ÉRIC TOUSSAINT: ÁFRICA, LA HISTORIA QUE WASHINGTON PREFERIRÍA NO CONTAR
¿Qué une el asesinato de Lumumba, las dictaduras de la Guerra Fría, AFRICOM y la actual batalla por el cobalto africano?
El historiador y politólogo Éric Toussaint recorre casi siete décadas de presencia estadounidense en África y reconstruye un hilo que conecta las independencias, los golpes de Estado y la Guerra Fría con AFRICOM y la actual pugna por los recursos estratégicos del continente. Un recorrido histórico que plantea una cuestión de fondo: quién controla las riquezas de África y quién decide su futuro.
REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL.ORG
El historiador y politólogo belga Éric Toussaint reconstruye casi siete décadas de presencia estadounidense en África para mostrar un hilo que, según sostiene, atraviesa épocas aparentemente muy distintas:
- la disputa por el control de los recursos,
- la soberanía de los pueblos africanos
- y el lugar del continente en la pugna entre las grandes potencias.
Para comprender muchas de las convulsiones que han recorrido África desde las independencias de mediados del siglo XX hasta nuestros días, no basta con observar golpes de Estado, guerras, dictaduras o conflictos étnicos como acontecimientos aislados. Resulta preciso mirar también hacia fuera del continente y preguntarse
- qué intereses internacionales estaban en juego,
- quién necesitaba sus materias primas
- y qué ocurría cuando determinados gobiernos africanos intentaban decidir por sí mismos qué hacer con ellas.
Ese es el gran hilo conductor del artículo “Estados Unidos en África: impedir la emancipación, mantener el dominio (1957-2026)”, (ENLACE AL ARTÍCULO ÍNTEGRO) un extenso trabajo de Éric Toussaint que recorre cerca de setenta años de relaciones entre Washington y el continente africano.
No estamos ante un autor recién llegado a estos asuntos. Éric Toussaint (Namur, Bélgica, 1954) es historiador y doctor en Ciencias Políticas por las universidades de Lieja y París VIII, fundador y portavoz de la red internacional del Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas (CADTM) y miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia.
Durante décadas ha investigado el funcionamiento del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la deuda pública y los mecanismos mediante los cuales las relaciones financieras internacionales condicionan las decisiones de los Estados. Participó además en la Comisión de Auditoría Integral de la Deuda de Ecuador y fue coordinador científico de la Comisión para la Verdad sobre la Deuda Pública griega en 2015.
Entre sus numerosos libros figuran Bancocracia, Sistema deuda, Grecia 2015: una alternativa era posible y Banco Mundial. Una historia crítica.
Esa trayectoria ayuda a comprender el enfoque del artículo que hoy nos remite Eric Toussaint. En él no contempla África simplemente como escenario de la rivalidad entre Estados. Su pregunta fundamental es otra: ¿qué sucede cuando la independencia política pretende convertirse también en independencia económica?
El punto de partida de Toussaint son las grandes descolonizaciones iniciadas a finales de los años cincuenta. Nombres como Kwame Nkrumah, Patrice Lumumba, Sékou Touré, Modibo Keïta, Julius Nyerere o Ahmed Ben Bella aparecen vinculados a proyectos muy diferentes, pero compartían una aspiración decisiva: que la independencia no consistiera únicamente en sustituir una bandera colonial por otra nacional. Para muchos de aquellos dirigentes significaba controlar las materias primas, industrializar sus países, desarrollar empresas públicas y construir formas de cooperación africana que redujeran la dependencia exterior.
Es en este punto donde comienza la parte más inquietante del recorrido que nos propone Toussaint.
El autor reconstruye la caída de Nkrumah en Ghana, la crisis del Congo y el asesinato de Patrice Lumumba, la desaparición de Mehdi Ben Barka y el debilitamiento de aquella primera corriente panafricanista que pretendía transformar la soberanía formal en capacidad económica y política efectiva.
En su interpretación, la Guerra Fría explica una parte del enfrentamiento, pero no toda: detrás de la batalla ideológica estaban también el cobre, el cobalto, el uranio, el petróleo y otros recursos fundamentales para las economías industrializadas.
