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CHILE ANTE LA GUERRA IMPERIALISTA: LA SUBORDINACIÓN DE KAST A EE.UU. CONDUCE AL PAÍS A UNA CRISIS SIN PRECEDENTES

"La guerra en Medio Oriente no es un asunto regional"

En Chile, la guerra imperialista contra Irán no es -explica Gustavo Burgos - un fenómeno lejano. Es una línea de demarcación política concreta que atraviesa a toda la sociedad y desnuda el carácter de cada fuerza en el escenario nacional.

Por GUSTAVO BURGOS PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

[Img #90541]   La guerra contra Irán no es una cruzada moral, ni una empresa civilizatoria, ni una operación quirúrgica en nombre de la paz. Es una guerra imperialista. Y como toda guerra imperialista, no puede entenderse por las excusas con que la presentan sus ejecutores, sino por la relación material entre las fuerzas en pugna. De un lado, el imperialismo norteamericano, apoyado por el sionismo y por el entramado político-militar que durante décadas ha organizado la subordinación de Medio Oriente a los intereses estratégicos del capital financiero. Del otro, un Estado surgido de una revolución en 1979 que barrió a una monarquía directamente subordinada al imperialismo, pero cuyo desenlace no fue el poder obrero sino la consolidación de un régimen nacionalista burgués de base clerical.

 

  La catástrofe política y económica que se presenta como inmediato resultado de la guerra en la esfera internacional, impactará demoledoramente en una economía abierta como la chilena. Kast ya ha anunciado que el Mecanismo de Estabilización del Precio del Combustible (MEPCO) no podrá seguir operando lo que importará un aumento de a lo menos $350 por litro en el precio. Una brutal inflación amenaza en lo inmediato a los trabajadores y el gobierno de Kast —servil a la guerra y al gran capital— se dispone a tomar primera fila en el ataque al pueblo trabajador. Por esta urgente cuestión es impostergable analizar la naturaleza, la dinámica y los efectos de la guerra en la lucha de clases.

 

La guerra imperialista contra Irán y sus raíces históricas

   Ese es el punto de partida. El régimen iraní no es un accidente religioso desprendido de la historia. Es el resultado de un proceso histórico determinado por la lucha entre nación oprimida e imperialismo. Durante décadas, Irán fue objeto de la penetración inglesa; luego, con el declive británico, pasó a ser pieza clave de la dominación norteamericana en la región. El golpe contra Mossadegh, la restauración del Shah, la SAVAK, la reorganización represiva del Estado, la subordinación al capital extranjero y el papel de Irán como gendarme regional no fueron episodios secundarios: constituyeron el marco histórico en el que maduró la revolución que estalló en 1979.

 

   Por eso es necesario afirmar con toda claridad la naturaleza de clase de aquel proceso. La revolución que derribó al Shah no fue, en su origen, una “revolución islámica” en el sentido mistificado que después le atribuyeron la prensa burguesa, el liberalismo occidental y también distintas corrientes oportunistas. Fue una revolución obrera y popular, una huelga política de masas, una irrupción insurreccional que paralizó el país, quebró la columna vertebral del régimen y abrió tendencias de doble poder mediante los shoras, los concejos obreros, populares y territoriales. La clase trabajadora intervino como fuerza decisiva, en primer lugar mediante la paralización petrolera, es decir, golpeando el corazón material del Estado y de su vínculo con el imperialismo.

 

   Pero la tragedia de la revolución iraní consistió en que esa irrupción de las masas no encontró una dirección proletaria revolucionaria capaz de llevarla hasta el final. La ausencia de un partido obrero revolucionario, unida a la bancarrota del estalinismo, a las capitulaciones del nacionalismo y a las ilusiones sembradas sobre el clero, permitió que la revolución fuera políticamente expropiada. Así, sobre la derrota del Shah no se alzó un poder de los trabajadores, sino una recomposición estatal dirigida por una fracción burguesa-clerical que se apoyó en el prestigio ganado en la lucha contra la monarquía para regimentar a las masas, desarmar sus organismos independientes y reconstruir el orden capitalista bajo otras formas.
 

   Esta es la clave para definir al régimen iraní: no una teocracia suspendida en el aire, sino un nacionalismo burgués peculiar, recubierto de formas religiosas, surgido de una revolución antiimperialista que fue desviada de su curso proletario. Su antiimperialismo es real en el sentido de que expresa una resistencia estatal a la subordinación plena al imperialismo; pero es limitado, contradictorio y reaccionario en tanto está conducido por una burguesía clerical enemiga de la autoorganización obrera, de la emancipación de las mujeres, de la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas y de toda salida socialista.

