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SI HAY QUE IR A LA GUERRA, QUE EMPIECEN LOS HIJOS DE LOS QUE LA ANUNCIAN POR TELEVISIÓN

Si el presidente quiere guerra, que mande primero al heredero del Penthouse

Las guerras siempre piden sacrificios. Sacrificios nacionales. Sacrificios patrióticos. Sacrificios colectivos. Curiosamente, casi nunca incluyen a los hijos de aquellos que las declaran. Hasta que un dia internet decidió hacer la pregunta más incómoda del año: ¿y si mandamos a Barron Trump a la guerra de Irán?

 

POR M. MEDINA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Las guerras modernas tienen una curiosa forma de justicia. Los presidentes las anuncian. Los generales las planifican. Los empresarios las financian. Y los pobres las mueren. Como puede verse todo muy democrático.

 

    Sucede, además, que en nuestro mundo civilizado hay una costumbre muy elegante: las guerras siempre empiezan lejos del barrio donde viven aquellos que las declaran.

 

    Los presidentes suelen hablar de ellas con voz grave, pletóricas de ecos, como si estuvieran anunciando una tormenta inevitable. Dicen palabras grandes: seguridad, libertad, civilización. Unas palabras que pesan mucho en los discursos y muy poco cuando caen las bombas.

 

  Después aparecen los mapas en televisión. Flechas rojas avanzando sobre países que la mayoría de los espectadores no sabría nunca ubicar ni aunque le pagaran. Y entonces llega el momento heroico: enviar soldados. Pero no cualquier tipo de soldados. Porque el imperio tiene reglas muy precisas sobre quién debe morir por la patria.

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LOS HIJOS DEL IMPERIO

   En Estados Unidos —ese país que exporta democracia con portaaviones— hay millones de jóvenes que pueden ser enviados a cualquier guerra que aparezca en el calendario geopolítico. Pero curiosamente no todos los jóvenes son iguales. Hay jóvenes que nacen en barrios donde el ejército es la única beca universitaria disponible.

 

   Y hay jóvenes que nacen en apartamentos donde el techo es tan alto que la guerra ni siquiera se escucha desde la ventana. Barron Trump, el hijo de Donald pertenece a esta segunda categoría. Barron es alto. Desusadamente alto. Mas de dos metros de muchacho.

 

   En las fotografías oficiales aparece como un poste silencioso al lado de su padre, el presidente que habla de guerras con la misma naturalidad con la que otros hablan de golf.

 

   El joven Barron creció entre mármoles, helicópteros y guardaespaldas. El único uniforme que ha tenido que ponerse en su vida probablemente ha sido el de algún equipo de fútbol juvenil. Un detalle curioso: en su mundo, las únicas explosiones que se producen suelen ser la de las espumeantes botellas de champán.

 

EL MOMENTO DEL MEME

   Entonces internet —ese lugar donde el sarcasmo respira con toda libertad— decidió hacer una pregunta peligrosa. Una pregunta tan sencilla que parecía una broma. ¿Por qué no enviamos a Barron a la guerra de Irán?

 

   Así fue como nació el hashtag #SendBarron. Miles y miles de usuarios comenzaron a publicar imágenes del joven vestido de soldado, casco brillante, fusil al hombro, listo para marchar hacia Irán como si de un héroe de videojuego patriótico se tratara. Era un chiste, claro. Pero también era algo más. Era también un espejo.

 

EL IMPERIO Y SUS MUERTOS

    Las guerras modernas funcionan como una empresa muy bien organizada. Los políticos aportan discursos. Los medios aportan banderas. Las empresas de armas aportan beneficios. Y los pobres aportan cadáveres.

 

   Se trata de un sistema eficiente. Lleva funcionando siglos. Porque el sacrificio nacional siempre tiene una distribución muy curiosa: los que lo deciden rara vez arriesgan lo que tienen en casa. La patria exige sangre, sí. Pero casi nunca la propia.

 

UN PEQUEÑO EXPERIMENTO

    Por eso la idea de enviar al joven Barron resultaba tan fascinante. Era como un experimento mental. Imaginemos por un momento que el hijo del presidente tuviera que subirse a un avión militar rumbo al frente. Imaginemos que el privilegio tuviera que compartir la misma lotería que exige a los demás. Imaginemos que el poder tuviera que pagar el mismo precio que impone. El mundo entero se paralizaría. Las guerras desaparecerían en cuestión de semanas.

 

EL MUCHACHO Y EL SISTEMA

   Barron Trump, por supuesto, no tiene la culpa de nada. No eligió nacer en la cima de una torre. No eligió que su padre gobernara un imperio armado hasta los dientes. Y seguramente preferiría seguir jugando al fútbol antes que convertirse en símbolo de nada. Pero los símbolos a veces aparecen solos. Sobre todo cuando el mundo decide reírse de sus propias mentiras.

 

EL MUNDO AL DERECHO

    Así que tranquilos. El gigantesco  Barron no irá a la guerra. Nunca lo hará. El sistema está diseñado precisamente para evitarlo. Los imperios necesitan soldados, sí. Pero prefieren que esos soldados nazcan en casas donde las madres no tienen acceso directo al despacho presidencial. Se trata de  una vieja tradición. Los poderosos escriben la historia. Los pobres la sangran.

 

   Y de vez en cuando, cuando internet tiene un buen día, alguien lo recuerda con un meme. Un simple meme. Pero suficiente para revelar la verdad que las banderas intentan esconder.

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