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EL MUNDO APRENDIÓ MUY POCO CON EL COVID: POR QUÉ SEGUIMOS SIN ESTAR PREPARADOS PARA OTRA PANDEMIA

Cómo y por qué la destrucción ambiental y la desigualdad están preparando la próxima crisis sanitaria

El coronavirus dejó millones de muertos y una promesa global de cambio. Pero pocos años después, los sistemas sanitarios siguen debilitados, la desigualdad aumentó y la destrucción ambiental acelera el riesgo de nuevas enfermedades. La pregunta ya no es si llegará otra pandemia, sino si el mundo volverá a fracasar cuando ocurra.

POR ANDRÉS VILLAPLANA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    La pandemia de coronavirus dejó más de veinte millones de muertos directos e indirectos en todo el planeta, paralizó economías enteras, colapsó hospitales y transformó la vida cotidiana de miles de millones de personas.

 

   Durante aquellos meses parecía que el mundo había entendido la gravedad del problema. Gobiernos, organismos internacionales y expertos repetían que había que “aprender la lección” para evitar una nueva catástrofe sanitaria. Sin embargo, apenas unos años después, la sensación dominante es inquietante: el planeta sigue sin estar preparado para enfrentar otra pandemia de gran escala. Y lo más preocupante es que las señales de alarma no dejan de multiplicarse.

 

    Los brotes recientes de ébola, hantavirus, gripe aviar y nuevas variantes de virus respiratorios muestran que la amenaza nunca desapareció. Los científicos advierten que la posibilidad de una nueva pandemia no pertenece al terreno de la ciencia ficción, sino al de la certeza estadística.

 

    El problema es que el mundo reaccionó ante el covid como quien apaga un incendio gigantesco sin reparar las instalaciones eléctricas que provocaron el fuego. Terminó la emergencia inmediata, pero las causas profundas permanecen intactas.

 

 

    Uno de los grandes problemas es que los sistemas sanitarios públicos quedaron más debilitados que antes. Durante la pandemia se celebró al personal médico como “héroes”, pero en muchos países los hospitales siguieron sufriendo recortes presupuestarios, privatizaciones y falta de inversión.

 

    La lógica dominante continúa siendo la misma: reducir gastos públicos y convertir la salud en un negocio rentable. Eso provoca que millones de personas tengan dificultades para acceder a atención médica básica mientras las grandes corporaciones farmacéuticas concentran enormes beneficios económicos.

 

 

    La pandemia también mostró algo brutal: la desigualdad mata. Mientras algunos países ricos acumulaban vacunas suficientes para inmunizar varias veces a toda su población, enormes regiones de África, Asia y América Latina quedaron desprotegidas durante meses.

 

    El acceso desigual a medicamentos, respiradores y tratamientos reveló que, frente a una crisis global, el mercado funciona según la capacidad de pago y no según las necesidades humanas. Esa desigualdad no desapareció; por el contrario, se agravó.

 

 

   Otro elemento central es la destrucción acelerada de la naturaleza. Cada vez que se destruyen bosques, selvas y ecosistemas completos para expandir monocultivos, minería o urbanizaciones gigantescas, los seres humanos entran en contacto con virus y bacterias que antes permanecían aislados en especies animales.

 

    Muchas enfermedades recientes han surgido  precisamente de ese choque cada vez más violento entre actividad humana y naturaleza. La expansión sin límites de la agroindustria intensiva y de los mercados de animales vivos crea las condiciones perfectas para nuevas zoonosis, es decir, enfermedades que saltan de animales a humanos.

 

    El cambio climático agrava todavía más este escenario. El aumento de temperaturas modifica los ecosistemas y permite que mosquitos y otros vectores transmisores de enfermedades se expandan hacia regiones donde antes no sobrevivían. Enfermedades tropicales empiezan a aparecer en lugares donde históricamente no existían. Es como si el planeta entero estuviera alterando su equilibrio biológico a una velocidad para la que nadie tiene respuestas claras.

 

   A esto se suma la hiperconexión global. Nunca en la historia hubo tanta movilidad de personas y mercancías. Millones viajan diariamente entre continentes y enormes cadenas de producción unen fábricas, puertos y ciudades de todo el planeta. Esa red global permite mover productos con rapidez, pero también convierte cualquier brote local en una amenaza mundial en cuestión de días. El coronavirus demostró que un virus puede recorrer el planeta más rápido que las decisiones políticas destinadas a frenarlo.

 

   Sin embargo, quizá el problema más grave sea político. La pandemia dejó una enorme desconfianza social hacia gobiernos, organismos internacionales y medios de comunicación. Las campañas de desinformación crecieron como nunca antes. Teorías conspirativas, discursos antivacunas y manipulación política debilitaron la capacidad de respuesta colectiva. En muchos países, incluso las medidas sanitarias básicas terminaron convertidas en guerras ideológicas.

 

   La situación se vuelve todavía más preocupante cuando algunos gobiernos reducen su cooperación internacional. La salida de determinados países de organismos multilaterales o el debilitamiento de instituciones sanitarias globales complica la coordinación necesaria para enfrentar futuras emergencias. Ninguna pandemia puede resolverse de manera aislada, porque los virus no respetan fronteras, banderas ni ideologías.

 

   Además, el modelo económico dominante favorece permanentemente la improvisación. Las empresas producen siguiendo criterios de rentabilidad inmediata y no de prevención social. Durante el covid quedó claro que incluso países ricos carecían de mascarillas, respiradores o insumos básicos porque las cadenas globales de producción estaban organizadas para maximizar ganancias y reducir costos, no para garantizar seguridad sanitaria.

 

   La experiencia histórica demuestra que las grandes crisis suelen olvidarse rápidamente cuando afectan los beneficios económicos. Después de la gripe española de 1918 ocurrió algo parecido: millones murieron, pero pocos años después el mundo volvió a las mismas dinámicas que habían favorecido la expansión de la enfermedad. Hoy parece repetirse esa lógica. La economía global volvió a priorizar el crecimiento acelerado y el consumo masivo mientras las advertencias científicas quedan relegadas a informes técnicos que rara vez generan cambios reales.

 

   Y, sin embargo, los especialistas siguen insistiendo. No preguntan si habrá otra pandemia, sino cuándo ocurrirá. Esa diferencia es fundamental. El verdadero debate ya no es la posibilidad, sino el nivel de preparación real que existe para enfrentarla. Y la respuesta actual es inquietante: el mundo sigue reaccionando tarde, fragmentado y condicionado por intereses económicos que muchas veces pesan más que la salud colectiva.

 

   La gran paradoja es que la humanidad posee hoy un desarrollo científico y tecnológico impresionante. Existen capacidades enormes para secuenciar virus, desarrollar vacunas rápidamente y compartir información médica en tiempo real. Pero todo ese potencial choca contra sistemas políticos y económicos incapaces de organizar esos recursos pensando en las necesidades comunes. El problema no es solamente científico. Es social, económico y político.

 

  La próxima pandemia podría ser más contagiosa, más letal o afectar especialmente a regiones con sistemas sanitarios aún más debilitados. Nadie puede saberlo con certeza. Lo que sí parece claro es que el mundo actual continúa funcionando como si las advertencias fueran exageraciones pasajeras y no señales urgentes de una amenaza real.

 

FUENTES UTILIZADAS:

— Artículo “El mundo no está preparado para nuevas pandemias”, Página/12, 19 de mayo de 2026.
— “¡Alarma de catástrofe! ¿Qué hacer contra la destrucción deliberada de la unidad entre el ser humano y la naturaleza?”
 

 
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