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TRUMP RESUCITA EL FANTASMA DEL "COMUNISMO", MIENTRAS SU ELECTORADO EMPIEZA A DARLE LA ESPALDA

Trump reabre la caza del "enemigo interior" en plena caída de popularidad

Las dificultades derivadas de la guerra contra Irán comienzan a pasar factura a Donald Trump. Diversas encuestas reflejan un deterioro de su respaldo electoral en un momento especialmente delicado para la Casa Blanca. Coincidiendo con ese cambio de clima político, el presidente ha recuperado un discurso marcadamente anticomunista durante la celebración del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos. Este artículo analiza hasta qué punto esa estrategia puede interpretarse como un intento de reconstruir el apoyo político recurriendo a un lenguaje que recuerda al utilizado durante la época del macartismo.

 

POR CÁNDIDO GÁLVEZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    La política estadounidense, como la de todo el mundo occidental con ritmos desiguales, parece haber entrado en una [Img #92930]nueva fase.

 

   Apenas unos meses después de iniciar una intervención militar contra Irán presentada como decisiva para reforzar la posición internacional de Estados Unidos, la Administración de Donald Trump comienza a enfrentarse a un escenario interno mucho más complejo del que esperaba. Las dificultades económicas derivadas del conflicto, el aumento del gasto militar y el creciente cansancio de una parte de la opinión pública están modificando el clima político cuando faltan pocos meses para las elecciones legislativas de noviembre.

 

     En este contexto adquiere un significado especial el discurso pronunciado por Trump durante la conmemoración del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos. En lugar de centrar su intervención en las consecuencias económicas de la guerra o en los desafíos internos del país, el presidente situó el comunismo como una de las principales amenazas para la nación y afirmó que patriotismo y comunismo eran conceptos incompatibles. Desde una perspectiva política, sobre todo teniendo en cuenta que él llama "comunistas" a los representantes del mismo Partido Demócrata estadounidense, este cambio de énfasis puede interpretarse como el intento de recuperar una narrativa ideológica capaz de cohesionar a su electorado en un momento de creciente incertidumbre.

 

LAS ENCUESTAS REFLEJAN UN CAMBIO DE CLIMA

      Las dificultades de su Administración no proceden únicamente de las críticas de la oposición. Diversos sondeos publicados durante las últimas semanas muestran que la percepción del conflicto con Irán está evolucionando de forma desfavorable para la Casa Blanca.

 

    Especialmente significativo resulta el estudio elaborado por Focaldata y difundido por el Financial Times, cuyos datos fueron recogidos posteriormente por Clash Report. Según esa encuesta, el 58 % de los votantes considera que la guerra contra Irán no ha compensado ni los costes económicos ni los riesgos estratégicos asumidos por Estados Unidos. Solo un 31 % cree que la posición internacional de Washington ha salido fortalecida, mientras que un 44 % opina exactamente lo contrario y considera que la confrontación ha debilitado la capacidad de influencia estadounidense en Oriente Próximo.

 

    La encuesta también refleja un deterioro de la posición política del presidente. Su índice de aprobación desciende hasta el 36 %, mientras el apoyo entre los votantes independientes registra una caída especialmente significativa. Al mismo tiempo, los demócratas obtienen una ventaja de seis puntos en la intención de voto para las elecciones legislativas, aunque el núcleo del electorado republicano continúa mostrando una elevada movilización.

 

     Como ocurre con cualquier estudio demoscópico, estos datos representan una fotografía de un momento concreto y no un pronóstico definitivo del resultado electoral. Sin embargo, sí apuntan a un importante cambio de tendencia que merece atención. El conflicto con Irán, concebido inicialmente como una demostración de fuerza, ya no parece generar el consenso que esperaba entre amplios sectores de la población.

 

EL COSTE ECONÓMICO DE LA GUERRA

      La evolución de la opinión pública no puede separarse de las consecuencias económicas del conflicto. La petición formulada por la Casa Blanca al Congreso para aprobar nuevos fondos destinados a financiar la campaña militar coincide con un periodo de inflación persistente y de incremento del precio de la energía. Para muchos ciudadanos, la guerra ha dejado de ser una cuestión exclusivamente geopolítica para convertirse en un problema que afecta directamente a su vida cotidiana.