 

  Aquí se revela el papel específico de la religión, y en particular del chiismo. La religión no explica por sí sola la dinámica histórica, pero puede convertirse en una forma ideológica y organizativa de la dominación de clase. En Irán, el chiismo ha operado como una argamasa de enorme potencia. No sólo porque proporcionó una red material de mezquitas, clérigos, instituciones y símbolos capaces de dar cohesión al bloque social que se reorganizó tras la caída del Shah, sino porque ofreció un lenguaje político de sacrificio, martirio, dignidad nacional y resistencia frente al extranjero. El chiismo no es aquí una simple superstición colectiva: es una forma histórica concreta en la que una fracción burguesa organizó la nación en condiciones de asedio.
 

  Y esa argamasa no es únicamente nacional. Tiene también una función regional. Le permitió al régimen iraní proyectarse sobre el conjunto de Medio Oriente no sólo como Estado, sino como polo político-ideológico, como centro de una red de influencias, alianzas y lealtades que desbordan sus fronteras. De ahí que el imperialismo y el sionismo no vean en Irán solamente a un adversario militar, sino a una potencia regional con capacidad de irradiación política. Lo que está en juego no es apenas un litigio diplomático ni una cuestión nuclear: es la disputa por el orden de toda la región.

 

La decadencia imperialista

   Pero la paradoja más profunda es ésta: la opresión imperialista, en vez de liquidar al régimen iraní, ha tendido repetidamente a fortalecerlo. No porque dicho régimen encarne una salida histórica progresiva, sino porque en el choque entre una nación oprimida y el imperialismo, la agresión externa permite a la burguesía nacional presentarse como representante de la comunidad agredida. Al igual que frente a Cuba, cada amenaza, cada sanción, cada sabotaje, cada ataque, recoloca la contradicción principal en el eje nacional y aquello le ofrece al régimen la posibilidad de disciplinar a su población, absorber el descontento interno y refundar su legitimidad como fortaleza sitiada.

 

  Esta es una ley política que ya se verificó antes. La invasión iraquí de 1980, alentada por las grandes potencias, no derribó a la República Islámica: le dio el marco para consolidar su regimentación. La guerra permitió al régimen cerrar filas, sofocar la vida política independiente de las masas y transformar la defensa nacional en una cobertura para la contrarrevolución interna. El nacionalismo burgués iraní no respondió a la agresión convocando a la movilización revolucionaria del proletariado de la región, sino profundizando un orden estatal-religioso que subordinó la energía antiimperialista a los fines de la camarilla gobernante.

 

  Ese es también el peligro de una guerra impulsada hoy por Estados Unidos. El paralelo con Irak en 2003 resulta inevitable, aunque no mecánico. Entonces, Washington creyó que podía demoler un régimen, ocupar un país y rediseñar la región a su conveniencia mediante una combinación de superioridad militar, terror aéreo y propaganda democrática. El resultado fue una catástrofe histórica: destrucción estatal, descomposición social, fragmentación regional y agravamiento de todas las contradicciones que supuestamente buscaba resolver. La invasión no estabilizó Medio Oriente; lo incendió.

 

  La diferencia es que Irán no es Irak. Irán llega a una confrontación de este tipo con una estructura estatal robusta, una memoria antiimperialista sólida, una articulación territorial y regional más profunda, y un aparato político-militar preparado para una guerra larga y asimétrica. Esto vuelve todavía más temeraria la perspectiva imperialista. Si la invasión de Irak fue la expresión de la hybris decadente del imperialismo, una guerra abierta contra Irán sería su forma aún más desesperada.

 

  La historia del imperio romano echa luz sobre este problema. Quienes diseñaron la Operación Epic Fury repitieron, sin saberlo, el mismo craso error de Marco Licinio Craso en Carras, el año 53 antes de Cristo: cruzar el Éufrates convencido de que se enfrentaba a un adversario inferior, sin comprender el terreno, sin conocer la cultura y, sobre todo, sin entender que el mundo que tenían enfrente era heredero de una civilización milenaria. Irán no es un actor menor de la historia. Es una de las civilizaciones más antiguas del mundo, una nación que ha sobrevivido a griegos, árabes, mongoles y otomanos. Despreciarla es, exactamente, el verdadero craso error.

