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18 JULIO,1936: EL DÍA EN EL QUE EL MIEDO DESEMBARCÓ EN EL ARCHIPIÉLAGO CANARIO

POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

     El mar no sabía nada.

 

    La madrugada del 18 de julio de 1936 llegó a Canarias con [Img #93225]la misma calma con la que habían llegado tantas otras. Las olas siguieron golpeando los muelles de Santa Cruz y de La Luz con su paciencia de siglos. Los pescadores remendaban redes. Los panaderos encendían los hornos. En los mercados comenzaban a colocarse los tomates, las papas y los plátanos. Las campanas llamaban a misa y el sol, ajeno a la historia de los hombres, trepaba lentamente por las laderas volcánicas.

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    Nada parecía distinto.

 

   Pero las grandes tragedias nunca anuncian su llegada con estruendo. Entran descalzas. Se sientan en la cocina de las casas antes de que alguien pronuncie siquiera la palabra miedo.

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  Aquella mañana el miedo ya estaba allí.

 

   Llevaba meses viajando entre despachos militares, casinos de oficiales, fincas de grandes propietarios y reuniones celebradas tras puertas cuidadosamente cerradas. En aquellas conversaciones apenas se hablaba en voz alta, pero todos entendían las medias frases. Desde la victoria electoral del Frente Popular, en febrero, una parte del Ejército preparaba el golpe que debía acabar con la República. Y uno de los escenarios principales de aquella conspiración era precisamente Canarias.

 

    El Gobierno republicano había destinado meses antes al general Francisco Franco a la Comandancia Militar de Canarias con la esperanza de mantenerlo alejado de los centros donde se conspiraba. La decisión acabaría convirtiéndose en una de las grandes paradojas de la historia. Desde aquellas Islas situadas a más de mil kilómetros de la Península, el general terminó participando activamente en la preparación del levantamiento que iba a incendiar España.

 

    Las investigaciones históricas coinciden en señalar que Canarias no fue un destino secundario, sino una pieza esencial de toda la operación, porque desde allí Franco debía trasladarse al Protectorado de Marruecos para ponerse al frente del Ejército de África, la fuerza militar mejor preparada del país.

 

    Antes de que sonaran los primeros disparos, ocurrió otro episodio que todavía hoy sigue envuelto en interrogantes. Cinco días antes del golpe, el 16 de julio, moría en Las Palmas el general Amado Balmes, comandante militar de Gran Canaria. La versión oficial habló de un accidente fortuito mientras manipulaba una pistola. Sin embargo, la rapidez con la que se desarrollaron los acontecimientos posteriores convirtió aquella muerte en uno de los episodios más debatidos por los historiadores. Lo cierto es que el entierro permitió a Franco desplazarse desde Tenerife hasta Gran Canaria sin despertar sospechas. Apenas unas horas después del funeral, el siguiente movimiento ya estaba preparado.

 

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    En el aeródromo de Gando esperaba un avión británico de apariencia inofensiva. Era un pequeño De Havilland DH-89, bautizado con un nombre que acabaría entrando para siempre en la historia de España: Dragon RapideNadie podía imaginar que aquel aparato transportaba mucho más que a un general. En realidad, llevaba consigo el futuro inmediato de un país entero.

 

    Mientras tanto, la inmensa mayoría de los canarios seguía viviendo como cualquier otro verano. Los jornaleros acudían a las plantaciones de tomates y plátanos. Los estibadores llenaban el Puerto de La Luz con el incesante movimiento de mercancías. En los cafés se discutía de política con la pasión despertada por los años republicanos. Los maestros preparaban las clases del verano y muchos jóvenes organizaban ya las fiestas patronales de agosto. Todavía creían que el futuro seguía abiertoNo sabían que alguien acababa de empezar a cerrarlo.

 

EL GOLPE

    La sublevación comenzó realmente en Melilla durante la tarde del 17 de julio. La noticia llegó con rapidez a Canarias. Durante aquella noche, los mandos comprometidos con la conspiración afinaron los planes preparados desde hacía meses. Las órdenes comenzaron a salir de los cuarteles. Los teléfonos no dejaron de sonar. Los vehículos militares recorrieron las calles mientras el resto de la población dormía, ignorando que el país acababa de cambiar de rumbo.

