MURIÓ FRANCES SAUNDERS, LA INVESTIGADORA QUE DESTAPÓ LA RED DE INTELECTUALES AL SERVICIO DE LA CIA
¿Hasta dónde llegó la CIA en su intento de moldear la cultura occidental? ¿Qué sabían realmente Orwell, Arendt, Berlin, Bernstein o Pollock sobre la red que los rodeaba?
La historiadora y periodista británica, fallecida a los 60 años, dejó una obra que cambió para siempre la forma de entender las relaciones entre poder, cultura e intelectualidad en Occidente. Su investigación sobre la CIA reveló una formidable maquinaria clandestina que financió revistas, congresos, libros, exposiciones y redes intelectuales durante la Guerra Fría.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Frances Stonor Saunders murió el pasado 31 de agosto, a los 60 años, víctima de un tumor cerebral.
Con ella desaparece una de esas investigadoras que logran algo infrecuente: escribir un libro después del cual resulta imposible contemplar de la misma manera toda una época histórica o el perfil de algunos de sus personajes .
"Who Paid the Piper? The CIA and the Cultural Cold War", publicado en 1999 y conocido en su versión castellana con el título de "La CIA y la guerra fría cultural", no fue simplemente una simple investigación sobre operaciones de espionaje. Fue la reconstrucción minuciosa, elaborada y sin concesiones de uno de los mayores dispositivos conocidos de intervención política sobre la cultura y la intelectualidad occidental.
Saunders había llegado a aquella historia casi accidentalmente. Nacida el 14 de abril de 1966 en Windsor, Berkshire, era hija de Julia Stonor y de Donald Saunders, nacido Donald Slomnicki cerca de Bucarest y llegado a Gran Bretaña como refugiado después de la Segunda Guerra Mundial. Sus padres se separaron cuando ella tenía ocho años. Estudió Literatura Inglesa en St Anne's College, Oxford, y se graduó en 1987. Tras pasar por Roma y por el ambiente cultural británico de finales de los ochenta, comenzó a trabajar como documentalista para televisión.
Sería precisamente la televisión la que la conduciría hacia el asunto que marcaría su vida intelectual. En 1995 realizó para Channel 4 la serie documental Hidden Hands: A Different History of Modernism. Mientras investigaba las relaciones entre el expresionismo abstracto estadounidense, sus instituciones culturales y los organismos de inteligencia norteamericanos, Saunders encontró los primeros hilos de una trama mucho mayor.
UNA CIA QUE NO NECESITABA LLEVAR PISTOLA
Lo que Saunders descubrió era extraordinario porque mostraba otra cara del poder imperial estadounidense. No se trataba ahora de golpes de Estado, operaciones paramilitares, intervenciones militares o espionaje convencional. Era una lucha por determinar qué libros se leían, qué revistas adquirían prestigio, qué escritores viajaban por el mundo, qué exposiciones llegaban a las grandes capitales europeas y qué concepciones políticas podían presentarse como expresión espontánea de la intelectualidad occidental.
El eje de aquella enorme operación fue el Congress for Cultural Freedom, el Congreso por la Libertad de la Cultura, creado en 1950 y financiado clandestinamente por la CIA. La propia historia oficial de la agencia acabaría definiéndolo como una de sus operaciones encubiertas más audaces y eficaces de la Guerra Fría.
Desde París, y bajo la dirección administrativa de Michael Josselson, que era agente de la CIA, aquella organización estuvo articulando durante años una red internacional de intelectuales, revistas, congresos, conciertos, traducciones, exposiciones y organizaciones culturales. En su momento de mayor expansión llegó a tener presencia en decenas de países y sostuvo más de veinte publicaciones de prestigio.
Saunders siguió el dinero. Revisó documentos desclasificados, archivos privados y correspondencia y entrevistó durante años a protagonistas de aquel mundo.
El resultado demostraba que detrás de una parte nada desdeñable de la aparente espontaneidad de la vida cultural occidental existía una verdadera política de Estado. Su libro obtuvo el premio Gladstone de la Royal Historical Society, fue traducido a numerosos idiomas —el periódico The Guardian cifra actualmente en 17 las traducciones— y convirtió a una autora que apenas superaba los treinta años en una referencia internacional.
