CANARIAS Y EL SAHEL: DRONES, MISILES E INTOXICACIÓN CONTRA NUESTRAS ASPIRACIONES DE NEUTRALIDAD
La creciente militarización del Archipiélago canario se entrelaza con la lucha por el control del Sahel
El Sahel se ha convertido en uno de los principales escenarios de la disputa geopolítica mundial. En ese tablero, Canarias aparece cada vez más vinculada a las estrategias militares occidentales, entre bases, drones, vigilancia y una narrativa de inseguridad que el autor, José M. Rivero interpreta como parte de una operación de legitimación del rearme.
POR JOSE MANUEL RIVERO(*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Nos quieren mudos, nos quieren asustados y, sobre todo, nos quieren sumisos. En los últimos días, el pueblo canario está siendo sometido a un bombardeo mediático incesante que constituye una auténtica maquinaria de intoxicación psicológica masiva.
Los titulares de la prensa oligárquica e insular apuntan en una sola dirección: el enemigo acecha. Por un lado, nos alertan
de que la "Ruta Canaria" está a punto de convertirse en el nexo definitivo entre el yihadismo y Europa; por otro, nos dibujan una amenazante "flota rusa en la sombra" merodeando nuestras aguas como un enjambre de barcos espía listos para el sabotaje. El mensaje subyacente es nítido: para salvarnos de los bárbaros que nos rodean, debemos entregar sin rechistar nuestra soberanía territorial al paraguas armado de la Alianza Atlántica.
Todo esto es una burda operación de guerra perceptual. Es la superestructura ideológica trabajando a destajo para fabricar el consenso a través del miedo y legitimar lo que sin ese terror inducido sería inaceptable. Si desmenuzamos la información sin los eufemismos del atlantismo oficial, la contradicción del relato queda al descubierto. Los propios informes de Inteligencia y los analistas con pátina de expertos lo confiesan en la letra pequeña: el riesgo real de atentados en las islas es bajo y el flujo migratorio no es un vector de células operativas.
De igual forma, los petroleros de la llamada "flota fantasma" no son escuadras de guerra del Kremlin, sino buques comerciales con banderas de conveniencia que esquivan sanciones económicas en aguas internacionales. ¿Por qué entonces hiperbolizar la amenaza? ¿Por qué conectar tramposamente el drama humanitario del cayuco con el terrorismo internacional? Para entenderlo, hay que aplicar la historia total, analizar la base material y mirar sin anteojeras lo que verdaderamente ocurre a ambos lados de nuestro pedazo de Atlántico.
El pasado 10 de julio de 2026, los ministros de Defensa de la Alianza de Estados del Sahel (AES) se reunieron en Ouagadougou bajo las directrices de Ibrahim Traoré. Los pueblos de Malí, Burkina Faso y Níger no están sufriendo un "vacío de poder" como pregona la propaganda occidental; están consolidando su Fuerza Unificada y preparándose para una guerra de larga duración y alta intensidad con el objetivo irrenunciable de defender su soberanía efectiva y romper las cadenas del expolio poscolonial. La pérdida de control de las potencias euro-atlánticas sobre los recursos estratégicos del Sahel —oro, uranio, litio, coltán— ha desatado el pánico en Bruselas y Washington. El capitalismo occidental, sediento de minerales críticos para su transición energética y su economía digital, no tolera la existencia de gobiernos que prioricen la soberanía alimentaria y el desarrollo endógeno frente al saqueo corporativo. Y es contra esta insubordinación africana que se activa el engranaje imperial, utilizando a Canarias como plataforma de proyección.
Es aquí donde la trampa se cierra sobre nuestro Archipiélago, conectando la geopolítica global con la militarización interna de nuestro territorio. Solo unos días antes, el 7 y 8 de julio de 2026, se clausuraba la Cumbre de la OTAN en Ankara. Bajo las exigencias de la administración estadounidense y el secretario general Mark Rutte, los Estados europeos han firmado el libro de pedidos del complejo militar-industrial: un aumento masivo del gasto en armamento, la entrega de la seguridad colectiva a algoritmos de Inteligencia Artificial mediante una "nube de combate" transatlántica, y una exigencia asfixiante de incrementar en un 400% la defensa aeroespacial y antimisiles en los flancos más expuestos (flanco sur, por ejemplo). Este mandato no es retórico: es una orden de compra que ya tiene destinatarios concretos en nuestro suelo.
