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¿POR QUÉ RUSIA Y CHINA DEJAN A CUBA A MERCED DE TRUMP?: UNA RADIOGRAFÍA DE LA HIPOCRESÍA "MULTIPOLAR"

La afilada crítica del psicólogo e investigador cubano Josué Veloz Serrado

¿Está Cuba realmente sola en el escenario internacional? ¿Qué revela el abandono práctico de Rusia, China y buena parte del progresismo latinoamericano sobre la supuesta multipolaridad que tantos presentan como alternativa al poder de Washington? ¿Estamos ante el fracaso de un modelo o ante la resistencia de una revolución que sigue siendo castigada precisamente por lo que significa y por no haberse rendido?

   

REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL

    En un artículo publicado por Josué Veloz Serrado, psicólogo, investigador y ensayista cubano, miembro del Consejo Editorial de La Tizza y de la Cátedra Gramsci del Instituto Juan Marinello de Investigaciones Culturales, La Habana, bajo el título “Cuba en la encrucijada de un multilateralismo hipócrita”, se desarrolla una reflexión de enorme calado político e ideológico sobre la situación actual de la isla, que trasciende el análisis coyuntural para adentrarse en una crítica estructural del orden internacional contemporáneo.

   Dada la longitud del artículo original la Redacción de Canarias Semanal  ha procedido a  resumirlo. No obstante, aquellos que deseen leerlo en su integridad -cosa que recomendamos encarecidamente-  les bastaría con pinchar aquí para poder hacerlo.

 

    Según mantiene el autor del artículo, lo que hoy está viviendo Cuba no puede entenderse como una crisis aislada ni como un simple problema económico, sino como el resultado de un cerco sistemático que combina la agresión directa del imperialismo estadounidense con la inacción cuando no complicidad— de aquellos actores que se presentan como alternativas al orden dominante.

 

   De acuerdo a lo expresado por el autor, uno de los ejes fundamentales de su análisis es la denuncia de la llamada “multipolaridad”. Lejos de representar una auténtica ruptura con el dominio unipolar de Estados Unidos, esta supuesta configuración internacional aparece, en su argumentación, como una forma degradada y funcional al propio sistema que dice cuestionar.

 

    Veloz Serrado insiste en que países como Rusia y China, a pesar de su retórica en favor de un mundo más equilibrado, no han asumido en la práctica un papel transformador, sino que han optado por una inserción pragmática dentro de las reglas del capitalismo global.

 

    Según afirma el autor, esta actitud se revela de manera particularmente cruda en el caso cubano. La isla, sometida a un bloqueo económico que se extiende durante más de seis décadas, no solo enfrenta la presión directa de Estados Unidos, sino también el abandono tácito de estos actores que podrían, en teoría, contribuir a romper el cerco. De acuerdo a lo expresado por el autor, la ausencia de medidas concretas —como el suministro estable de energía, la creación de mecanismos financieros alternativos o la protección de rutas comerciales— evidencia que el compromiso de estas potencias con un orden internacional alternativo es, en el mejor de los casos, superficial.

 

      En este sentido, el texto pone en cuestión la propia noción de multipolaridad, sugiriendo que se trata más de una reconfiguración del poder dentro del mismo sistema que de una transformación real. Según afirma el autor, lo que existe no es un mundo en disputa entre proyectos antagónicos, sino un escenario en el que diferentes actores buscan mejorar su posición relativa sin alterar las estructuras fundamentales de dominación. Esta lectura resulta especialmente relevante porque desmonta una de las principales narrativas geopolíticas contemporáneas, obligando a reconsiderar el papel de aquellos países que se presentan como contrapeso al imperialismo.

 

     Pero el análisis de Veloz Serrado no se limita a las grandes potencias. Según afirma el autor, también los gobiernos progresistas de América Latina han incurrido en una lógica de “gestualidad vacía”, caracterizada por declaraciones de apoyo que no se traducen en acciones concretas. De acuerdo a lo expresado por el autor, esta actitud responde a una adaptación progresiva a las reglas del sistema internacional, en la que incluso aquellos actores que surgieron con un discurso transformador terminan operando dentro de los márgenes permitidos por el poder hegemónico.

