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EL CONSUMO DE COCAÍNA SE DISPARA ENTRE LOS MENORES EN CANARIAS

La directora de Proyecto Hombre Canarias, Carmen Lázaro, alerta de un cambio de tendencia

La cocaína ya no circula únicamente en ambientes marginales o de alto poder adquisitivo. Su expansión entre adolescentes y jóvenes canarios refleja un deterioro social cada vez más profundo, marcado por la precariedad, el malestar emocional y la pérdida de horizontes de futuro.

 

Por CARLOS SERNA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

[Img #91656]   La pasada semana, la directora de Proyecto Hombre Canarias, Carmen Lázaro, alertaba del fuerte aumento del consumo de cocaína entre menores y adolescentes en las islas, hasta el punto de que esta droga ya iguala prácticamente al cannabis entre los jóvenes atendidos por esa organización. Según explicó la responsable de la entidad, hace apenas dos años nueve de cada diez adolescentes tratados acudían por problemas relacionados con el hachís o la marihuana, mientras que ahora el perfil ha cambiado “de forma drástica”, con un crecimiento alarmante de consumidores de cocaína e incluso algunos casos de consumo de crack entre menores de edad.

 

   El dato, recogido en la memoria anual de 2025 de Proyecto Hombre Canarias, refleja un fenómeno que preocupa cada vez más a profesionales de las adicciones y trabajadores sociales: la expansión de la cocaína entre jóvenes de entornos cada vez más normalizados. Ya no se trata únicamente de consumos asociados a ambientes marginales o a sectores de alto poder adquisitivo. La cocaína se extiende entre adolescentes y jóvenes trabajadores en un contexto marcado por la precariedad, la ansiedad social y la ausencia de expectativas de futuro.

 

[Img #91653]

 

LA COCAÍNA DEJA DE SER UNA “DROGA DE ÉLITE”

   Durante décadas, la cocaína fue presentada como una droga ligada a ambientes empresariales, fiestas exclusivas o sectores económicamente acomodados. Sin embargo, distintos especialistas llevan años alertando de un cambio profundo en ese patrón de consumo.

 

  La sustancia se ha abaratado, su distribución se ha extendido y su presencia se ha normalizado en espacios donde hace años resultaba mucho menos frecuente. El auge del policonsumo —mezcla de cocaína, alcohol, cannabis, benzodiacepinas y otros psicofármacos— se ha convertido además en una característica habitual entre muchos jóvenes.

 

  Según los datos ofrecidos por Proyecto Hombre Canarias, el 50% de los adultos atendidos por la entidad durante 2025 consumía cocaína y el 21% crack, mientras el consumo combinado de distintas sustancias aparece ya como la situación predominante.

 

  El fenómeno no es exclusivo de Canarias. Informes recientes y entidades dedicadas a la intervención social han alertado también del crecimiento del consumo de cocaína entre jóvenes de clases trabajadoras y sectores empobrecidos en distintos puntos del Estado. Diversos estudios apuntan, asimismo, a que la percepción del riesgo entre adolescentes ha disminuido considerablemente en los últimos años, mientras aumenta la facilidad de acceso a este tipo de sustancias.

 

   Pero detrás de ese cambio no solo hay transformaciones en el mercado de la droga. También existe una realidad social cada vez más deteriorada.

 

PRECARIEDAD, FRUSTRACIÓN Y MALESTAR JUVENIL

   Cuando Carmen Lázaro afirma que “si un adolescente tiene 60 euros para comprar un gramo de cocaína, algo no está funcionando bien”, no está señalando únicamente a las familias. La frase retrata también un problema social más amplio: el debilitamiento de los vínculos comunitarios y la creciente desestructuración que atraviesan amplios sectores de la juventud.

 

  Canarias continúa encabezando algunos de los peores indicadores sociales del Estado español. Altas tasas de pobreza, salarios bajos, dificultad de acceso a la vivienda y precariedad laboral forman parte de la realidad cotidiana de miles de jóvenes canarios.