Revistas como Encounter en Gran Bretaña, Preuves en Francia o Der Monat en Alemania formaron parte de aquel universo. La CIA organizó o financió congresos, sufragó viajes, promovió publicaciones y utilizó fundaciones y organizaciones intermediarias para ocultar el origen del dinero. También impulsó internacionalmente determinadas manifestaciones de la vanguardia estadounidense: el expresionismo abstracto podía presentarse ante Europa como demostración de que Estados Unidos era el territorio de la libertad creadora frente al realismo socialista soviético. Jackson Pollock se convirtió así, sin necesidad de recibir instrucciones de un agente de inteligencia, en una pieza de aquella representación cultural de la superioridad estadounidense.
LOS GRANDES NOMBRES DE LA INTELECTUALIDAD OCCIDENTAL
Y aquí residía probablemente la parte más explosiva de la investigación de Saunders: los nombres.
Por aquellas páginas desfilaban algunos de los escritores, filósofos, historiadores, críticos y artistas más importantes del siglo XX.
Arthur Koestler, Sidney Hook, James Burnham, Melvin Lasky, Irving Kristol, Stephen Spender, Ignazio Silone, Nicolas Nabokov, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, Robert Lowell, Leonard Bernstein, Bertrand Russell, Mary McCarthy, Arthur Schlesinger Jr. y Jackson Pollock aparecen, con relaciones de naturaleza y grado muy diferentes, dentro del enorme entramado cultural que investigó Saunders. La presentación estadounidense de The Cultural Cold War menciona expresamente a Arendt, Berlin, Bernstein, Lowell, Orwell y Pollock como figuras convertidas en instrumentos idóneos de aquella guerra cultural.
Pero precisamente por respeto al rigor de Saunders conviene hacer una distinción decisiva: no todos aquellos intelectuales fueron agentes directos de la CIA ni todos conocían la procedencia del dinero. Ese matiz vuelve todavía más inquietante la historia.
Michael Josselson sí era un hombre de la CIA y dirigió el aparato del Congreso durante años. Otros intelectuales participaron intensamente en organismos, congresos o revistas sostenidos clandestinamente por la agencia, aunque su grado de conocimiento sobre el origen de los fondos continúa siendo objeto de controversia historiográfica. La propia CIA reconoce, por ejemplo, que Arthur Koestler actuó inicialmente sin saber que estaba contribuyendo a una operación patrocinada por la agencia, y que Sidney Hook participó en actividades anteriores cuyo respaldo secreto desconocía.
Stephen Spender, Irving Kristol, Melvin Lasky y Frank Kermode, vinculados en distintos momentos a la revista
Encounter, negaron haber sabido que detrás del Congreso se encontraba la CIA. La controversia sobre qué sabía cada cual y desde cuándo acompañaría para siempre a aquella generación.
Por eso, reducir el hallazgo de Saunders a una relación de escritores «comprados» por la CIA empobrecería extraordinariamente su investigación. Su descubrimiento era bastante más profundo. El poder no necesitaba necesariamente decirle a un novelista qué debía escribir. Podía seleccionar qué novelista recibía traducciones, revistas, viajes, congresos, premios, difusión internacional y acceso a determinados circuitos de prestigio.
Podía crear el escenario. Y dejar que los intelectuales actuaran dentro de él. Esa es posiblemente la revelación más perdurable de "La CIA y la guerra fría cultural".
Incluso George Orwell, cuyo nombre aparece en la investigación y en las presentaciones posteriores de la obra, exige esa precisión. No fue exactamente un «agente de la CIA». Sus conocidas relaciones se produjeron fundamentalmente con el aparato policial británico de propaganda anticomunista. Saunders lo integró en una reconstrucción mucho más amplia de aquella red atlántica de instituciones, intelectuales y servicios occidentales. Lo mismo ocurre con numerosos artistas e intelectuales cuya obra fue promovida o instrumentalizada sin que necesariamente conociesen quién estaba detrás de determinados mecanismos de financiación. El propio subtítulo conceptual del libro podría resumirse así: instrumentos del servicio secreto estadounidense, lo supieran o no.
