HAY DESAHUCIOS QUE SE CONVIERTEN EN SÍMBOLO. OTROS, SENCILLAMENTE OCURREN
¿Por qué no hemos conseguido conmovernos con los desahucios de Canarias?
"Mientras estos días seguimos con atención y conmovidos la historia de Maricarmen, no puedo dejar de pensar -escribe Víctor Suárez Vega - en algo que ocurrió aquí, en Canarias, hace apenas unos meses.
Por VÍCTOR SUÁREZ VEGA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Pocas imágenes como la del desahucio de Maricarmen de 87 años resumen de una manera tan descarnada e inhumana la sociedad en la que vivimos. Maricarmen ya se ha convertido en un símbolo casi mundial. Después de haber vivido 71 años en la misma casa, pagando religiosamente todas sus rentas y con una discapacidad, fue desahuciada violentamente por un fondo buitre sin que ninguna persona del ámbito judicial o político pudiera/quisiera impedirlo. Cientos de personas valientes se movilizaron para intentar detenerlo. Pero no pudieron. Lo ocurrido es trágico y debería interpelarnos profundamente como sociedad.
Pero mientras estos días seguimos con atención y conmovidas por la historia de Maricarmen, no puedo dejar de pensar en algo que ocurrió aquí, en Canarias, hace apenas unos meses.
El pasado 30 de junio, más de medio centenar de personas fueron desalojadas de la finca de Mister Leacock, en Santa María de Guía, propiedad del poderoso grupo platanero y de construcción Félix Santiago Melián. Entre las personas desahuciadas había familias con menores. Ninguna tenía alternativa habitacional. Las informaciones previas hablaban de alrededor de un centenar de personas viviendo en el poblado. Muchas de ellas, ante la inminencia del desahucio, decidieron abandonar las viviendas.
Lo ocurrido ese día en el norte de Gran Canaria me atrevería a decir que es quizás el acontecimiento histórico más vergonzoso -en materia de desahucios- ocurrido nunca en nuestro pequeño país. El operativo policial contó con más de 20 coches policiales, 53 agentes de la Guardia Civil y efectivos de la Policía Local, coches de Cruz Roja, ambulancias, bomberos, etc. La carretera general que une los pueblos de Santa María de Guía y de Gáldar fue cortada en ambos sentidos, no dejaban acercarse a nadie al lugar de los hechos, de manera que el grupo de periodistas no pudo realizar correctamente su trabajo. Según éstos, lo vivido en aquel momento fue algo inaudito, pues muchos de ellos estaban acostumbrados a cubrir otros desahucios. De hecho, la policía se encargó estratégicamente de colocarlos en un lugar lo suficientemente alejado como para no poder tomar imágenes de los acontecimientos vergonzosos que sabían allí iban a ocurrir. Por desgracia, ese día allí no había nadie para impedir el desahucio.
Mientras aún quedaban menores dentro de sus casas, una retroexcavadora comenzó a derribar las construcciones. Así, sin ninguna piedad. Sin dejarles siquiera la más mínima dignidad (si es que te puede quedar algo de ello en ese momento) para abandonar al menos tu casa con tus pertenencias. Así, como si tuvieran mucha prisa en derribarlo todo para comenzar cuanto antes el proyectito que sea que tienen ahí pensado. Así, como si quisieran hacerlo cuanto antes para que lo viese el menor número posible de personas. Y así, con la mayor de las connivencias políticas, empresariales y judiciales. Como la de Maricarmen.
Porque al igual que en Madrid, aquí había personas vulnerables. Aquí el dueño del inmueble también era un poderoso grupo empresarial. Aquí también hubo ausencia total de presencia e incluso de pronunciamiento político, ni siquiera de aquellos que hablan de "primero nuestra gente". Y aquí también hubo muchísimo dolor y rabia ante una injusticia que ahora mismo es uno de los mayores dramas que nos tocó vivir en este pedacito de la historia.
No quiero comparar dolores. Ni establecer quién sufrió más. Ni muchísimo menos restarle un solo gramo de importancia a lo sucedido con Maricarmen.
Todo lo contrario.
Precisamente porque su historia nos conmueve, debería servirnos también para mirar hacia aquí. Precisamente porque el caso de Mari Carmen y el de las decenas de familias de la casa de Mr. Leacock forman parte de un mismo síntoma capitalista enfermo que pone por encima los derechos de unos pocos sobre los de la gran mayoría.