 

   El último informe FOESSA sobre exclusión social advertía de que amplias capas de la población viven en situaciones de inseguridad económica permanente, con enormes dificultades para emanciparse o construir un proyecto de vida estable. Esa sensación de incertidumbre continua afecta especialmente a las nuevas generaciones.

 

   Trabajadores sociales y expertos en salud mental vienen señalando desde hace años que el aumento de las adicciones juveniles no puede separarse del deterioro emocional y psicológico que acompaña a estos procesos. Ansiedad, frustración, depresión y sensación de vacío aparecen cada vez más presentes entre adolescentes y jóvenes adultos.

 

   En ese contexto, las drogas funcionan muchas veces como mecanismos de evasión inmediata frente a un entorno marcado por la presión económica, la competitividad y la falta de horizontes colectivos.

 

   La propia Proyecto Hombre Canarias alerta además de un incremento de la llamada “patología dual”, es decir, personas que combinan adicciones con trastornos mentales. Según la entidad, al menos un 21% de quienes acuden a tratamiento presentan ya un diagnóstico psiquiátrico, aunque consideran que la cifra real podría ser mucho mayor.

 

UN MERCADO DE LA DROGA CADA VEZ MÁS EXTENDIDO

    El crecimiento del consumo juvenil tampoco puede entenderse sin observar la transformación del propio mercado narcótico.

 

   Canarias ocupa desde hace décadas una posición estratégica en las rutas internacionales del tráfico de drogas debido a su localización geográfica y sus conexiones marítimas y aeroportuarias. Las operaciones policiales contra redes de narcotráfico se han multiplicado en los últimos años, pero paralelamente la presencia de cocaína en la vida cotidiana parece haberse extendido.

 

  Especialistas en criminología y exclusión social llevan tiempo señalando que el narcotráfico suele crecer con mayor facilidad allí donde existen pobreza estructural, economías informales y falta de oportunidades laborales. En muchos barrios obreros, las redes vinculadas al tráfico de drogas terminan ocupando espacios que antes cubrían el empleo estable, el tejido vecinal o determinadas formas de organización comunitaria.

 

   La expansión de la cocaína entre adolescentes refleja también esa transformación. Lo que antes aparecía asociado a determinados ambientes nocturnos o a consumos ocasionales de adultos, ahora forma parte del acceso cotidiano a las drogas en muchos entornos juveniles.

 

    Especial preocupación genera la aparición de casos de crack entre menores. Aunque desde Proyecto Hombre Canarias insisten en que se trata todavía de situaciones residuales, los profesionales reconocen que este tipo de consumos suele ir asociado a escenarios mucho más graves de exclusión y deterioro social.

 

 

FAMILIAS Y ADOLESCENTES AISLADOS

   El discurso de Carmen Lázaro pone también el foco en otro fenómeno cada vez más visible: la ruptura de espacios de convivencia familiar y comunitaria.

 

   La directora de Proyecto Hombre insiste en la necesidad de recuperar tiempo compartido entre padres e hijos, conversaciones cotidianas y espacios capaces de detectar a tiempo situaciones de riesgo. “Una cena para compartir una pizza y una película juntos”, señalaba gráficamente durante su intervención pública.

 

   Sin embargo, muchos especialistas advierten de que las propias condiciones laborales y económicas dificultan cada vez más esos vínculos. Jornadas extensas, precariedad, estrés económico y problemas de conciliación afectan directamente a la vida familiar de miles de trabajadores.

 

   A ello se suma una realidad marcada por el aislamiento creciente, el consumo masivo de redes sociales y la pérdida de espacios colectivos tradicionales. Muchos adolescentes socializan hoy en entornos profundamente atravesados por la cultura del consumo inmediato, la hipercompetitividad y la búsqueda constante de estímulos rápidos.

 

     En este escenario complejo, y deteriorado económica y socialmente,  las drogas encuentran un terreno especialmente favorable para expandirse.

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