¿ES IMPARABLE EL CICLO DE LA GUERRA? PODER, ECONOMÍA Y CONTROL EN EL ESCENARIO GLOBAL
¿Por qué Iran ha rechazado "la propuesta de paz" de Donald Trump?
Lo que ocurre hoy entre Irán, Estados Unidos e Israel no es un episodio aislado ni una simple disputa política. Detrás de los titulares hay una historia larga de intereses económicos, control de recursos y competencia global. Entender este conflicto implica mirar más allá de sus aspectos superficiales y descubrir las dinámicas profundas que, una y otra vez, empujan al mundo hacia nuevas tensiones.
POR M.RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Si uno enciende la televisión o abre cualquier periódico, lo que aparece es siempre lo mismo: titulares urgentes, mapas con
flechas, declaraciones cruzadas y palabras como “tensión”, “escalada” o “posible guerra”.
En estos días, el foco está puesto en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. Trump habla de negociaciones, de propuestas de alto el fuego y de posibles acuerdos que nunca terminan de cerrarse.
Por ejemplo, hoy miercoles 25 cuando escribíamos estos apuntes, hemos sabido que se ha planteado un plan de 15 puntos impulsado por Estados Unidos, que incluye desde el levantamiento de sanciones hasta el desmantelamiento del programa nuclear iraní, pero que ha sido recibido con rechazo rotundo por parte de Irán . Al mismo tiempo, se insiste en que la guerra sigue activa “en pleno apogeo”, - según Netanyahu- a pesar de los intentos diplomáticos.
A simple vista, todo parece una discusión política: desacuerdos, desconfianza, intereses de seguridad. Pero si nos quedamos ahí, estamos viendo solo la superficie de un problema mucho mas hondo.
En estos momentos, la pregunta importante no es quién "tiene razón" en el conflicto. La pregunta importante es otra: ¿Por qué estos conflictos se repiten una y otra vez en la historia, incluso cuando aparentemente nadie parece desear la guerra?
Para responder a esto, hay que hacer algo que casi nunca se hace en los análisis rápidos: mirar hacia atrás. Entender que lo que hoy ocurre no es un accidente, sino el resultado de procesos históricos largos, profundos y muy concretos.
MÁS ALLÁ DE LA POLÍTICA: LA BASE MATERIAL DE LOS CONFLICTOS
Imagine el lector por un momento una ciudad. En esa ciudad hay leyes, instituciones, policía, elecciones… todo lo que solemos asociar con la política. Pero debajo de todo eso hay algo más básico: cómo se produce la comida, quién controla las fábricas, quién tiene el dinero, quiénes trabajan y quiénes se benefician.
Esa base material —la economía real— es lo que, en última instancia, condiciona todo lo demás. No es en absoluto una idea abstracta. Es algo muy sencillo de entender con un ejemplo: si en una sociedad dada, un pequeño grupo controla los recursos más importantes, es muy probable que las decisiones políticas terminen favoreciendo a ese grupo, aunque sean presentadas como decisiones “neutrales” o “por el bien común”. Esto mismo ocurre a escala mundial.
Los Estados no son simplemente actores que toman decisiones “morales” o “ideológicas”. Son estructuras que se apoyan en una base económica concreta. De hecho, el Estado no puede entenderse como otra cosa que como una organización que se levanta sobre esa base y que la protege .
Por eso, cuando tratamos de diseccionar las entrañas de un conflicto internacional, no nos basta con analizar los discursos. Hay que preguntarse: ¿Qué recursos están en juego? ¿Qué rutas comerciales son estratégicas? ¿Qué regiones tienen valor económico clave?
En el caso de Irán, la respuesta es evidente: su posición geográfica y su relación con el petróleo y las rutas energéticas lo convierten en un punto central del mapa mundial.
El estrecho de Ormuz, por ejemplo, es uno de los lugares más importantes del planeta para el tránsito de energía. Controlar, influir o condicionar ese espacio no es solo una cuestión política. Es una cuestión económica de primer orden.
LA HISTORIA LARGA: CUANDO LOS CONFLICTOS CAMBIAN DE FORMA, PERO NO DE FONDO
Para entender mejor lo que ocurre hoy, pensemos en algo aparentemente lejano: los imperios antiguos. Hace miles de años, grandes potencias como Roma o Babilonia también competían por territorios estratégicos, rutas comerciales y recursos. Las guerras no eran “caprichos”, sino formas de asegurar riqueza, poder y estabilidad interna.
