FIDEL: CIEN AÑOS QUE NO CESAN DE NACER
"Su pensamiento retorna como herramienta viva"
La Habana, en estos días de agosto, vuelve a ser -escribe José Manuel Rivero - el epicentro donde confluyen las rutas de un mundo que se niega a claudicar. Más de mil personas, procedentes de más de sesenta países, han desembarcado en la capital cubana para participar en el coloquio Fidel: legado y futuro y en las actividades conmemorativas del centenario.
Por JOSÉ MANUEL RIVERO PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La Habana, en estos días de agosto, vuelve a ser el epicentro donde confluyen las rutas de un mundo que se niega a claudicar. Más de mil personas, procedentes de más de sesenta países, han desembarcado en la capital cubana para participar en el coloquio Fidel: legado y futuro y en las actividades conmemorativas del centenario. No se trata de una efeméride protocolar, de esas que el calendario despacha con discursos y flores mustias. Es, por el contrario, la comprobación material de que una idea, cuando encarna en el pueblo, desafía el paso del tiempo y se vuelve inmortal.
A cien años de su nacimiento, Fidel Castro Ruz persiste como faro del pensamiento anticolonial, como estandarte de resistencia y como brújula en la lucha por un orden mundial más justo. Su legado no se agota en la añoranza; nos interpela en el presente y alumbra los senderos del porvenir. Por eso el Centro Fidel Castro Ruz, en alianza con instituciones académicas y culturales cubanas, convoca al I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, que está teniendo lugar en el Palacio de Convenciones de La Habana desde el 10 al 13 de agosto de 2026, con una prórroga de debates hasta el 15, según el programa ampliado que las urgencias de la coyuntura han impuesto. Historiadores, politólogos, economistas, sociólogos, juristas, investigadores, políticos, diplomáticos, periodistas, profesores, estudiantes, artistas, líderes sociales y comités de solidaridad se congregan no para archivar la historia en vitrinas de museo, sino para disputarla, para hacerla carne viva en el debate y la acción.
Es en ese escenario donde la intervención del enviado especial del presidente Vladímir Putin para asuntos de cooperación cultural, Mijaíl Shvydkoi, adquiere una densidad que rebasa el mero ceremonial. Shvydkoi dio lectura a los mensajes del mandatario ruso dirigidos al General de Ejército Raúl Castro y al presidente Miguel Díaz-Canel, en una línea de continuidad que el propio Putin ha enfatizado al resaltar el sólido nivel de las relaciones entre Moscú y La Habana. Pero el instante decisivo no fue la lectura diplomática, sino el ejercicio de la memoria viva. Shvydkoi evocó el impacto que Fidel produjo entre la juventud soviética tras el triunfo de 1959 y citó: En 1962, el gran poeta ruso Yevgueni Yevtushenko escribió el poema 'Yo soy Cuba', y todos nosotros en la Unión Soviética dijimos: 'Yo soy Cuba, yo también estoy con ustedes'.
No era retórica hueca. Era la descripción exacta de cómo se edifica una hegemonía cultural genuina, de las que no se imponen por decreto sino que se ganan por persuasión y ejemplo. Yevtushenko, quien además sería guionista de la película ruso-cubana Soy Cuba (1964), plasmó lo que millones sintieron entonces: Cuba había dejado de ser una isla geográfica para convertirse en conciencia universal. Cuando un obrero de Magnitogorsk o un estudiante de Kiev proclamaba "Yo soy Cuba", no estaba haciendo una declaración de política exterior; estaba hablando de sí mismo, de su propia aspiración de ser otro, de su anhelo de justicia y dignidad. Esa es la batalla cultural que Fidel comprendió antes que nadie: sin trinchera de ideas, no hay trinchera material que resista el embate.
Esa misma trinchera es la que sostiene hoy la 34ª edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Concebida inicialmente para febrero, la realidad material —el criminal bloqueo económico, financiero, comercial y, sobre todo, energético impuesto por Estados Unidos, y las crecientes amenazas imperiales— obligó a repensar sus fechas y su formato. Y sin embargo, se hace. La 34ª Feria Internacional del Libro de La Habana se está celebrando desde el 10 al 16 de agosto próximo, a despecho de las dificultades que enfrenta el país, y contará con la Federación Rusa como invitada de honor. El embajador ruso Víktor Koronelli confirmó una importante delegación de los Ministerios de Cultura y Desarrollo Digital, y el Instituto Cubano del Libro lo expresó con claridad: se ha decidido realizarla como un compromiso de honor, dedicada al Centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro.
No hay gesto más radical hoy en Cuba que imprimir, distribuir y poner al alcance del pueblo cuatro millones de ejemplares. La sede se ha trasladado a la Estación Cultural de Línea y 18, en El Vedado, un espacio más austero que la fortaleza de La Cabaña, pero más cercano, más obrero, más habanero, más en sintonía con el pulso cotidiano de la ciudad. Como sentenció el presidente del Instituto Cubano del Libro: En medio de la coyuntura tan difícil y de las amenazas imperiales, el libro se levanta como un símbolo de paz. Es resistencia desde la cultura nacional, sí, pero es también proyecto: la cultura como infraestructura del socialismo, como el cimiento sobre el que se edifica la soberanía intelectual y moral de un pueblo.
