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VENEZUELA: PREGUNTAS DE UN IDIOTA QUE NO LOGRA ENTENDER

La soberanía desaparece, las corporaciones llegan y un idiota intenta averiguar si ambos acontecimientos tienen alguna relación

Soy un idiota. Lo reconozco con mucha vergüenza. Porque después de todo lo ocurrido en Venezuela sigo sin comprender algunas cosas muy sencillas. No entiendo, por ejemplo, por qué razón tras los acontecimientos del 3 de enero, comenzaron a multiplicarse las visitas, los acuerdos, las reformas y el interés de determinadas compañías estadounidenses por los recursos venezolanos. No lo entiendo.. ¡qué quieren que les diga! . Quizá alguien pueda ayudarme y explicármelo. Mientras tanto, seguiré haciendo preguntas. Preguntas, eso sí, propias de un idiota.

POR "EL TONTO DEL BARRANCO" PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

   Me explican que, después de los acontecimientos del 3 de enero, cuando aviones norteamericanos secuestraron al presidente, todo sigue siendo exactamente igual que antes.

 

   Que la soberanía nacional permanece intacta. Que allí no ha cambiado nada esencial. Que quienes hablan de subordinación, protectorado, tutela o pérdida de autonomía son poco menos que unos exagerados, incapaces de comprender la realidad.

 

  Y la verdad es que yo me lo creo. Posiblemente —me advierten— porque soy idiota.

 

  Lo que ocurre es que luego abro los periódicos y veo desfilar por sus páginas a representantes extranjeros, al mismísimo jefe de la CIA, a asesores llegados de fuera, a empresas estadounidenses, a grandes fondos de inversión y a toda clase de proyectos interesados en gestionar sectores estratégicos de la economía venezolana.

 

   Pero seguro que todo eso debe tener una explicación perfectamente inocente. Porque en Venezuela se vive en paz, con frecuentes peregrinaciones patrióticas, y sus gobernantes están haciendo todo lo posible por el bienestar del pueblo venezolano.

 

   También soy tan rematadamente idiota que siempre había pensado que cuando una potencia adquiere una influencia decisiva sobre la manera en que se gobierna otro país, suele intentar obtener alguna ventaja de ello. Pese a mi probada condición de estúpido, puedo darme cuenta de que esta es una ocurrencia disparatada por mi parte. A veces se me ocurre pensar que esto me sucede por no haber leído suficientes libros de historia a lo largo de mi vida.

 

   Porque, evidentemente, las grandes Corporaciones nunca desembarcan donde hay oportunidades de negocio. Solo desembarcan donde hay poesía, amor, arte, cultura y una profunda vocación de servicio desinteresado.

 

    Otra cosa que mis entendederas no me permiten comprender es esa extraña epidemia de entusiasmo empresarial que parece haberse extendido por todo el territorio de esa República.

 

   Durante años, muchas compañías estadounidenses parecían contemplar Venezuela con el mismo interés  que uno tiene por acercarse a una pared recién pintada. Ahora, de repente, da la impresión de que han descubierto una pasión irrefrenable por ese hermoso país caribeño. Qué fenómeno tan conmovedor. Qué estallido tan repentino de solidaridad corporativa. Qué misteriosa revelación sentimental.

 

   Debe de ser una casualidad que ese amor aparezca precisamente cuando cambian determinadas condiciones políticas. Debe de ser también una casualidad que coincida con nuevas expectativas económicas impulsadas desde Washington, acompañadas por flamantes oportunidades de inversión.

 

 Todo casualidades. Casualidades encadenadas. Miles de casualidades perfectamente alineadas, avanzando en la misma dirección con una disciplina castrense realmente admirable.

 

   Pero, claro, el problema seguramente soy yo. Porque mi torpeza me empuja a seguir observando que cada vez que una gran potencia afirma actuar exclusivamente por principios, al cabo de un cierto tiempo aparecen los contratos. Luego llegan los negocios. Después las concesiones. Más tarde los beneficios. Y finalmente desembarca todo un ejército de ejecutivos sonrientes para inmortalizar ese momento en fotografías oficiales. Debe de ser una coincidencia puramente estadística.

 

  Sin embargo, no puedo evitar preguntarme qué extraña fuerza de la naturaleza provoca que tantas casualidades distintas terminen confluyendo exactamente en el mismo lugar. Y la verdad es que no termino de entenderlo. Seguramente debido a mi supina estupidez.

 

   Que yo no logre desentrañar conceptualmente determinadas cosas, pone en evidencia, una vez más, mi asumida condición de idiota. Y es que, pese a todo, sigo creyendo que cuando demasiadas casualidades apuntan en una misma dirección dejan de ser casualidades.

 

  Posiblemente, porque soy torpe, continuo sospechando también que cuando alguien entra en tu casa y poco después empieza a decidir qué muebles se quedan, cuáles se cambian y cómo debe organizarse el salón, quizá esté ocurriendo algo más que una simple visita de cortesía.

 

  Pero les confieso, una vez más, que soy un idiota de nivel profesional. Probablemente por eso sigo haciéndome este tipo de preguntas absurdas. Preguntas que ninguna de las supremas autoridades de ese país parecen demasiado interesadas en despejar públicamente. Y si eso fuera realmente así, pienso que sus poderosas razones tendrán.

 

  No entender determinados matices de la alta política de nuestros días, lo reconozco, es culpa exclusivamente mía.

 

   No comprender, como oportuna y secretamente se ha explicado, que todo está respondiendo milimétricamente a un sofisticado Plan secreto urdido por los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello, destinado a tenderle una trampa mortal al Presidente naranja que habita en la Casa Blanca, debe de ser, casi con total seguridad, otra consecuencia de mi idiotez irremediable.

  

 
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