Con el tiempo, las formas de organización social ha ido cambiando. Pasamos por sistemas como el esclavismo y el feudalismo, donde la producción no estaba orientada al mercado como lo está hoy.
Por ejemplo, en el feudalismo, la mayoría de la producción no se hacía para vender, sino para el consumo directo. Los campesinos trabajaban la tierra y entregaban parte de lo producido a los señores feudales, pero no existía una economía global como la actual. Todo eso cambió con la aparición del capitalismo.
Y en este ultimo sistema social y económico sucede algo que es fundamental: prácticamente todo se convierte en mercancía. Es decir, todo se produce para ser intercambiado en el mercado. Incluso el trabajo humano pasa a ser algo que se compra y se vende.
Esto tiene unas consecuencias enormes: la economía deja de ser local y se convierte en expansiva. Ya no basta con producir lo necesario para sobrevivir. Ahora hay que crecer constantemente, competir, encontrar nuevos mercados y asegurar recursos.
Y es aquí donde aparece un elemento clave para entender los conflictos actuales: Cuando varios actores compiten por los mismos recursos en un sistema que necesita crecer sin parar, el conflicto no es una excepción. Es una posibilidad permanente.
DEL PASADO AL PRESENTE: LA COMPETENCIA GLOBAL
Hoy, esa lógica ha llegado a alcanzar una escala mundial. Las grandes potencias no solo compiten dentro de sus fronteras, sino en todo el planeta. Buscan acceso a materias primas, control de rutas comerciales, influencia sobre regiones estratégicas y capacidad de imponer condiciones económicas.
Este proceso no es nuevo, pero en las últimas décadas se ha intensificado extraordinariamente. La economía global ha crecido, pero también lo han hecho las desigualdades sociales. Mientras una pequeña parte del mundo concentra enormes cantidades de riqueza, millones de personas viven en condiciones muy precarias .
Este no es un detalle secundario. Es parte del problema. Porque esa concentración de riqueza va acompañada de una necesidad constante de expansión. Y esa expansión no siempre puede hacerse de forma pacífica. A veces se hace mediante acuerdos. Otras mediante presión económica. Y en otras ocasiones, mediante conflictos abiertos o encubiertos.
PRIMERA CONCLUSIÓN: NADA ES CASUAL
Si juntamos todas estas piezas, empieza a aparecer una imagen más clara. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no es solo una disputa puntual. Es la expresión de una dinámica más profunda: Una economía global que necesita expandirse constantemente. Estados que actúan en función de intereses materiales concretos. Regiones estratégicas que se convierten en puntos de tensión.
Por eso, aunque cambien los nombres, los discursos o las circunstancias, el patrón se repite. Lo vimos en el pasado. Lo contemplamos en el presente. Y probablemente, si no se produce un cambio drastico de sistema social, económico y politico en el planeta, continuaremos viéndolo en el futuro
La guerra, en este sentido, pues, no aparece como un accidente inesperado, sino como una posibilidad que está siempre ahí, latente, dentro del propio funcionamiento del sistema.
EL PAPEL DEL ESTADO: QUIÉN DECIDE Y PARA QUIÉN
Hasta ahora hemos visto que los conflictos no surgen de la nada, sino que tienen raíces profundas en la forma en que está organizada la economía mundial. Pero hay una pieza clave que todavía no hemos analizado con suficiente detalle: el Estado.
Cuando pensamos en un Estado, solemos imaginar algo neutral: un conjunto de instituciones que gobiernan para todos. Sin embargo, si miramos la historia con detenimiento, vemos que el Estado nunca ha sido completamente neutral. Siempre ha estado vinculado a la forma en que se organiza la sociedad y, sobre todo, a cómo se distribuye la riqueza. Cuando el sistema social y económico estaba basado en la esclavitud, el Estado entonces existente defendia los intereses de la clase social que detentaba la propiedad de los esclavos.
Las leyes emanadas de las instituciones estatales defendian invariablemente los intereses de los propietarios de los esclavos. Cuando la sociedad continuó avanzando y las estructuras esclavistas fueron paulatinamente sustituidas por la sociedades feudales, el Estado pasó a defender los intereses de los señores feudales, que se constituyeron en la clase social hegemonica.
