LOS "MACHOS" DE LA HISTORIA: CÓMO LA VIRILIDAD FABRICÓ IMPERIOS... Y LOS LLEVÓ AL DESASTRE
De la virtus romana al culto del héroe vencedor
La Historia está llena de dirigentes que hicieron de la virilidad una auténtica religión política. Generales, emperadores y dictadores se presentaron como encarnaciones de la fuerza, el coraje y la autoridad absoluta para justificar guerras, imponer su poder y exigir obediencia. Sin embargo, el desenlace de muchos de ellos fue profundamente irónico: quienes prometían gobernar gracias a su supuesta fortaleza terminaron derrotados, humillados o convertidos en símbolos del fracaso.
POR M. PEROGRULLO PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay palabras que deberían descansar en un museo, detrás de una vitrina, acompañadas por un cartel que dijera: «Manipular con cuidado. Han provocado demasiados desastres».
Una de esas palabras es «virilidad». Durante siglos fue mucho más que una virtud masculina. Fue un programa político, un método de gobierno y, sobre todo, una magnífica coartada para enviar a millones de personas a morir convencidas de que estaban escribiendo la Historia con mayúsculas.
Resulta curioso comprobar que los imperios siempre han necesitado fabricar hombres antes que ciudadanos. Esparta, por ejemplo, convirtió la infancia en un largo entrenamiento para la guerra. Los recién nacidos que parecían débiles eran abandonados en las laderas del Taigeto porque una ciudad destinada a dominar Grecia no podía permitirse el lujo de criar niños frágiles. La anécdota ha sobrevivido más de dos mil años porque resume toda una manera de entender el poder: la fortaleza física elevada a principio moral. Sin embargo, la orgullosa Esparta, que enseñó a media humanidad a confundir disciplina con grandeza, terminó desapareciendo mientras Atenas, mucho más desordenada, seguía conquistando el mundo a través de sus filósofos, sus dramaturgos y sus ideas.
![[Img #93075]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/8048_comic-machos-ok.jpg)
Los romanos se encargaron de perfeccionar aquella maquinaria. La palabra virtus significaba originalmente el valor propio del hombre, pero pronto acabó justificando cualquier campaña militar. Cuando Julio César cruzó el Rubicón no lo hizo únicamente para iniciar una guerra civil; también necesitaba demostrar que seguía siendo el romano más fuerte de Roma. Su victoria convirtió el desafío en epopeya. Si hubiera perdido, probablemente hoy los libros de historia hablarían de un aventurero irresponsable. La Historia posee esa extraña costumbre de llamar heroísmo a las victorias y locura a las derrotas.
Muchos siglos después, cuando los reyes europeos ya no conquistaban provincias espada en mano, continuaban empeñados en medir su hombría delante de medio continente. En junio de 1520, Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra organizaron cerca de Calais el encuentro diplomático más extravagante del Renacimiento. Miles de tiendas cubiertas de telas doradas, banquetes interminables, fuentes que manaban vino y caballeros luciendo armaduras tan brillantes que casi cegaban bajo el sol del verano. Parecía una cumbre destinada a garantizar la paz europea. Sin embargo, lo que terminó recordando la posteridad fue un combate improvisado de lucha libre entre ambos monarcas. Enrique VIII, convencido de que derrotaría fácilmente a su rival, acabó tumbado sobre la hierba por el francés. Durante unos segundos, el equilibrio político europeo dependió menos de los tratados que del orgullo malherido de un rey corpulento.
La escena que habría hecho las delicias de cualquier caricaturista de hoy, anunciaba una constante histórica. Cuando los argumentos escasean, siempre aparece algún músculo dispuesto a ocupar su lugar.
La Revolución Francesa prometió sustituir los privilegios por la razón. Apenas unos años después, Napoleón Bonaparte volvió a colocar el uniforme en el centro de la política europea. Era un estratega extraordinario, sin duda, pero también comprendió que el poder necesita escenografía. Mandó pintarse cruzando los Alpes sobre un caballo encabritado. La realidad resultó bastante menos cinematográfica: atravesó el puerto de montaña montado tranquilamente sobre una mula, envuelto en una gruesa capa para protegerse del frío. Los pintores corrigieron la escena porque la Historia, cuando trabaja al servicio del poder, suele preferir los caballos blancos a las mulas.
El siglo XX llevó esa representación hasta el delirio. Benito Mussolini descubrió que gobernar Italia exigía aparecer constantemente sin camisa, segando trigo, conduciendo tractores o posando junto a enormes haces de espigas. Hitler hizo de los Juegos Olímpicos de Berlín una gigantesca exhibición de cuerpos atléticos cuidadosamente coreografiados. Franco hablaba de "pueblos viriles" como si el futuro de una nación dependiera de la testosterona de sus habitantes. Cada uno, con estilos diferentes, entendió que los ciudadanos podían soportar muchas privaciones si antes conseguían convencerlos de que pertenecían a una comunidad excepcionalmente fuerte.