 

  También el imperialismo norteamericano marcha sobre Medio Oriente con la ilusión de que puede compensar su decadencia relativa con una demostración gigantesca de violencia. Pero cuanto más golpea, el imperialismo más exhibe que ya no puede transformar su superioridad militar en hegemonía estable. Puede destruir poblaciones completas, arrasar campos, fábricas e instalaciones militares, asesinar decenas de miles, incendiar ciudades. No por eso puede reorganizar durablemente el terreno que pisa y aquello no hace sino alimentar su exasperante impotencia senil.

 

  La agresión contra Irán debe ubicarse, entonces, en un contexto general de decadencia del imperialismo norteamericano. No decadencia como derrumbe automático, sino como agotamiento histórico de una forma de dominación que conserva una aplastante capacidad destructiva, pero encuentra límites crecientes para imponer un orden duradero. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia imperialista del planeta, pero cada una de sus guerras revela más crudamente la contradicción entre su fuerza militar y su impotencia política. Cuanto más interviene, más profundiza las grietas del sistema internacional, más tensiona sus propias contradicciones internas y más empuja al mundo hacia formas abiertas de barbarie. Trump con cayó de un platillo volador: es la creación política paciente de décadas de contradicciones en las entrañas de la mayor potencia capitalista del orbe.

 

  En este cuadro, también se agudizan las contradicciones dentro del propio campo imperialista. La guerra no unifica de manera armónica a la clase dominante norteamericana. La atraviesan disputas sobre costos, ritmos, alianzas, objetivos y riesgos. Sectores del aparato estatal, del capital y del sistema político saben que una guerra mayor en Medio Oriente puede agravar la crisis económica, inflamar el rechazo popular y acelerar la descomposición del orden mundial bajo liderazgo estadounidense. Pero esa conciencia parcial no vuelve progresivo a ningún sector del establishment. Sólo expresa el modo en que una potencia decadente oscila entre la necesidad de usar la fuerza y el temor a las consecuencias de usarla.

 

  Para la lucha de clases mundial, el conflicto tiene un alcance inmenso. La guerra en Medio Oriente no es un asunto regional. Reordena presupuestos, acelera la militarización, encarece la energía y los alimentos, descarga nuevas cargas sobre la clase trabajadora internacional y fortalece tendencias autoritarias en todos los continentes. Toda guerra imperialista actúa como un mecanismo de transferencia de la crisis hacia las espaldas de las masas. Mientras los gobiernos llaman a la defensa de la civilización o de la seguridad, los pueblos pagan con inflación, ajuste, censura, persecución y muerte.

 

Significado de la guerra en Chile y la política antinacional de Kast

   En Chile, la guerra imperialista contra Irán no es un fenómeno lejano. Es una línea de demarcación política concreta que atraviesa a toda la sociedad y desnuda el carácter de cada fuerza en el escenario nacional. Aquí también se juega, de forma concentrada, la subordinación o la independencia frente al imperialismo.

 

   Comencemos por decirlo con toda claridad: repudiamos el disciplinamiento imperial que encarna el gobierno ulraderechista de Kast. Su alineamiento lacayuno con Trump, expresado en su vergonzosa participación en el llamado “Escudo de las Américas”, no es un gesto diplomático ni una excentricidad ideológica: es la manifestación directa de la voluntad de la burguesía chilena que se ofrece como agente consciente del imperialismo en la región. No se trata simplemente de una posición “de derecha”. Es la expresión de una política antinacional de clase —que abarca al conjunto de las fuerzas del régimen— que está dispuesta a arrastrar al país detrás de una aventura militar de consecuencias imprevisibles y potencialmente devastadoras para la economía nacional y para las condiciones de vida de la clase trabajadora.

 

   La política de subordinación abierta al imperialismo que encarna Kast no es simplemente una orientación diplomática: es una línea de clase que empuja objetivamente al país hacia una crisis económica y social de gran magnitud. No se trata de una advertencia abstracta ni de una hipótesis lejana. Los propios voceros del capital —como El Mercurio— comienzan a registrar, incluso en términos moderados, las primeras consecuencias de la guerra imperialista sobre la economía chilena. 

