UN BROTE DEL HANTAVIRUS DEMUESTRA QUE SÍ PUEDE HABER CONTAGIOS SOCIALES E INDIVIDUOS "SUPERCONTAGIADORES"
Un brote de 2018 en un cumpleaños con 11 muertos desmiente que no solo se transmita por contacto estrecho
La reciente alarma generada por el brote de Hantavirus detectado en el buque MV Hondius, que fondeará en un puerto de Tenerife el próximo sábado, ha vuelto a situar en el centro del debate científico un viejo problema que durante años numerosos expertos prefirieron considerar excepcional: la transmisión entre humanos del hantavirus de los Andes.
Por CARLOS SERNA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La reciente alarma generada por el brote de Hantavirus detectado en el buque MV Hondius, que fonderá en un puerto de Tenerife el próximo sábado, ha vuelto a situar en el centro del debate científico un viejo problema que durante años numerosos expertos prefirieron considerar excepcional: la transmisión entre humanos del hantavirus de los Andes.
Según han informado las autoridades españolas, este tipo de transmisión se produce exclusivamente por un contacto muy estrecho y prolongado. Sin embargo, en un artículo publicado por Enrique Alpañés en el diario El País con el título “Un brote de 2018 en un cumpleaños con 11 muertos muestra que el hantavirus de los Andes no solo se transmite por contacto estrecho”, se expone cómo un episodio ocurrido en Argentina entre 2018 y 2019 cuestiona esta idea dominante sobre la enfermedad.
Según afirma el autor, el análisis epidemiológico de aquel brote reveló una realidad incómoda para buena parte de la comunidad sanitaria internacional: el virus no se limitaba únicamente a contagios esporádicos derivados del contacto con roedores o a situaciones extremadamente íntimas entre personas.
La investigación demostró que podían producirse cadenas de transmisión social relativamente amplias, especialmente en espacios cerrados y concurridos.
El episodio estudiado tuvo lugar en las provincias argentinas de Chubut, Neuquén y Río Negro. Todo comenzó, de acuerdo a lo expresado por el autor, con la aparición de varios casos asociados a eventos sociales masivos: un cumpleaños, un funeral y una consulta médica. Lo relevante del asunto no fue únicamente el número de contagios —34 casos y 11 fallecidos— sino la manera en que estos se produjeron.
El brote evidenció la existencia de individuos con una capacidad de transmisión muy superior a la media, los llamados “supercontagiadores”, un concepto que años después se popularizaría globalmente con la pandemia de coronavirus.
El artículo de Enrique Alpañés recoge las declaraciones del microbiólogo Gustavo Palacios, uno de los investigadores principales del estudio publicado en The New England Journal of Medicine. Según relata el científico, el primer gran episodio de transmisión se originó durante una fiesta de cumpleaños con alrededor de cien invitados. Un paciente que ya comenzaba a presentar síntomas permaneció allí aproximadamente una hora y media antes de retirarse por encontrarse enfermo. Sin embargo, ese breve periodo bastó para desencadenar una secuencia de infecciones posteriores.
De acuerdo a lo expuesto por el autor, varias personas sentadas cerca del infectado desarrollaron síntomas semanas después. Incluso apareció un caso inicialmente inexplicable hasta descubrirse que el contacto había ocurrido casualmente en el baño durante un saludo breve. Este detalle resulta especialmente significativo porque cuestiona la idea de que este tipo de viruso solo se contagiaría tras contactos extremadamente íntimos o prolongados.
La reconstrucción epidemiológica posterior permitió observar cómo uno de los asistentes infectados continuó llevando una vida social intensa, convirtiéndose a su vez en foco de nuevos contagios. El fallecimiento de este paciente abrió otra cadena de transmisión durante el velatorio, donde la presencia de personas sintomáticas favoreció nuevos casos. Según explica el artículo, diez asistentes enfermaron posteriormente tras haber coincidido allí con individuos ya infectados.
Lo verdaderamente importante del estudio no es únicamente el carácter dramático de aquel brote, sino las implicaciones políticas, sanitarias y científicas que se derivan de él. Durante décadas, gran parte de la virología internacional consideró que el hantavirus era esencialmente una enfermedad vinculada a reservorios animales. La transmisión entre personas aparecía descrita como anecdótica, marginal o prácticamente irrelevante. Sin embargo, la investigación argentina demostró que determinadas condiciones sociales —espacios cerrados, reuniones masivas y retrasos en la identificación de síntomas— podían facilitar una propagación mucho más amplia de lo que se admitía oficialmente.
Según señala el autor, la Organización Mundial de la Salud ha utilizado precisamente este caso argentino para interpretar el brote reciente del MV Hondius. El portavoz de la OMS citado en el texto establece una comparación directa entre ambos episodios: muchas personas concentradas en espacios reducidos durante largos periodos de tiempo. La lección principal extraída por los organismos sanitarios internacionales es que las medidas de rastreo y aislamiento continúan siendo decisivas para contener este tipo de virus.