 

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    Las Islas fueron uno de los primeros territorios que quedaron bajo control total de los sublevadosPero aquello no significó que todos aceptaran el golpe.

 

   Durante décadas se ha difundido la idea de que en Canarias apenas existió resistencia. Hoy sabemos que esa imagen es profundamente incompleta. No hubo grandes frentes de batalla como los que aparecerían después en Madrid o en el Ebro, pero sí hubo autoridades civiles fieles a la República, organizaciones obreras que intentaron reaccionar, focos de resistencia y cientos de personas que decidieron no rendirse. La ausencia de trincheras no significó ausencia de guerra. Significó que el control militar fue tan rápido que la violencia se trasladó inmediatamente a la retaguardia.

 

    En Santa Cruz de Tenerife comenzaron las detenciones desde las primeras horas. Sindicalistas, concejales, dirigentes políticos y trabajadores conocidos por su compromiso republicano desaparecieron de sus casas. Algunos consiguieron esconderse. Otros pensaron que todo terminaría en pocos días y permanecieron donde estaban. Muchos nunca volverían.

 

   En Las Palmas ocurrió algo parecido. Los militares ocuparon los puntos estratégicos de la ciudad y la Falange comenzó a organizar patrullas. Bastaba una denuncia, una vieja enemistad o el recuerdo de una afiliación sindical para que alguien apareciera de madrugada ante tu domicilio.

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    Desde entonces las noches empezaron a sonar de otra maneraYa no era únicamente el viento ni el rumor del mar. Era un motor deteniéndose frente a una casa. PasosGolpes secos sobre una puerta. Una voz ordenando abrir. Y después, un silencio que ya no abandonaría las Islas durante mucho tiempo.

 

   Ese silencio empezó a extenderse por las plazas, los cafés, las barberías y las escuelas. La gente aprendió lo importante que ra bajar la voz,  antes incluso de aprender los nuevos saludos. Las conversaciones se interrumpían cuando aparecía un desconocido y hasta los niños comprendieron, sin necesidad de que nadie se lo explicara, que había preguntas que ya no podían hacerse. El miedo había encontrado domicilio.

 

 

LA GUERRA SIN TRINCHERAS

     Mientras en buena parte de la Península el golpe todavía se decidía entre cuarteles y barricadas, Canarias se convirtió casi inmediatamente en una inmensa retaguardia. Precisamente por eso la guerra adquirió allí un rostro diferente. No buscó enemigos en el frente, sino dentro de cada pueblo.

 

    Las listas comenzaron a circular antes incluso de que terminaran de redactarse los bandos militares. Algunos nombres llevaban semanas anotados. Otros fueron incorporándose por viejos resentimientos personales. Las guerras civiles poseen esa perversidad: permiten que los odios privados se disfracen de patriotismo.

 

    Un conflicto por unas tierrasUna discusión ocurrida años atrás. Una rivalidad políticaUna denuncia anónima. Todo podía convertirse de pronto en una condena.

 

   En muchos municipios bastaba señalar a alguien como "rojo" para que desapareciera. La sospecha pasó a valer más que las pruebas. La palabra sustituyó al juicio. El nuevo poder se aseguró el control del Archipiélago mediante detenciones, encarcelamientos, Consejos de Guerra y desapariciones que sembraron un miedo duradero.

 

    Y, sin embargo, también hubo resistencia. No siempre fue una resistencia armadaHubo vecinos que se negaron a denunciar a un amigo. Campesinos que ocultaron durante semanas a dirigentes obreros en cuevas y pajeros. Pastores que desviaban deliberadamente a las patrullas. Pescadores que transportaban mensajes aprovechando la oscuridad del amanecer.

 

   Y estuvieron las mujeres. Cruzaban barrancos de madrugada llevando pan, queso, agua o medicinas a quienes permanecían escondidos en las montañas. Caminaban con los zapatos en la mano para que las piedras no delataran sus pasos. Si eran descubiertas, corrían el mismo peligro que aquellos a quienes protegían. Muchas conservaron ese secreto durante toda su vida.