Hoy es una evidencia que las clases sociales que dominan en las sociedades contemporáneas son aquellas que poseen y acumulan grandes capitales, controlan la propiedad de los recursos, las finanzas y los Bancos. Y como sucedía en las formaciones sociales precedentes, las leyes dimanadas del aparato y las instituciones del Estado entraron en sintonía con los intereses de esas mismas clases sociales.
De hecho, el Estado puede entenderse como una estructura que se levanta sobre una base económica concreta y que cumple funciones específicas dentro de esa estructura. Imagine por un momento el lector una sociedad en la que una minoría controla la mayor parte de la riqueza. En ese contexto, las leyes, las políticas públicas e incluso las decisiones internacionales tenderán, de una forma u otra, a proteger ese orden.
Esto no significa que todo esté planificado de forma consciente o conspirativa. Significa algo más simple: que el funcionamiento general del sistema empujará necesariamente en esa dirección.
A escala internacional, esto se traduce en que los Estados más poderosos no solo defienden su territorio, sino también sus intereses económicos globales. Y para hacerlo, utilizan todos los medios disponibles: diplomacia, presión económica, alianzas… y, en un último caso, la fuerza.
IRÁN EN EL TABLERO: SOBERANÍA FRENTE A PRESIÓN
Con esta idea en mente, podemos entender mejor el papel de Irán en el conflicto actual. Irán no es un país cualquiera. Su importancia no radica solo en su tamaño o en su población, sino en su posición estratégica y en su capacidad de influir en una región clave del planeta.
Cuando Irán rechaza ahora propuestas como el plan impulsado por Estados Unidos, no lo hace únicamente por cuestiones de caracter ideológico. También está defendiendo su margen de autonomía frente a presiones externas. Esto es importante porque, en el mundo actual, no todos los países tienen el mismo grado de independencia. Algunos están profundamente integrados en las dinámicas económicas globales dominantes. Otros intentan mantener cierto control sobre sus recursos y sus decisiones.
Aquí aparece una contradicción fundamental: Por un lado, grandes potencias que buscan estabilidad en términos favorables a sus intereses. Por otro, los Estados que intentan mantener o ampliar su soberanía.
En muchos casos, esas contradiciones no se resuelve mediante acuerdos equilibrados, sino mediante presión constante. Un ejemplo claro es el debate sobre el programa nuclear iraní. Más allá de la cuestión técnica, lo que está en juego es quién tiene la capacidad de decidir sobre el desarrollo estratégico de un país. Y cuando esa capacidad choca con intereses externos, el conflicto se vuelve casi inevitable.
LA GUERRA COMO HERRAMIENTA: MÁS ALLÁ DE LA DESTRUCCIÓN
Ahora bien, existe una idea que suele resultar extraordinariamente desagradable y repulsiva, pero que es fundamental para entender todo de lo que hablamos: la guerra no es solo un fracaso. Ha sido convertida también en una "herramienta".
Esto no significa, ni de lejos, que la guerra pueda ser algo “deseable”. Significa que, históricamente, ha cumplido funciones muy concretas dentro del sistema. Por ejemplo: permite reorganizar el control de territorios y recursos. Refuerza posiciones de poder. Activa sectores económicos como la industria militar. Genera nuevas oportunidades de inversión en la reconstrucción. Reiteramos: lo que afirmarmos no es una complacencia, es una dramatica y cruel constatación.
Si pensamos en conflictos recientes, observaremos que después de cada guerra no solo hay destrucción, sino también procesos de reconstrucción en los que participan las grandes empresas, inversiones internacionales y nuevos acuerdos económicos. Es decir, la guerra no pone fin a la economía. La reconfigura.
Este hecho encaja perfectamente con una idea más amplia: en un sistema como el capitalista que necesita expandirse constantemente, los momentos de crisis —incluidos los conflictos— pueden convertirse en oportunidades para reorganizar el poder.
CÓMO SE JUSTIFICA TODO ESTO: EL PAPEL DE LAS IDEAS
Llegados a este punto, surge una duda lógica: si todo esto responde a intereses tan concretos, ¿por qué no se presenta así abiertamente?
