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Lunes, 13 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

FIDEL CASTRO: EL MAGISTERIO DEL EJEMPLO Y LA DIGNIDAD

En el centenario del líder de la revolución cubana

Educado, como tantos otros de su generación, en la imagen mediática de un Fidel Castro reducido a la caricatura del «dictador cubano», el autor relata el descubrimiento de una figura muy distinta."Su legado no está solamente en sus victorias o su capacidad para dirigir la revolución cubana durante décadas contra el peor de los enemigos, sino en haber demostrado que se puede vivir de acuerdo con aquello en lo que se cree" —afirma Cristóbal García Vera—. Una reflexión personal sobre la dignidad, la coherencia y el ejemplo de Fidel Castro en el centenario de su nacimiento.

Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

(*) El presente texto forma parte del libro colectivo, de próxima aparición "Mi opinión sobre Fidel",  de los compiladores: Elsa Vega Jiménez, Luz Marina Torres Valiente y Yusuam Palacios Ortega
 

 

[Img #93684]  Cuando la compañera Elsa Vega me invitó a escribir unas palabras sobre Fidel Castro para este libro colectivo, me quedé en blanco y sin saber por dónde comenzar. No porque no tuviera nada que decir, sino porque, de pronto, sentí que todo lo que pudiera aportar sonaría repetido, gastado, insuficiente y, por tanto, carente de interés.

 

   Escribir sobre Fidel —sobre su legado, su figura, su ejemplo— no es una labor sencilla de abordar. Pese a los ríos de tinta que ya han corrido con esa intención, podrían dedicarse aún muchos más libros a glosar su papel como líder y orientador de la Revolución cubana, a analizar su pensamiento o a destacar su innegable influencia internacional. Pero lo cierto les que yo no soy ningún experto en  su obra. Tampoco tengo vocación hagiográfica, ni intención de escribir una loa solemne cargada de formalidad.

 

   Con estos obstáculos provocándome un importante bloqueo mental, me costó varios días entender que la única manera de salir del atolladero era hablar de Fidel desde mi lugar, sin pretensiones académicas ni solemnidad. No como el estudioso de su obra que no soy, sino como alguien que, un buen día, lo descubrió y ya no volvió a mirar el mundo del mismo modo.

 

   Intentar transmitir qué me pasó a mí —alguien educado en la España neoliberal y monárquica de los años 80 y 90— cuando me topé con su figura. Y por qué, desde entonces, me acompaña de una forma especial.

 

   La primera vez que supe de Fidel Castro fue a través de la televisión. Allí nos mostraban a un señor con barba que hablaba durante horas y al que presentaban, sin más matices, como el “dictador cubano”. Fidel, para nosotros, era un personaje más del imaginario mediático, a medio camino entre el villano exótico y el “fósil” revolucionario. Nadie nos hablaba de su historia, de Cuba, ni de la Revolución. Solo se nos ofrecía una imagen deformada que yo, como tantos otros, asumí como real.

 

 

"En un planeta regido por potencias que imponen obediencia como condición para sobrevivir, Fidel eligió desobedecer. Y asumió las consecuencias de ser ese ejemplo de coherencia moral"
 

 

  Pero a comienzos de los 2000, algo cambió. Fue cuando me uníen mi ciudad, por una serie de causas y azares, a un Ateneo Popular . Allí empecé a leer, a preguntar, a dudar de todo lo que me habían contado hasta ese momento en los telediarios o los documentales de la televisión.

 

   Una noche proyectaron un viejo vídeo, en formato VHS, donde aparecía Fidel de visita en varios países africanos. No se trataba de un mitin, ni de una puesta en escena ideada para su lucimiento personal. Era tan solo él, ya mayor, rodeado de gente sencilla: mujeres, niños y trabajadores que lo abrazaban y miraban con una mezcla de amor, respeto y ternura difícil de simular.

 

  Aquello me impresionó. Por primera vez empecé a percibir que ese hombre no solo no podía ser lo que nos habían contado, sino que parecía encarnar algo profundo para los pueblos más explotados del planeta.

 

  Pero, ¿qué había hecho Cuba para merecer tanto afecto en rincones tan alejados del país caribeño? ¿Y qué había hecho Fidel? Una curiosidad insaciable me llevó a querer conocer más y más.

 

  Así descubrí que Cuba, bajo el liderazgo de Fidel Castro, enviaba médicos y maestros donde otros enviaban bombas e “inversores” dedicados a expoliar. Que se había plantado ante el imperio más poderoso, pese a contar con escasos recursos materiales, y que lo había hecho con la mayor dignidad.

