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VENEZUELA: EL "PROTECTORADO PERFECTO" DEL SIGLO XXI

¿Es la crisis venezolana el ensayo general de una nueva forma de colonialismo?

Donald Trump ya ni siquiera necesita disimular. Habla de anexar Venezuela como quien negocia la compra de un edificio. Pero detrás de sus declaraciones grotescas se esconde algo mucho más profundo: una nueva fase del imperialismo contemporáneo, donde las grandes potencias no necesitan invadir países para controlarlos. Les basta con domesticar sus economías, dividir a sus élites hegemónicas y convertir la soberanía en mercancía. Venezuela se ha transformado así en el gran laboratorio latinoamericano del siglo XXI.

 

   POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

   Donald Trump mira el mapa como los viejos conquistadores miraban el océano: con hambreVenezuela aparece ante sus ojos como un inmenso pozo de petróleo rodeado de gente prescindible. Ya ni siquiera le requiere disimular demasiado. Ahora se habla de anexiones con la misma frivolidad con la que se comenta un partido de fútbol o una inversión inmobiliaria.

 

   Convertir a Venezuela en el estado número cincuenta y uno de Estados Unidos ha dejado de ser una metáfora vergonzante para convertirse en una fantasía como la que Donald Trump pronunció hace tan solo unas horas ante las cámaras y micrófonos de todo el mundo.

 

   Pero las invasiones modernas ya no siempre llegan acompañadas con marines desembarcando en las playas. Ahora, a veces llegan con tecnócratas, sanciones, deuda, privatizaciones y pactos silenciosos firmados en habitaciones donde nunca entra el pueblo.

 

  El imperialismo aprendió hace tiempo que puede resultar mucho más rentable administrar países que destruirlos devastadoramente. El amo moderno no necesita ocupar cada calle; le basta con controlar el petróleo, las finanzas, los puertos y las decisiones estratégicas.

 

  Justamente por eso, han dejado que Venezuela se convierta  en un laboratorio experimental. Y no en uno cualquiera: sino en el gran laboratorio latinoamericano del siglo XXI.

 

EL IMPERIO YA NO ESCONDE SUS DIENTES

    Durante décadas estuvieron diciéndonos que el colonialismo había muerto. Que las banderas extranjeras ya no gobernaban territorios ajenos. Que el mundo había entrado en la era de la soberanía y las democracias modernas. Era mentira. Una mentira podrida.

 

   Lo que sí desapareció fueron los viejos uniformes coloniales. Pero los mecanismos que regían el fenómeno colonial  han continuado intactos. El capitalismo global requiere de abundantes materias primas, rutas energéticas y mercados subordinados. Y cuando un territorio como Venezuela posee una de las mayores reservas petroleras del planeta, deja de ser un país para convertirse en botín económico y geopolítico.

 

   Es en momentos como los que estamos viviendo  cuando aparecen las grandes y medianas potencias capitalistas hablando de “estabilidad”, “transición democrática” o “seguridad hemisférica”. Palabras y frases  elegantes para nombrar una viejísima obsesión: controlar la riqueza ajena.

 

 

AMÉRICA LATINA: ¿REFORMA O REVOLUCIÓN?

    Hoy, más que nunca antes, conviene no engañarse y tratar de  observar las interrogantes y dilemas que de manera acuciante nos están planteando las nuevas realidades.  El "problema venezolano" nunca consistió en  Maduro, ni tampoco en los hipotéticos  efectos concienciadores  que el llamado “Socialismo del siglo XXI” pudiera irradiar sobre trabajadores y campesinos latinoamericanos. Lo que hubo en Venezuela ni fue socialismo propiamente dicho, ni tampoco correspondió a un fenómeno político  exclusivamente propio del siglo XXI.  Lo que, especialmente tras la muerte de Hugo Chávez, fue germinando progresivamente no pasó de ser un proyecto interclasista.  Una fórmula social y económica muchas veces repetida en la historia contemporánea del Continente latinoamericano.

 

 

   Precedentes de esas mismas características jalonaron durante el último siglo gobiernos como los de Perón, en Argentina, el del general Juan José Torres y Evo Morales, en Bolivia; el de Velasco Alvarado, en Perú; los de Correa, en Ecuador;   el de Cristina Fernández, en Argentina o las experiencias políticas de Jânio Quadros, João Goulart y Lula, en Brasil. Procesos todos  ciertamente distintos entre sí, pero atravesados por un mismo límite histórico: ninguno —con la excepción parcial de Hugo Chávez, en Venezuela— se propuso realmente desbordar el marco de las simples reformas sociales ni cuestionar de raíz las estructuras económicas sobre las que descansaba el poder de las clases dominantes.

 

 

    El reformismo político y social ha consistido históricamente en una fracasada, y reiterada, tentativa  de suavizar las contradicciones del sistema capitalista mediante reformas sociales, laborales o redistributivas, sin llegar a cuestionar la propiedad privada de los grandes medios de producción ni el poder  de las clases dominantes.

 

 

  Su lógica ha sido siempre la de intentar conciliar capital y trabajo, confiando en que el Estado pueda arbitrar los conflictos sociales sin necesidad de una transformación revolucionaria de la sociedad. Durante el siglo XX, esta vía se expresó a través de las socialdemocracias europeas —especialmente en Suecia, Alemania, Francia o el Reino Unido laborista—, así como en otras experiencias nacional-populares del llamado Tercer Mundo, desde el ya citado peronismo argentino hasta el nasserismo egipcio o el desarrollismo árabe y latinoamericano.