La respuesta es sencilla: porque los conflictos no se explican solo con hechos, sino también con relatos. Las guerras rara vez se presentan como luchas por recursos o por influencia económica. Se presentan como: "Defensa de la democracia", "Protección de la seguridad nacional", "Lucha contra amenazas externas" o "Defensa de valores universales"
Estas ideas no surgen de la nada. Forman parte de lo que podríamos llamar la “visión dominante” de una época. Y esa visión suele estar ligada a los intereses de quienes tienen más poder. De hecho, las ideas que predominan en una sociedad tienden a reflejar la posición de los grupos dominantes . Esto no significa que las personas crean en esas ideas de forma “manipulada” o artificial. Significa que esas ideas se construyen, se difunden y se normalizan hasta parecer evidentes.
Por ejemplo, cuando se habla de Irán en muchos medios occidentales, el foco suele ponerse en el riesgo, la amenaza o la inestabilidad. Rara vez se explica el contexto histórico completo o los intereses en juego. Esto no es casual. Forma parte de cómo se construyen los marcos de interpretación.
UNA MIRADA HISTÓRICA: NADA NUEVO BAJO EL SOL
Si ampliamos la perspectiva, veremos que todo esto tiene precedentes claros. A lo largo de la historia, los conflictos entre potencias han seguido patrones similares. En la Antigüedad, imperios que luchaban por rutas comerciales. En la Edad Media, disputas territoriales vinculadas a sistemas productivos concretos En la era moderna, expansión colonial para asegurar recursos y mercados
Cada época tiene sus propias formas, pero el fondo es parecido: competencia por el control de recursos, territorios y condiciones de producción. Lo que cambia hoy es la escala. Vivimos en un mundo donde todo está interconectado. Una decisión en un país puede afectar a millones de personas en otro. Un conflicto en una región puede alterar precios, mercados y equilibrios globales. Por eso, los conflictos actuales parecen más complejos. Pero en realidad, siguen respondiendo a lógicas que ya estaban presentes hace siglos.
SEGUNDA CONCLUSIÓN: ENTENDER PARA NO CONFUNDIR
Si hay algo que podemos sacar en claro de todo esto es que los conflictos actuales no se pueden entender solo con explicaciones superficiales. No basta con decir que hay "desacuerdos políticos". No es suficiente con señalar diferencias que "hay culturales o ideológicas".
Hay que ir necesariamente más allá. Hay que entender:
- Cómo está funcionando la economía global.
- Cómo estan actúando los Estados dentro de esa estructura.
- Cuál papel juegan los recursos y las posiciones estratégicas
- Cómo se construyen los relatos que tratan de justificar los conflictos.
Solo así podemos ver el cuadro completo. Y cuando lo vemos, algo cambia. Dejamos de ver la guerra como un fenómeno inexplicable o inevitable. Y empezamos a verla como el resultado de dinámicas muy concretas.
En definitiva, lo que este recorrido nos deja no es una respuesta simple, sino una forma distinta de mirar la realidad. El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel deja de ser un episodio aislado, una especie de choque inevitable entre culturas o líderes enfrentados, y pasa a entenderse como parte de un entramado mucho más profundo, donde la economía, el poder y la historia se entrelazan de forma constante.
Cuando observamos estos procesos desde esa perspectiva más amplia, se hace evidente que la guerra no surge de la nada ni responde únicamente a decisiones momentáneas, sino que está estrechamente vinculada a una estructura que empuja a los Estados a competir, a expandirse y a asegurar sus posiciones estratégicas.
A lo largo de este artículo hemos visto cómo esa dinámica se repite una y otra vez en distintos momentos históricos, adoptando nuevas formas pero manteniendo un mismo fondo.
Desde los imperios antiguos hasta el mundo globalizado de hoy, la disputa por recursos, rutas y zonas de influencia ha sido una constante. En el presente, esa lógica se intensifica en un sistema donde todo tiende a convertirse en mercancía y donde la expansión económica es una imperiosa necesidad permanente . En ese contexto, los Estados actúan como piezas clave que organizan y protegen esos intereses, formando parte de una estructura más amplia que condiciona sus decisiones .
Por eso, entender este tipo de conflictos no es solo un ejercicio intelectual, sino una herramienta para no dejarnos arrastrar por explicaciones superficiales. Nos permite ver lo que normalmente permanece oculto: que detrás de cada titular hay procesos históricos largos, intereses materiales concretos y una lógica global que sigue operando, aunque cambien los escenarios.
Solo a partir de esa comprensión nos será posible mirar el presente con mayor claridad y cuestionar la aparente inevitabilidad de unas guerras que, en realidad, tienen causas muy concretas y profundamente entroncadas con el sistema político y económico que hoy domina en la mayor parte de los paises de nuestro planeta.