Pero el artículo también deja entrever otro aspecto relevante: las enormes resistencias existentes dentro del propio ámbito científico para reconocer determinados riesgos sanitarios hasta que las evidencias resultan imposibles de ignorar. Según recuerda Gustavo Palacios, durante años numerosos estudios minimizaron el alcance de la transmisión humana del virus de los Andes, limitándola a entornos hospitalarios o contactos sexuales. Esa interpretación reduccionista, repetida incluso recientemente en distintos medios de comunicación, habría contribuido a generar una falsa sensación de seguridad.
De acuerdo a lo expresado por el autor, el trabajo publicado en 2020 fue pionero porque combinó rastreo epidemiológico, pruebas serológicas y análisis genómicos capaces de demostrar científicamente las cadenas de transmisión entre personas. La importancia de esta demostración no es menor si se tiene en cuenta la elevada letalidad del virus. El artículo recuerda que la mortalidad del hantavirus de los Andes alcanzó el 32% en Argentina el pasado año y que, cuando deriva en síndrome pulmonar por hantavirus, la cifra puede ascender hasta el 38%.
Aun así, el propio estudio introduce elementos de relativa tranquilidad. Según explica el investigador citado por Enrique Alpañés, el virus no parece poseer un comportamiento expansivo ilimitado como el observado en enfermedades respiratorias altamente contagiosas. Existe, afirma, un “punto muerto” en las cadenas de transmisión: después de varias generaciones de contagio, el virus deja de propagarse. Además, la imposición de medidas de aislamiento redujo drásticamente la tasa de transmisión durante el brote argentino.
No obstante, el problema planteado por este episodio va mucho más allá del caso concreto del hantavirus. El artículo pone de relieve cómo los sistemas sanitarios contemporáneos continúan reaccionando muchas veces de manera tardía ante amenazas emergentes, especialmente cuando estas contradicen paradigmas científicos consolidados o afectan a regiones periféricas alejadas de los grandes centros de poder mundial.
Según afirma el autor, la experiencia argentina obligó finalmente a reevaluar el peligro potencial del virus de los Andes. El reconocimiento de contagios sociales y de fenómenos de supertransmisión modificó sustancialmente la percepción internacional sobre esta enfermedad. La cuestión ya no podía reducirse simplemente al contacto con roedores: la dimensión social de la propagación había quedado demostrada.
El brote ocurrido en Argentina reveló que incluso virus considerados relativamente limitados pueden adquirir comportamientos epidemiológicos complejos bajo determinadas circunstancias sociales. Y también mostró que la vigilancia sanitaria, la investigación rigurosa y la rapidez en la respuesta continúan siendo factores decisivos para evitar consecuencias mayores.
Por CARLOS SERNA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La reciente alarma generada por el brote de Hantavirus detectado en el buque MV Hondius, que fonderá en un puerto de Tenerife el próximo sábado, ha vuelto a situar en el centro del debate científico un viejo problema que durante años numerosos expertos prefirieron considerar excepcional: la transmisión entre humanos del hantavirus de los Andes.
Según han informado las autoridades españolas, este tipo de transmisión se produce exclusivamente por un contacto muy estrecho y prolongado. Sin embargo, en un artículo publicado por Enrique Alpañés en el diario El País con el título “Un brote de 2018 en un cumpleaños con 11 muertos muestra que el hantavirus de los Andes no solo se transmite por contacto estrecho”, se expone cómo un episodio ocurrido en Argentina entre 2018 y 2019 cuestiona esta idea dominante sobre la enfermedad.
Según afirma el autor, el análisis epidemiológico de aquel brote reveló una realidad incómoda para buena parte de la comunidad sanitaria internacional: el virus no se limitaba únicamente a contagios esporádicos derivados del contacto con roedores o a situaciones extremadamente íntimas entre personas.
La investigación demostró que podían producirse cadenas de transmisión social relativamente amplias, especialmente en espacios cerrados y concurridos.
El episodio estudiado tuvo lugar en las provincias argentinas de Chubut, Neuquén y Río Negro. Todo comenzó, de acuerdo a lo expresado por el autor, con la aparición de varios casos asociados a eventos sociales masivos: un cumpleaños, un funeral y una consulta médica. Lo relevante del asunto no fue únicamente el número de contagios —34 casos y 11 fallecidos— sino la manera en que estos se produjeron.
El brote evidenció la existencia de individuos con una capacidad de transmisión muy superior a la media, los llamados “supercontagiadores”, un concepto que años después se popularizaría globalmente con la pandemia de coronavirus.
El artículo de Enrique Alpañés recoge las declaraciones del microbiólogo Gustavo Palacios, uno de los investigadores principales del estudio publicado en The New England Journal of Medicine. Según relata el científico, el primer gran episodio de transmisión se originó durante una fiesta de cumpleaños con alrededor de cien invitados. Un paciente que ya comenzaba a presentar síntomas permaneció allí aproximadamente una hora y media antes de retirarse por encontrarse enfermo. Sin embargo, ese breve periodo bastó para desencadenar una secuencia de infecciones posteriores.