La realidad, sin embargo, poseía un sentido del humor devastador. Mussolini, que había pasado años representando al hombre invencible, intentó escapar disfrazado de soldado alemán, pero terminó colgado de los tobillos por la multitud en una plaza pública. Hitler concluyó sus días suicidándose, oculto bajo tierra, rodeado de mapas inútiles y generales que ya solo mandaban sobre ruinas. Franco, de voz meliflua y apariencia no especialmente "viril", sobrevivió a todos ellos gracias a su prudencia camaleónica, una virtud mucho menos fotogénica que la virilidad monda y lironda, pero infinitamente más eficaz a la hora de conservar el poder.
Ni siquiera las democracias han logrado desprenderse completamente de ese teatro. Cambian los decorados, pero el guion resiste. Un presidente monta a caballo delante de las cámaras. Otro posa serrando troncos. Un tercero practica judo mientras los fotógrafos buscan el ángulo adecuado. Parece existir una ley no escrita según la cual ningún dirigente puede aspirar a gobernar si antes no demuestra que sería capaz de vencer en una competición de fuerza.
Quizá por eso sorprende tanto descubrir quiénes fueron realmente los valientes del siglo XX. No llevaban uniformes espectaculares ni pronunciaban discursos inflamados. Eran los diplomáticos que falsificaron pasaportes para salvar perseguidos, los ferroviarios franceses que retrasaban convoyes destinados a los campos de exterminio, los maquis soviéticos que hacían la vida imposible a los invasores nazis, los profesores polacos que continuaban impartiendo clases clandestinas cuando hacerlo podía costarles la vida, o los obreros que escondían familias enteras detrás de un falso tabique mientras la propaganda seguía hablando de pueblos fuertes y hombres viriles.
La historia acaba demostrando una paradoja fastidiosa. Cuanto más insiste un régimen en exhibir fuerza, más miedo suele esconder. Quien está seguro de sí mismo no necesita recordarlo cada cinco minutos. Las civilizaciones que dejaron una huella más profunda no fueron necesariamente las que construyeron los ejércitos más grandes, sino aquellas capaces de producir mejores leyes, mejores libros y mejores preguntas.
Tal vez la verdadera fortaleza nunca haya consistido en conquistar ciudades, levantar imperios o desfilar marcando el paso. Quizá haya consistido, simplemente, en resistirse a creer que la violencia convierte automáticamente a alguien en "un hombre" y que la Historia pertenece siempre a quienes gritan más fuerte. Basta recorrer sus páginas para comprobar que los músculos envejecen mucho antes que las ideas.
POR M. PEROGRULLO PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay palabras que deberían descansar en un museo, detrás de una vitrina, acompañadas por un cartel que dijera: «Manipular con cuidado. Han provocado demasiados desastres».
Una de esas palabras es «virilidad». Durante siglos fue mucho más que una virtud masculina. Fue un programa político, un método de gobierno y, sobre todo, una magnífica coartada para enviar a millones de personas a morir convencidas de que estaban escribiendo la Historia con mayúsculas.
Resulta curioso comprobar que los imperios siempre han necesitado fabricar hombres antes que ciudadanos. Esparta, por ejemplo, convirtió la infancia en un largo entrenamiento para la guerra. Los recién nacidos que parecían débiles eran abandonados en las laderas del Taigeto porque una ciudad destinada a dominar Grecia no podía permitirse el lujo de criar niños frágiles. La anécdota ha sobrevivido más de dos mil años porque resume toda una manera de entender el poder: la fortaleza física elevada a principio moral. Sin embargo, la orgullosa Esparta, que enseñó a media humanidad a confundir disciplina con grandeza, terminó desapareciendo mientras Atenas, mucho más desordenada, seguía conquistando el mundo a través de sus filósofos, sus dramaturgos y sus ideas.
![[Img #93075]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/8048_comic-machos-ok.jpg)
Los romanos se encargaron de perfeccionar aquella maquinaria. La palabra virtus significaba originalmente el valor propio del hombre, pero pronto acabó justificando cualquier campaña militar. Cuando Julio César cruzó el Rubicón no lo hizo únicamente para iniciar una guerra civil; también necesitaba demostrar que seguía siendo el romano más fuerte de Roma. Su victoria convirtió el desafío en epopeya. Si hubiera perdido, probablemente hoy los libros de historia hablarían de un aventurero irresponsable. La Historia posee esa extraña costumbre de llamar heroísmo a las victorias y locura a las derrotas.