 

   Esta crítica adquiere un tono particularmente severo cuando se refiere a la falta de articulación regional. Según afirma el autor, la incapacidad de los países latinoamericanos para constituir un bloque sólido que enfrente las presiones externas no solo debilita a Cuba, sino que compromete la soberanía de toda la región. De acuerdo a lo expresado por el autor, el abandono de la isla no es simplemente un error táctico, sino una renuncia estratégica que tendrá consecuencias a largo plazo para todos los actores involucrados.

 

    En este contexto, la defensa de la Revolución cubana emerge como un elemento central del texto. Según afirma el autor, Cuba no es únicamente un país bajo asedio, sino también un símbolo de resistencia que desafía las lógicas dominantes del sistema internacional. A pesar de las dificultades extremas que enfrenta, la isla ha logrado mantener indicadores sociales que contradicen la narrativa del “Estado fallido”, demostrando que es posible construir un modelo alternativo incluso en condiciones adversas.

 

    De acuerdo a lo expresado por el autor, esta persistencia es precisamente lo que convierte a Cuba en un objetivo prioritario para el imperialismo. No se trata únicamente de neutralizar una amenaza material, sino de eliminar un referente simbólico que cuestiona la inevitabilidad del capitalismo. Según afirma el autor, la existencia misma de Cuba constituye una interpelación constante al orden global, una evidencia de que otras formas de organización social no solo son posibles, sino que pueden sostenerse en el tiempo.

 

   Otro de los aspectos destacados del texto es el análisis de las estrategias utilizadas por Estados Unidos para mantener su dominio. En opinión del autor del artículo, el bloqueo no debiera ser entendido como una política aislada, sino como parte de una metodología más amplia que combina presión económica, aislamiento diplomático y construcción de narrativas destinadas a legitimar la agresión. De acuerdo a lo expresado por el autor, la presentación de Cuba como un “Estado fallido” cumple precisamente esta función, al desplazar la responsabilidad de la crisis desde las causas externas hacia supuestas deficiencias internas.

 

     Esta inversión de la causalidad, según afirma el autor, constituye uno de los mecanismos más eficaces del poder imperial, ya que permite justificar la continuidad de las políticas de asfixia al tiempo que desactiva posibles solidaridades internacionales. De acuerdo a lo expresado por el autor, al convertir a la víctima en responsable de su propia situación, se construye un relato que naturaliza la violencia y dificulta la articulación de respuestas colectivas.

 

    En relación con esto, el texto también aborda el papel de la ayuda humanitaria. Según afirma el autor, aunque estos esfuerzos son necesarios para aliviar el sufrimiento inmediato, no deben confundirse con soluciones estructurales. De acuerdo a lo expresado por el autor, sin una transformación de las condiciones que generan la crisis —es decir, sin el levantamiento del bloqueo y la ruptura del cerco financiero—, estas medidas corren el riesgo de perpetuar la situación en lugar de resolverla.

 

    Finalmente, el autor plantea una reflexión de carácter estratégico y moral sobre la solidaridad internacional. Según afirma el autor, el apoyo a Cuba no puede reducirse a declaraciones simbólicas, sino que debe traducirse en acciones concretas que desafíen el orden existente. De acuerdo a lo expresado por el autor, la verdadera medida del compromiso político no se encuentra en el discurso, sino en la disposición a asumir los costos de la confrontación.

 

   En este sentido, el texto concluye con una advertencia que trasciende el caso cubano. Según afirma el autor, el abandono de la isla no solo afecta a su población, sino que debilita cualquier proyecto que aspire a construir un mundo diferente. De acuerdo a lo expresado por el autor, un orden internacional que no es capaz de proteger a sus miembros más vulnerables no puede considerarse una alternativa real al sistema dominante.

 

    Así, el análisis de Veloz Serrado se configura como una llamada de atención sobre las contradicciones del presente y sobre la necesidad de replantear las bases de la acción política a escala global. Su defensa de la Revolución cubana no se limita a una mera reivindicación histórica, sino que se presenta como una apuesta por la posibilidad misma de transformación social en un contexto marcado por la resignación y el conformismo.

 

 
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