 

   Chile es una economía dependiente y atrasada, estructuralmente subordinada al mercado mundial, importadora neta de energía y profundamente expuesta a los vaivenes del capital financiero internacional. En estas condiciones, una guerra en Medio Oriente —y más aún una guerra impulsada por el imperialismo norteamericano— no puede sino repercutir directamente sobre las condiciones de vida de la población. El conflicto ya está impactando variables clave: alza del petróleo, salto del dólar, caída del cobre. No son datos técnicos aislados: son los mecanismos concretos mediante los cuales la guerra imperialista se traduce en deterioro inmediato de las condiciones materiales de la clase trabajadora. El petróleo sube, el dólar se dispara, las importaciones se encarecen, y con ello se eleva la inflación. Como dice El Mercurio, “Chile es importador neto de energía y, por tanto, un repunte sostenido del petróleo y del dólar se traduce en inflación”. 

 

  Esto tiene consecuencias directas: aumento del precio de las bencinas, del gas, del transporte, de los alimentos. Es decir, una transferencia directa de la crisis internacional hacia los bolsillos de los trabajadores. Incluso en el escenario más “optimista” planteado por los economistas del régimen —un conflicto breve— se reconoce que habrá impacto en el IPC energético y en el costo de vida. Pero lo decisivo está en el otro escenario: si la guerra se prolonga, si el conflicto escala, si se bloquean rutas estratégicas como Ormuz, el resultado es una presión inflacionaria sostenida, restricciones monetarias y freno al crecimiento. Traducido a términos sociales: más inflación, salarios reales a la baja, mayor precariedad, menor inversión productiva y aumento de la tensión social.

 

  Aquí aparece el núcleo del problema. La política de Kast no sólo no protege a Chile de esta situación: la agrava deliberadamente. Al alinearse sin reservas con el imperialismo norteamericano, al respaldar operaciones militares de gran escala, al integrar al país en el dispositivo estratégico de Washington, lo que hace es atar el destino económico de Chile a la dinámica de la guerra imperialista.

 

  Pero hay algo más profundo. La subordinación al imperialismo no sólo implica aceptar los efectos económicos de la guerra: implica también comprometer al país en su lógica política y estratégica. Esto significa mayor militarización, alineamiento diplomático, presión sobre las libertades políticas y reforzamiento del aparato represivo interno. Es decir, la crisis económica se combina con una tendencia a la reacción en el plano político.

 

 No hay “buen alineamiento” posible con una potencia que arrastra al mundo hacia la guerra. La única política capaz de evitar que la crisis se descargue íntegramente sobre las masas es la ruptura con esa lógica: la independencia de clase, la lucha contra la guerra imperialista y la organización de la clase trabajadora como fuerza política propia. Porque lo que está en juego no es sólo la posición internacional de Chile, sino las condiciones de vida de millones. Y en ese terreno, la política de subordinación no conduce a otra cosa que a lo que ya empieza a anunciar incluso la prensa del régimen: inflación, deterioro económico y crisis social.

 

  Kast no “defiende a Occidente”: defiende los intereses del capital imperialista. Su apoyo a una escalada bélica en Medio Oriente revela hasta qué punto la burguesía chilena, en todos sus sectores, está completamente integrada al dispositivo global del imperialismo norteamericano. No hay en ello ninguna defensa de la soberanía nacional, ninguna estrategia de desarrollo independiente, ninguna preocupación por el pueblo trabajador. Hay subordinación abierta, sin mediaciones, sin vergüenza.

 

El proimperialimo como política del conjunto del régimen

   Esta posición que arrastra al conjunto de las fuerzas del régimen, incluso a las del progresismo cuya labor de “oposición responsable” la lleva a disciplinarse frente alimperialismo. Concedamos que aquí la subordinación adopta formas más hipócritas, no más refinadas pero sí más peligrosas. Bajo la cobertura de la defensa del derecho internacional, de las instituciones multilaterales y de la democracia liberal, el progresismo reproduce la misma lógica de sometimiento. Condena “los excesos”, llama a la “paz”, invoca organismos internacionales completamente podridos y vaciados, pero jamás rompe con el marco estratégico del imperialismo.

 

  Este pacifismo abstracto —tan propio de la pequeña burguesía— que en algunos casos llega al extremo de negar la propia existencia del imperialismo o de diluirlo en una vaga condena a la “violencia de ambos lados”, no es neutral: es funcional. Al colocar el eje en la forma —la guerra en sí, la violencia, la falta de diálogo— y no en el contenido de clase del conflicto, termina colocándose de hecho del lado del orden existente. Es la vieja y miserable posición moralista de quienes ven “dos dictaduras” y concluyen que no hay nada que elegir, ocultando así la relación fundamental entre opresores y oprimidos.