Por eso el coloquio y la feria no pueden leerse como fenómenos separados. Uno discute el legado; el otro lo practica, lo encarna, lo hace tangible en papel y tinta. El programa del coloquio lo anuncia sin ambages: entre sus ejes temáticos figura FIDEL Y EL ANTIIMPERIALISMO. Visión de Estados Unidos, pensamiento antifascista, la lucha contra el genocidio sionista. Soberanía, autodeterminación y las luchas del Sur Global en el siglo XXI. No hay neutralidad posible. Fidel lo enseñó en cada coyuntura: la historia no es un desfile de efemérides, sino la lucha concreta por quién produce, quién reparte, quién defiende y quién decide sobre el destino de los pueblos.
Su pensamiento retorna, por eso mismo, como herramienta viva, como un arado que remueve la tierra estéril de las certidumbres acomodadas. Cuando definió la Revolución como sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional, no estaba enunciando una consigna de museo, sino trazando un método. Sentido del momento histórico es comprender, en su dimensión más profunda, que toda idea nace de unas condiciones materiales concretas y que solo transforma la realidad si sabe interpelar y modificar esas condiciones desde la praxis cotidiana.
Y cuando, aquel 26 de septiembre de 1960 en la tribuna de la Asamblea General de la ONU, frente al imperio en su propia casa, lanzó la sentencia Desaparezca la filosofía del despojo y desaparecerá la filosofía de la guerra, estaba desnudando la raíz última del sistema, el núcleo duro de su lógica depredadora. No es la guerra el accidente, no es la violencia la excepción: es el despojo la norma, la estructura permanente sobre la que se asienta el orden mundial. Por eso Fidel es mi referencia antiimperialista insoslayable: porque no denunció solo al gendarme, sino al propietario; no combatió únicamente al policía del mundo, sino al arquitecto de un sistema que convierte la explotación en ley y la resistencia en delito.
Cien años después, La Habana demuestra que la Revolución no se conmemora, se continúa. Con mil voces del Sur Global debatiendo en el Palacio de Convenciones, con libros que circulan a pesar del cerco, con Rusia que regresa no como mecenas sino como compañero de ruta, con la juventud que ya no dice en los sesenta sino que proclama hoy, con la misma convicción y la misma urgencia: Yo soy Cuba. El legado no es una vitrina de cristal donde se exhiben reliquias de un pasado heroico. Es un puesto de combate, una trinchera abierta, una herida que no cicatriza porque sigue luchando, una llama que arde con más fuerza cuanto más sopla el viento adverso.
(*) José Manuel Rivero. Abogado-Analista político.
Por JOSÉ MANUEL RIVERO PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La Habana, en estos días de agosto, vuelve a ser el epicentro donde confluyen las rutas de un mundo que se niega a claudicar. Más de mil personas, procedentes de más de sesenta países, han desembarcado en la capital cubana para participar en el coloquio Fidel: legado y futuro y en las actividades conmemorativas del centenario. No se trata de una efeméride protocolar, de esas que el calendario despacha con discursos y flores mustias. Es, por el contrario, la comprobación material de que una idea, cuando encarna en el pueblo, desafía el paso del tiempo y se vuelve inmortal.
A cien años de su nacimiento, Fidel Castro Ruz persiste como faro del pensamiento anticolonial, como estandarte de resistencia y como brújula en la lucha por un orden mundial más justo. Su legado no se agota en la añoranza; nos interpela en el presente y alumbra los senderos del porvenir. Por eso el Centro Fidel Castro Ruz, en alianza con instituciones académicas y culturales cubanas, convoca al I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, que está teniendo lugar en el Palacio de Convenciones de La Habana desde el 10 al 13 de agosto de 2026, con una prórroga de debates hasta el 15, según el programa ampliado que las urgencias de la coyuntura han impuesto. Historiadores, politólogos, economistas, sociólogos, juristas, investigadores, políticos, diplomáticos, periodistas, profesores, estudiantes, artistas, líderes sociales y comités de solidaridad se congregan no para archivar la historia en vitrinas de museo, sino para disputarla, para hacerla carne viva en el debate y la acción.
Es en ese escenario donde la intervención del enviado especial del presidente Vladímir Putin para asuntos de cooperación cultural, Mijaíl Shvydkoi, adquiere una densidad que rebasa el mero ceremonial. Shvydkoi dio lectura a los mensajes del mandatario ruso dirigidos al General de Ejército Raúl Castro y al presidente Miguel Díaz-Canel, en una línea de continuidad que el propio Putin ha enfatizado al resaltar el sólido nivel de las relaciones entre Moscú y La Habana. Pero el instante decisivo no fue la lectura diplomática, sino el ejercicio de la memoria viva. Shvydkoi evocó el impacto que Fidel produjo entre la juventud soviética tras el triunfo de 1959 y citó: En 1962, el gran poeta ruso Yevgueni Yevtushenko escribió el poema 'Yo soy Cuba', y todos nosotros en la Unión Soviética dijimos: 'Yo soy Cuba, yo también estoy con ustedes'.