 

   Mientras tanto, las cárceles comenzaron a llenarse con una rapidez inesperada. Los centros penitenciarios resultaron insuficientes y hubo que improvisar lugares de reclusión en cuarteles, almacenes y edificios públicos. Cada día llegaban nuevos detenidos.  Pero la cárcel tampoco garantizaba seguir con vida. Pronto empezó a repetirse una palabra que helaba la sangre antes incluso de ser pronunciada.

 

 

LAS SACAS

    De madrugada aparecía un vehículo. Un funcionario leía varios nombres. Los presos recogían sus pocas pertenencias creyendo que iban a ser trasladados. Algunos se despedían convencidos de que volverían a verse. Nunca regresaban.

 

   Las familias quedaron suspendidas durante años entre la esperanza y la incertidumbre. Madres esperando un regreso imposible. Esposas que conservaron intacta la ropa del marido. Hijos que crecieron preguntando dónde estaba su padre sin recibir jamás una respuesta.

 

    El océano comenzó también a guardar muchos secretos. Y muchos barrancos, pozos y simas pasaron a convertirse en nombres atravesados por la ausencia.

 

 
LA "SEMANA ROJA" DE LA PALMA
 

    Mientras Tenerife, Gran Canaria, Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera y El Hierro quedaban rápidamente bajo el control de los sublevados, La Palma escribió una página distinta. Durante varios días la Isla consiguió mantenerse fiel a la legalidad republicana. Obreros, campesinos, empleados públicos, concejales y militantes de distintas organizaciones improvisaron una defensa con los escasos medios de que disponían. No luchaban únicamente por un gobierno. Defendían la convicción de que la voluntad expresada en las urnas no podía ser sustituida por las armas.

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    Aquellos días pasarían a la historia con el nombre de la Semana Roja. No fue una revolución improvisada ni un estallido caótico. Fue el último intento del Archipiélago por impedir que el golpe triunfara también aquí.

 

  La Isla quedó prácticamente aislada. Cada barco que aparecía en el horizonte traía noticias diferentes. Algunos aseguraban que la República estaba recuperando el control de la Península. Otros hablaban de ciudades enteras ya dominadas por los militares. La incertidumbre alimentaba la esperanza, porque cuando la información desaparece siempre queda espacio para creer que las cosas pueden cambiar.

 

   Pero el horizonte terminó trayendo otra noticiaEl 5 de agosto apareció frente al puerto de Santa Cruz de La Palma el poderoso cañonero Canalejas. Su sola silueta bastó para que muchos comprendieran que la resistencia tenía las horas contadas.

 

    Frente a la superioridad militar de los sublevados, apenas quedaba margen para prolongar la defensa. Tras la ocupación comenzó una represión que alcanzó incluso los rincones más apartados de la isla. En Garafía, numerosos vecinos buscaron refugio en los montes convencidos de que los pinares y los barrancos podrían esconderlos. Durante semanas sobrevivieron gracias a familiares que, desafiando el miedo, les llevaban alimentos y agua atravesando senderos casi invisibles. Aquellas montañas dejaron de ser paisaje para convertirse en escondite, esperanza y, demasiadas veces, antesala de la muerte.

 

 

    Desde entonces los caminos dejaron de conducir únicamente a otros pueblos. También conducían al exilio interior. Los barrancos dejaron de ser accidentes de la geografía para convertirse en lugares de memoriaY los pinares aprendieron a guardar secretos. El miedo se hizo costumbre

 

 

   La represión no terminó con las primeras detenciones. Aquello solo era el comienzo. Las nuevas autoridades comprendieron que no bastaba con encarcelar a dirigentes políticos o sindicales. Había que cambiar la vida cotidiana, el sentido común de la gente.  Había que conseguir que el miedo sustituyera a la libertad.

 

  Y la guerra entró en las escuelas, en los ayuntamientos, en las iglesias, en los periódicos y hasta en las conversaciones familiares. Se prohibieron partidos políticos y organizaciones obreras. Las Casas del Pueblo fueron clausuradas o convertidas en sedes de Falange. Cambiaron las banderas, los retratos oficiales y hasta el lenguaje de las ceremonias públicas.

 

   El paisaje seguía siendo el mismo. Pero el país ya era otro. Los pueblos comenzaron a convivir con una figura que resultaría decisiva: el delator. No siempre llevaba uniforme. Muchas veces era simplemente un vecino. Alguien que conocía la vida de todos y descubrió que una denuncia podía abrirle las puertas del nuevo poder o permitirle ajustar viejas cuentas. Bastaban unas pocas líneas escritas en un informe para cambiar el destino de una persona.