POR M.RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Si uno enciende la televisión o abre cualquier periódico, lo que aparece es siempre lo mismo: titulares urgentes, mapas con
flechas, declaraciones cruzadas y palabras como “tensión”, “escalada” o “posible guerra”.
En estos días, el foco está puesto en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. Trump habla de negociaciones, de propuestas de alto el fuego y de posibles acuerdos que nunca terminan de cerrarse.
Por ejemplo, hoy miercoles 25 cuando escribíamos estos apuntes, hemos sabido que se ha planteado un plan de 15 puntos impulsado por Estados Unidos, que incluye desde el levantamiento de sanciones hasta el desmantelamiento del programa nuclear iraní, pero que ha sido recibido con rechazo rotundo por parte de Irán . Al mismo tiempo, se insiste en que la guerra sigue activa “en pleno apogeo”, - según Netanyahu- a pesar de los intentos diplomáticos.
A simple vista, todo parece una discusión política: desacuerdos, desconfianza, intereses de seguridad. Pero si nos quedamos ahí, estamos viendo solo la superficie de un problema mucho mas hondo.
En estos momentos, la pregunta importante no es quién "tiene razón" en el conflicto. La pregunta importante es otra: ¿Por qué estos conflictos se repiten una y otra vez en la historia, incluso cuando aparentemente nadie parece desear la guerra?
Para responder a esto, hay que hacer algo que casi nunca se hace en los análisis rápidos: mirar hacia atrás. Entender que lo que hoy ocurre no es un accidente, sino el resultado de procesos históricos largos, profundos y muy concretos.
MÁS ALLÁ DE LA POLÍTICA: LA BASE MATERIAL DE LOS CONFLICTOS
Imagine el lector por un momento una ciudad. En esa ciudad hay leyes, instituciones, policía, elecciones… todo lo que solemos asociar con la política. Pero debajo de todo eso hay algo más básico: cómo se produce la comida, quién controla las fábricas, quién tiene el dinero, quiénes trabajan y quiénes se benefician.
Esa base material —la economía real— es lo que, en última instancia, condiciona todo lo demás. No es en absoluto una idea abstracta. Es algo muy sencillo de entender con un ejemplo: si en una sociedad dada, un pequeño grupo controla los recursos más importantes, es muy probable que las decisiones políticas terminen favoreciendo a ese grupo, aunque sean presentadas como decisiones “neutrales” o “por el bien común”. Esto mismo ocurre a escala mundial.
Los Estados no son simplemente actores que toman decisiones “morales” o “ideológicas”. Son estructuras que se apoyan en una base económica concreta. De hecho, el Estado no puede entenderse como otra cosa que como una organización que se levanta sobre esa base y que la protege .
Por eso, cuando tratamos de diseccionar las entrañas de un conflicto internacional, no nos basta con analizar los discursos. Hay que preguntarse: ¿Qué recursos están en juego? ¿Qué rutas comerciales son estratégicas? ¿Qué regiones tienen valor económico clave?
En el caso de Irán, la respuesta es evidente: su posición geográfica y su relación con el petróleo y las rutas energéticas lo convierten en un punto central del mapa mundial.
El estrecho de Ormuz, por ejemplo, es uno de los lugares más importantes del planeta para el tránsito de energía. Controlar, influir o condicionar ese espacio no es solo una cuestión política. Es una cuestión económica de primer orden.
LA HISTORIA LARGA: CUANDO LOS CONFLICTOS CAMBIAN DE FORMA, PERO NO DE FONDO
Para entender mejor lo que ocurre hoy, pensemos en algo aparentemente lejano: los imperios antiguos. Hace miles de años, grandes potencias como Roma o Babilonia también competían por territorios estratégicos, rutas comerciales y recursos. Las guerras no eran “caprichos”, sino formas de asegurar riqueza, poder y estabilidad interna.
Con el tiempo, las formas de organización social ha ido cambiando. Pasamos por sistemas como el esclavismo y el feudalismo, donde la producción no estaba orientada al mercado como lo está hoy.
Por ejemplo, en el feudalismo, la mayoría de la producción no se hacía para vender, sino para el consumo directo. Los campesinos trabajaban la tierra y entregaban parte de lo producido a los señores feudales, pero no existía una economía global como la actual. Todo eso cambió con la aparición del capitalismo.