 

  En este punto es necesario ser categóricos: no hay posición progresiva en el campo del imperialismo, ni siquiera cuando se disfraza de legalismo internacional o de defensa de los derechos humanos. Esos mismos argumentos han sido utilizados históricamente para justificar invasiones, bloqueos, golpes de Estado y masacres. Hoy vuelven a ser utilizados para legitimar una guerra cuyo objetivo es someter o destruir a Irán en función de los intereses del capital imperialista.

 

  Pero la delimitación no puede detenerse ahí. También debemos polemizar con otra desviación: la concepción campista que, bajo el rótulo de los BRICS o de un supuesto “mundo multipolar”, pretende ver en el régimen iraní un modelo político o un polo progresivo. Esta posición, que en Chile encuentra eco en sectores de la izquierda que ayer se reclamaban bolivarianos, ha mutado sin explicación alguna en un alineamiento con la burguesía de bazar iraní y con su régimen clerical.

 

   Se trata de un retroceso político profundo. Confundir la resistencia de una nación oprimida con el carácter de su régimen es abandonar el método marxista. El hecho de que Irán esté enfrentado al imperialismo no transforma a su Estado en un instrumento de emancipación. No estamos ante un poder obrero, ni ante una forma de transición socialista, ni siquiera ante un nacionalismo burgués progresivo en sentido histórico. Estamos ante un régimen reaccionario, que reprime a su propia clase trabajadora, que utiliza la religión como mecanismo de control social y que ha desviado una revolución de masas hacia una recomposición del orden capitalista.

 

  La posición de la clase trabajadora no se basa en simpatías políticas hacia el régimen, sino en el carácter objetivo del conflicto. Se trata de una guerra imperialista contra una nación oprimida, y por lo tanto la tarea es oponerse al imperialismo sin otorgar apoyo político a la dirección burguesa de ese país. Ésta es la única forma de evitar tanto la capitulación al imperialismo como la adaptación al nacionalismo burgués.

 

  En Chile, esta delimitación es decisiva. Porque tanto la derecha como el progresismo y el campismo convergen, cada uno a su manera, en negar la independencia política de la clase trabajadora. Unos la subordinan abiertamente al imperialismo. Otros la subordinan a las instituciones del orden internacional burgués. Y otros la subordinan a regímenes extranjeros que, aunque coyunturalmente enfrentados al imperialismo, representan también intereses de clase ajenos al proletariado.

 

Por una política de la clase trabajadora

  En primer lugar, una oposición frontal a toda forma de intervención imperialista. Ningún apoyo, directo o indirecto, a la guerra impulsada por Estados Unidos e Israel. Ninguna participación de Chile en dispositivos militares, logísticos o diplomáticos al servicio de esa agresión. Ruptura con toda forma de alineamiento con el imperialismo.

 

   En segundo lugar, una delimitación clara frente al régimen iraní. Defensa de Irán frente a la agresión imperialista, pero sin ninguna ilusión en su carácter político. Denuncia de su carácter burgués, clerical y represivo. Solidaridad activa con la clase trabajadora iraní, con las mujeres, con la juventud, con todos los sectores oprimidos que luchan contra ese régimen.

 

  En tercer lugar, una lucha sistemática contra el pacifismo liberal y contra el campismo. No hay solución dentro del derecho internacional burgués ni dentro de un supuesto equilibrio entre potencias capitalistas. El problema no es la “falta de reglas”, sino el carácter de clase del sistema mundial.
 

 

    Y, finalmente, la afirmación de una perspectiva estratégica: la independencia de clase y la revolución obrera. La guerra imperialista no es un accidente, sino una expresión de la crisis del capitalismo en su fase actual. Frente a ella, no basta con oponerse a una guerra concreta. Es necesario preparar a la clase trabajadora para enfrentar el sistema que la produce.

 

   En Chile, esto implica reconstruir una política obrera independiente, romper con todas las variantes de colaboración de clases, reagrupar a la vanguardia sobre un programa revolucionario y ligar la lucha contra la guerra con la lucha contra la explotación, el saqueo y la dependencia.


     Porque si a nivel nacional la alternativa no es entre Kast y Boric, ni entre Washington y Teherán en el escenario mundial. La alternativa es la que el marxismo ha planteado siempre en los momentos decisivos de la historia: socialismo o barbarie.

 

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