No era retórica hueca. Era la descripción exacta de cómo se edifica una hegemonía cultural genuina, de las que no se imponen por decreto sino que se ganan por persuasión y ejemplo. Yevtushenko, quien además sería guionista de la película ruso-cubana Soy Cuba (1964), plasmó lo que millones sintieron entonces: Cuba había dejado de ser una isla geográfica para convertirse en conciencia universal. Cuando un obrero de Magnitogorsk o un estudiante de Kiev proclamaba "Yo soy Cuba", no estaba haciendo una declaración de política exterior; estaba hablando de sí mismo, de su propia aspiración de ser otro, de su anhelo de justicia y dignidad. Esa es la batalla cultural que Fidel comprendió antes que nadie: sin trinchera de ideas, no hay trinchera material que resista el embate.
Esa misma trinchera es la que sostiene hoy la 34ª edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Concebida inicialmente para febrero, la realidad material —el criminal bloqueo económico, financiero, comercial y, sobre todo, energético impuesto por Estados Unidos, y las crecientes amenazas imperiales— obligó a repensar sus fechas y su formato. Y sin embargo, se hace. La 34ª Feria Internacional del Libro de La Habana se está celebrando desde el 10 al 16 de agosto próximo, a despecho de las dificultades que enfrenta el país, y contará con la Federación Rusa como invitada de honor. El embajador ruso Víktor Koronelli confirmó una importante delegación de los Ministerios de Cultura y Desarrollo Digital, y el Instituto Cubano del Libro lo expresó con claridad: se ha decidido realizarla como un compromiso de honor, dedicada al Centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro.
No hay gesto más radical hoy en Cuba que imprimir, distribuir y poner al alcance del pueblo cuatro millones de ejemplares. La sede se ha trasladado a la Estación Cultural de Línea y 18, en El Vedado, un espacio más austero que la fortaleza de La Cabaña, pero más cercano, más obrero, más habanero, más en sintonía con el pulso cotidiano de la ciudad. Como sentenció el presidente del Instituto Cubano del Libro: En medio de la coyuntura tan difícil y de las amenazas imperiales, el libro se levanta como un símbolo de paz. Es resistencia desde la cultura nacional, sí, pero es también proyecto: la cultura como infraestructura del socialismo, como el cimiento sobre el que se edifica la soberanía intelectual y moral de un pueblo.
Por eso el coloquio y la feria no pueden leerse como fenómenos separados. Uno discute el legado; el otro lo practica, lo encarna, lo hace tangible en papel y tinta. El programa del coloquio lo anuncia sin ambages: entre sus ejes temáticos figura FIDEL Y EL ANTIIMPERIALISMO. Visión de Estados Unidos, pensamiento antifascista, la lucha contra el genocidio sionista. Soberanía, autodeterminación y las luchas del Sur Global en el siglo XXI. No hay neutralidad posible. Fidel lo enseñó en cada coyuntura: la historia no es un desfile de efemérides, sino la lucha concreta por quién produce, quién reparte, quién defiende y quién decide sobre el destino de los pueblos.
Su pensamiento retorna, por eso mismo, como herramienta viva, como un arado que remueve la tierra estéril de las certidumbres acomodadas. Cuando definió la Revolución como sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional, no estaba enunciando una consigna de museo, sino trazando un método. Sentido del momento histórico es comprender, en su dimensión más profunda, que toda idea nace de unas condiciones materiales concretas y que solo transforma la realidad si sabe interpelar y modificar esas condiciones desde la praxis cotidiana.
Y cuando, aquel 26 de septiembre de 1960 en la tribuna de la Asamblea General de la ONU, frente al imperio en su propia casa, lanzó la sentencia Desaparezca la filosofía del despojo y desaparecerá la filosofía de la guerra, estaba desnudando la raíz última del sistema, el núcleo duro de su lógica depredadora. No es la guerra el accidente, no es la violencia la excepción: es el despojo la norma, la estructura permanente sobre la que se asienta el orden mundial. Por eso Fidel es mi referencia antiimperialista insoslayable: porque no denunció solo al gendarme, sino al propietario; no combatió únicamente al policía del mundo, sino al arquitecto de un sistema que convierte la explotación en ley y la resistencia en delito.
Cien años después, La Habana demuestra que la Revolución no se conmemora, se continúa. Con mil voces del Sur Global debatiendo en el Palacio de Convenciones, con libros que circulan a pesar del cerco, con Rusia que regresa no como mecenas sino como compañero de ruta, con la juventud que ya no dice en los sesenta sino que proclama hoy, con la misma convicción y la misma urgencia: Yo soy Cuba. El legado no es una vitrina de cristal donde se exhiben reliquias de un pasado heroico. Es un puesto de combate, una trinchera abierta, una herida que no cicatriza porque sigue luchando, una llama que arde con más fuerza cuanto más sopla el viento adverso.
(*) José Manuel Rivero. Abogado-Analista político.



























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