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"¡CALLATE, CERDITA!": LA MISOGINIA PRESIDENCIAL DE DONALD TRUMP

R. GONZÁLEZ BAHÍA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Donald Trump ha conseguido algo difícil incluso en la degradada política contemporánea: convertir el insulto a las mujeres periodistas en una rutina de gobierno. No se trata de exabruptos aislados ni de arrebatos temperamentales de un hombre incapaz de controlar su ira. Es un patrón. Una estrategia.

 

   Una forma de ejercer el poder. Cuando un periodista hombre le incomoda, Trump suele acusarlo de mentiroso o incompetente. Cuando quien le incomoda es una mujer, el repertorio adquiere un tono particularmente despectivo, paternalista y humillante.

 

   Resulta casi conmovedora esa sensibilidad presidencial. El hombre que presume de fortaleza inquebrantable, que promete doblegar a China, poner orden en Oriente Próximo y salvar la civilización occidental, parece derrumbarse emocionalmente cuando una periodista osa hacerle una pregunta incómoda. Nada hiere más al supuesto macho alfa que una mujer haciendo correctamente su trabajo.

 


DEL "CÁLLATE, CERDITA" AL "GRACIAS, CARIÑO"

   El episodio más reciente resulta especialmente revelador. A bordo del Air Force One, cuando una periodista de Bloomberg le preguntó sobre su relación con Jeffrey Epstein, Trump respondió con un elegante y refinado: "¡Cállate, cerdita!". El incidente fue descrito como otro ejemplo de una larga cadena de improperios dirigidos específicamente contra mujeres periodistas.

 

  Es difícil imaginar qué clase de asesores de imagen permiten que el presidente de la primera potencia mundial adopte el registro verbal de un matón de patio de colegio. Aunque quizá la explicación sea más sencilla: no se trata de un error comunicativo, sino de la expresión más genuina de su personalidad política.

 

    Meses después, durante una entrevista con Kristen Welker en la NBC, Trump volvió a demostrar sus extraordinarias habilidades para el debate democrático. Cuando la periodista cuestionó sus afirmaciones sobre un supuesto fraude electoral sin pruebas, el presidente respondió llamándola "corrupta o estúpida". Y cuando decidió abandonar la entrevista, añadió una pincelada de condescendencia sexista: "Gracias, cariño".

 

    La escena tiene algo de tragicomedia. Un hombre de  ochenta años incapaz de soportar la más mínima contradicción, quitándose el micrófono con teatral indignación mientras una periodista intenta completar su trabajo. El dirigente que presume de dureza abandonando una entrevista porque una mujer le recordó la existencia de hechos verificables.
 

 

UNA LARGA TRADICIÓN DE MENOSPRECIO

     Nada de esto es nuevo. En 2015 atacó a Megyn Kelly insinuando que sus preguntas críticas estaban relacionadas con su ciclo menstrual:

   "Había sangre saliéndole de los ojos, sangre saliéndole de donde fuera".

 

    A April Ryan la trató como si fuera responsable de resolver las tensiones raciales del país. A Yamiche Alcindor la calificó de hacer preguntas "racistas". A Kaitlan Collins la vetaron temporalmente de actos oficiales tras insistir con preguntas incómodas.

 

   El patrón es siempre el mismo: desacreditar profesionalmente a las periodistas cuando no puede responder sustancialmente a sus preguntas. Es la versión política del estudiante que, incapaz de aprobar el examen, acusa al profesor de tenerle manía.

 

   Según Elisa Lees Muñoz, directora de la Fundación Internacional para las Mujeres en los Medios, Trump "se concentra en insultar a las mujeres más que a los hombres" y esos menosprecios suelen tener un componente relacionado con el género. Además, advierte que estas conductas envían un mensaje intimidatorio a otras periodistas: esto es lo que ocurre cuando cuestionan al poder.


EL EXTRAÑO CONCEPTO DE FORTALEZA

    Hay una ironía particularmente cruel en todo esto. Trump ha construido buena parte de su imagen pública alrededor de la fuerza, la determinación y la autoridad. Sin embargo, pocas cosas proyectan tanta inseguridad como la necesidad compulsiva de humillar a quien formula preguntas incómodas.

 

    Los líderes verdaderamente seguros de sí mismos responden. Argumentan. Rechazan críticas con datos o razonamientos. Los inseguros insultan. Y Trump parece haber elevado esa inseguridad al rango de doctrina presidencial.

 

   Resulta extraordinario que quien exige respeto institucional para la presidencia estadounidense sea incapaz de mostrar el mínimo respeto hacia profesionales que ejercen una función esencial en cualquier democracia: fiscalizar al poder.


UN PRESIDENTE INSÓLITO

    La historia estadounidense ha conocido presidentes incompetentes, corruptos, belicistas o mediocres. Trump ha añadido una categoría peculiar: la del mandatario que confunde sistemáticamente el liderazgo con la intimidación verbal y la discrepancia con la insolencia.

 

   Quizá el rasgo más inquietante no sean sus insultos, sino la normalización de los mismos. Cuando el presidente llama "cerdita" a una periodista o "corrupta o estúpida" a otra, no solo degrada el cargo que ocupa. También legitima un clima de hostilidad hacia mujeres cuya única falta consiste en hacer preguntas que él preferiría no contestar.

 
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