CUBA: LA PRIMERA TRINCHERA DE AMÉRICA FRENTE AL DECLIVE ORGÁNICO DEL IMPERIO
"La Isla ha sido el muro de contención ante el expansionismo estadounidense"
Durante más de sesenta años, Cuba ha resistido el bloqueo económico más prolongado de la historia contemporánea. Hoy, ante el recrudecimiento del cerco imperial y las amenazas abiertas de Washington, la isla vuelve a situarse -afirma José Manuel Rivero - como la primera trinchera de América
Por JOSÉ MANUEL RIVERO PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Ante el apagón nacional que sumió en estos días a la Isla de la Dignidad, provocado directamente por el criminal cerco energético impuesto por Washington, y ante las aberrantes declaraciones de Donald Trump, quien se jacta de que tendrá "el honor" de "tomar" o "liberar" Cuba , el mundo asiste a la enésima demostración de barbarie de un imperio en su fase de declive orgánico.
El Comandante Fidel Castro nos advirtió que la hipocresía más inaudita es el sello que acompaña todos los actos del imperialismo, el cual no duda en imponer privaciones y zancadillas con el único fin de doblegar a los pueblos libres. Las bravuconadas del inquilino de la Casa Blanca no son mera retórica electoral; son la constatación de una política de asfixia calculada que, como bien definió Fidel en 1995, no es un simple "embargo", sino "una verdadera y despiadada guerra económica" librada contra una Revolución que proclamó e inició la construcción del Socialismo a pocas millas o cerca de la mismas fauces del monstruo imperialista estadounidense.
El odio del Imperio hacia la Revolución Cubana radica en el pánico que le produce su ejemplo emancipador. No es el miedo a Cuba en sí, sino el miedo al contagio de su ejemplo. Como magistralmente se expresó en la Segunda Declaración de La Habana, lo que une a la potencia imperialista y a las oligarquías es el pánico a que los oprimidos arrebaten el poder a los monopolios y construyan un bloque histórico contrahegemónico.
Se castiga a Cuba por haber demostrado, desde una praxis verdaderamente transformadora, que el dominio imperialista puede ser barrido. Frente a esta escalada, la heroica resistencia de Irán, con masivo apoyo popular, sometido a una guerra de agresión criminal, con ataques militares ilegales desde cualquier perspectiva del Derecho Internacional y Humanitario ( incluyendo el magnicidio, bombardeos mortales a escuelas, hospitales, ambulancias, con destrucción de infraestructuras esenciales para la población civil) por parte de Estados Unidos e Israel, nos marca la pauta táctica y estratégica: frente a la coacción y el terrorismo de Estado, la única respuesta posible es la firmeza inquebrantable y la movilización absoluta de las masas.
Para comprender la dimensión exacta de este asedio sexagenario, es imprescindible beber directamente del inmenso legado teórico y práctico de Fidel. Cuba no solo conquistó su soberanía plena, sino que se erigió, asumiendo el mandato martiano, en la "primera trinchera de América" para impedir que el imperio cayera con más fuerza sobre Nuestra América.
A lo largo de estas décadas, la Isla ha sido el muro de contención irreductible ante el expansionismo estadounidense. El legado de Fidel es el de un internacionalismo insobornable: Cuba sacrificó su propio desarrollo para derramar su sangre (la última, en defensa de la República Bolivariana de Venezuela) y su esfuerzo en la liberación de África, combatiendo militarmente al oprobioso régimen del apartheid y desplegando ejércitos de batas blancas allí donde el capital solo dejaba enfermedad y saqueo. Esta entrega histórica, pilar fundamental en la desarticulación del colonialismo clásico, no puede quedar hoy a merced del pragmatismo ni del olvido.
Por todo este historial de dignidad, existe una obligación ineludible para con la mayor de las Antillas. La historia nos convoca a una encrucijada definitiva, y las potencias emergentes del mundo multipolar no pueden, bajo ninguna circunstancia, mirar hacia otro lado. En la Primera Declaración de La Habana, el pueblo cubano, constituido en asamblea general y soberana, proclamó su legítimo derecho a aceptar la ayuda de potencias amigas frente a la inminente agresión imperialista.