El relato avanza después hacia otra etapa. Una vez debilitados muchos de aquellos proyectos emancipadores, Washington estableció o reforzó relaciones con gobiernos considerados estratégicamente útiles. Toussaint examina particularmente los casos de Mobutu en el antiguo Zaire, el régimen sudafricano del apartheid y Angola, mostrando cómo la defensa proclamada de la democracia quedó frecuentemente subordinada durante la Guerra Fría a prioridades geopolíticas.
Pero quizá uno de los mayores intereses del artículo sea que no termina en el siglo XX. Toussaint sigue el hilo hasta la creación y expansión de AFRICOM, el mando militar estadounidense para África, y analiza cómo la “guerra contra el terrorismo” proporcionó un nuevo marco para la presencia militar de Estados Unidos. Camp Lemonnier, las operaciones especiales, los drones, los programas de entrenamiento y la intervención en el Sahel aparecen como expresiones de una estrategia adaptada a una nueva época.
Y entonces llegamos al presente.
El terrorismo ya no constituye el único eje. China ha entrado en escena como gran competidor económico y estratégico, y África posee precisamente algunas de las materias primas indispensables para las tecnologías del siglo XXI.
El artículo dedica especial atención al corredor de Lobito, destinado a conectar las regiones mineras de Zambia y la República Democrática del Congo con el Atlántico. Cobre y cobalto —fundamentales para baterías, vehículos eléctricos y nuevas infraestructuras energéticas— convierten nuevamente al continente en territorio central de una competencia entre grandes potencias.
Ahí reside probablemente la cuestión de fondo que Toussaint plantea al lector: han cambiado los discursos, los enemigos declarados y los instrumentos de intervención, pero ¿ha cambiado realmente la posición asignada a África dentro de la economía mundial?
El propio autor evita convertir a China en una alternativa automáticamente emancipadora. Su conclusión dirige la mirada hacia los propios pueblos africanos: la cuestión decisiva no sería escoger qué gran potencia debe imponerse, sino quién controla los recursos, quién obtiene sus beneficios, qué modelo de desarrollo se construye con ellos y quién posee finalmente la capacidad de decidir el futuro del continente.
Desde Lumumba y Nkrumah hasta el cobalto congoleño, AFRICOM y el corredor de Lobito, el estudio de Toussaint invita así a leer siete décadas de historia africana como capítulos diferentes de una misma disputa todavía inconclusa.
REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL.ORG
El historiador y politólogo belga Éric Toussaint reconstruye casi siete décadas de presencia estadounidense en África para mostrar un hilo que, según sostiene, atraviesa épocas aparentemente muy distintas:
- la disputa por el control de los recursos,
- la soberanía de los pueblos africanos
- y el lugar del continente en la pugna entre las grandes potencias.
Para comprender muchas de las convulsiones que han recorrido África desde las independencias de mediados del siglo XX hasta nuestros días, no basta con observar golpes de Estado, guerras, dictaduras o conflictos étnicos como acontecimientos aislados. Resulta preciso mirar también hacia fuera del continente y preguntarse
- qué intereses internacionales estaban en juego,
- quién necesitaba sus materias primas
- y qué ocurría cuando determinados gobiernos africanos intentaban decidir por sí mismos qué hacer con ellas.
Ese es el gran hilo conductor del artículo “Estados Unidos en África: impedir la emancipación, mantener el dominio (1957-2026)”, (ENLACE AL ARTÍCULO ÍNTEGRO) un extenso trabajo de Éric Toussaint que recorre cerca de setenta años de relaciones entre Washington y el continente africano.
No estamos ante un autor recién llegado a estos asuntos. Éric Toussaint (Namur, Bélgica, 1954) es historiador y doctor en Ciencias Políticas por las universidades de Lieja y París VIII, fundador y portavoz de la red internacional del Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas (CADTM) y miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia.
Durante décadas ha investigado el funcionamiento del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la deuda pública y los mecanismos mediante los cuales las relaciones financieras internacionales condicionan las decisiones de los Estados. Participó además en la Comisión de Auditoría Integral de la Deuda de Ecuador y fue coordinador científico de la Comisión para la Verdad sobre la Deuda Pública griega en 2015.