Y en este ultimo sistema social y económico sucede algo que es fundamental: prácticamente todo se convierte en mercancía. Es decir, todo se produce para ser intercambiado en el mercado. Incluso el trabajo humano pasa a ser algo que se compra y se vende.
Esto tiene unas consecuencias enormes: la economía deja de ser local y se convierte en expansiva. Ya no basta con producir lo necesario para sobrevivir. Ahora hay que crecer constantemente, competir, encontrar nuevos mercados y asegurar recursos.
Y es aquí donde aparece un elemento clave para entender los conflictos actuales: Cuando varios actores compiten por los mismos recursos en un sistema que necesita crecer sin parar, el conflicto no es una excepción. Es una posibilidad permanente.
DEL PASADO AL PRESENTE: LA COMPETENCIA GLOBAL
Hoy, esa lógica ha llegado a alcanzar una escala mundial. Las grandes potencias no solo compiten dentro de sus fronteras, sino en todo el planeta. Buscan acceso a materias primas, control de rutas comerciales, influencia sobre regiones estratégicas y capacidad de imponer condiciones económicas.
Este proceso no es nuevo, pero en las últimas décadas se ha intensificado extraordinariamente. La economía global ha crecido, pero también lo han hecho las desigualdades sociales. Mientras una pequeña parte del mundo concentra enormes cantidades de riqueza, millones de personas viven en condiciones muy precarias .
Este no es un detalle secundario. Es parte del problema. Porque esa concentración de riqueza va acompañada de una necesidad constante de expansión. Y esa expansión no siempre puede hacerse de forma pacífica. A veces se hace mediante acuerdos. Otras mediante presión económica. Y en otras ocasiones, mediante conflictos abiertos o encubiertos.
PRIMERA CONCLUSIÓN: NADA ES CASUAL
Si juntamos todas estas piezas, empieza a aparecer una imagen más clara. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no es solo una disputa puntual. Es la expresión de una dinámica más profunda: Una economía global que necesita expandirse constantemente. Estados que actúan en función de intereses materiales concretos. Regiones estratégicas que se convierten en puntos de tensión.
Por eso, aunque cambien los nombres, los discursos o las circunstancias, el patrón se repite. Lo vimos en el pasado. Lo contemplamos en el presente. Y probablemente, si no se produce un cambio drastico de sistema social, económico y politico en el planeta, continuaremos viéndolo en el futuro
La guerra, en este sentido, pues, no aparece como un accidente inesperado, sino como una posibilidad que está siempre ahí, latente, dentro del propio funcionamiento del sistema.
EL PAPEL DEL ESTADO: QUIÉN DECIDE Y PARA QUIÉN
Hasta ahora hemos visto que los conflictos no surgen de la nada, sino que tienen raíces profundas en la forma en que está organizada la economía mundial. Pero hay una pieza clave que todavía no hemos analizado con suficiente detalle: el Estado.
Cuando pensamos en un Estado, solemos imaginar algo neutral: un conjunto de instituciones que gobiernan para todos. Sin embargo, si miramos la historia con detenimiento, vemos que el Estado nunca ha sido completamente neutral. Siempre ha estado vinculado a la forma en que se organiza la sociedad y, sobre todo, a cómo se distribuye la riqueza. Cuando el sistema social y económico estaba basado en la esclavitud, el Estado entonces existente defendia los intereses de la clase social que detentaba la propiedad de los esclavos.
Las leyes emanadas de las instituciones estatales defendian invariablemente los intereses de los propietarios de los esclavos. Cuando la sociedad continuó avanzando y las estructuras esclavistas fueron paulatinamente sustituidas por la sociedades feudales, el Estado pasó a defender los intereses de los señores feudales, que se constituyeron en la clase social hegemonica.
Hoy es una evidencia que las clases sociales que dominan en las sociedades contemporáneas son aquellas que poseen y acumulan grandes capitales, controlan la propiedad de los recursos, las finanzas y los Bancos. Y como sucedía en las formaciones sociales precedentes, las leyes dimanadas del aparato y las instituciones del Estado entraron en sintonía con los intereses de esas mismas clases sociales.
De hecho, el Estado puede entenderse como una estructura que se levanta sobre una base económica concreta y que cumple funciones específicas dentro de esa estructura. Imagine por un momento el lector una sociedad en la que una minoría controla la mayor parte de la riqueza. En ese contexto, las leyes, las políticas públicas e incluso las decisiones internacionales tenderán, de una forma u otra, a proteger ese orden.