 

    Esta circunstancia explica, al menos en parte, el creciente escepticismo que reflejan las encuestas respecto a la utilidad del conflicto. Una mayoría de los entrevistados tampoco confía en que el actual alto el fuego desemboque en una paz estable, lo que incrementa la sensación de que el coste asumido por Estados Unidos podría prolongarse durante mucho más tiempo del previsto.

 


DEL DEBATE ECONÓMICO AL COMBATE IDEOLÓGICO

     Es precisamente en este escenario donde el discurso del 4 de julio adquiere una dimensión política que trasciende la celebración institucional. La intervención presidencial no se limitó a reivindicar los valores tradicionales de Estados Unidos. También introdujo una fuerte carga ideológica al situar nuevamente el anticomunismo en el centro del debate público.

 

    Esta elección puede interpretarse como una forma de desplazar el foco de la discusión. Cuando el debate gira en torno al aumento del gasto militar, la inflación, el precio de los combustibles o el desgaste electoral, el Gobierno se enfrenta a cuestiones que pueden medirse mediante datos. En cambio, cuando la conversación se traslada hacia conceptos como patriotismo, identidad nacional o amenaza ideológica, el terreno político cambia por completo. El conflicto deja de centrarse en la gestión para situarse en el plano de las emociones y de los símbolos.

 

    No es un mecanismo nuevo en la historia política estadounidense. En distintas etapas de tensión internacional, la apelación a amenazas ideológicas ha servido para reforzar la cohesión interna y movilizar apoyos. La pregunta que comienza a plantearse ahora es si la recuperación de esa retórica responde únicamente a una convicción política o si constituye también una respuesta al desgaste que empiezan a mostrar algunos indicadores de opinión pública.

 


¿EL REGRESO DE UNA VIEJA ESTRATEGIA?

   Resulta difícil escuchar determinadas expresiones sin recordar uno de los episodios más polémicos de la historia política estadounidense. Durante los años cincuenta, el senador Joseph McCarthy convirtió el anticomunismo en un poderoso instrumento de confrontación política.

 

  Bajo el pretexto de defender a Estados Unidos de una supuesta infiltración comunista, miles de ciudadanos fueron investigados, incluidos en listas negras o apartados de sus profesiones. El miedo dejó de ser una consecuencia de la política para convertirse en un método de gobierno.

 

     Las circunstancias actuales son muy diferentes y nadie puede afirmar que la historia se repita de forma mecánica. Sin embargo, el lenguaje político posee una enorme fuerza simbólica. Cuando un presidente recupera el comunismo como uno de los principales enemigos de la nación durante la celebración más importante del calendario patriótico estadounidense, resulta inevitable preguntarse qué objetivos persigue con esa elección.

 

      Desde una perspectiva de análisis político, el discurso de Trump puede interpretarse como un intento de recuperar un marco ideológico que durante décadas permitió identificar patriotismo y anticomunismo como conceptos inseparables. No se trata únicamente de cuestionar a gobiernos considerados adversarios de Washington. El mensaje también contribuye a reforzar una frontera simbólica entre quienes aparecen como defensores de los valores tradicionales de Estados Unidos y quienes son presentados como una amenaza para esos mismos valores.

 

 

LA BATALLA POR EL RELATO

      La política  de nuestros días no se esta librando únicamente mediante leyes o decisiones económicas. También se disputa en el terreno del relato. Quien consigue imponer los temas sobre los que gira la conversación pública adquiere una ventaja considerable frente a sus adversarios.

 

   Las dificultades económicas derivadas de la guerra con Irán, el incremento del gasto militar y el desgaste reflejado por diversas encuestas colocan a la Administración ante preguntas incómodas. ¿Ha merecido la pena el conflicto? ¿Ha fortalecido realmente la posición internacional de Estados Unidos? ¿Puede la economía soportar durante mucho tiempo el esfuerzo financiero que exige una intervención prolongada?  