Muchos siglos después, cuando los reyes europeos ya no conquistaban provincias espada en mano, continuaban empeñados en medir su hombría delante de medio continente. En junio de 1520, Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra organizaron cerca de Calais el encuentro diplomático más extravagante del Renacimiento. Miles de tiendas cubiertas de telas doradas, banquetes interminables, fuentes que manaban vino y caballeros luciendo armaduras tan brillantes que casi cegaban bajo el sol del verano. Parecía una cumbre destinada a garantizar la paz europea. Sin embargo, lo que terminó recordando la posteridad fue un combate improvisado de lucha libre entre ambos monarcas. Enrique VIII, convencido de que derrotaría fácilmente a su rival, acabó tumbado sobre la hierba por el francés. Durante unos segundos, el equilibrio político europeo dependió menos de los tratados que del orgullo malherido de un rey corpulento.
La escena que habría hecho las delicias de cualquier caricaturista de hoy, anunciaba una constante histórica. Cuando los argumentos escasean, siempre aparece algún músculo dispuesto a ocupar su lugar.
La Revolución Francesa prometió sustituir los privilegios por la razón. Apenas unos años después, Napoleón Bonaparte volvió a colocar el uniforme en el centro de la política europea. Era un estratega extraordinario, sin duda, pero también comprendió que el poder necesita escenografía. Mandó pintarse cruzando los Alpes sobre un caballo encabritado. La realidad resultó bastante menos cinematográfica: atravesó el puerto de montaña montado tranquilamente sobre una mula, envuelto en una gruesa capa para protegerse del frío. Los pintores corrigieron la escena porque la Historia, cuando trabaja al servicio del poder, suele preferir los caballos blancos a las mulas.
El siglo XX llevó esa representación hasta el delirio. Benito Mussolini descubrió que gobernar Italia exigía aparecer constantemente sin camisa, segando trigo, conduciendo tractores o posando junto a enormes haces de espigas. Hitler hizo de los Juegos Olímpicos de Berlín una gigantesca exhibición de cuerpos atléticos cuidadosamente coreografiados. Franco hablaba de "pueblos viriles" como si el futuro de una nación dependiera de la testosterona de sus habitantes. Cada uno, con estilos diferentes, entendió que los ciudadanos podían soportar muchas privaciones si antes conseguían convencerlos de que pertenecían a una comunidad excepcionalmente fuerte.
La realidad, sin embargo, poseía un sentido del humor devastador. Mussolini, que había pasado años representando al hombre invencible, intentó escapar disfrazado de soldado alemán, pero terminó colgado de los tobillos por la multitud en una plaza pública. Hitler concluyó sus días suicidándose, oculto bajo tierra, rodeado de mapas inútiles y generales que ya solo mandaban sobre ruinas. Franco, de voz meliflua y apariencia no especialmente "viril", sobrevivió a todos ellos gracias a su prudencia camaleónica, una virtud mucho menos fotogénica que la virilidad monda y lironda, pero infinitamente más eficaz a la hora de conservar el poder.
Ni siquiera las democracias han logrado desprenderse completamente de ese teatro. Cambian los decorados, pero el guion resiste. Un presidente monta a caballo delante de las cámaras. Otro posa serrando troncos. Un tercero practica judo mientras los fotógrafos buscan el ángulo adecuado. Parece existir una ley no escrita según la cual ningún dirigente puede aspirar a gobernar si antes no demuestra que sería capaz de vencer en una competición de fuerza.
Quizá por eso sorprende tanto descubrir quiénes fueron realmente los valientes del siglo XX. No llevaban uniformes espectaculares ni pronunciaban discursos inflamados. Eran los diplomáticos que falsificaron pasaportes para salvar perseguidos, los ferroviarios franceses que retrasaban convoyes destinados a los campos de exterminio, los maquis soviéticos que hacían la vida imposible a los invasores nazis, los profesores polacos que continuaban impartiendo clases clandestinas cuando hacerlo podía costarles la vida, o los obreros que escondían familias enteras detrás de un falso tabique mientras la propaganda seguía hablando de pueblos fuertes y hombres viriles.
La historia acaba demostrando una paradoja fastidiosa. Cuanto más insiste un régimen en exhibir fuerza, más miedo suele esconder. Quien está seguro de sí mismo no necesita recordarlo cada cinco minutos. Las civilizaciones que dejaron una huella más profunda no fueron necesariamente las que construyeron los ejércitos más grandes, sino aquellas capaces de producir mejores leyes, mejores libros y mejores preguntas.
Tal vez la verdadera fortaleza nunca haya consistido en conquistar ciudades, levantar imperios o desfilar marcando el paso. Quizá haya consistido, simplemente, en resistirse a creer que la violencia convierte automáticamente a alguien en "un hombre" y que la Historia pertenece siempre a quienes gritan más fuerte. Basta recorrer sus páginas para comprobar que los músculos envejecen mucho antes que las ideas.





























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