Esto no significa que todo esté planificado de forma consciente o conspirativa. Significa algo más simple: que el funcionamiento general del sistema empujará necesariamente en esa dirección.
A escala internacional, esto se traduce en que los Estados más poderosos no solo defienden su territorio, sino también sus intereses económicos globales. Y para hacerlo, utilizan todos los medios disponibles: diplomacia, presión económica, alianzas… y, en un último caso, la fuerza.
IRÁN EN EL TABLERO: SOBERANÍA FRENTE A PRESIÓN
Con esta idea en mente, podemos entender mejor el papel de Irán en el conflicto actual. Irán no es un país cualquiera. Su importancia no radica solo en su tamaño o en su población, sino en su posición estratégica y en su capacidad de influir en una región clave del planeta.
Cuando Irán rechaza ahora propuestas como el plan impulsado por Estados Unidos, no lo hace únicamente por cuestiones de caracter ideológico. También está defendiendo su margen de autonomía frente a presiones externas. Esto es importante porque, en el mundo actual, no todos los países tienen el mismo grado de independencia. Algunos están profundamente integrados en las dinámicas económicas globales dominantes. Otros intentan mantener cierto control sobre sus recursos y sus decisiones.
Aquí aparece una contradicción fundamental: Por un lado, grandes potencias que buscan estabilidad en términos favorables a sus intereses. Por otro, los Estados que intentan mantener o ampliar su soberanía.
En muchos casos, esas contradiciones no se resuelve mediante acuerdos equilibrados, sino mediante presión constante. Un ejemplo claro es el debate sobre el programa nuclear iraní. Más allá de la cuestión técnica, lo que está en juego es quién tiene la capacidad de decidir sobre el desarrollo estratégico de un país. Y cuando esa capacidad choca con intereses externos, el conflicto se vuelve casi inevitable.
LA GUERRA COMO HERRAMIENTA: MÁS ALLÁ DE LA DESTRUCCIÓN
Ahora bien, existe una idea que suele resultar extraordinariamente desagradable y repulsiva, pero que es fundamental para entender todo de lo que hablamos: la guerra no es solo un fracaso. Ha sido convertida también en una "herramienta".
Esto no significa, ni de lejos, que la guerra pueda ser algo “deseable”. Significa que, históricamente, ha cumplido funciones muy concretas dentro del sistema. Por ejemplo: permite reorganizar el control de territorios y recursos. Refuerza posiciones de poder. Activa sectores económicos como la industria militar. Genera nuevas oportunidades de inversión en la reconstrucción. Reiteramos: lo que afirmarmos no es una complacencia, es una dramatica y cruel constatación.
Si pensamos en conflictos recientes, observaremos que después de cada guerra no solo hay destrucción, sino también procesos de reconstrucción en los que participan las grandes empresas, inversiones internacionales y nuevos acuerdos económicos. Es decir, la guerra no pone fin a la economía. La reconfigura.
Este hecho encaja perfectamente con una idea más amplia: en un sistema como el capitalista que necesita expandirse constantemente, los momentos de crisis —incluidos los conflictos— pueden convertirse en oportunidades para reorganizar el poder.
CÓMO SE JUSTIFICA TODO ESTO: EL PAPEL DE LAS IDEAS
Llegados a este punto, surge una duda lógica: si todo esto responde a intereses tan concretos, ¿por qué no se presenta así abiertamente?
La respuesta es sencilla: porque los conflictos no se explican solo con hechos, sino también con relatos. Las guerras rara vez se presentan como luchas por recursos o por influencia económica. Se presentan como: "Defensa de la democracia", "Protección de la seguridad nacional", "Lucha contra amenazas externas" o "Defensa de valores universales"
Estas ideas no surgen de la nada. Forman parte de lo que podríamos llamar la “visión dominante” de una época. Y esa visión suele estar ligada a los intereses de quienes tienen más poder. De hecho, las ideas que predominan en una sociedad tienden a reflejar la posición de los grupos dominantes . Esto no significa que las personas crean en esas ideas de forma “manipulada” o artificial. Significa que esas ideas se construyen, se difunden y se normalizan hasta parecer evidentes.
Por ejemplo, cuando se habla de Irán en muchos medios occidentales, el foco suele ponerse en el riesgo, la amenaza o la inestabilidad. Rara vez se explica el contexto histórico completo o los intereses en juego. Esto no es casual. Forma parte de cómo se construyen los marcos de interpretación.
