POR JORDI RUIZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Durante los últimos años se ha popularizado una palabra para
describir el mundo actual: “policrisis”.
Es decir, crisis climática, guerras, inflación, endeudamiento, problemas energéticos, tensiones comerciales, deterioro de los servicios públicos, automatización, desigualdad... Parecería que una multitud de problemas diferentes han coincidido accidentalmente en el tiempo.
John Bellamy Foster (1) propone otra interpretación. En su artículo "The Global Structural Crisis of Capital", publicado recientemente en la revista Monthly Review, recupera una idea desarrollada hace más de medio siglo por el filósofo marxista húngaro István Mészáros: no estaríamos simplemente ante muchas crisis simultáneas, sino ante una crisis estructural global del capital.
La diferencia es importante. Una crisis económica normal puede durar meses o años y terminar cuando vuelve la inversión, aumenta el consumo o se recuperan los beneficios empresariales. Una crisis estructural, por el contrario, afecta al funcionamiento general del sistema y comienza a manifestarse en ámbitos aparentemente distintos.
Mészáros señalaba cuatro características: sería universal, porque afecta a diferentes esferas de la sociedad; global, porque alcanza al conjunto del planeta; prolongada, en lugar de limitarse a ciclos breves; y progresiva, porque puede avanzar lentamente antes de producir grandes convulsiones.
UNA MÁQUINA QUE NECESITA CRECER SIN FIN
Para comprender el argumento, hay que comenzar por una característica elemental del capitalismo: el capital no se invierte simplemente para producir cosas útiles. Se invierte fundamentalmente para obtener más capital.
Marx representaba este movimiento mediante una fórmula muy sencilla: D-M-D'. El propietario comienza con dinero, compra mercancías —incluidos medios de producción y fuerza de trabajo— y termina el proceso con una cantidad de dinero superior. Esa diferencia constituye la base del beneficio y de la acumulación.
Pero el proceso no termina ahí. Una parte del beneficio vuelve a invertirse y debe producir todavía más capital. Después vuelve a comenzar el ciclo. Por eso Foster recuerda que la acumulación no constituye una elección secundaria del sistema: es su motor. El capital que deja permanentemente de crecer termina siendo desplazado por otros capitales.
Aquí aparece una contradicción fundamental. Un sistema que necesita expandirse indefinidamente funciona dentro de un planeta cuyos recursos, ecosistemas y capacidad para absorber residuos son limitados.
Durante mucho tiempo esas fronteras pueden desplazarse. Se descubren nuevos mercados, aumenta la productividad, se incorporan nuevos territorios a la producción mundial, se abarata la fuerza de trabajo o se desarrollan nuevas tecnologías. Pero desplazar los límites no significa eliminarlos.
Foster sostiene que la crisis actual comienza precisamente cuando esas contradicciones dejan de afectar únicamente a sectores determinados y alcanzan las condiciones generales de reproducción de la sociedad. El problema pasa entonces de los límites inmediatos del capitalismo a sus “límites absolutos”.
CUANDO SOBRA CAPITAL, PERO FALTAN INVERSIONES RENTABLES
Existe además otro problema. El capitalismo contemporáneo ya no se parece al capitalismo formado por miles de pequeñas empresas compitiendo libremente entre sí.
La concentración económica ha producido enormes corporaciones capaces de controlar grandes partes de los mercados. Foster denomina a esta fase capitalismo monopolista-financiero.
Cuando una pequeña cantidad de grandes compañías domina un sector, puede limitar la producción y mantener márgenes elevados en lugar de competir permanentemente bajando precios. Al mismo tiempo, la enorme acumulación de riqueza genera masas crecientes de capital que necesitan encontrar lugares rentables donde invertirse.
El resultado es aparentemente paradójico: puede ser que exista muchísimo capital y, simultáneamente, insuficiente inversión productiva.
De ahí surge una tendencia que la tradición de la revista Monthly Review lleva décadas estudiando: la combinación de sobreacumulación y estancamiento. Crecen la capacidad productiva y la riqueza concentrada, pero existen dificultades para encontrar constantemente nuevas inversiones productivas suficientemente rentables. Foster relaciona este fenómeno con el lento crecimiento, la capacidad industrial desaprovechada y el empleo insuficiente.
Una salida a esta situación ha consistido en trasladar una parte cada vez mayor del capital hacia las finanzas.
Desde los años setenta y ochenta, según Foster, la financiarización permitió buscar rentabilidad mediante créditos, deuda, activos financieros, fondos de inversión y especulación. La lógica financiera terminó extendiéndose además a ámbitos esenciales de la vida cotidiana: vivienda, pensiones, seguros, sanidad, educación o transporte.
Pero las finanzas pueden redistribuir y multiplicar derechos sobre la riqueza; no pueden sustituir indefinidamente la creación material de riqueza. La gran crisis financiera de 2007-2009 mostró hasta qué punto aquella expansión podía generar enormes burbujas e inestabilidad.