De acuerdo a lo expuesto por el autor, varias personas sentadas cerca del infectado desarrollaron síntomas semanas después. Incluso apareció un caso inicialmente inexplicable hasta descubrirse que el contacto había ocurrido casualmente en el baño durante un saludo breve. Este detalle resulta especialmente significativo porque cuestiona la idea de que este tipo de viruso solo se contagiaría tras contactos extremadamente íntimos o prolongados.
La reconstrucción epidemiológica posterior permitió observar cómo uno de los asistentes infectados continuó llevando una vida social intensa, convirtiéndose a su vez en foco de nuevos contagios. El fallecimiento de este paciente abrió otra cadena de transmisión durante el velatorio, donde la presencia de personas sintomáticas favoreció nuevos casos. Según explica el artículo, diez asistentes enfermaron posteriormente tras haber coincidido allí con individuos ya infectados.
Lo verdaderamente importante del estudio no es únicamente el carácter dramático de aquel brote, sino las implicaciones políticas, sanitarias y científicas que se derivan de él. Durante décadas, gran parte de la virología internacional consideró que el hantavirus era esencialmente una enfermedad vinculada a reservorios animales. La transmisión entre personas aparecía descrita como anecdótica, marginal o prácticamente irrelevante. Sin embargo, la investigación argentina demostró que determinadas condiciones sociales —espacios cerrados, reuniones masivas y retrasos en la identificación de síntomas— podían facilitar una propagación mucho más amplia de lo que se admitía oficialmente.
Según señala el autor, la Organización Mundial de la Salud ha utilizado precisamente este caso argentino para interpretar el brote reciente del MV Hondius. El portavoz de la OMS citado en el texto establece una comparación directa entre ambos episodios: muchas personas concentradas en espacios reducidos durante largos periodos de tiempo. La lección principal extraída por los organismos sanitarios internacionales es que las medidas de rastreo y aislamiento continúan siendo decisivas para contener este tipo de virus.
Pero el artículo también deja entrever otro aspecto relevante: las enormes resistencias existentes dentro del propio ámbito científico para reconocer determinados riesgos sanitarios hasta que las evidencias resultan imposibles de ignorar. Según recuerda Gustavo Palacios, durante años numerosos estudios minimizaron el alcance de la transmisión humana del virus de los Andes, limitándola a entornos hospitalarios o contactos sexuales. Esa interpretación reduccionista, repetida incluso recientemente en distintos medios de comunicación, habría contribuido a generar una falsa sensación de seguridad.
De acuerdo a lo expresado por el autor, el trabajo publicado en 2020 fue pionero porque combinó rastreo epidemiológico, pruebas serológicas y análisis genómicos capaces de demostrar científicamente las cadenas de transmisión entre personas. La importancia de esta demostración no es menor si se tiene en cuenta la elevada letalidad del virus. El artículo recuerda que la mortalidad del hantavirus de los Andes alcanzó el 32% en Argentina el pasado año y que, cuando deriva en síndrome pulmonar por hantavirus, la cifra puede ascender hasta el 38%.
Aun así, el propio estudio introduce elementos de relativa tranquilidad. Según explica el investigador citado por Enrique Alpañés, el virus no parece poseer un comportamiento expansivo ilimitado como el observado en enfermedades respiratorias altamente contagiosas. Existe, afirma, un “punto muerto” en las cadenas de transmisión: después de varias generaciones de contagio, el virus deja de propagarse. Además, la imposición de medidas de aislamiento redujo drásticamente la tasa de transmisión durante el brote argentino.
No obstante, el problema planteado por este episodio va mucho más allá del caso concreto del hantavirus. El artículo pone de relieve cómo los sistemas sanitarios contemporáneos continúan reaccionando muchas veces de manera tardía ante amenazas emergentes, especialmente cuando estas contradicen paradigmas científicos consolidados o afectan a regiones periféricas alejadas de los grandes centros de poder mundial.
Según afirma el autor, la experiencia argentina obligó finalmente a reevaluar el peligro potencial del virus de los Andes. El reconocimiento de contagios sociales y de fenómenos de supertransmisión modificó sustancialmente la percepción internacional sobre esta enfermedad. La cuestión ya no podía reducirse simplemente al contacto con roedores: la dimensión social de la propagación había quedado demostrada.
El brote ocurrido en Argentina reveló que incluso virus considerados relativamente limitados pueden adquirir comportamientos epidemiológicos complejos bajo determinadas circunstancias sociales. Y también mostró que la vigilancia sanitaria, la investigación rigurosa y la rapidez en la respuesta continúan siendo factores decisivos para evitar consecuencias mayores.


































Maribel Santana | Viernes, 08 de Mayo de 2026 a las 10:15:09 horas
Las colonias estan hechas para eso, para que se trague toda la mierda qe el imperio Español le ha impuesto a sus colonias hasta nuestros dias. Espero que clavijo no se deje comprar como lo hace cuando España le mete a los emigrantes porque son mercancia de compra y venta. Esta es la realidad.
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