Para los planificadores del Pentágono y de la OTAN, Canarias es una posición de vanguardia expuesta, su frontera sur innegociable. Pero este rearme ya no es solo una amenaza abstracta; tiene nombres, apellidos corporativos e infraestructuras letales que echan raíces en nuestro propio entorno. La exigencia de Ankara se traduce materialmente en la conversión del Aeródromo de Lanzarote en un nido permanente de drones pesados y sistemas de vigilancia aérea no tripulada, diseñados para rastrear y monitorizar militarmente la costa occidental africana.
Este despliegue operativo en Lanzarote se alimenta de forma directa del tejido industrial-militar que se está instalando a escasa distancia: el capitalismo de guerra se enraíza con fuerza en el archipiélago a través de la
multinacional de la defensa Arquimea, que desarrolla drones avanzados desde su base tecnológica en Tenerife. No se trata de un proyecto aislado, sino de una implantación estratégica que responde directamente a la extrema proximidad con el Sahel, región que se ha convertido en el laboratorio global de una cruenta y acelerada "guerra de drones" que está transformando la naturaleza misma de los conflictos modernos.
El auge del uso masivo de aeronaves no tripuladas en los choques del continente africano ha disparado exponencialmente la demanda de tecnologías punteras destinadas no solo a la vigilancia y el ataque, sino a sofisticados sistemas de defensa aeroespacial y contramedidas electrónicas o electromecánicas (C-UAS) ante drones. Bajo el pretexto de control regional y estabilidad, la Alianza Atlántica y las estructuras imperialistas europeas están posicionando discretamente a Canarias como un nodo estratégico de I+D militar de alta intensidad. Nos venden estas industrias de la muerte bajo el cebo envenenado del "empleo tecnológico" y la "innovación" local, comprando el silencio sumiso de nuestras instituciones a cambio de hibridar definitivamente la economía y el territorio canario con los engranajes del rearme global y el control automatizado de fronteras. Canarias, de retaguardia turística, está siendo transmutada en portaaviones insumergible y en banco de pruebas del nuevo colonialismo digital y armado.
Para que el Gobierno de España pueda cumplir con estos millonarios compromisos bélicos suscritos en Ankara, y para que aceptemos que corporaciones como Arquimea colonicen nuestro tejido productivo mientras el Aeródromo de Lanzarote se convierte en base de operaciones de drones de guerra, necesitan que tengamos miedo. Necesitan la intoxicación mediática diaria para que el pueblo canario —con su histórica y arraigada conciencia antibelicista y anti-OTAN— no salga a la calle. Necesitan que interioricemos al vecino africano como una amenaza existencial para que aceptemos con resignación que se gasten miles de millones de euros en baterías de misiles, radares de última generación y tecnología de muerte, mientras nuestros servicios públicos, la sanidad y la vivienda se caen a pedazos. La doctrina del shock aplicada en dosis diarias: fabricar una psicosis de inseguridad para transferir recursos de lo común al complejo industrial-militar.
La securitización y la militarización industrial de nuestras islas es el clavo definitivo que quieren machacar para enterrar la legítima y necesaria aspiración a un Estatuto de Neutralidad para Canarias. El pánico manufacturado busca desactivar la solidaridad de clase con los pueblos africanos que rompen sus cadenas, estigmatizar al migrante convirtiéndolo en el chivo expiatorio del descontento social, y hacernos creer que nuestra única salvación es la sumisión silenciosa al eje Washington-Bruselas-Madrid.
Pero la neutralidad no es una quimera aislacionista, sino la condición de posibilidad para un internacionalismo real: solo un territorio desmilitarizado puede tender puentes de hermandad en lugar de erigir murallas de drones y misiles. Es hora de romper el marco discursivo de la oligarquía. Canarias debe plantarse frente a la agenda de guerra de la OTAN. No somos el laboratorio tecnológico de Arquimea, ni la base de drones del imperialismo, ni la retaguardia de ningún imperio en un Cuarto Reich de facto.
