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Lunes, 27 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

DE HERNÁN CORTÉS A AYUSO: EL IMPERIO ESPAÑOL COMO ESPECTÁCULO

"Ayuso parece incapaz de comprender que la historia no funciona como una campaña de marketing"

El viaje de Isabel Díaz Ayuso a México acabó convertido en una mezcla de provocación política, nostalgia colonial y espectáculo televisivo. Entre acusaciones delirantes, relatos de persecuciones imposibles y referencias a la conquista española, el episodio terminó revelando algo más profundo: la incapacidad de la derecha española para comprender cómo recuerda América Latina su propia historia.

POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

   Isabel Díaz Ayuso sido capaz de convertir una visita institucional a México en una explosiva mezcla entre Narcos, Rambo y una reedición tropical de "Bienvenido Mister Marshall".

 

    Según el delirante relato que ofreció tras el regreso de su gira mexicana, México dejó de ser un país de más de 130 millones de habitantes para transformarse en una especie de escenario apocalíptico donde hasta la propia presidenta Claudia Sheinbaum parecía perseguirla cuchillo en mano por las calles de la capital, mientras los grandes cárteles del narcotráfico [Img #91737]coordinaban una operación digna de Hollywood, para impedir que la heroína madrileña lograra salir del hotel con vida.

 

   La escena citada habría resultado maravillosa si no fuera porque fue presentada como real. La Ayuso apareció fulgurante en entrevistas televisivas españolas, denunciando que había atravesado una situación de “peligro inminente y extremo”, sugiriendo, asimismo, un deliberado abandono institucional cómplice por parte del Ejecutivo español, y dibujando un escenario que llegaba a rayar los límites de lo bélico.

 

  Sin embargo, cuanto más hablaba sobre el tema, más parecía que el viaje entero había sido diseñado como una provocación cuidadosamente preparada por ella y su equipo.

 

   Y es que lo verdaderamente sorprendente no fue que se produjeran protestas mexicanas contra ella. Lo raro habría sido lo contrario. Sobre todo si el lector tuviera en cuenta que en el centro del viaje la de la Ayuso a México estuvo siempre el fantasma redivivo de Hernán Cortés, ese personaje que a los largo de siglos nos fue vendido como si de un aventurero[Img #91743] brillante y civilizador se tratase, cuando, en realidad,  encabezó una de las campañas más brutales y devastadoras de la historia moderna.  La cuestión es que Hernán Cortés, contrariamente a lo que le permite suponer su natural ignorancia a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, no llegó a México, ni mucho menosportando una rama de olivo, en son de paz

 

    La verdad fue que lo hizo acompañado por la ambición, el saqueo y la destrucción. Tras la caída de Tenochtitlán, en 1521, se inició un proceso de exterminio social y cultural que arrasó poblaciones enteras. Las epidemias introducidas por los europeos, el trabajo forzado, las multitudinarias matanzas y la destrucción sistemática de estructuras políticas indígenas provocaron una catástrofe demográfica gigantesca. En apenas unas décadas, millones de personas desaparecieron.

 

   La conquista española no fue una excursión gastronómica con sombreros y guitarras. Fue una guerra de feroz ocupación, construida sobre cadáveres. Templos derribados, pueblos esclavizados, lenguas perseguidas y riquezas saqueadas para alimentar el crecimiento del imperio español. El oro y la plata mexicanos cruzaron el Atlántico mientras los pueblos originarios eran convertidos en mano de obra explotable.

 

   Lo que algunos manuales escolares se han atrevido a denominar como un “encuentro entre culturas”, se pareció demasiado a una invasión acompañada de genocidio. Por eso mismo resulta tan grotesco ver a la Ayuso pasearse por México, envuelta en un patriotismo imperial reciclado, como si aún creyera que América Latina debe agradecer eternamente la llegada de los conquistadores. Su discurso tiene mucho de aristócrata colonial atrapada en una cápsula del tiempo. Habla de la Hispanidad como quien habla de una obra benéfica, olvidando que detrás de esa palabra hubo devastadores saqueos, imposición religiosa y auténticas montañas de muertos.

 

    Y lo más rocambolesco viaje de la Ayuso  a México, se produce en el momento más delirante de toda la representación: la victimización. Porque la Ayuso no viajó a México como una figura neutral. Estuvo envuelta desde el principio, en una retórica provocadora para terminar presentándose como perseguida política internacional.