Justo ahí radicaba también la enorme trascendencia política del trabajo. Saunders no descubría simplemente que Washington "hacía propaganda" —como también la hacía la Unión Soviética—, sino que demostraba la contradicción existente entre el discurso de una cultura occidental supuestamente independiente del Estado y el funcionamiento real de una formidable política clandestina destinada a orientar aquella cultura.
Incluso la CIA, décadas después, reconocería sin ambages que el Congreso había sido una operación encubierta propia y que su propósito consistía en disputar la influencia comunista entre artistas e intelectuales.
MUCHO MÁS QUE UN SOLO LIBRO
El extraordinario impacto de aquella investigación corrió algunas veces el riesgo de ocultar el resto de la obra de Saunders.
En 2004 publicó Hawkwood: Diabolical Englishman, sobre el mercenario inglés del siglo XIV John Hawkwood. Seis años después apareció The Woman Who Shot Mussolini, la biografía de Violet Gibson, la aristócrata angloirlandesa que en 1926 disparó contra Benito Mussolini y estuvo a punto de matarlo. Saunders tenía una extraordinaria capacidad para encontrar detrás de personajes aparentemente secundarios, una puerta de entrada hacia las grandes estructuras históricas.
Trabajó asimismo como responsable de cultura del semanario británico New Statesman, produjo numerosos documentales radiofónicos para la BBC y presentó "Meeting of Minds", dedicado a encuentros decisivos entre figuras de la historia intelectual. En 2018 fue elegida miembro de la Royal Society
of Literature.
Pero su último gran libro sería muy diferente a todos los que le precedieron. En "The Suitcase: Six Attempts to Cross a Border", publicado en 2021, la investigadora que había pasado décadas abriendo los archivos secretos de instituciones poderosas abrió finalmente el archivo de su propia familia.
Una vieja maleta que había pertenecido a su padre contenía cartas, fotografías y documentos que la condujeron hacia la historia del joven Donald Slomnicki, refugiado de Europa oriental que terminaría reconstruyendo su vida en Gran Bretaña. El libro se convirtió en una meditación sobre el exilio, las fronteras, la memoria y el progresivo hundimiento de su padre en el Alzheimer.
The Suitcase obtuvo en 2022 el PEN Ackerley Prize, dedicado a las memorias y autobiografías literarias. Era casi el reverso perfecto de "Who Paid the Piper?": después de investigar cómo los Estados fabrican memoria y relato, Saunders se preguntaba cómo una familia reconstruye los suyos cuando quedan apenas una maleta, unas fotografías y algunos documentos dispersos.
Frances Stonor Saunders supo antes de morir que "Who Paid the Piper?" sería reeditado nuevamente. Difícil imaginar un destino más apropiado para un libro escrito hace casi tres décadas y cuya pregunta central permanece completamente viva: ¿quién paga aquello que una sociedad termina considerando cultura independiente, pensamiento libre y opinión espontánea?
La respuesta que Saunders encontró para los años de la Guerra Fría resultó incómoda porque obligaba a mirar más allá de los discursos. Allí donde parecía existir solamente una revista prestigiosa podía haber una Fundación. Detrás de aquella Fundación podía encontrarse otra institución. Y detrás de esta, finalmente, podía estar una Agencia de inteligencia. Su mérito consistió, justamente, en seguir esos entrelazados hilos hasta el final.
Por eso, su prematura muerte, conocida con cierto retraso, ha tenido para mí un significado especialmente doloroso. La lectura de su libro "La CIA y la guerra fría cultural" me permitió comprender en toda su dimensión el papel desempeñado por una parte significativa de la intelectualidad europea en las grandes batallas políticas e ideológicas de la Guerra Fría.
Aquellos mismos años sesenta habían coincidido, además, con el final de mi adolescencia, una etapa marcada por una insaciable necesidad de leer y de conocer, vivida en un país donde acceder a determinados libros podía convertirse todavía en una aventura incierta y, en no pocas ocasiones, también frustrante.
Frances Stonor Saunders nos deja, - me deja - , una enseñanza elemental a la hora de tratar de comprender la naturaleza del poder: nunca basta con saber quién habla. Hay que averiguar también quién construyó el escenario desde el que lo hace, quién fue el que le abrió las puertas, quién se encargó de "distribuirle" el prestigio y, sobre todo, quién fue el que se encargó de pagarle al flautista.
