.


























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