 
 

   Pero el "problema" con Venezuela ha sido fundamentalmente el petróleo. Y es que  el capitalismo contemporáneo atraviesa una honda crisis que le demanda imperiosamente expandirse de forma constante como fórmula de sobrevivencia en medio de turbulentas contradicciones interimperialistas con otras grandes potencias que le pisan los talones en la carrera tanto por la conquista de mercados como por la apropiación de recursos ajenos.

 

    Los propios análisis marxistas sobre la globalización describen cómo el sistema financiero y corporativo ha convertido  al planeta entero en un mercado único, subordinado a los intereses de  grandes centros imperialistas atrapados en una dura pugna. La competencia feroz entre potencias las obliga a asegurar territorios estratégicos y disciplinar economías periféricas. Venezuela encaja perfectamente en esa lógica.

 

  Trump no ha inventado nada nuevo. Se ha limitado a verbalizar con brutal sinceridad lo que otros presidentes estadounidenses prefirieron maquillar con discursos diplomáticos.

 

DOS ÉLITES, UNA MISMA ENTREGA

    Lo más trágico no es únicamente la agresión externa. Lo verdaderamente devastador se produce cuando sectores internos de las clases dominantes, y sus representantes políticos, terminan asumiendo la administración de  la dependencia como si de un negocio privado se tratara.

 

     En el "caso de Venezuela" la vieja historia latinoamericana ha vuelto a repetirse. Una parte de las élites locales se ha ofrecido solícita a negociar directamente con Washington, mientras la otra, finge resistir, aunque ambas terminen aceptando las mismas reglas económicas impuestas por el imperio. Cambian los discursos, cambian las banderas y los enemigos televisivos, pero el resultado es  parecido: "apertura" económica al capital transnacional, subordinación financiera y política, entrega de los recursos del país y, sobre todo, desmovilización popular.

 

     La convergencia real de objetivos entre Delcy Rodríguez y María Corina Machado, más allá de sus retóricas y su competencia,  retrata con fidelidad ese nada novedoso fenómeno latinoamericano: dos sectores aparentemente enfrentados que terminan orbitando alrededor del mismo centro de gravedad imperial. La disputa ya no sería entre soberanía y dependencia, sino sobre quién se va a encargar de administrar el  nuevo protectorado.

 

    Y es justo en ese punto en donde vuelve a reaparecer una de las grandes tragedias de América Latina: las oligarquías nacionales suelen temer más a sus propios pueblos que a las potencias extranjeras. 

 

   Esa es la razón por la que ambas fracciones de clase- la emergente y la tradicional- han hecho reiterados llamamientos "a la calma", plenamente conscientes de que  las  movilizaciones  de masas no solo pueden cuestionar al imperialismo, sino también la propiedad, los privilegios y el orden social en su conjunto. Ante esa desgarradora disyuntiva, ambas fracciones de las clases hegemónicas venezolanas han preferido entregar la soberanía del país antes que arriesgar su riqueza, privilegios, propiedades bienes acumulados.

 

EL CAPITALISMO NECESITA EL CAOS

    El neoliberalismo prometió prosperidad global. Lo que ha dejado finalmente ha sido una desigualdad obscena, precariedad y desesperación social. Durante las últimas décadas se han transferido ingentes riquezad desde los trabajadores hacia una minoría cada vez más poderosaEn ese contexto, América Latina se convierte nuevamente en territorio libre para el saqueo.

 

   La lógica es simple: cuando las grandes economías entran en crisis, las periferias deben pagar la factura. ¿Cómo? A través de las privatizaciones, el extractivismo, la destrucción de derechos laborales, el endeudamiento eterno y la subordinación financiera, que  aparecen como mecanismos de supervivencia del capital global.

 

   El imperialismo contemporáneo empieza a no necesitar ya gobernadores coloniales como se necesitaba antaño. Ahora requiere de presidentes obedientes, oposiciones funcionales y economías abiertas al gran capital transnacional. Por eso, las recientes declaraciones  de Trump sobre la posibilidad de anexar Venezuela no son una excentricidad individual que no merezca nuestra atención. Son la expresión grotesca de una dinámica histórica mucho más profunda. Cuando entra en fase de crisis catatónicael sistema capitalista siempre termina mostrando su verdadero rostro. Es entonces cuando caen las máscaras democráticas y emerge el viejo lenguaje de la fuerza. Ese es el momento que estamos viviendo ahora.

 

 LA DEMOCRACIA COMO DECORADO

     El fenómeno no es históricamente nuevo. En otros momentos  del siglo XX el continente latinoamericano estuvo también repleto de democracias tuteladas. De gobiernos que podían elegir ministros, discursos y colores partidarios, pero no podían decidir el rumbo económico real. Eso sucede  porque el poder no reside principalmente en los parlamentos.

 

     Un análisis  histórico  realizado desde una perspectiva  crítica y revolucionaria nos daría como resultado la conclusión de que el Estado no flota por encima de la sociedad como si de un  árbitro neutral se tratara. Surge de relaciones de clase concretas y protege determinadas estructuras económicas. Cuando los grandes capitales, las corporaciones energéticas y los organismos financieros internacionales condicionan las decisiones fundamentales, la soberanía popular queda reducida a una pura ceremonia electoral. Los  ciudadanos, ciertamente, pueden seguir votando. Pero serán los  mercados los que realmente  decidan.

 

 

   Y mientras tanto, los medios de comunicación se dedican a convertir la política en un llamativo espectáculo circense. Fabrican héroes, demonios y falsas polarizaciones,  cuyo objetivo evidente es  impedirnos  observar el núcleo real del problema: quiénes son los que  controlan la riqueza socialEn Venezuela, como en tantos otros países periféricos, la disputa profunda gira alrededor de eso. No se trata simplemente de nombres propios. Se trata de propiedad, petróleo y poder.

 

 
 
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