(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor de varios libros, entre los que se encuentran "El Gran Reajuste" y "Los BRICS: Esperanza o ilusión", ambos de la Editorial Semilla, y el último de próxima aparición en el curso del presente mes de septiembre.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Frances Stonor Saunders murió el pasado 31 de agosto, a los 60 años, víctima de un tumor cerebral.
Con ella desaparece una de esas investigadoras que logran algo infrecuente: escribir un libro después del cual resulta imposible contemplar de la misma manera toda una época histórica o el perfil de algunos de sus personajes .
"Who Paid the Piper? The CIA and the Cultural Cold War", publicado en 1999 y conocido en su versión castellana con el título de "La CIA y la guerra fría cultural", no fue simplemente una simple investigación sobre operaciones de espionaje. Fue la reconstrucción minuciosa, elaborada y sin concesiones de uno de los mayores dispositivos conocidos de intervención política sobre la cultura y la intelectualidad occidental.
Saunders había llegado a aquella historia casi accidentalmente. Nacida el 14 de abril de 1966 en Windsor, Berkshire, era hija de Julia Stonor y de Donald Saunders, nacido Donald Slomnicki cerca de Bucarest y llegado a Gran Bretaña como refugiado después de la Segunda Guerra Mundial. Sus padres se separaron cuando ella tenía ocho años. Estudió Literatura Inglesa en St Anne's College, Oxford, y se graduó en 1987. Tras pasar por Roma y por el ambiente cultural británico de finales de los ochenta, comenzó a trabajar como documentalista para televisión.
Sería precisamente la televisión la que la conduciría hacia el asunto que marcaría su vida intelectual. En 1995 realizó para Channel 4 la serie documental Hidden Hands: A Different History of Modernism. Mientras investigaba las relaciones entre el expresionismo abstracto estadounidense, sus instituciones culturales y los organismos de inteligencia norteamericanos, Saunders encontró los primeros hilos de una trama mucho mayor.
UNA CIA QUE NO NECESITABA LLEVAR PISTOLA
Lo que Saunders descubrió era extraordinario porque mostraba otra cara del poder imperial estadounidense. No se trataba ahora de golpes de Estado, operaciones paramilitares, intervenciones militares o espionaje convencional. Era una lucha por determinar qué libros se leían, qué revistas adquirían prestigio, qué escritores viajaban por el mundo, qué exposiciones llegaban a las grandes capitales europeas y qué concepciones políticas podían presentarse como expresión espontánea de la intelectualidad occidental.
El eje de aquella enorme operación fue el Congress for Cultural Freedom, el Congreso por la Libertad de la Cultura, creado en 1950 y financiado clandestinamente por la CIA. La propia historia oficial de la agencia acabaría definiéndolo como una de sus operaciones encubiertas más audaces y eficaces de la Guerra Fría.
Desde París, y bajo la dirección administrativa de Michael Josselson, que era agente de la CIA, aquella organización estuvo articulando durante años una red internacional de intelectuales, revistas, congresos, conciertos, traducciones, exposiciones y organizaciones culturales. En su momento de mayor expansión llegó a tener presencia en decenas de países y sostuvo más de veinte publicaciones de prestigio.
Saunders siguió el dinero. Revisó documentos desclasificados, archivos privados y correspondencia y entrevistó durante años a protagonistas de aquel mundo.
El resultado demostraba que detrás de una parte nada desdeñable de la aparente espontaneidad de la vida cultural occidental existía una verdadera política de Estado. Su libro obtuvo el premio Gladstone de la Royal Historical Society, fue traducido a numerosos idiomas —el periódico The Guardian cifra actualmente en 17 las traducciones— y convirtió a una autora que apenas superaba los treinta años en una referencia internacional.
Revistas como Encounter en Gran Bretaña, Preuves en Francia o Der Monat en Alemania formaron parte de aquel universo. La CIA organizó o financió congresos, sufragó viajes, promovió publicaciones y utilizó fundaciones y organizaciones intermediarias para ocultar el origen del dinero. También impulsó internacionalmente determinadas manifestaciones de la vanguardia estadounidense: el expresionismo abstracto podía presentarse ante Europa como demostración de que Estados Unidos era el territorio de la libertad creadora frente al realismo socialista soviético. Jackson Pollock se convirtió así, sin necesidad de recibir instrucciones de un agente de inteligencia, en una pieza de aquella representación cultural de la superioridad estadounidense.