Somos un pueblo atlántico que exige la paz, la desmilitarización integral y el derecho inalienable a decidir su propio destino sin el yugo del miedo colonial y sin que nuestra tierra sea la plataforma desde la que se asfixia la soberanía de los pueblos hermanos del Sahel.
(*) José Manuel Rivero es abogado y analista político
POR JOSE MANUEL RIVERO(*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Nos quieren mudos, nos quieren asustados y, sobre todo, nos quieren sumisos. En los últimos días, el pueblo canario está siendo sometido a un bombardeo mediático incesante que constituye una auténtica maquinaria de intoxicación psicológica masiva.
Los titulares de la prensa oligárquica e insular apuntan en una sola dirección: el enemigo acecha. Por un lado, nos alertan
de que la "Ruta Canaria" está a punto de convertirse en el nexo definitivo entre el yihadismo y Europa; por otro, nos dibujan una amenazante "flota rusa en la sombra" merodeando nuestras aguas como un enjambre de barcos espía listos para el sabotaje. El mensaje subyacente es nítido: para salvarnos de los bárbaros que nos rodean, debemos entregar sin rechistar nuestra soberanía territorial al paraguas armado de la Alianza Atlántica.
Todo esto es una burda operación de guerra perceptual. Es la superestructura ideológica trabajando a destajo para fabricar el consenso a través del miedo y legitimar lo que sin ese terror inducido sería inaceptable. Si desmenuzamos la información sin los eufemismos del atlantismo oficial, la contradicción del relato queda al descubierto. Los propios informes de Inteligencia y los analistas con pátina de expertos lo confiesan en la letra pequeña: el riesgo real de atentados en las islas es bajo y el flujo migratorio no es un vector de células operativas.
De igual forma, los petroleros de la llamada "flota fantasma" no son escuadras de guerra del Kremlin, sino buques comerciales con banderas de conveniencia que esquivan sanciones económicas en aguas internacionales. ¿Por qué entonces hiperbolizar la amenaza? ¿Por qué conectar tramposamente el drama humanitario del cayuco con el terrorismo internacional? Para entenderlo, hay que aplicar la historia total, analizar la base material y mirar sin anteojeras lo que verdaderamente ocurre a ambos lados de nuestro pedazo de Atlántico.
El pasado 10 de julio de 2026, los ministros de Defensa de la Alianza de Estados del Sahel (AES) se reunieron en Ouagadougou bajo las directrices de Ibrahim Traoré. Los pueblos de Malí, Burkina Faso y Níger no están sufriendo un "vacío de poder" como pregona la propaganda occidental; están consolidando su Fuerza Unificada y preparándose para una guerra de larga duración y alta intensidad con el objetivo irrenunciable de defender su soberanía efectiva y romper las cadenas del expolio poscolonial. La pérdida de control de las potencias euro-atlánticas sobre los recursos estratégicos del Sahel —oro, uranio, litio, coltán— ha desatado el pánico en Bruselas y Washington. El capitalismo occidental, sediento de minerales críticos para su transición energética y su economía digital, no tolera la existencia de gobiernos que prioricen la soberanía alimentaria y el desarrollo endógeno frente al saqueo corporativo. Y es contra esta insubordinación africana que se activa el engranaje imperial, utilizando a Canarias como plataforma de proyección.
Es aquí donde la trampa se cierra sobre nuestro Archipiélago, conectando la geopolítica global con la militarización interna de nuestro territorio. Solo unos días antes, el 7 y 8 de julio de 2026, se clausuraba la Cumbre de la OTAN en Ankara. Bajo las exigencias de la administración estadounidense y el secretario general Mark Rutte, los Estados europeos han firmado el libro de pedidos del complejo militar-industrial: un aumento masivo del gasto en armamento, la entrega de la seguridad colectiva a algoritmos de Inteligencia Artificial mediante una "nube de combate" transatlántica, y una exigencia asfixiante de incrementar en un 400% la defensa aeroespacial y antimisiles en los flancos más expuestos (flanco sur, por ejemplo). Este mandato no es retórico: es una orden de compra que ya tiene destinatarios concretos en nuestro suelo.