 

   Aprendí también, por supuesto, que Fidel no era perfecto (¿quién lo es?), pero que había logrado algo tan difícil como regir su vida por la coherencia y la integridad. No se bajó del barco de la revolución cuando la caída del bloque socialista del Este dejó a Cuba en una crítica situación. No negoció con el enemigo. No se calló cuando todos callaban. Y no dejó de creer que otro mundo mejor era posible, aunque casi todos hubieran dejado de creerlo mientras en el Norte pretendían decretar “el fin de la Historia”.

 

   Podría destacar aquí su capacidad intelectual, sus habilidades como estratega o su talento como orador. Pero, si algo dejó una huella imborrable fue el magisterio de su ejemplo. Fidel Castro enseñó viviendo como pensaba. Y eso, en un mundo donde casi nadie hace lo que dice, tiene un incalculable valor.

 

 

"Pienso en alguien que, incluso en los peores momentos, eligió seguir en pie y nos enseñó que esa manera de pararse en el mundo ya es una forma de vencer"

 

 

  Fidel enseñó —y sobre todo conmovió— por el modo en que vivió el conflicto, la agresión imperial, el bloqueo, la escasez, la traición, el aislamiento, la amenaza constante, sin arriar nunca las banderas de la dignidad.

 

   En un planeta regido por grandes potencias que imponen obediencia como condición para sobrevivir, Fidel eligió desobedecer. Y asumió, sin titubeos, las consecuencias de ser ese ejemplo de coherencia moral.

 

   Lo fácil, especialmente tras la caída de la URSS, habría sido ceder. Hacer concesiones al FMI y al Banco Mundial. Doblegarse y buscar acuerdos “pragmáticos” con Washington. Privatizar. Recortar. Ajustar. Adaptarse al “nuevo orden”, como hicieron casi todos durante la primera arremetida neoliberal.

 

   Fidel, en cambio, decidió resistir. Y esa resistencia, cuando no se basa en una mera terquedad, sino en la convicción profunda en la justicia de un proyecto de emancipación, se vuelve pedagógica. Porque enseña a otros —incluso sin palabras— que se puede decir “no” cuando todo te empuja a transigir con el “sí”.

 

   Recuerdo una anécdota que circulaba, hace años, entre compañeros del movimiento de solidaridad. Decían que, en una visita de mandatarios europeos a La Habana, uno de ellos le preguntó a Fidel por qué no consideraba la posibilidad de abrirse más a las inversiones extranjeras. Fidel respondió, sin levantar la voz: “Porque ustedes quieren comprar mi país, y Cuba no está en venta”.

 

  Puede que se trate de una anécdota apócrifa —como tantas otras—, pero refleja con nitidez ese tipo de dignidad que incomoda a los poderosos. La que no se deja tentar. La que no se deja vencer por el chantaje del hambre, el aislamiento o la presión.

 

   Hay muchas formas de enseñar. Algunos aprendizajes se hacen en la escuela, los libros, las conferencias o la universidad. Pero hay otros que se graban a fuego precisamente porque se transmiten sin necesidad de ser formulados con palabras.

 

  Fidel no solo hablaba de soberanía, la practicaba. No solo predicaba el internacionalismo, lo ejercía. No solo abogaba por la justicia social, sino que aceptaba las consecuencias de pelear por ella en serio y poniendo el cuerpo.

 

  Y eso lo sabían —y lo saben— quienes lo admiran sin haber leído, quizá, una sola línea de sus discursos. Los campesinos guatemaltecos, los niños angoleños, los jóvenes chilenos, los trabajadores que, en medio del desánimo neoliberal, escuchaban su voz como un referente que se había negado a claudicar.

  

  Por eso, su legado no puede medirse en términos de poder, ni de resultados. Se mide en otra escala: la de las convicciones que no se vendieron, la de las decisiones que no buscan la comodidad, la del respeto ganado entre quienes más sufren porque nunca se sintieron traicionados.

 

  Fidel no se convirtió en ejemplo por un cálculo, ni por una construcción simbólica. Lo fue —y lo sigue siendo— porque enseñó con actos lo que muchos solo proclaman con palabras.

 

  Porque su vida entera fue una pedagogía de la firmeza. Y porque, cuando el mundo parece caer, las certezas se derrumban y la esperanza comienza a sonar como una palabra hueca, su figura aparece como un recordatorio contundente de que la rebeldía sigue teniendo lugar.

 

  Por eso, cuando pienso en Fidel, no me viene a la mente la estatua de un prócer ni la imagen de una camiseta para ser lucida en una manifestación. Pienso en alguien que, incluso en la soledad, y en los peores momentos, eligió seguir en pie. Y que nos enseñó que esa manera de pararse en el mundo ya es una forma de vencer.

 

  Fidel no fue un santo. Ese tipo de figuras mitológicas pertenece solo al ámbito de lo religioso y nada tiene que ver con quienes se enfrentan al mundo real. Pero fue algo que, en nuestros días, es difícil de encontrar: un líder revolucionario que nunca traicionó los principios de su revolución.

 

 
 
 
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