La reflexión que me surge, y por lo que escribo estas líneas, es por qué nos conmueve una historia que ocurre a miles de kilómetros de nuestro país y por qué cuando le ocurre lo mismo a nuestra gente y en nuestro propio barrio no somos capaces de conmovernos y movilizarnos de igual manera. Se me ocurren varias explicaciones posibles, aunque la realidad es que no tengo las respuestas. Una de ellas quizás sea porque, lamentablemente, en Canarias no tenemos la misma fuerza que tiene el sindicato de inquilinas de Madrid. Quizás sea porque los medios de comunicación son los que dominan el debate público y sin una buena y oportuna cobertura mediática, simplemente algunas luchas, aunque igual de justas, no cuajan igual que otras. Quizás sea porque Maricarmen es una persona mayor, blanca, europea, y las personas desahuciadas de la casa de Mr. Leacock eran migrantes y pobres. O quizás, la respuesta podamos encontrarla en nuestra realidad colonial. Porque en Canarias hemos aprendido demasiado a convivir con el sufrimiento. Hemos aprendido a normalizar la pobreza y la injusticia como parte natural de nuestra realidad. Sin ni siquiera cuestionarla, sino asumiéndola como propia. Sin pensar que somos el territorio con mayor exclusión social, con los salarios más bajos de todo el estado, con la mayor tasa de pobreza extrema, con la vivienda más cara. Y sin pensar que todo ello está directamente relacionado con una resiliencia aprehendida que tenemos grabado a fuego como derrota en nuestro ADN.
O quizás todo sea más complejo y profundo detrás de la forma de pensar de este que escribe.
Un territorio que durante siglos ha sido construido desde fuera, termina aprendiendo a conceder más relevancia y hasta más capacidad de conmovernos a aquello que sucede lejos que a aquello que tenemos delante.
No sé hasta qué punto nuestra realidad colonial tiene que ver con ese sentimiento que atraviesa nuestra identidad. No sé hasta qué punto tiene que ver con nuestra propia historia, con nuestros medios de comunicación, con nuestras estructuras de poder o con la dificultad que tenemos para convertir el malestar cotidiano en una respuesta colectiva.
Pero sí sé que deberíamos preguntárnoslo.
Por qué mientras miramos a Madrid y nos estremecemos con Maricarmen, en Guía hubo familias con menores expulsadas de sus casas sin una alternativa habitacional.
Y no debería hacer falta que aquello que ocurre en Canarias llegue primero a Madrid para que nosotros mismos seamos capaces de mirarlo.
Quizá la pregunta no sea por qué nos conmueve tanto Maricarmen.
Quizá la pregunta sea por qué todavía no hemos conseguido conmovernos de la misma manera cuando la tragedia ocurre aquí.
No para mirar menos hacia fuera. Sino para empezar, también, a mirarnos hacia dentro.
Por VÍCTOR SUÁREZ VEGA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Pocas imágenes como la del desahucio de Maricarmen de 87 años resumen de una manera tan descarnada e inhumana la sociedad en la que vivimos. Maricarmen ya se ha convertido en un símbolo casi mundial. Después de haber vivido 71 años en la misma casa, pagando religiosamente todas sus rentas y con una discapacidad, fue desahuciada violentamente por un fondo buitre sin que ninguna persona del ámbito judicial o político pudiera/quisiera impedirlo. Cientos de personas valientes se movilizaron para intentar detenerlo. Pero no pudieron. Lo ocurrido es trágico y debería interpelarnos profundamente como sociedad.
Pero mientras estos días seguimos con atención y conmovidas por la historia de Maricarmen, no puedo dejar de pensar en algo que ocurrió aquí, en Canarias, hace apenas unos meses.
El pasado 30 de junio, más de medio centenar de personas fueron desalojadas de la finca de Mister Leacock, en Santa María de Guía, propiedad del poderoso grupo platanero y de construcción Félix Santiago Melián. Entre las personas desahuciadas había familias con menores. Ninguna tenía alternativa habitacional. Las informaciones previas hablaban de alrededor de un centenar de personas viviendo en el poblado. Muchas de ellas, ante la inminencia del desahucio, decidieron abandonar las viviendas.
Lo ocurrido ese día en el norte de Gran Canaria me atrevería a decir que es quizás el acontecimiento histórico más vergonzoso -en materia de desahucios- ocurrido nunca en nuestro pequeño país. El operativo policial contó con más de 20 coches policiales, 53 agentes de la Guardia Civil y efectivos de la Policía Local, coches de Cruz Roja, ambulancias, bomberos, etc. La carretera general que une los pueblos de Santa María de Guía y de Gáldar fue cortada en ambos sentidos, no dejaban acercarse a nadie al lugar de los hechos, de manera que el grupo de periodistas no pudo realizar correctamente su trabajo. Según éstos, lo vivido en aquel momento fue algo inaudito, pues muchos de ellos estaban acostumbrados a cubrir otros desahucios. De hecho, la policía se encargó estratégicamente de colocarlos en un lugar lo suficientemente alejado como para no poder tomar imágenes de los acontecimientos vergonzosos que sabían allí iban a ocurrir. Por desgracia, ese día allí no había nadie para impedir el desahucio.