Para los planificadores del Pentágono y de la OTAN, Canarias es una posición de vanguardia expuesta, su frontera sur innegociable. Pero este rearme ya no es solo una amenaza abstracta; tiene nombres, apellidos corporativos e infraestructuras letales que echan raíces en nuestro propio entorno. La exigencia de Ankara se traduce materialmente en la conversión del Aeródromo de Lanzarote en un nido permanente de drones pesados y sistemas de vigilancia aérea no tripulada, diseñados para rastrear y monitorizar militarmente la costa occidental africana.
Este despliegue operativo en Lanzarote se alimenta de forma directa del tejido industrial-militar que se está instalando a escasa distancia: el capitalismo de guerra se enraíza con fuerza en el archipiélago a través de la
multinacional de la defensa Arquimea, que desarrolla drones avanzados desde su base tecnológica en Tenerife. No se trata de un proyecto aislado, sino de una implantación estratégica que responde directamente a la extrema proximidad con el Sahel, región que se ha convertido en el laboratorio global de una cruenta y acelerada "guerra de drones" que está transformando la naturaleza misma de los conflictos modernos.
El auge del uso masivo de aeronaves no tripuladas en los choques del continente africano ha disparado exponencialmente la demanda de tecnologías punteras destinadas no solo a la vigilancia y el ataque, sino a sofisticados sistemas de defensa aeroespacial y contramedidas electrónicas o electromecánicas (C-UAS) ante drones. Bajo el pretexto de control regional y estabilidad, la Alianza Atlántica y las estructuras imperialistas europeas están posicionando discretamente a Canarias como un nodo estratégico de I+D militar de alta intensidad. Nos venden estas industrias de la muerte bajo el cebo envenenado del "empleo tecnológico" y la "innovación" local, comprando el silencio sumiso de nuestras instituciones a cambio de hibridar definitivamente la economía y el territorio canario con los engranajes del rearme global y el control automatizado de fronteras. Canarias, de retaguardia turística, está siendo transmutada en portaaviones insumergible y en banco de pruebas del nuevo colonialismo digital y armado.
Para que el Gobierno de España pueda cumplir con estos millonarios compromisos bélicos suscritos en Ankara, y para que aceptemos que corporaciones como Arquimea colonicen nuestro tejido productivo mientras el Aeródromo de Lanzarote se convierte en base de operaciones de drones de guerra, necesitan que tengamos miedo. Necesitan la intoxicación mediática diaria para que el pueblo canario —con su histórica y arraigada conciencia antibelicista y anti-OTAN— no salga a la calle. Necesitan que interioricemos al vecino africano como una amenaza existencial para que aceptemos con resignación que se gasten miles de millones de euros en baterías de misiles, radares de última generación y tecnología de muerte, mientras nuestros servicios públicos, la sanidad y la vivienda se caen a pedazos. La doctrina del shock aplicada en dosis diarias: fabricar una psicosis de inseguridad para transferir recursos de lo común al complejo industrial-militar.
La securitización y la militarización industrial de nuestras islas es el clavo definitivo que quieren machacar para enterrar la legítima y necesaria aspiración a un Estatuto de Neutralidad para Canarias. El pánico manufacturado busca desactivar la solidaridad de clase con los pueblos africanos que rompen sus cadenas, estigmatizar al migrante convirtiéndolo en el chivo expiatorio del descontento social, y hacernos creer que nuestra única salvación es la sumisión silenciosa al eje Washington-Bruselas-Madrid.
Pero la neutralidad no es una quimera aislacionista, sino la condición de posibilidad para un internacionalismo real: solo un territorio desmilitarizado puede tender puentes de hermandad en lugar de erigir murallas de drones y misiles. Es hora de romper el marco discursivo de la oligarquía. Canarias debe plantarse frente a la agenda de guerra de la OTAN. No somos el laboratorio tecnológico de Arquimea, ni la base de drones del imperialismo, ni la retaguardia de ningún imperio en un Cuarto Reich de facto.
Somos un pueblo atlántico que exige la paz, la desmilitarización integral y el derecho inalienable a decidir su propio destino sin el yugo del miedo colonial y sin que nuestra tierra sea la plataforma desde la que se asfixia la soberanía de los pueblos hermanos del Sahel.
(*) José Manuel Rivero es abogado y analista político


































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