¿“POLICRISIS” O UNA CAUSA COMÚN?
Aquí aparece una de las críticas centrales de Foster.
Instituciones internacionales y numerosos analistas utilizan el concepto de policrisis para referirse a la coincidencia de problemas económicos, ecológicos, sociales, tecnológicos y geopolíticos.
Foster no niega que todas esas crisis existan ni que interactúen unas con otras. Lo que cuestiona es la forma en la que se explican.
Si enumeramos veinte crisis, pero no investigamos las relaciones que existen entre ellas, podemos terminar describiendo perfectamente los síntomas sin explicar la enfermedad.
Ese es, según Foster, el problema de buena parte del discurso sobre la policrisis: reconoce que algo profundamente anómalo está sucediendo, pero evita preguntarse si existe un elemento estructural común. En los documentos que el Foro Económico Mundial, el Banco Mundial o la OCDE analiza, se observa precisamente la ausencia del capitalismo como categoría explicativa.
La diferencia puede expresarse de manera muy sencilla. La teoría de la policrisis dice aproximadamente: “tenemos muchos problemas que se relacionan entre sí”. Sin embargo, la tesis formulada desde la perspectiva de la crisis estructural pregunta algo diferente:
“¿Cuál es el mecanismo social que está produciendo o agravando simultáneamente muchos de esos problemas?”
EL LÍMITE ECOLÓGICO YA NO PUEDE SER IGNORADO
La cuestión ambiental ocupa un lugar fundamental en el razonamiento de Foster. El capitalismo puede superar temporalmente determinados obstáculos económicos creando nuevos mercados o desarrollando nuevas tecnologías. Pero no puede negociar con las leyes físicas del planeta.
La producción económica necesita energía y materias primas, transforma ecosistemas y genera residuos. Una economía organizada alrededor de una acumulación potencialmente ilimitada termina chocando con límites ecológicos reales.
Foster recurre aquí al concepto marxiano de “fractura metabólica”: la actividad económica puede romper los ciclos naturales de los que depende la propia sociedad. En la época actual esa ruptura ya no afectaría únicamente a determinados suelos o territorios, sino al sistema terrestre en su conjunto. Cambio climático, pérdida de biodiversidad y alteración de los ciclos naturales serían manifestaciones de esa contradicción.
De ahí una de las ideas más fuertes del artículo de Foster: la acumulación de capital va acompañada de una acumulación creciente de posibilidades de catástrofe.
LA CRISIS TAMBIÉN SE TRASLADA A LA GEOPOLÍTICA
El análisis de Foster no termina en la economía y la ecología. También interpreta la creciente rivalidad internacional como parte de esta crisis estructural.
Cuando las grandes potencias y sus corporaciones compiten por mercados, materias primas, tecnologías, rutas comerciales y áreas de influencia, las contradicciones económicas adquieren inevitablemente una dimensión geopolítica.
Foster interpreta desde esta perspectiva el ascenso económico de China, la pérdida relativa de peso industrial de Estados Unidos, la nueva carrera tecnológica, el incremento del gasto militar y el aumento de las tensiones entre grandes potencias. Son, dentro de su marco analítico, manifestaciones de una lucha por redistribuir posiciones dentro de una economía mundial sometida a crecientes dificultades.
Esto explica también por qué Mészáros consideraba que una crisis estructural del capital podía acabar expresándose en formas cada vez más peligrosas de competencia imperialista, incluida la posibilidad de enfrentamientos militares a escala gigantesca.
EL PROBLEMA, ENTONCES, NO SERÍA REPARAR EL SISTEMA
La conclusión de Foster es radical porque deriva directamente de su diagnóstico.
Si estuviéramos ante una crisis financiera, bastaría con reformar las finanzas. Si el problema fuese exclusivamente energético, podría resolverse cambiando las fuentes de energía. Si se tratara únicamente de desigualdad, podrían plantearse políticas redistributivas.
Pero si todos esos fenómenos forman parte de una crisis estructural, las reformas parciales pueden aliviar determinadas consecuencias sin eliminar el mecanismo que vuelve a producirlas.
Por eso Foster recupera la alternativa formulada por la tradición marxista: sustituir una sociedad organizada alrededor de la acumulación privada ilimitada por otra en la que la producción responda conscientemente a las necesidades humanas y a los límites ecológicos.
La pregunta que plantea el citado artículo de Foster puede resumirse, finalmente, en términos extraordinariamente sencillos: ¿estamos viviendo una sucesión excepcional de desgracias independientes o estamos contemplando las diferentes manifestaciones de una misma contradicción histórica?
Para Foster, la respuesta es inequívoca. La crisis económica, social, ecológica y geopolítica de nuestro tiempo no constituye una suma accidental de acontecimientos. Es la expresión de un sistema cuya necesidad permanente de acumulación está entrando en conflicto cada vez más profundo con las sociedades que organiza y con el planeta del que depende.
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.80