LOS MARROQUÍES DAN LA ESPALDA A LAS URNAS, MOHAMED VI CONSERVA EL PODER
El 77% de los electores potenciales optó por la abstención
Solo cuatro de cada diez electores inscritos participaron en las elecciones legislativas celebradas en Marruecos. La abstención masiva, más que la victoria del PAM o el resurgimiento islamista, vuelve a plantear una cuestión fundamental: qué poder pueden realmente elegir los marroquíes cuando la Corona conserva los principales resortes estratégicos del Estado.
Por A.R. SUÁREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
El pasado 23 de septiembre se celebraron en Marruecos elecciones legislativas para renovar los 395 escaños de la Cámara de Representantes, la principal cámara parlamentaria del país. Los comicios dieron la victoria, según los resultados provisionales todavía pendientes de validación, al Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), con 97 diputados, seguido por la Agrupación Nacional de Independientes (RNI), con 66; Istiqlal, con 65; y el islamista Partido Justicia y Desarrollo (PJD), con 54. Pero el dato que mejor resume la jornada quizá no esté en el reparto de escaños, sino en la magnitud de la abstención: solo el 38,08% de los electores inscritos acudió a votar.
LA MAYORÍA SE QUEDÓ EN CASA
La participación cayó más de doce puntos respecto a 2021, cuando alcanzó el 50,86%, y quedó también por debajo del 42,27% de 2016. Tan solo unos seis millones de personas depositaron una papeleta. La cifra es todavía más significativa si se recuerda que, antes de los comicios, solo 15,8 millones de los aproximadamente 26,7 millones de ciudadanos con derecho potencial a voto figuraban inscritos.
La abstención puede deberse a diferentes factores: apatía, desinterés, dificultades de inscripción y también a una actitud de protesta o rechazo al sistema político. Pero, sean cuales sean las causas del fenómeno, cuando casi dos de cada tres inscritos no votan, semejante distancia entre la población y las urnas obliga a mirar más allá del resultado partidista.
Ese alejamiento se produce, además, en un contexto social muy concreto. Marruecos llegó a estas elecciones después de las movilizaciones juveniles de 2025 encabezadas por GenZ212, que reclamaron mejoras en sanidad y educación y denunciaron corrupción y gasto en grandes acontecimientos deportivos. Human Rights Watch documentó centenares de detenciones y el empleo de fuerza letal durante algunas protestas. El desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años alcanzó aproximadamente el 37% en 2025. Para una generación que convive con precariedad, desigualdades territoriales y dificultades de acceso a servicios públicos, las elecciones aparecen así como un mecanismo cuya capacidad para modificar los centros fundamentales de decisión resulta nula.
SE ELIGE PARLAMENTO, NO EL CENTRO DEL PODER
Esa limitación está escrita en la propia Constitución. El rey debe nombrar jefe del Gobierno a un miembro del partido que obtenga más escaños, pero Mohamed VI preside el Consejo de Ministros. Ese órgano decide sobre las orientaciones estratégicas del Estado, los asuntos militares, la guerra, el estado de sitio y numerosos nombramientos esenciales en seguridad, diplomacia, administración territorial y empresas públicas estratégicas. El Gobierno posee competencias ejecutivas reales, pero las decisiones fundamentales están insertas en una arquitectura institucional cuya cúspide sigue ocupando la Corona.
Esta realidad ayuda a comprender por qué las diferencias entre los partidos, aunque existen, no equivalen a alternativas de poder.
El vencedor de los comicios, el PAM, nació en 2008 impulsado por Fouad Ali El Himma, antiguo alto cargo de Interior, amigo y consejero del monarca. Estudios de Carnegie lo han descrito históricamente como una formación estrechamente relacionada con el Palacio. Su victoria difícilmente puede interpretarse, por tanto, como una ruptura con el núcleo del sistema.
El RNI, segundo con 66 diputados, ocupa igualmente un espacio empresarial y ha encabezado el Gobierno desde 2021 bajo Aziz Ajanuch. Su caída desde 102 escaños constituye un importante castigo electoral, pero no altera en nada la estructura estatal.