Hoy, esa premisa recobra una vigencia urgente y acuciante. Rusia y China, que recientemente han reafirmado su voluntad de mantener y profundizar la colaboración con La Habana frente a las agresiones de Estados Unidos, tienen una deuda de honor y un deber moral insoslayable con la Isla. Precisamente por haber sido el bastión antiimperialista que durante más de sesenta años desgastó la maquinaria hegemónica de Washington, Moscú y Pekín tienen la obligación histórica de romper por la fuerza de los hechos, si es estrictamente necesario, este bloqueo genocida. Deben articular un puente marítimo y financiero inexpugnable que neutralice el cerco energético y garantice la invulnerabilidad de la Isla. La diplomacia, por sí sola y sin el respaldo de una fuerza material disuasoria, es una ilusión inútil ante un enemigo que solo respeta su propia ley del embudo. Si Cuba lo entregó todo por la humanidad y por la gestación del mundo multipolar que hoy nace, esas potencias tienen el deber ético y político de volcarse, sin titubeos, en su defensa. El reciente agradecimiento del canciller Bruno Rodríguez a sus homólogos por el "apoyo resuelto" es un paso, pero se requiere una acción tangible que neutralice la asfixia.
Sin embargo, la defensa última de la soberanía no recae únicamente en la geopolítica de las grandes potencias; la batalla definitiva la libran las masas, las verdaderas constructoras de la historia. Fidel nos enseñó que no es de revolucionarios sentarse en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo. Por ello, se hace necesario un llamamiento y urgente, desde una plataforma internacional, conformada por el sindicalismo de clase y movimientos político-sociales por la Paz, a la clase trabajadora, a los movimientos antiimperialistas y a las organizaciones de clase de los cinco continentes a convocar una gran jornada mundial de lucha contra la guerra y el bloqueo criminal a Cuba. La comunidad internacional, representada en la ONU, ha votado de manera aplastante (187 países) en contra de este cerco, aislando a Estados Unidos y su aliado inseparable, Israel . Es imperativo que ese veredicto de la conciencia mundial se traduzca en acción directa: paralizar los engranajes del sistema y convertir cada calle, cada centro de trabajo y cada embajada estadounidense en una trinchera de agitación permanente.
Como nos recordó el Comandante, elevando el pensamiento del Apóstol, "Patria es humanidad". Defender hoy a la Revolución Cubana, que enfrenta la arremetida más feroz del imperio en su historia, es defender nuestro propio derecho a un orden mundial sin dominación, sin explotación y sin el caos destructivo del capitalismo. O libramos esta batalla de ideas y de masas con absoluta radicalidad para salvar nuestro futuro, o aceptamos una sumisión que sería la antesala de un mundo aún más oscuro de fascismo y desigual. Frente a las garras del imperio y su asfixia calculada, la rendición jamás ha sido ni será una opción. Como exclamó el pueblo cubano frente a la historia del criminal bloqueo y frente a los recientes apagones provocados: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!
(*) José Manuel Rivero. Abogado y Analista político.
Por JOSÉ MANUEL RIVERO PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Ante el apagón nacional que sumió en estos días a la Isla de la Dignidad, provocado directamente por el criminal cerco energético impuesto por Washington, y ante las aberrantes declaraciones de Donald Trump, quien se jacta de que tendrá "el honor" de "tomar" o "liberar" Cuba , el mundo asiste a la enésima demostración de barbarie de un imperio en su fase de declive orgánico.
El Comandante Fidel Castro nos advirtió que la hipocresía más inaudita es el sello que acompaña todos los actos del imperialismo, el cual no duda en imponer privaciones y zancadillas con el único fin de doblegar a los pueblos libres. Las bravuconadas del inquilino de la Casa Blanca no son mera retórica electoral; son la constatación de una política de asfixia calculada que, como bien definió Fidel en 1995, no es un simple "embargo", sino "una verdadera y despiadada guerra económica" librada contra una Revolución que proclamó e inició la construcción del Socialismo a pocas millas o cerca de la mismas fauces del monstruo imperialista estadounidense.
El odio del Imperio hacia la Revolución Cubana radica en el pánico que le produce su ejemplo emancipador. No es el miedo a Cuba en sí, sino el miedo al contagio de su ejemplo. Como magistralmente se expresó en la Segunda Declaración de La Habana, lo que une a la potencia imperialista y a las oligarquías es el pánico a que los oprimidos arrebaten el poder a los monopolios y construyan un bloque histórico contrahegemónico.
Se castiga a Cuba por haber demostrado, desde una praxis verdaderamente transformadora, que el dominio imperialista puede ser barrido. Frente a esta escalada, la heroica resistencia de Irán, con masivo apoyo popular, sometido a una guerra de agresión criminal, con ataques militares ilegales desde cualquier perspectiva del Derecho Internacional y Humanitario ( incluyendo el magnicidio, bombardeos mortales a escuelas, hospitales, ambulancias, con destrucción de infraestructuras esenciales para la población civil) por parte de Estados Unidos e Israel, nos marca la pauta táctica y estratégica: frente a la coacción y el terrorismo de Estado, la única respuesta posible es la firmeza inquebrantable y la movilización absoluta de las masas.