LOS GRANDES NOMBRES DE LA INTELECTUALIDAD OCCIDENTAL
Y aquí residía probablemente la parte más explosiva de la investigación de Saunders: los nombres.
Por aquellas páginas desfilaban algunos de los escritores, filósofos, historiadores, críticos y artistas más importantes del siglo XX.
Arthur Koestler, Sidney Hook, James Burnham, Melvin Lasky, Irving Kristol, Stephen Spender, Ignazio Silone, Nicolas Nabokov, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, Robert Lowell, Leonard Bernstein, Bertrand Russell, Mary McCarthy, Arthur Schlesinger Jr. y Jackson Pollock aparecen, con relaciones de naturaleza y grado muy diferentes, dentro del enorme entramado cultural que investigó Saunders. La presentación estadounidense de The Cultural Cold War menciona expresamente a Arendt, Berlin, Bernstein, Lowell, Orwell y Pollock como figuras convertidas en instrumentos idóneos de aquella guerra cultural.
Pero precisamente por respeto al rigor de Saunders conviene hacer una distinción decisiva: no todos aquellos intelectuales fueron agentes directos de la CIA ni todos conocían la procedencia del dinero. Ese matiz vuelve todavía más inquietante la historia.
Michael Josselson sí era un hombre de la CIA y dirigió el aparato del Congreso durante años. Otros intelectuales participaron intensamente en organismos, congresos o revistas sostenidos clandestinamente por la agencia, aunque su grado de conocimiento sobre el origen de los fondos continúa siendo objeto de controversia historiográfica. La propia CIA reconoce, por ejemplo, que Arthur Koestler actuó inicialmente sin saber que estaba contribuyendo a una operación patrocinada por la agencia, y que Sidney Hook participó en actividades anteriores cuyo respaldo secreto desconocía.
Stephen Spender, Irving Kristol, Melvin Lasky y Frank Kermode, vinculados en distintos momentos a la revista
Encounter, negaron haber sabido que detrás del Congreso se encontraba la CIA. La controversia sobre qué sabía cada cual y desde cuándo acompañaría para siempre a aquella generación.
Por eso, reducir el hallazgo de Saunders a una relación de escritores «comprados» por la CIA empobrecería extraordinariamente su investigación. Su descubrimiento era bastante más profundo. El poder no necesitaba necesariamente decirle a un novelista qué debía escribir. Podía seleccionar qué novelista recibía traducciones, revistas, viajes, congresos, premios, difusión internacional y acceso a determinados circuitos de prestigio.
Podía crear el escenario. Y dejar que los intelectuales actuaran dentro de él. Esa es posiblemente la revelación más perdurable de "La CIA y la guerra fría cultural".
Incluso George Orwell, cuyo nombre aparece en la investigación y en las presentaciones posteriores de la obra, exige esa precisión. No fue exactamente un «agente de la CIA». Sus conocidas relaciones se produjeron fundamentalmente con el aparato policial británico de propaganda anticomunista. Saunders lo integró en una reconstrucción mucho más amplia de aquella red atlántica de instituciones, intelectuales y servicios occidentales. Lo mismo ocurre con numerosos artistas e intelectuales cuya obra fue promovida o instrumentalizada sin que necesariamente conociesen quién estaba detrás de determinados mecanismos de financiación. El propio subtítulo conceptual del libro podría resumirse así: instrumentos del servicio secreto estadounidense, lo supieran o no.
Justo ahí radicaba también la enorme trascendencia política del trabajo. Saunders no descubría simplemente que Washington "hacía propaganda" —como también la hacía la Unión Soviética—, sino que demostraba la contradicción existente entre el discurso de una cultura occidental supuestamente independiente del Estado y el funcionamiento real de una formidable política clandestina destinada a orientar aquella cultura.
Incluso la CIA, décadas después, reconocería sin ambages que el Congreso había sido una operación encubierta propia y que su propósito consistía en disputar la influencia comunista entre artistas e intelectuales.