Istiqlal, con 65 diputados, es el histórico partido del nacionalismo marroquí, conservador y plenamente integrado desde hace décadas en el marco monárquico.
EL REGRESO DE LOS ISLAMISTAS
El PJD representa el movimiento electoral más llamativo. Gobernó durante una década, obtuvo 125 escaños en 2016, se desplomó hasta apenas 13 en 2021 y ahora recupera 54. Su propia experiencia gubernamental mostró, sin embargo, hasta qué punto gobernar Marruecos no significa controlar el conjunto del aparato estatal. Investigaciones de Carnegie han descrito cómo el partido asumió durante sus años en el Ejecutivo la permanencia de importantes ámbitos de decisión bajo la influencia del Palacio. Al Jazeera
A la izquierda, la USFP obtuvo 26 diputados y el PPS, heredero del antiguo Partido Comunista Marroquí, 19. Ambos proceden de tradiciones políticas que en otras etapas mantuvieron una oposición más marcada a la monarquía, pero acabaron incorporándose al funcionamiento institucional e incluso participando en gobiernos.
La Alianza de Izquierda consiguió ocho escaños.
El pluralismo partidista existe. Lo que permanece prácticamente fuera de l a disputa electoral es la estructura fundamental del poder.
EL MAJZÉN Y LA NATURALEZA DEL ESTADO
El Estado no puede analizarse exclusivamente por la forma jurídica de sus instituciones, sino atendiendo a las relaciones sociales que reproduce, a las clases con capacidad efectiva de decisión y a la conexión existente entre poder político y el poder económico.
En Marruecos, la monarquía no constituye una institución meramente ceremonial. Se encuentra en el centro de una red formada por la alta administración, las fuerzas de seguridad, sectores empresariales y tecnocráticos y las estructuras políticas relacionadas con el Palacio, tradicionalmente englobadas bajo el concepto de Majzén.
En este sistema, hay partidos, campañas electorales, oposición parlamentaria y alternancias gubernamentales; pero la la Corona conserva los poderes esenciales, que no dependen del resultado electoral y los periodistas, activistas y críticos de la monarquía son duramente reprimidos. Estamos, por tanto, ante un sistema de fuerte concentración monárquica del poder que incorpora mecanismos electorales sin someter a ellos los resortes fundamentales del Estado.
LA ABSTENCIÓN COMO SÍNTOMA
Es este contexto el que da sentido a la pírrica participación registrada en las elecciones. El Ministerio del Interior marroquí situó oficialmente la participación en el 38,08%, pero ese porcentaje se calcula exclusivamente sobre los 15.801.162 ciudadanos inscritos en las listas electorales. En total votaron algo más de seis millones de personas.
La dimensión real del fenómeno aparece con mayor claridad cuando se compara esa cifra con el conjunto de la población que podía potencialmente ejercer el derecho al voto. Associated Press estimaba en unos 26,7 millones los ciudadanos marroquíes en edad y condiciones de votar. Si tomamos esa referencia y relacionamos los aproximadamente 6,02 millones de votos emitidos con esos 26,7 millones de electores potenciales, la participación efectiva se reduce a aproximadamente un 22,5%. Dicho de otra forma: algo menos de uno de cada cuatro ciudadanos potencialmente habilitados para votar terminó depositando una papeleta en las urnas.
La abstención no demuestra automáticamente una conciencia antimonárquica ni una ruptura organizada de las clases populares con el régimen. Pero semejante desmovilización sí revela las enormes dificultades del Parlamento y de los partidos para convencer a una parte muy amplia de la sociedad de que las urnas pueden modificar sus condiciones materiales de existencia o alterar la estructura en la que se concentra el poder
Cuando el cuerpo electoral efectivo queda reducido a poco más de una quinta parte de quienes potencialmente podían votar, la cuestión deja de ser solamente quién ganó las elecciones. La pregunta fundamental pasa a ser otra: ¿qué capacidad tienen unas elecciones con semejante nivel de participación para legitimar un sistema en el que, además, los principales resortes del poder permanecen fuera del alcance de las urnas?
