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LA GUADAÑA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL YA HA COMENZADO A DESTRUIR MILLONES DE EMPLEOS

 

 POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

   La escena parece sacada de una película distópica, pero ocurrió realmente. Miles de trabajadores de Meta —el gigantesco conglomerado tecnológico propietario de Facebook, Instagram y WhatsApp— recibieron la orden de continuar sus tareas desde casa y, apenas unas horas después, comenzaron a llegar durante la madrugada los correos electrónicos que anunciaban sus despidos. Cerca de 8.000 empleados fueron expulsados de la empresa mientras la compañía justificaba la medida afirmando que necesitaba aumentar la “eficiencia” y financiar las enormes inversiones destinadas al desarrollo de la inteligencia artificial.

 

   Detrás de esta escabechina laboral se encuentra Mark Zuckerberg, uno de los hombres más ricos del planeta, que controla buena parte del poder accionarial de Meta gracias a un sistema que le otorga derechos especiales de voto dentro de la empresa. Su fortuna personal supera actualmente los 170.000 millones de dólares, una cifra tan gigantesca que equivale al presupuesto anual de numerosos países medianos. Mientras miles de trabajadores descubrían de madrugada que habían perdido su empleo, el patrimonio del dueño de Meta continuaba creciendo, impulsado precisamente por las expectativas de negocio alrededor de la inteligencia artificial.

 

 

   Tras los motivos con los que se trató de justificar la escabechina no había únicamente una reestructuración empresarial. Lo que ocurrió en Meta simboliza algo mucho más profundo: el comienzo de una transformación gigantesca del mercado laboral mundial.  Y es que la inteligencia artificial ya no aparece solamente como una herramienta tecnológica. Empieza a convertirse en una máquina de sustitución masiva de trabajadores.

 

DEL SUEÑO TECNOLÓGICO AL MIEDO AL DESPIDO

   Durante años, las grandes compañías tecnológicas han estado presentando la inteligencia artificial como un avance destinado a facilitar la vida humana. Prometían un mundo donde las máquinas asumirían las tareas más pesadas y las personas podrían disfrutar de más tiempo libre, mejores empleos y jornadas laborales reducidas.

 

    Pero la realidad es que, como sucediera con las revoluciones industriales de los siglos XVIII y XIX, la aplicación de la IA está tomando otro camino. En lugar de utilizar la automatización para repartir mejor el trabajo y mejorar la calidad de vida colectiva, muchas empresas están aprovechando estas tecnologías para reducir plantillas y aumentar beneficios.

 

   Meta es solamente uno de los ejemplos más visibles. Microsoft anunció miles de despidos mientras invertía cantidades históricas en OpenAI y en sistemas de automatización basados en inteligencia artificial. Google ha recortado departamentos enteros mientras acelera el desarrollo de Gemini y otros modelos capaces de realizar tareas que antes dependían de trabajadores humanos. Amazon lleva años sustituyendo empleados en almacenes mediante robots inteligentes y sistemas automatizados de logística.

 

    La lógica es sencilla y brutal. Un algoritmo no cobra salario, no enferma, no hace huelga, no pide vacaciones y puede funcionar veinticuatro horas al día. En un sistema económico obsesionado con reducir costes y aumentar rentabilidad permanentemente, eso convierte a millones de trabajadores en potencialmente reemplazables.

 

LOS EMPLEOS “SEGUROS” YA NO ESTÁN PROTEGIDOS

    Durante mucho tiempo se creyó que solamente desaparecerían trabajos manuales o repetitivos. Pero la expansión de la inteligencia artificial está rompiendo esa idea.

 

    Ahora empiezan a verse amenazados sectores que parecían relativamente protegidos. Redactores, diseñadores gráficos, traductores, programadores, administrativos, abogados junior, analistas financieros e incluso profesores comienzan a convivir con herramientas capaces de producir textos, imágenes, informes o códigos informáticos en cuestión de segundos.

 

    En el periodismo, varios grandes medios digitales ya utilizan inteligencia artificial para redactar noticias financieras, deportivas y meteorológicas. En atención al cliente, los chatbots están sustituyendo progresivamente a operadores humanos. En la industria audiovisual, programas capaces de generar voces, vídeos y animaciones empiezan a reemplazar tareas realizadas durante décadas por profesionales especializados.