 

      «Es de izquierdas.» «Asiste a reuniones.» «No va a misa.» «Habla mal del Ejército.» La sospecha se convirtió en una prueba irrebatible. Y el miedo terminó destruyendo algo todavía más profundo que la libertad política: la confianza entre las personas.

 

  Las conversaciones se interrumpían cuando alguien desconocido se acercaba. Los niños aprendieron que había nombres que no podían pronunciarse fuera de casa. Muchas madres repetían siempre la misma advertencia: De esto no se habla.

 

    Era una forma de proteger a sus hijos. También era la prueba de que el miedo había entrado definitivamente en el hogar. Y, sin embargo, la vida seguía empeñándose en continuar.

 

   Había que seguir sembrando, recogiendo las cosechas, saliendo a pescar, abriendo las pequeñas tiendas y llevando el pan a la mesa. Mientras unas familias lloraban a un desaparecido, otras celebraban un bautizo. Mientras un preso esperaba noticias tras los barrotes, la banda municipal seguía tocando durante las fiestas del pueblo. La historia nunca detiene el reloj para acompañar el sufrimiento de los vencidos.


 

LOS HIJOS DE LAS ISLAS

    Canarias no fue únicamente un territorio sometido al nuevo poder. También se convirtió en una importante base de abastecimiento para los sublevados. Desde sus puertos salieron miles de jóvenes destinados a combatir en la Península. Algunos marchaban convencidos de que defendían a España. Otros fueron movilizados sin posibilidad de elegir. Muchos apenas habían dejado atrás la adolescencia.

 

    Atravesaban el muelle con una pequeña maleta de cartón, un abrazo apresurado de sus madres y la promesa de regresar pronto. En tierra quedaban mujeres agitando un pañuelo blanco hasta que el barco desaparecía en el horizonte. Muchas nunca volverían a ver a aquellos ingenuos muchachos.

 

    Los estudios históricos muestran que el Archipiélago aportó miles de combatientes al Ejército franquista, además de combustible, recursos económicos y una posición estratégica decisiva para el desarrollo de la guerra.

 

    Se cuenta que algunas madres cosían en el interior de la ropa de sus hijos pequeñas estampas religiosas o un trozo de tela con el nombre familiar, como si aquel gesto pudiera detener una bala. Otras escondían unas monedas en el dobladillo del pantalón «por si hacían falta en el camino». Eran gestos diminutos. Pero dentro de ellos cabía todo el amor que una madre puede entregar cuando ya no tiene ningún poder para cambiar el destino.

 

    Cuando el Dragon Rapide despegó desde Gando rumbo a Marruecos, transportando a Franco, muy pocos podían imaginar que aquel vuelo no transportaba solamente a un general. Transportaba nada menos que cuarenta años de dictadura.
 

 

EL DÍA QUE NUNCA TERMINÓ

    Quizá por eso el mayor triunfo del golpe en Canarias no fue la ocupación militar del territorioFue conseguir que el miedo echara raíces tan profundas que sobreviviera incluso a quienes lo sembraron.

 

   Durante décadas hubo familias incapaces de decir a sus hijos dónde estaba enterrado un abuelo porque ni siquiera ellas lo sabían. Hubo viudas que vistieron de negro toda la vida sin recibir jamás un certificado de defunción. Hubo hermanos que dejaron de saludarse porque la guerra levantó entre ellos un muro invisible. Hubo pueblos enteros que aprendieron a convivir con una ausencia convertida en costumbre.

 

   Hoy, noventa años después, muchos barrancos siguen guardando nombres sin tumba. Muchas familias continúan buscando respuestas. Y muchas heridas solo comenzaron a hablar cuando ya casi no quedaban quienes las habían sufrido.

 

    Porque aquel 18 de julio de 1936 no fue únicamente el comienzo de una guerraFue el día en que Canarias dejó de reconocer el sonido de sus propias noches. El mar siguió golpeando los muelles. Los volcanes continuaron vigilando el horizonte. Los alisios siguieron atravesando los pinares. 

 

    Todo parecía igual. Pero ya nada volvería a serlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 
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