Para comprender la dimensión exacta de este asedio sexagenario, es imprescindible beber directamente del inmenso legado teórico y práctico de Fidel. Cuba no solo conquistó su soberanía plena, sino que se erigió, asumiendo el mandato martiano, en la "primera trinchera de América" para impedir que el imperio cayera con más fuerza sobre Nuestra América.
A lo largo de estas décadas, la Isla ha sido el muro de contención irreductible ante el expansionismo estadounidense. El legado de Fidel es el de un internacionalismo insobornable: Cuba sacrificó su propio desarrollo para derramar su sangre (la última, en defensa de la República Bolivariana de Venezuela) y su esfuerzo en la liberación de África, combatiendo militarmente al oprobioso régimen del apartheid y desplegando ejércitos de batas blancas allí donde el capital solo dejaba enfermedad y saqueo. Esta entrega histórica, pilar fundamental en la desarticulación del colonialismo clásico, no puede quedar hoy a merced del pragmatismo ni del olvido.
Por todo este historial de dignidad, existe una obligación ineludible para con la mayor de las Antillas. La historia nos convoca a una encrucijada definitiva, y las potencias emergentes del mundo multipolar no pueden, bajo ninguna circunstancia, mirar hacia otro lado. En la Primera Declaración de La Habana, el pueblo cubano, constituido en asamblea general y soberana, proclamó su legítimo derecho a aceptar la ayuda de potencias amigas frente a la inminente agresión imperialista.
Hoy, esa premisa recobra una vigencia urgente y acuciante. Rusia y China, que recientemente han reafirmado su voluntad de mantener y profundizar la colaboración con La Habana frente a las agresiones de Estados Unidos, tienen una deuda de honor y un deber moral insoslayable con la Isla. Precisamente por haber sido el bastión antiimperialista que durante más de sesenta años desgastó la maquinaria hegemónica de Washington, Moscú y Pekín tienen la obligación histórica de romper por la fuerza de los hechos, si es estrictamente necesario, este bloqueo genocida. Deben articular un puente marítimo y financiero inexpugnable que neutralice el cerco energético y garantice la invulnerabilidad de la Isla. La diplomacia, por sí sola y sin el respaldo de una fuerza material disuasoria, es una ilusión inútil ante un enemigo que solo respeta su propia ley del embudo. Si Cuba lo entregó todo por la humanidad y por la gestación del mundo multipolar que hoy nace, esas potencias tienen el deber ético y político de volcarse, sin titubeos, en su defensa. El reciente agradecimiento del canciller Bruno Rodríguez a sus homólogos por el "apoyo resuelto" es un paso, pero se requiere una acción tangible que neutralice la asfixia.
Sin embargo, la defensa última de la soberanía no recae únicamente en la geopolítica de las grandes potencias; la batalla definitiva la libran las masas, las verdaderas constructoras de la historia. Fidel nos enseñó que no es de revolucionarios sentarse en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo. Por ello, se hace necesario un llamamiento y urgente, desde una plataforma internacional, conformada por el sindicalismo de clase y movimientos político-sociales por la Paz, a la clase trabajadora, a los movimientos antiimperialistas y a las organizaciones de clase de los cinco continentes a convocar una gran jornada mundial de lucha contra la guerra y el bloqueo criminal a Cuba. La comunidad internacional, representada en la ONU, ha votado de manera aplastante (187 países) en contra de este cerco, aislando a Estados Unidos y su aliado inseparable, Israel . Es imperativo que ese veredicto de la conciencia mundial se traduzca en acción directa: paralizar los engranajes del sistema y convertir cada calle, cada centro de trabajo y cada embajada estadounidense en una trinchera de agitación permanente.
Como nos recordó el Comandante, elevando el pensamiento del Apóstol, "Patria es humanidad". Defender hoy a la Revolución Cubana, que enfrenta la arremetida más feroz del imperio en su historia, es defender nuestro propio derecho a un orden mundial sin dominación, sin explotación y sin el caos destructivo del capitalismo. O libramos esta batalla de ideas y de masas con absoluta radicalidad para salvar nuestro futuro, o aceptamos una sumisión que sería la antesala de un mundo aún más oscuro de fascismo y desigual. Frente a las garras del imperio y su asfixia calculada, la rendición jamás ha sido ni será una opción. Como exclamó el pueblo cubano frente a la historia del criminal bloqueo y frente a los recientes apagones provocados: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!
(*) José Manuel Rivero. Abogado y Analista político.



























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