 

     Lo más inquietante es la velocidad con la que está ocurriendo todo esto. Tecnologías que hace apenas cinco años parecían ciencia ficción ahora forman parte de la vida cotidiana de millones de personas.

 

LA HISTORIA YA HABÍA VISTO ALGO PARECIDO

    Aunque la situación parece completamente nueva, la humanidad ya vivió procesos similares. Durante la Revolución Industrial del siglo XIX, la introducción de maquinaria en las fábricas textiles destruyó miles de empleos artesanales. Muchos trabajadores ingleses reaccionaron destruyendo máquinas porque comprendían perfectamente lo que estaba ocurriendo: aquellas tecnologías no estaban siendo utilizadas para mejorar sus vidas, sino para abaratar salarios y aumentar beneficios empresariales.

 

   Aquellos obreros, a los que se les llamó  luddistas (1), fueron presentados como enemigos irracionales del progreso. Sin embargo, el tiempo demostró que entendían el verdadero problema. No luchaban contra las máquinas en sí mismas, sino contra el uso económico y social que se hacía de ellas.

 

    La situación actual recuerda enormemente a aquel momento histórico. La inteligencia artificial podría utilizarse para reducir jornadas laborales, repartir mejor la riqueza y permitir que las personas trabajasen menos horas viviendo mejor. Pero el modelo dominante está siguiendo el camino contrario: menos trabajadores producen más riqueza bajo mayores niveles de presión e incertidumbre.

 

LA "CRIBA LABORAL" YA HA COMENZADO EN ESPAÑA

   La destrucción de empleo vinculada a la Inteligencia Artificial ya no es una amenaza lejana en España. La criba laboral ha comenzado silenciosamente en bancos, consultoras, tecnológicas y grandes empresas de servicios. Durante los últimos meses, compañías como Santander, Capgemini, Inetum, Amazon o Telefónica han iniciado despidos colectivos, cierres de oficinas y procesos de automatización que afectan a miles de trabajadores.

 

    El sector bancario es uno de los más golpeados. Solo en el último año, la gran banca española eliminó más de 8.000 empleos y cerró más de 1.200 sucursales mientras acelera inversiones masivas en inteligencia artificial y digitalización. Las consultoras tecnológicas tampoco se salvan. Capgemini prepara centenares de despidos en España alegando reorganizaciones ligadas a la implantación de IA y automatización avanzada.

 

   Los perfiles profesionales más amenazados son administrativos, programadores junior, teleoperadores, traductores, periodistas y trabajadores de oficina cuyas tareas pueden ser automatizadas fácilmente. Mientras tanto, diversos informes ya calculan que entre 1,7 y 2,3 millones de empleos podrían desaparecer en España durante la próxima década debido a la expansión de la inteligencia artificial.

 

LA REACCION SINDICAL

     En España, frente a este devastador fenómeno, los grandes sindicatos están reaccionando de forma moderada y negociadora. No existe una respuesta masiva ni coordinada frente al avance de la inteligencia artificial y la automatización.

 

   Tanto Comisiones Obreras como Unión General de Trabajadores reconocen públicamente "los riesgos" que supone la IA para millones de empleos, pero su estrategia actual se centra sobre todo en negociar procesos de “transición digital”, formación tecnológica y recolocaciones parciales.

 

    El problema es que la velocidad de los cambios tecnológicos está siendo infinitamente más rápida que la capacidad de respuesta sindical. Mientras bancos, aseguradoras, consultoras y empresas tecnológicas automatizan departamentos enteros, los sindicatos suelen reaccionar empresa por empresa, negociando indemnizaciones o prejubilaciones, pero sin impulsar una gran movilización social contra la destrucción masiva de empleo.

 

   En sectores como la banca, por ejemplo, los sindicatos han negociado miles de salidas “voluntarias” y expedientes de regulación de empleo mientras las entidades aceleraban inversiones gigantescas en inteligencia artificial. Algo parecido ocurre en telemarketing, administración y logística.

 

      También empieza a aparecer un debate nuevo: algunos sindicatos ya comienzan a atreverse a plantear la reducción de la jornada laboral sin reducción salarial para repartir el trabajo que desaparece por la automatización. Pero, de momento, ese debate sigue siendo exiguamente minoritario frente al enorme poder de las grandes empresas tecnológicas y financieras.

