LA LEYENDA DE LA MENTIRA Y LA VERDAD: UNA FÁBULA QUE DESNUDA EL AUTOENGAÑO DE NUESTRO TIEMPO (VÍDEO)
Cuando el arte logra mostrar mejor que cualquier discurso las razones por las que nos negamos a aceptar la realidad
Vivimos rodeados de mentiras que triunfan, y aprendemos a desear, porque se parecen demasiado a aquello que queremos creer. Mientras rebautizamos rendiciones como “estrategias”, cobardías como “prudencia” y claudicaciones como “realismo”, el autoengaño se convierte -escribe nuestro colaborador Cristóbal García Vera - en el refugio perfecto para no mirar de frente una verdad que, aunque duela, sigue siendo la única puerta hacia cualquier posibilidad de transformación.
Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
A veces una obra de arte, una vieja fábula o una historia aparentemente sencilla consiguen mostrar la realidad con más profundidad que montañas de discursos o tratados políticos. Porque hay imágenes, metáforas o relatos capaces de condensar, en apenas unos segundos, contradicciones humanas que llevamos siglos arrastrando y de las que no nos hemos podido liberar.
Reconozco que eso es algo que, acostumbrado a apelar
siempre a la evidencia y la argumentación racional, tenía bastante olvidado, hasta que escuché una antigua parábola sobre el día en que se encontraron la mentira y la verdad. Una historia mínima. Casi ingenua. Y, sin embargo, brutal. Porque en este relato la mentira no se presenta como malvada, grotesca o brutal. Avanza con amabilidad. Hablando con calma. Mezclando certezas con trampas, verdades parciales con consuelos oportunos de esos que deseamos escuchar. Y precisamente por eso consigue abrirse camino y hacerse desear. Porque no solemos entregarnos a las mentiras más burdas, pero sí a aquellas que se parecen demasiado a aquello que queremos creer.
Por eso resulta imposible no pensar, escuchando esta magnífica historia narrada con una sensibilidad casi hipnótica, en estos tiempos en los que todo nos empuja a refugiarnos en la ilusión para no asumir la cruda verdad, aunque esto sea imprescindible como primer paso si la queremos transformar.
Como si bastara, por ejemplo, con cambiarle el nombre a la rendición para convertirla en “flexibilidad táctica”. Como si las palabras pudieran tapar el estruendo, y la tragedia, de determinadas claudicaciones o de la traición.
Esta forma de aferrarse a la mentira no suele nacer de la mala fe, sino del terror profundo, consciente o inconsciente, a mirar de frente la realidad. Porque hay verdades que -como diría el cantautor- llegan con “la violencia del fiero huracán”, dejando al descubierto que la difícil labor que se requiere para superar la barbarie está casi toda por hacer y nadie nos la va a ahorrar.
Y entonces aparece nuevamente el autoengaño, ese refugio tan antiguo y tan humano. Nos mentimos en política igual que nos mentimos en nuestra vida personal. Disfrazamos cobardías de prudencia, resignaciones de madurez, incoherencias de “complejidad”. Construimos relatos habitables para no mirar demasiado de cerca las terribles grietas de este mundo que, sin embargo, si no nos atrevemos a aceptar con valentía, seguirán creciendo hasta derrumbar toda nuestra aparente comodidad. Porque si realmente queremos que haya esperanza para la humanidad no existe otro camino que el que sigue aspirando a encontrarse con la verdad desnuda.
EL DÍA QUE SE ENCONTRARON LA MENTIRA Y LA VERDAD:
A veces una obra de arte, una vieja fábula o una historia aparentemente sencilla consiguen mostrar la realidad con más profundidad que montañas de discursos o tratados políticos. Porque hay imágenes, metáforas o relatos capaces de condensar, en apenas unos segundos, contradicciones humanas que llevamos siglos arrastrando y de las que no nos hemos podido liberar.
Reconozco que eso es algo que, acostumbrado a apelar
siempre a la evidencia y la argumentación racional, tenía bastante olvidado, hasta que escuché una antigua parábola sobre el día en que se encontraron la mentira y la verdad. Una historia mínima. Casi ingenua. Y, sin embargo, brutal. Porque en este relato la mentira no se presenta como malvada, grotesca o brutal. Avanza con amabilidad. Hablando con calma. Mezclando certezas con trampas, verdades parciales con consuelos oportunos de esos que deseamos escuchar. Y precisamente por eso consigue abrirse camino y hacerse desear. Porque no solemos entregarnos a las mentiras más burdas, pero sí a aquellas que se parecen demasiado a aquello que queremos creer.
Por eso resulta imposible no pensar, escuchando esta magnífica historia narrada con una sensibilidad casi hipnótica, en estos tiempos en los que todo nos empuja a refugiarnos en la ilusión para no asumir la cruda verdad, aunque esto sea imprescindible como primer paso si la queremos transformar.
Como si bastara, por ejemplo, con cambiarle el nombre a la rendición para convertirla en “flexibilidad táctica”. Como si las palabras pudieran tapar el estruendo, y la tragedia, de determinadas claudicaciones o de la traición.
Esta forma de aferrarse a la mentira no suele nacer de la mala fe, sino del terror profundo, consciente o inconsciente, a mirar de frente la realidad. Porque hay verdades que -como diría el cantautor- llegan con “la violencia del fiero huracán”, dejando al descubierto que la difícil labor que se requiere para superar la barbarie está casi toda por hacer y nadie nos la va a ahorrar.
Y entonces aparece nuevamente el autoengaño, ese refugio tan antiguo y tan humano. Nos mentimos en política igual que nos mentimos en nuestra vida personal. Disfrazamos cobardías de prudencia, resignaciones de madurez, incoherencias de “complejidad”. Construimos relatos habitables para no mirar demasiado de cerca las terribles grietas de este mundo que, sin embargo, si no nos atrevemos a aceptar con valentía, seguirán creciendo hasta derrumbar toda nuestra aparente comodidad. Porque si realmente queremos que haya esperanza para la humanidad no existe otro camino que el que sigue aspirando a encontrarse con la verdad desnuda.
EL DÍA QUE SE ENCONTRARON LA MENTIRA Y LA VERDAD:

































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