 

    En cambio, un debate planteado en términos de patriotismo, defensa nacional o lucha contra una amenaza ideológica modifica completamente el escenario. La discusión deja de centrarse en indicadores económicos o balances de gestión para desplazarse hacia un terreno mucho más emocional, donde la identidad política adquiere un peso decisivo. No es casual que numerosos dirigentes, en diferentes momentos históricos y con orientaciones ideológicas muy distintas, hayan recurrido a estrategias similares cuando han necesitado reforzar la cohesión de sus seguidores.

 

 

UN ELECTORADO MÁS COMPLEJO DE LO QUE PARECE

    Sería un error interpretar los datos demoscópicos como el anuncio de un cambio político irreversible. La propia encuesta de Focaldata refleja que el núcleo del electorado republicano continúa mostrando un elevado nivel de movilización y que tres de cada cuatro votantes conservadores declaran su intención de acudir a las urnas. Esa capacidad de movilización sigue siendo uno de los principales activos del Partido Republicano.

 

    Al mismo tiempo, tampoco puede ignorarse que una parte importante de los votantes independientes parece contemplar con creciente preocupación el desarrollo del conflicto con Irán y sus consecuencias económicas. Ese segmento del electorado ha desempeñado un papel decisivo en numerosas elecciones estadounidenses y podría volver a hacerlo en noviembre. Precisamente por eso la evolución del debate público durante los próximos meses tendrá una importancia extraordinaria.

 

    Las elecciones legislativas no decidirán únicamente la composición del Congreso. También servirán para medir hasta qué punto la estrategia discursiva de la Casa Blanca consigue neutralizar el desgaste provocado por la guerra o, por el contrario, confirma que una parte de la ciudadanía exige respuestas más centradas en la economía, el coste de la vida y la política exterior que en la confrontación ideológica.

 

 

MÁS PREGUNTAS QUE RESPUESTAS

       Quizá la cuestión más interesante no sea si Estados Unidos está asistiendo al regreso del macartismo en sentido estricto. Las circunstancias históricas son demasiado diferentes para establecer una equivalencia automática. La pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿por qué el anticomunismo vuelve a ocupar un lugar tan destacado en el discurso presidencial precisamente cuando aparecen señales de desgaste político y económico?

 

     Responder a esa pregunta exige observar los acontecimientos con perspectiva histórica y sin simplificaciones. La utilización de grandes amenazas ideológicas ha acompañado con frecuencia a periodos de incertidumbre. En ocasiones, en los EEUU ha servido para cohesionar a una sociedad; en otras, ha funcionado como un recurso para desplazar el centro del debate público hacia terrenos más favorables para quienes ejercen el poder.

 

   El discurso de Donald Trump del 4 de julio puede leerse desde esa perspectiva. Más allá de las diferencias de interpretación que inevitablemente suscitará, pone de manifiesto que el lenguaje político sigue siendo una herramienta decisiva para construir apoyos, definir adversarios y orientar la conversación nacional. Las encuestas muestran que la guerra con Irán ha abierto un debate incómodo sobre sus costes y su utilidad. La respuesta de la Casa Blanca parece consistir, al menos en parte, en recuperar una retórica que apela a viejos reflejos de la política estadounidense.

 

    Será el electorado quien determine en los próximos meses si ese recurso conserva la capacidad de movilización que tuvo durante otros periodos de la historia o si, por el contrario, la prioridad de los ciudadanos se encuentra hoy en problemas mucho más inmediatos, como la inflación, el coste de la guerra y la evolución de la economía. Esa será, probablemente, la verdadera prueba de la eficacia de una estrategia que mira al pasado para afrontar los desafíos del presente.

 

Fuentes consultadas

Clash Report, “Majority of US Voters Say Trump's Iran War Wasn't Worth the Cost”.
Financial Times (información sobre la encuesta realizada por Focaldata, muestra de 1.795 votantes registrados).
Información pública sobre el discurso de Donald Trump durante la conmemoración del 250.º aniversario de la Independencia de Estados Unidos.
Bibliografía histórica sobre el macartismo y el contexto político de Estados Unidos durante la década de 1950.
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