Entre sus numerosos libros figuran Bancocracia, Sistema deuda, Grecia 2015: una alternativa era posible y Banco Mundial. Una historia crítica.
Esa trayectoria ayuda a comprender el enfoque del artículo que hoy nos remite Eric Toussaint. En él no contempla África simplemente como escenario de la rivalidad entre Estados. Su pregunta fundamental es otra: ¿qué sucede cuando la independencia política pretende convertirse también en independencia económica?
El punto de partida de Toussaint son las grandes descolonizaciones iniciadas a finales de los años cincuenta. Nombres como Kwame Nkrumah, Patrice Lumumba, Sékou Touré, Modibo Keïta, Julius Nyerere o Ahmed Ben Bella aparecen vinculados a proyectos muy diferentes, pero compartían una aspiración decisiva: que la independencia no consistiera únicamente en sustituir una bandera colonial por otra nacional. Para muchos de aquellos dirigentes significaba controlar las materias primas, industrializar sus países, desarrollar empresas públicas y construir formas de cooperación africana que redujeran la dependencia exterior.
Es en este punto donde comienza la parte más inquietante del recorrido que nos propone Toussaint.
El autor reconstruye la caída de Nkrumah en Ghana, la crisis del Congo y el asesinato de Patrice Lumumba, la desaparición de Mehdi Ben Barka y el debilitamiento de aquella primera corriente panafricanista que pretendía transformar la soberanía formal en capacidad económica y política efectiva.
En su interpretación, la Guerra Fría explica una parte del enfrentamiento, pero no toda: detrás de la batalla ideológica estaban también el cobre, el cobalto, el uranio, el petróleo y otros recursos fundamentales para las economías industrializadas.
El relato avanza después hacia otra etapa. Una vez debilitados muchos de aquellos proyectos emancipadores, Washington estableció o reforzó relaciones con gobiernos considerados estratégicamente útiles. Toussaint examina particularmente los casos de Mobutu en el antiguo Zaire, el régimen sudafricano del apartheid y Angola, mostrando cómo la defensa proclamada de la democracia quedó frecuentemente subordinada durante la Guerra Fría a prioridades geopolíticas.
Pero quizá uno de los mayores intereses del artículo sea que no termina en el siglo XX. Toussaint sigue el hilo hasta la creación y expansión de AFRICOM, el mando militar estadounidense para África, y analiza cómo la “guerra contra el terrorismo” proporcionó un nuevo marco para la presencia militar de Estados Unidos. Camp Lemonnier, las operaciones especiales, los drones, los programas de entrenamiento y la intervención en el Sahel aparecen como expresiones de una estrategia adaptada a una nueva época.
Y entonces llegamos al presente.
El terrorismo ya no constituye el único eje. China ha entrado en escena como gran competidor económico y estratégico, y África posee precisamente algunas de las materias primas indispensables para las tecnologías del siglo XXI.
El artículo dedica especial atención al corredor de Lobito, destinado a conectar las regiones mineras de Zambia y la República Democrática del Congo con el Atlántico. Cobre y cobalto —fundamentales para baterías, vehículos eléctricos y nuevas infraestructuras energéticas— convierten nuevamente al continente en territorio central de una competencia entre grandes potencias.
Ahí reside probablemente la cuestión de fondo que Toussaint plantea al lector: han cambiado los discursos, los enemigos declarados y los instrumentos de intervención, pero ¿ha cambiado realmente la posición asignada a África dentro de la economía mundial?
El propio autor evita convertir a China en una alternativa automáticamente emancipadora. Su conclusión dirige la mirada hacia los propios pueblos africanos: la cuestión decisiva no sería escoger qué gran potencia debe imponerse, sino quién controla los recursos, quién obtiene sus beneficios, qué modelo de desarrollo se construye con ellos y quién posee finalmente la capacidad de decidir el futuro del continente.
Desde Lumumba y Nkrumah hasta el cobalto congoleño, AFRICOM y el corredor de Lobito, el estudio de Toussaint invita así a leer siete décadas de historia africana como capítulos diferentes de una misma disputa todavía inconclusa.




























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