 

   La diferencia de la reacción sindical del siglo XIX  con la actual es enorme. Los luddistas reaccionaron destruyendo máquinas porque sentían que les arrebataban directamente el pan. Hoy la reacción es mucho más fragmentada, más institucional y de franca retirada, aunque el miedo al reemplazo tecnológico se está extendiendo entre millones de trabajadores a velocidades meteóricas.

 

UNA ECONOMÍA CADA VEZ MÁS RICA Y UNA SOCIEDAD CADA VEZ MÁS INSEGURA

     La paradoja, en cualquier caso, resulta gigantesca. Nunca en la historia existieron tecnologías tan avanzadas ni tanta capacidad para producir riqueza. Sin embargo, millones de personas viven con miedo permanente al desempleo, a los salarios insuficientes y a la precariedad.

 

    Diversos estudios internacionales ya advierten del impacto que puede tener la Inteligencia Artificial sobre el empleo global. Goldman Sachs calculó que alrededor de 300 millones de puestos de trabajo podrían verse afectados en los próximos años. El Fondo Monetario Internacional reconoció que cerca del 40% del empleo mundial sufrirá algún tipo de transformación profunda debido a estas tecnologías.

 

    Mientras tanto, las grandes empresas tecnológicas viven un auténtico boom financiero. Las inversiones en inteligencia artificial baten récords históricos y las compañías relacionadas con este sector multiplican su valor bursátil. Es decir, mientras crece el miedo social al desempleo, aumenta simultáneamente la concentración de riqueza en torno a un pequeño grupo de gigantes tecnológicos.

 

    Esta situación refleja una contradicción profunda del modelo económico contemporáneo. La tecnología permite producir cada vez más con menos trabajo humano, pero los beneficios de esa productividad no se reparten socialmente. Se concentran arriba, mientras la inseguridad se expande abajo.

 

EL FUTURO DEL TRABAJO YA HA EMPEZADO

     La gran pregunta ya no es si la inteligencia artificial cambiará el mundo laboral. Eso ya está ocurriendo. La cuestión verdaderamente importante es cómo se organizará esa transformación y quién soportará sus consecuencias.

 

   Porque la automatización no tiene por qué desembocar necesariamente en una catástrofe social. Todo depende de cómo se utilice. Una sociedad podría decidir reducir jornadas laborales, garantizar ingresos dignos y repartir colectivamente los beneficios generados por la tecnología. Pero también puede optar por permitir que unas pocas corporaciones acumulen enormes ganancias mientras millones de personas pierden estabilidad y derechos laborales.

 

     La escena de los empleados de Meta despertando de madrugada para descubrir que habían sido despedidos resume perfectamente el comienzo de esta nueva época. Una época donde las máquinas ya no aparecen únicamente como herramientas para ayudar a los seres humanos, sino también como instrumentos capaces de expulsarlos silenciosamente del mercado laboral.

 

    Y quizá ahí reside el verdadero debate del siglo XXI: no si las máquinas pensarán como nosotros, sino si las sociedades permitirán que la tecnología se utilice contra quienes producen la riqueza del mundo.

 

(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa misma materia y coautor del libro de reciente aparición "El Gran Reajuste"China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", editado por Amazon.

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NOTAS:

    (1)  Los ludistas —o luddistas— fueron obreros ingleses de comienzos del siglo XIX que destruyeron máquinas industriales porque veían cómo las nuevas fábricas eliminaban sus empleos, reducían salarios y empeoraban sus condiciones de vida. Actuaron sobre todo en la industria textil entre 1811 y 1816. Su nombre proviene de un personaje probablemente legendario llamado Ned Ludd, un joven trabajador que, según la tradición, rompió un telar como protesta. Desde entonces, “luddista” se convirtió en sinónimo de resistencia obrera frente a tecnologías usadas para sustituir trabajadores. El gobierno británico llegó a establecer la pena de muerte para aquellos obreros que destruyeran máquinas durante las protestas luddistas. En 1812 el Parlamento aprobó una ley conocida como el “Frame Breaking Act”, que convertía la destrucción de telares y maquinaria industrial en un delito castigado con la horca.

 

 

 
 
 
 
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