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PETRO: UN PERSONAJE SURREALISTICAMENTE ERRÁTICO

El presidente colombiano y su repugnante ignominia: "MADURO ES UN ADICTO AL PODER"

Primero grita, luego se arrodilla. Petro ha hecho de la política exterior un espectáculo de contradicciones: desafía a Washington con discursos altisonantes en la ONU y, cuando llega el momento decisivo, termina buscando el reconocimiento del mismo poder que decía confrontar. Y, finalmente, termina acusando a Nicolás Maduro, secuestrado por los yanquis en una prisión de Nueva York, de ser un "adicto al poder".

 

POR VICTORIA MARTÍNEZ, DESDE MÉXICO, PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    A veces la política se parece más a una obra de teatro que a [Img #90639]un ejercicio coherente de decisiones. Los gestos, las palabras y los movimientos no siempre siguen una línea clara; más bien, parecen responder a presiones invisibles, a equilibrios inestables y a relaciones de fuerza que no se ven a simple vista.

 

   En ese escenario parece inscribirse la figura de Gustavo Petro, un dirigente que, en los últimos años, ha protagonizado una relación especialmente contradictoria con el poder estadounidense, encarnado en  Donald Trump, otro personaje situado en la galaxia del surrealismo 

 

    Durante meses, ambos líderes -Petro y Trump-  intercambiaron insultos públicos, amenazas y acusaciones de gran calibre. Trump llegó a calificar a Petro de “líder del narcotráfico” o “lunático”, mientras que Petro respondió con críticas durísimas, acusándolo de complicidad en crímenes internacionales. Sin embargo, tras esa escalada de tensión, el mismo Petro terminaría acudiendo a la Casa Blanca en un encuentro que, aunque discreto, buscaba recomponer relaciones.

 

  Esta oscilación —del enfrentamiento al acercamiento— no parece ser un simple capricho personal. Refleja algo más profundo: la posición de los países dependientes en el sistema internacional. Por un lado, necesitan afirmar su autonomía; por otro, están condicionados por estructuras económicas, financieras y políticas que limitan esa independencia.

 

LA PARADOJA DE PETRO: ENTRE EL DESAFÍO Y LA ADAPTACIÓN

     La relación entre Petro y Trump ilustra bien esta tensión. En un primer momento, Petro adopta un tono desafiante: rechaza políticas migratorias estadounidenses, critica intervenciones militares y denuncia el orden internacional existente. Has ahí, impecable. Pero cuando las amenazas económicas se concretan —aranceles, sanciones, presiones diplomáticas—, el margen de maniobra se reduce drásticamente y le da el chorreo.

 

   Un ejemplo claro fue el conflicto por los vuelos de deportación: Petro se negó inicialmente, pero terminó cediendo tras las amenazas comerciales de Washington. Lo mismo ocurre con el giro hacia el diálogo en la Casa Blanca, después de meses de insultos cruzados.

 

   Esto no debe entenderse como simple incoherencia individual. Más bien, muestra cómo las decisiones políticas están fuertemente  condicionadas por relaciones materiales en este tipo de líderes: comercio, deuda, dependencia tecnológica, presión militar. En ese contexto, los gestos de rebeldía conviven con actos de subordinación.

 

    Es lo que podríamos llamar una “política pendular”: avanzar en el discurso, retroceder en la práctica.

 

EL PODER COMO NECESIDAD Y COMO TRAMPA

        Aquí es donde entra el segundo elemento del análisis: la acusación de que Nicolás Maduro sería - según Petro- un “adicto al poder”,  de acuerdo con la noticia que analizamos . Esta afirmación, más allá de su tono moral, plantea una cuestión importante: ¿qué significa realmente “adicción al poder” en el actual contexto político venezolano?

 

    Si observamos la historia, el poder no es solo una ambición personal. Es también una herramienta para sostener un proyecto, para resistir presiones externas o para mantener un equilibrio interno. En sociedades atravesadas por conflictos sociales profundos, perder el poder puede significar no solo un cambio de gobierno, sino una transformación radical del rumbo del país.

 

    Por ejemplo, cuando gobiernos que intentaron reformas profundas fueron desplazados —como ocurrió en varios países de América Latina durante el siglo XX—, el resultado no fue simplemente un relevo institucional, sino a menudo una ruptura violenta del orden político.

 

    Desde esta perspectiva, la permanencia en el poder no puede analizarse solo como una cuestión psicológica (“adicción”), sino como un fenómeno sistémico: el poder se convierte en una necesidad para sostener determinadas políticas frente a fuerzas que buscan revertirlas.

 

ENTRE EL JUICIO MORAL Y EL ANÁLISIS POLÍTICO

   La idea de que un líder es “adicto al poder” simplifica una realidad mucho más compleja. Reduce un proceso político a una cuestión individual, casi médica, cuando en realidad está atravesado por conflictos sociales, intereses económicos y presiones internacionales.

 

     Esto no significa que no existan tendencias autoritarias o prácticas cuestionables. Significa que, si queremos entenderlas, no basta con calificarlas moralmente. Hay que analizar el contexto en el que surgen.

 

   En el caso de Maduro, su permanencia en el poder se produce en un escenario de fuerte confrontación interna y externa. Sanciones, intentos de aislamiento, presiones diplomáticas y conflictos económicos forman parte del entorno en el que se desarrolla su gobierno. En ese marco, la concentración de poder puede interpretarse tanto como una estrategia de defensa como una forma de consolidación personal.

 

 LAS CONTRADICCIONES DE UN MUNDO DESIGUAL

    La figura de Petro y su acusación contra Maduro no son hechos aislados. Forman parte de un mismo problema: la dificultad de los países periféricos para moverse con autonomía en un sistema internacional profundamente desigual.

 

    Petro oscila entre el enfrentamiento y la conciliación porque su margen de acción está limitado. Maduro es acusado de aferrarse al poder en un contexto donde perderlo puede significar mucho más que una alternancia política.

 

    En ambos casos, lo que aparece como contradicción individual es, en realidad, expresión de contradicciones políticas. La política no se mueve solo por voluntades personales, sino por fuerzas sociales que empujan en direcciones opuestas.

 

    Y ahí, en ese terreno inestable, es donde se producen los giros, las paradojas y las decisiones que, vistas desde fuera, parecen incoherentes, pero que, en el fondo, responden a una lógica más profunda.

 

    En cualquier caso, que Petro haya escogido un momento como el actual en el que el todavía presidente de Venezuela permanece secuestrado en las mazmorras trumpistas de Nueva York, nos parece sobre todo una repugnante ignominia.

 

  

 
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