Por A.R. SUÁREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
El pasado 23 de septiembre se celebraron en Marruecos elecciones legislativas para renovar los 395 escaños de la Cámara de Representantes, la principal cámara parlamentaria del país. Los comicios dieron la victoria, según los resultados provisionales todavía pendientes de validación, al Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), con 97 diputados, seguido por la Agrupación Nacional de Independientes (RNI), con 66; Istiqlal, con 65; y el islamista Partido Justicia y Desarrollo (PJD), con 54. Pero el dato que mejor resume la jornada quizá no esté en el reparto de escaños, sino en la magnitud de la abstención: solo el 38,08% de los electores inscritos acudió a votar.
LA MAYORÍA SE QUEDÓ EN CASA
La participación cayó más de doce puntos respecto a 2021, cuando alcanzó el 50,86%, y quedó también por debajo del 42,27% de 2016. Tan solo unos seis millones de personas depositaron una papeleta. La cifra es todavía más significativa si se recuerda que, antes de los comicios, solo 15,8 millones de los aproximadamente 26,7 millones de ciudadanos con derecho potencial a voto figuraban inscritos.
La abstención puede deberse a diferentes factores: apatía, desinterés, dificultades de inscripción y también a una actitud de protesta o rechazo al sistema político. Pero, sean cuales sean las causas del fenómeno, cuando casi dos de cada tres inscritos no votan, semejante distancia entre la población y las urnas obliga a mirar más allá del resultado partidista.
Ese alejamiento se produce, además, en un contexto social muy concreto. Marruecos llegó a estas elecciones después de las movilizaciones juveniles de 2025 encabezadas por GenZ212, que reclamaron mejoras en sanidad y educación y denunciaron corrupción y gasto en grandes acontecimientos deportivos. Human Rights Watch documentó centenares de detenciones y el empleo de fuerza letal durante algunas protestas. El desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años alcanzó aproximadamente el 37% en 2025. Para una generación que convive con precariedad, desigualdades territoriales y dificultades de acceso a servicios públicos, las elecciones aparecen así como un mecanismo cuya capacidad para modificar los centros fundamentales de decisión resulta nula.
SE ELIGE PARLAMENTO, NO EL CENTRO DEL PODER
Esa limitación está escrita en la propia Constitución. El rey debe nombrar jefe del Gobierno a un miembro del partido que obtenga más escaños, pero Mohamed VI preside el Consejo de Ministros. Ese órgano decide sobre las orientaciones estratégicas del Estado, los asuntos militares, la guerra, el estado de sitio y numerosos nombramientos esenciales en seguridad, diplomacia, administración territorial y empresas públicas estratégicas. El Gobierno posee competencias ejecutivas reales, pero las decisiones fundamentales están insertas en una arquitectura institucional cuya cúspide sigue ocupando la Corona.
Esta realidad ayuda a comprender por qué las diferencias entre los partidos, aunque existen, no equivalen a alternativas de poder.
El vencedor de los comicios, el PAM, nació en 2008 impulsado por Fouad Ali El Himma, antiguo alto cargo de Interior, amigo y consejero del monarca. Estudios de Carnegie lo han descrito históricamente como una formación estrechamente relacionada con el Palacio. Su victoria difícilmente puede interpretarse, por tanto, como una ruptura con el núcleo del sistema.
El RNI, segundo con 66 diputados, ocupa igualmente un espacio empresarial y ha encabezado el Gobierno desde 2021 bajo Aziz Ajanuch. Su caída desde 102 escaños constituye un importante castigo electoral, pero no altera en nada la estructura estatal.
Istiqlal, con 65 diputados, es el histórico partido del nacionalismo marroquí, conservador y plenamente integrado desde hace décadas en el marco monárquico.