UNA MIRADA HISTÓRICA: NADA NUEVO BAJO EL SOL
Si ampliamos la perspectiva, veremos que todo esto tiene precedentes claros. A lo largo de la historia, los conflictos entre potencias han seguido patrones similares. En la Antigüedad, imperios que luchaban por rutas comerciales. En la Edad Media, disputas territoriales vinculadas a sistemas productivos concretos En la era moderna, expansión colonial para asegurar recursos y mercados
Cada época tiene sus propias formas, pero el fondo es parecido: competencia por el control de recursos, territorios y condiciones de producción. Lo que cambia hoy es la escala. Vivimos en un mundo donde todo está interconectado. Una decisión en un país puede afectar a millones de personas en otro. Un conflicto en una región puede alterar precios, mercados y equilibrios globales. Por eso, los conflictos actuales parecen más complejos. Pero en realidad, siguen respondiendo a lógicas que ya estaban presentes hace siglos.
SEGUNDA CONCLUSIÓN: ENTENDER PARA NO CONFUNDIR
Si hay algo que podemos sacar en claro de todo esto es que los conflictos actuales no se pueden entender solo con explicaciones superficiales. No basta con decir que hay "desacuerdos políticos". No es suficiente con señalar diferencias que "hay culturales o ideológicas".
Hay que ir necesariamente más allá. Hay que entender:
- Cómo está funcionando la economía global.
- Cómo estan actúando los Estados dentro de esa estructura.
- Cuál papel juegan los recursos y las posiciones estratégicas
- Cómo se construyen los relatos que tratan de justificar los conflictos.
Solo así podemos ver el cuadro completo. Y cuando lo vemos, algo cambia. Dejamos de ver la guerra como un fenómeno inexplicable o inevitable. Y empezamos a verla como el resultado de dinámicas muy concretas.
En definitiva, lo que este recorrido nos deja no es una respuesta simple, sino una forma distinta de mirar la realidad. El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel deja de ser un episodio aislado, una especie de choque inevitable entre culturas o líderes enfrentados, y pasa a entenderse como parte de un entramado mucho más profundo, donde la economía, el poder y la historia se entrelazan de forma constante.
Cuando observamos estos procesos desde esa perspectiva más amplia, se hace evidente que la guerra no surge de la nada ni responde únicamente a decisiones momentáneas, sino que está estrechamente vinculada a una estructura que empuja a los Estados a competir, a expandirse y a asegurar sus posiciones estratégicas.
A lo largo de este artículo hemos visto cómo esa dinámica se repite una y otra vez en distintos momentos históricos, adoptando nuevas formas pero manteniendo un mismo fondo.
Desde los imperios antiguos hasta el mundo globalizado de hoy, la disputa por recursos, rutas y zonas de influencia ha sido una constante. En el presente, esa lógica se intensifica en un sistema donde todo tiende a convertirse en mercancía y donde la expansión económica es una imperiosa necesidad permanente . En ese contexto, los Estados actúan como piezas clave que organizan y protegen esos intereses, formando parte de una estructura más amplia que condiciona sus decisiones .
Por eso, entender este tipo de conflictos no es solo un ejercicio intelectual, sino una herramienta para no dejarnos arrastrar por explicaciones superficiales. Nos permite ver lo que normalmente permanece oculto: que detrás de cada titular hay procesos históricos largos, intereses materiales concretos y una lógica global que sigue operando, aunque cambien los escenarios.
Solo a partir de esa comprensión nos será posible mirar el presente con mayor claridad y cuestionar la aparente inevitabilidad de unas guerras que, en realidad, tienen causas muy concretas y profundamente entroncadas con el sistema político y económico que hoy domina en la mayor parte de los paises de nuestro planeta.





























Maribel Santana | Jueves, 26 de Marzo de 2026 a las 08:58:33 horas
El capitalismo en descomposicion y desesperado ya tiene su tiempo como para caer. Esperemos que de paso a otro nuevo sistema, porque éste esta moribundo. El estado , no son el conjunto de istituciones que controlan todo, sino las herramientas de una clase social que expota a la otra clase. O sea el verdadero Estado. K. Maxr. SOCIALISMO O BARBARIE. La barbarie ésta mas que servida a ver cuando llega el socialismo.
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