 

   Uno imagina la escena y cuesta no pensar en una sátira terriblemente absurda. Le faltó muy poco para que denunciara que la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, la había estado persiguiendo por las calles de la capital, blandiendo un machete azteca, mientras un conjunto de mariachis, financiados por narcotráficantes, la acompañaban interpretando  música de de cine de suspense.

 

   Pero quizá la mejor manera de entender todo el disparate sea formular otra hipótesis. Imaginemos por un momento que Adolf Eichmann, uno de los arquitectos del Holocausto judío que acabó con la vida de cinco millones de individuos pertenecientes a esa etnia, hubiera sido detenido en Argentina y trasladado a Israel, como ocurrió realmente en 1960.

 

   Imaginemos ahora que una dirigente política europea aterrizara en Tel Aviv para denunciar que el juicio contra Eichmann fue “sectario”, exagerado, injusto y fruto del resentimiento histórico.

 

  Imaginemos, igualmente,  a esa misma dirigente defendiendo la memoria del criminal nazi mientras se queja de que la población israelí proteste en las calles por sus declaraciones. ¿Qué habría posiblemente ocurrido? Es muy probable que hubiera sido expulsada moral y políticamente de cualquier espacio democrático decente.

 

   Pues bien, salvando las enormes distancias históricas, algo parecido ocurre cuando determinados dirigentes españoles desembarcan en América Latina hablando de la Conquista como una epopeya gloriosa, mientras aprovechan para minimizar la violencia colonial. Y es que para millones de mexicanos la llegada de Cortés no representa civilización sino destrucción. No es para ellos una fiesta nacional: sino el inicio de siglos de dominación.

 

    El problema de la Ayuso es que parece incapaz de comprender algo muy elemental: la historia no funciona como una campaña de marketing. No basta con repetir eslóganes patrióticos para borrar la memoria colectiva de los pueblos. México no olvida, no puede olvidar, que fue saqueado. América Latina no olvida, no puede olvidar, que durante siglos sus recursos enriquecieron a Europa mientras sus poblaciones indígenas eran explotadas hasta el exterminio. Y cuando alguien aterriza allí hablando desde la superioridad colonial, lo normal es que encuentre un rechazo frontal.

 

   Sin embargo, lo más cómico de todos los episodios ayusianos en México, fue el tono cinematográfico con los que fueron narrados después los incidentes que voluntariamente provocó.

 

   La presidenta madrileña regresó a España hablando casi como una superviviente de guerra. Uno esperaba verla entrar en el plató cubierta con manta térmica, llena de vendajes y ofreciendo un relato heroico sobre cómo logró escapar de los túneles secretos del narcotráfico mexicano, mientras un número de agentes chavistas infiltrados trataban de sabotear su vuelo de regreso a la madre patria.

 

     La exageración alcanzó tal nivel que el viaje terminó pareciendo un episodio de humor involuntario. Porque cuanto más dramatizaba la situación, más evidente se hacía que todo formaba parte de una estrategia política. El espectáculo era el objetivo. Convertirse en víctima internacional, generar titulares, alimentar la idea de una dirigente perseguida por gobiernos extranjeros y enemigos ideológicos de España. O sea, la política convertida en reality show permanente.

 

   Y mientras tanto, los problemas reales siguen ahí. Millones de mexicanos sobreviven entre desigualdades brutales heredadas precisamente de siglos de colonialismo y dependencia económica. Millones de españoles enfrentan precariedad, alquileres imposibles y deterioro de servicios públicos. Pero el debate acaba reducido a una simple dirigente regional, que interpretando el papel de Indiana Jones, fue perseguida por peligrosas bandas de narcos imaginarios.

 

   Es por eso que la escena montada  ha resultado tan grotesca. Porque detrás de todo este teatro aparece una vieja tradición política: fabricar enemigos externos para ocultar conflictos internos. Convertir la provocación en espectáculo. Y presentar como valentía lo que muchas veces no es más que propaganda envuelta en banderas y banderías.

 

    Al final, la Ayuso quiso representar a una heroína acosada y terminó pareciendo una tonta de remate, perdida entre la nostalgia imperial y la sobreactuación televisiva. México no necesitó perseguirla. Le bastó, simplemente,  con escucharla.

 

 

 
 
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