EL REGRESO DE LOS ISLAMISTAS
El PJD representa el movimiento electoral más llamativo. Gobernó durante una década, obtuvo 125 escaños en 2016, se desplomó hasta apenas 13 en 2021 y ahora recupera 54. Su propia experiencia gubernamental mostró, sin embargo, hasta qué punto gobernar Marruecos no significa controlar el conjunto del aparato estatal. Investigaciones de Carnegie han descrito cómo el partido asumió durante sus años en el Ejecutivo la permanencia de importantes ámbitos de decisión bajo la influencia del Palacio. Al Jazeera
A la izquierda, la USFP obtuvo 26 diputados y el PPS, heredero del antiguo Partido Comunista Marroquí, 19. Ambos proceden de tradiciones políticas que en otras etapas mantuvieron una oposición más marcada a la monarquía, pero acabaron incorporándose al funcionamiento institucional e incluso participando en gobiernos.
La Alianza de Izquierda consiguió ocho escaños.
El pluralismo partidista existe. Lo que permanece prácticamente fuera de l a disputa electoral es la estructura fundamental del poder.
EL MAJZÉN Y LA NATURALEZA DEL ESTADO
El Estado no puede analizarse exclusivamente por la forma jurídica de sus instituciones, sino atendiendo a las relaciones sociales que reproduce, a las clases con capacidad efectiva de decisión y a la conexión existente entre poder político y el poder económico.
En Marruecos, la monarquía no constituye una institución meramente ceremonial. Se encuentra en el centro de una red formada por la alta administración, las fuerzas de seguridad, sectores empresariales y tecnocráticos y las estructuras políticas relacionadas con el Palacio, tradicionalmente englobadas bajo el concepto de Majzén.
En este sistema, hay partidos, campañas electorales, oposición parlamentaria y alternancias gubernamentales; pero la la Corona conserva los poderes esenciales, que no dependen del resultado electoral y los periodistas, activistas y críticos de la monarquía son duramente reprimidos. Estamos, por tanto, ante un sistema de fuerte concentración monárquica del poder que incorpora mecanismos electorales sin someter a ellos los resortes fundamentales del Estado.
LA ABSTENCIÓN COMO SÍNTOMA
Es este contexto el que da sentido a la pírrica participación registrada en las elecciones. El Ministerio del Interior marroquí situó oficialmente la participación en el 38,08%, pero ese porcentaje se calcula exclusivamente sobre los 15.801.162 ciudadanos inscritos en las listas electorales. En total votaron algo más de seis millones de personas.
La dimensión real del fenómeno aparece con mayor claridad cuando se compara esa cifra con el conjunto de la población que podía potencialmente ejercer el derecho al voto. Associated Press estimaba en unos 26,7 millones los ciudadanos marroquíes en edad y condiciones de votar. Si tomamos esa referencia y relacionamos los aproximadamente 6,02 millones de votos emitidos con esos 26,7 millones de electores potenciales, la participación efectiva se reduce a aproximadamente un 22,5%. Dicho de otra forma: algo menos de uno de cada cuatro ciudadanos potencialmente habilitados para votar terminó depositando una papeleta en las urnas.
La abstención no demuestra automáticamente una conciencia antimonárquica ni una ruptura organizada de las clases populares con el régimen. Pero semejante desmovilización sí revela las enormes dificultades del Parlamento y de los partidos para convencer a una parte muy amplia de la sociedad de que las urnas pueden modificar sus condiciones materiales de existencia o alterar la estructura en la que se concentra el poder
Cuando el cuerpo electoral efectivo queda reducido a poco más de una quinta parte de quienes potencialmente podían votar, la cuestión deja de ser solamente quién ganó las elecciones. La pregunta fundamental pasa a ser otra: ¿qué capacidad tienen unas elecciones con semejante nivel de participación para legitimar un sistema en el que, además, los principales resortes del poder permanecen fuera del alcance de las urnas?













































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