Mientras aún quedaban menores dentro de sus casas, una retroexcavadora comenzó a derribar las construcciones. Así, sin ninguna piedad. Sin dejarles siquiera la más mínima dignidad (si es que te puede quedar algo de ello en ese momento) para abandonar al menos tu casa con tus pertenencias. Así, como si tuvieran mucha prisa en derribarlo todo para comenzar cuanto antes el proyectito que sea que tienen ahí pensado. Así, como si quisieran hacerlo cuanto antes para que lo viese el menor número posible de personas. Y así, con la mayor de las connivencias políticas, empresariales y judiciales. Como la de Maricarmen.
Porque al igual que en Madrid, aquí había personas vulnerables. Aquí el dueño del inmueble también era un poderoso grupo empresarial. Aquí también hubo ausencia total de presencia e incluso de pronunciamiento político, ni siquiera de aquellos que hablan de "primero nuestra gente". Y aquí también hubo muchísimo dolor y rabia ante una injusticia que ahora mismo es uno de los mayores dramas que nos tocó vivir en este pedacito de la historia.
No quiero comparar dolores. Ni establecer quién sufrió más. Ni muchísimo menos restarle un solo gramo de importancia a lo sucedido con Maricarmen.
Todo lo contrario.
Precisamente porque su historia nos conmueve, debería servirnos también para mirar hacia aquí. Precisamente porque el caso de Mari Carmen y el de las decenas de familias de la casa de Mr. Leacock forman parte de un mismo síntoma capitalista enfermo que pone por encima los derechos de unos pocos sobre los de la gran mayoría.
La reflexión que me surge, y por lo que escribo estas líneas, es por qué nos conmueve una historia que ocurre a miles de kilómetros de nuestro país y por qué cuando le ocurre lo mismo a nuestra gente y en nuestro propio barrio no somos capaces de conmovernos y movilizarnos de igual manera. Se me ocurren varias explicaciones posibles, aunque la realidad es que no tengo las respuestas. Una de ellas quizás sea porque, lamentablemente, en Canarias no tenemos la misma fuerza que tiene el sindicato de inquilinas de Madrid. Quizás sea porque los medios de comunicación son los que dominan el debate público y sin una buena y oportuna cobertura mediática, simplemente algunas luchas, aunque igual de justas, no cuajan igual que otras. Quizás sea porque Maricarmen es una persona mayor, blanca, europea, y las personas desahuciadas de la casa de Mr. Leacock eran migrantes y pobres. O quizás, la respuesta podamos encontrarla en nuestra realidad colonial. Porque en Canarias hemos aprendido demasiado a convivir con el sufrimiento. Hemos aprendido a normalizar la pobreza y la injusticia como parte natural de nuestra realidad. Sin ni siquiera cuestionarla, sino asumiéndola como propia. Sin pensar que somos el territorio con mayor exclusión social, con los salarios más bajos de todo el estado, con la mayor tasa de pobreza extrema, con la vivienda más cara. Y sin pensar que todo ello está directamente relacionado con una resiliencia aprehendida que tenemos grabado a fuego como derrota en nuestro ADN.
O quizás todo sea más complejo y profundo detrás de la forma de pensar de este que escribe.
Un territorio que durante siglos ha sido construido desde fuera, termina aprendiendo a conceder más relevancia y hasta más capacidad de conmovernos a aquello que sucede lejos que a aquello que tenemos delante.
No sé hasta qué punto nuestra realidad colonial tiene que ver con ese sentimiento que atraviesa nuestra identidad. No sé hasta qué punto tiene que ver con nuestra propia historia, con nuestros medios de comunicación, con nuestras estructuras de poder o con la dificultad que tenemos para convertir el malestar cotidiano en una respuesta colectiva.
Pero sí sé que deberíamos preguntárnoslo.
Por qué mientras miramos a Madrid y nos estremecemos con Maricarmen, en Guía hubo familias con menores expulsadas de sus casas sin una alternativa habitacional.
Y no debería hacer falta que aquello que ocurre en Canarias llegue primero a Madrid para que nosotros mismos seamos capaces de mirarlo.
Quizá la pregunta no sea por qué nos conmueve tanto Maricarmen.
Quizá la pregunta sea por qué todavía no hemos conseguido conmovernos de la misma manera cuando la tragedia ocurre aquí.
No para mirar menos hacia fuera. Sino para empezar, también, a mirarnos hacia dentro.













































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