MUCHO MÁS QUE UN SOLO LIBRO
El extraordinario impacto de aquella investigación corrió algunas veces el riesgo de ocultar el resto de la obra de Saunders.
En 2004 publicó Hawkwood: Diabolical Englishman, sobre el mercenario inglés del siglo XIV John Hawkwood. Seis años después apareció The Woman Who Shot Mussolini, la biografía de Violet Gibson, la aristócrata angloirlandesa que en 1926 disparó contra Benito Mussolini y estuvo a punto de matarlo. Saunders tenía una extraordinaria capacidad para encontrar detrás de personajes aparentemente secundarios, una puerta de entrada hacia las grandes estructuras históricas.
Trabajó asimismo como responsable de cultura del semanario británico New Statesman, produjo numerosos documentales radiofónicos para la BBC y presentó "Meeting of Minds", dedicado a encuentros decisivos entre figuras de la historia intelectual. En 2018 fue elegida miembro de la Royal Society
of Literature.
Pero su último gran libro sería muy diferente a todos los que le precedieron. En "The Suitcase: Six Attempts to Cross a Border", publicado en 2021, la investigadora que había pasado décadas abriendo los archivos secretos de instituciones poderosas abrió finalmente el archivo de su propia familia.
Una vieja maleta que había pertenecido a su padre contenía cartas, fotografías y documentos que la condujeron hacia la historia del joven Donald Slomnicki, refugiado de Europa oriental que terminaría reconstruyendo su vida en Gran Bretaña. El libro se convirtió en una meditación sobre el exilio, las fronteras, la memoria y el progresivo hundimiento de su padre en el Alzheimer.
The Suitcase obtuvo en 2022 el PEN Ackerley Prize, dedicado a las memorias y autobiografías literarias. Era casi el reverso perfecto de "Who Paid the Piper?": después de investigar cómo los Estados fabrican memoria y relato, Saunders se preguntaba cómo una familia reconstruye los suyos cuando quedan apenas una maleta, unas fotografías y algunos documentos dispersos.
Frances Stonor Saunders supo antes de morir que "Who Paid the Piper?" sería reeditado nuevamente. Difícil imaginar un destino más apropiado para un libro escrito hace casi tres décadas y cuya pregunta central permanece completamente viva: ¿quién paga aquello que una sociedad termina considerando cultura independiente, pensamiento libre y opinión espontánea?
La respuesta que Saunders encontró para los años de la Guerra Fría resultó incómoda porque obligaba a mirar más allá de los discursos. Allí donde parecía existir solamente una revista prestigiosa podía haber una Fundación. Detrás de aquella Fundación podía encontrarse otra institución. Y detrás de esta, finalmente, podía estar una Agencia de inteligencia. Su mérito consistió, justamente, en seguir esos entrelazados hilos hasta el final.
Por eso, su prematura muerte, conocida con cierto retraso, ha tenido para mí un significado especialmente doloroso. La lectura de su libro "La CIA y la guerra fría cultural" me permitió comprender en toda su dimensión el papel desempeñado por una parte significativa de la intelectualidad europea en las grandes batallas políticas e ideológicas de la Guerra Fría.
Aquellos mismos años sesenta habían coincidido, además, con el final de mi adolescencia, una etapa marcada por una insaciable necesidad de leer y de conocer, vivida en un país donde acceder a determinados libros podía convertirse todavía en una aventura incierta y, en no pocas ocasiones, también frustrante.
Frances Stonor Saunders nos deja, - me deja - , una enseñanza elemental a la hora de tratar de comprender la naturaleza del poder: nunca basta con saber quién habla. Hay que averiguar también quién construyó el escenario desde el que lo hace, quién fue el que le abrió las puertas, quién se encargó de "distribuirle" el prestigio y, sobre todo, quién fue el que se encargó de pagarle al flautista.
(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor de varios libros, entre los que se encuentran "El Gran Reajuste" y "Los BRICS: Esperanza o ilusión", ambos de la Editorial Semilla, y el último de próxima aparición en el curso del presente mes de septiembre.





























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